jueves, 18 de agosto de 2016

Corte dos, "Walk on the wild side" (unos días de febrero)

Nuestro primer encuentro me sumergió en un mar de dudas. Estaba perplejo, y la guapa jovencita siempre estuvo detrás, al fondo. Debía tomar una decisión, y el hecho de que le faltase un año para tener derecho de voto era entonces un muro infranqueable. Lo último que necesitaba, tras mis largos años de vida en la senda peligrosa, una vez conquistada cierta estabilidad vital y emocional, era una irresistible jovencita con una sonrosadita manzana en la mano –inmensos y tristes ojos de mirada bella y oscura sobre labios pintados de negro dibujando el fracasado atisbo de una sonrisa; cuarteada de sombras, y bajo cada una de aquellas sombras, el temblor de otra sombra– llegara a complicarme la vida, o peor aún, a arruinármela.
Le enorme distancia entre aquella imagen oscura colgada en su perfil y la de la jovencita que había conocido una semana atrás era escalofriante, y una inquietante sensación  de dèja vu se apoderó por un momento de mis entrañas. Estaba en guerra con todos, con el mundo; y, si seguía adelante, probablemente acabaría laminado entre aquellas dos imágenes irreconciliables y contrapuestas. Pero la sonrisa risueña y la vigorosa luz de sus bellos ojos castaños, aunque aún no fuera consciente de ello, se habían clavado con una energía inusitada en mi corazón. Quizá ya nada dependía de mí, sino de su capricho. 
Sea como fuere, lo cierto es que, a pesar de mis muchas objeciones, continué chateando con ella:
— Pero… ¿Tú sabes la edad que tengo?
— Sí.
— ¿Esto no será una broma de niñatas de instituto? Porque me cagaré en todo… ¿sabes?
— No, va en serio.
— ¿Cómo llevas el libro?
— He acabado el primer relato. ¡Cuántas emociones!
— ¿Te gusto el poema que hay al final?
— Sí, mucho.
Tras cada una de sus, casi siempre, lacónicas o cortantes respuestas, resonaba en mi interior el eco de su voz; la fértil semilla de una evidencia.
Apenas la conocía. Solo tenía de ella los pocos datos personales que había puesto en su perfil –básicamente nombre y primer apellido y que cursaba sus estudios en un instituto del barrio del Clot–, que no tenían porqué ser necesariamente ciertos, y tampoco teníamos amigos comunes en la red; así que era todo un misterio. Pero hubo tres cosas de las que, chateo adelante, llegué a estar seguro: Iba a un instituto, estaba tope de buena y venía a por mí:
— ¿Cómo vas con el libro? 
— Bien, voy por “El Bluesman”. Me ha sacado una sonrisa.
— Me alegro. Una sonrisa es mucho.
— ¿Y tú, cómo estás? 
— Bien, pero empanado
— ¿Por tu novela?
— También.
— Ja,ja,ja,ja.
— Eso, tú ríete.
— ¿Sales con alguien?
— No. Estoy más solo que la una.
— ¿Dónde vives?
— En Verdun, Vía Favencia.
— ¿Y eso dónde está?
—  Es la Ronda, cerca de las pistas de skate.
— ¿…? 
— Justo encima del parque de La Guineueta.
— Ah.
— ¿Sabes dónde es?
— Más o menos.
— ¿Y tú qué tal?
— Aburrida. Solo pienso en hacer el amor. Huy, no debería haber dicho eso.
— Tranquila, no pasa nada. He de dejarte. He bajado al club porque necesitaba buscar documentación para el libro y en casa no tengo conexión.
— ¿Qué club?
— Uno de fumadores que hay cerca de la oficina correos de Nou Barris.
— ¿No tienes teléfono?
— Sí, pero es fijo y no está conectado al ordenador.
— ¿Me das el número?
— Por supuesto. Anota, es el…

Este breve resumen de nuestras conversaciones solo es una aproximación, un torpe intento de reflejar la evolución de nuestra charla durante aquella última semana de enero, concluyendo, más o menos como he descrito, el domingo que cerró el mes.
El aquel momento, mi corazón era un abandonado y yermo descampado salpicado de ortigas, escombros y sueños; y mi vida una monótona secuencia de saludables rutinas de las que, afortunadamente, escapaba durante las mágicas horas de mis mañanas inhóspitas; cuando me zambullía profundamente en la novela corta que ocupaba el resto de mi tiempo. Un proyecto desatinado, crudo, erótico y jocoso que no fluía conforme a mis deseos; donde la inesperada y pasional entrada en escena de Ámbar acabó teniendo un papel determinante, pues detuvo sine die su redacción. Aquella fascinante interrupción acabó dando sus frutos: proporcionando una nueva perspectiva a mi tarea, cerrando caminos errados, abriendo otros nuevos y, andando el tiempo, propiciando la peculiar conclusión de la historia.