lunes, 15 de agosto de 2016

Preambulo (unos días de febrero)

Todo comenzó como suceden las grandes cosas, sin buscarlo, ni planearlo, ni pollas en vinagre. Fue por el chat. “Una lectora en potencia”, me dije…
— Eso no es del todo cierto, cantamañanas…
— Aquí entre nosotros… Estoy acojonado. Ya sabes el porqué. Es una máquina de matar y se mosquea a las primeras de cambio. ¿Cómo pretendes que empiece? ¿Digo que saltó en paracaídas y cayó en mis brazos tentadoramente envuelta en lencería mientras estaba sentado en un banco junto a las pistas de skate?
— ¿Seguro que fue entonces? Porque yo no lo tengo tan claro.
— Mal empezamos, tío. Si vas a estar así todo el tiempo, Pepito Grillo, se complicará la cosa y acabaremos mal parados.
— Eso es, en plural. Ahora nos vamos entendiendo.
— ¡A la mierda! ¡Vete a la mierda! Voy a necesitar cierto ritmo y que se entienda. Y contigo en plan soviético es imposible
— Pues no times al personal. Ni a ella.
— ¡Ni me la nombres, hijoputa; a ella ni me la nombres! Necesito dormir por las noches, ¿sabes cabrón?... Ámbar pertenece a esa categoría de hembras que tus prontos acaban ahuyentando sin remedio. Por una vez en tu puñetera vida estaría bien que mantuvieras el pico cerrado.
— Soy un lobo bueno. Y lo sabes perfectamente; de hecho, lo sabes mejor que yo. Si no fuera así, hace tiempo que estaríamos en un manicomio, matando moscas, intentando ligar con perturbadas y fumando como carreteros.
— Eso, ahora hazte la víctima, lobito bueno. Tranquilo, aunque acabe partiéndonos la boca, ella o alguno de sus novios, estaremos juntos en esto.
— Y yo, para asegurarme de que lo hagamos, te digo: No hay huevos.