lunes, 19 de septiembre de 2016

Corte tres, Sweet Jane 1 (unos días de febrero)

(De hecho, creo que las atraigo. El porqué, desde luego se me escapa. Yo lo achaco a mi manera de ir por la vida, un tanto fuera de los modos convencionales y a ciertas carencias maternales de mi primera infancia, pero supongo que esto último es una banal hipótesis un tanto forzada, un lógico subproducto de mis muchas lecturas freudianas; aunque en realidad trato de convencerme de que todo es más sencillo: Simplemente, siempre he atraído a mujeres que buscan algo diferente.)

Nada más llegar a casa todo se aceleró. Primero me metí en el baño y le di un buen repaso: Azulejos, inodoro, lavamanos, grifos, espejo, suelo etc. Después le llegó el turno a la cocina: las puertas de los armarios, la de la nevera, la del horno, quemadores, mármoles, microondas, baldosas, suelo etc. Cuando acabé allí, sin tan siquiera un respiro, me lancé sobre el dormitorio con el brío de un pirata en pleno abordaje: Le quité el polvo a los libros del estante, a la mesita de noche, barrí, fregué, cambié las sábanas; y en el último momento, en pleno fragor de la batalla, me volví a fijar en la vieja mesita; me acerqué hasta allí y le di un manotazo al blister de pastillas para la tensión que había sobre ella, abrí el primer cajón, saqué una caja de condones y la dejé donde antes habían estado las pastillas. Mucho mejor así, me dije mirando la mesita mientras intentaba recuperar el resuello.
Saqué el polvo, barrí y fregué la habitación pequeña y el comedor. Para entonces estaba exhausto y sudaba como un condenado a galeras. No me quedó otra que darme una buena ducha con la esperanza que el cansancio y el bañito combinados me harían dormir el par de horitas que tanta falta me hacían. Fue imposible. Lo intenté, por mi madre que lo intenté, pero era cerrar los párpados y ver aparecer como por ensalmo los refulgentes ojos castaños que me habían robado el sueño durante la noche.
Eran las once de aquella mañana interminable cuando salí a comprar. ¿Vendrá comida? ¿Qué le gustará beber? ¿Vendrá? Los interrogantes, esos viejos y entrometidos parientes de la incertidumbre, se me acumulaban mientras caminaba como un sonámbulo de una tienda a otra