domingo, 6 de noviembre de 2016

Corte tres, Sweet Jane 5 (unos días de febrero)

(Levanto los ojos de su deshabitado pubis y, entre pechos en flor, atrapo un rostro encendido de placer. Hacía siglos que no contemplabas tanta belleza, me digo. Carnosos labios, boca entreabierta, grandes y rutilantes ojos castaños entornados de gozo y un plácido y sensual ronroneo hondo y quedo…
Casi me echo a reír, saco la lengua, le doy un lametón al clítoris en plan enseguida vuelvo, despego mis labios de los suyos y le digo en tono socarrón: — Pinchas. Los tiempos están cambiando, jamás pensé que le diría algo así a una mujer en estas circunstancias.
— Tú también –responde Ámbar.
— Y tanto. Desde aquí estoy oyendo como te lamentas.
Me parece oír una risita cómplice mientras entierro de nuevo la cara entre sus piernas…)

Las escenas de amor se fueron sucediendo una tras otra, casi todas tiernas, alguna quizá no tanto. Flexible como una gata y dulce como la canela; seducido y exultante la miraba y miraba mientras mis manos recorrían su piel; esa suave y aromática piel de melocotón en su punto que se gasta la condenada.
La tarde de aquel lunes siete de febrero era tibia, casi primaveral; y Ámbar se desenvolvía con bastante soltura por la salita con solo las medias puestas. Satisfecha y curiosa preguntaba y preguntaba sobre los libros que había en mis estanterías, y yo, desde en el sofá, iba contestando a sus preguntas y mirándole el culo procurando que el fascinante espectáculo no me hiciera perder el hilo en las respuestas.
Más tarde hablamos de música y de escritura. Le enseñé el rincón donde escribo y traté de explicarle el cómo y el porqué del misterio, de la pasión por contar historias; del impulso inefable que se apodera de uno, de aquel mundo ignoto que, a golpe de capricho, se adueña de tu voluntad y tu vida.
De vez en cuando se sentaba en el sofá y habría las piernas invitándome a que me arrodillara delante de su jugoso sexo, su sabor me tenía embelesado; nada que ver con la mojama revenida que corre por ahí.
Después nos abrazábamos apasionadamente y volvíamos a besarnos y besarnos como si no hubiera mañana; luego se sentó en mi regazo, sacó el móvil y tiró un par de fotos, me las enseñó y me invitó a que le hiciera alguna. Le hice una de espaldas medio agachada mirando libros, pero no le gustó mucho y tuve que repetirla; esta vez inclinada sobre las estanterías más bajas para resaltar mejor su trasero.
Ahora, escribiendo estas líneas, lo que más echo de menos es el placer de mirarla, de tener rondando por la casa tanta belleza. Aquél sobrio y monótonamente familiar paisaje abarrotado de recuerdos atroces, aquellos retazos de vida cargada de pasiones inolvidables, música, drogas, risas, libros y ausencias que, durante unas horas, sus ojos… sus sublimes y rutilantes ojos –qué le voy a hacer, fueron los sus suyos– relegaron al olvido.
Poco antes de marcharse se fijo en mis gorras… Miraba atentamente las gorras y luego volvía mirarme a mí y otra vez a las gorras… Cogí la irlandesa de lana y se la ofrecí, sus ojos resplandecieron, se la puso, fue a mirarse al espejo del lavabo y al momento volvió con una sonrisa de oreja a oreja, me miró satisfecha y dijo, señalando las bragas que se acababa de poner: Éstas no puedo regalártelas, me quedaría sin conjunto, pero la próxima vez te regalaré las que lleve puestas.
La acompañe hasta el metro. Allí, junto a la boca de la parada de Llucmajor, la besé furtivamente y me quedé mirándola unos segundos… Qué bien le queda la gorra, pensé mientras desaparecía escaleras abajo.
Tras dejarla caminé hacía el lado mar de la plaza de La República y cogí calle Eduardo Tubau abajo hasta el club. Entré, pedí una cerveza y me hice un garibolo. Sentado en la mesa de mis muchas tardes solitarias, entre cervezas, cigarritos y notas, durante unas horas maravillosas me sentí un tipo muy afortunado.