¿Qué te atrajo de mí? preguntó, saliendo de detrás del lienzo y acercándose a él.
Se levantó y comenzó a caminar. Se detuvo en un extremo del estudio, dio media vuelta y avanzó en diagonal hacia la puerta. Un par de metros antes de llegar a ella giró a la izquierda, ando unos pasos más y se detuvo frente a una estantería metálica llena de tubos para guardar planos, donde Loti tenía algunas de sus pinturas; fue mirando las etiquetas de unos cuantos hasta que encontró una que llamó su atención, sacó el cilindro de su estante, se volvió hacia ella y preguntó: ¿Puedo?
Desde luego contestó ella, consciente de que él quería demorar su respuesta.
Es magnifico dijo, alejándose del lienzo que acababa de desenrollar. Un paisaje de la sierra donde un sol todavía indeciso se habría paso entre la niebla, dejando entrever, como si fuera un buque fantasma navegando furtivo entre la bruma, un viejo puente de piedra sobre un río sombrío.
Es el río Valvanera en un amanecer de primavera. La niebla en Santibáñez tiene personalidad propia y se manifiesta sobre todo en invierno y primavera. Tinieblas insondables y caprichosas que fabrican efímeras quimeras, donde los sentidos se extravían sin remedio, tergiversando a su paso todo lo que tocan.
¡Joder, nena! Me acabas de recordar a Mateo Díez.
¿A quién?
A un escritor leonés contemporáneo. Premio nacional. De estilo preciso y alambicado, al menos para mí. Deberías leer alguna de sus obras.
Hará un par de años me lo pidieron prestado para una exposición sobre la sierra. Cuando me lo devolvieron alguien había escrito a lápiz por detrás del cuadro el parágrafo Tinieblas insondables... etcétera, etcétera. Me gustó y nunca lo borré, debe seguir ahí.
Me recordaste a alguien. Eso fue lo que pasó, Loti dijo por fin. La media melena ensortijada y descuidada, los almendrados ojos castaños, la boca golosa, y esos labios brillantes y carnosos
Te parecías un montón a María Schneider. Una bellísima y sensual síntesis de ángel y putón que me tenía fascinado de joven
Mantequilla no tengo, pero hay aceite de almendras. ¿Qué, te apuntas? atajó ella.
Aquí mismo. Ponemos una estera delante de la estufa y listo contestó al instante.
viernes, 1 de enero de 2016
jueves, 10 de diciembre de 2015
Orange 7 (fragmento)
Hizo un disparo al aire y los monos huyeron en todas direcciones, enfocó la linterna sobre el bulto tirado en el suelo mientras se acercaba sigilosamente; nada más llegar a su lado se oyó un gemido, entonces vio al hombre. Se aguantaba las tripas con las manos y, por entre sus dedos, la sangre escapaba a borbotones. La imagen del hombre tirado sobre la nieve desangrándose llenó sus ojos de pánico y tuvo un flash-back, por unos minutos creyó estar de nuevo en el cerco de Leningrado bajo el fuego de la ofensiva rusa que trataba de romper la línea del frente y atacar al ejecito alemán por la retaguardia. Podía oír las balas silbando sobre sus cabezas, el tableteo de las ametralladoras y los gritos enloquecidos de los soldados rusos, mientras avanzaban entre los estallidos de los obuses para caer sobre ellos con sus lanzallamas. Como un autómata, Alejandro se quitó la bufanda y la anudó alrededor del vientre del herido. Lo arrastró con cuidado hasta un árbol cercano y lo recostó contra el tronco. Entonces sus miradas se cruzaron. Ninguno hizo preguntas, ambos sabían que el final solo era cuestión de minutos, poco más de media hora como mucho.
Alejandro se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió con los ojos, Alejandro lo encendió y, como tantas veces había hecho sobre la nieve del sitio de Leningrado, se lo puso en los labios. No cruzaron palabra alguna mientras el herido se despedía del mundo. Cuando terminó de fumar, dejó caer el cigarrillo de la boca, levantó la mirada y asintió con un breve gesto de la cabeza; Alejandro supo de inmediato lo que debía hacer, acercó el cañón de su Tokarev a la sien del moribundo y apretó el gatillo. Un segundo después, como si despertara de una pesadilla, la escena de la ofensiva rusa desapareció, y oyó el ruido del disparo recorriendo la noche del valle como un aullido. Los ecos que devolvían las colinas próximas rebotaron en su cabeza mientras arrastraba trabajosamente el cadáver del desconocido hasta la puerta de la casa del guarda contigua al viejo laboratorio, pensando que los disparos de la Tokarev, más allá del valle, se habrían confundido perfectamente con los de algún furtivo de la sierra. Resoplando, se quitó el guante de la mano derecha, la introdujo en el bolsillo del abrigo donde llevaba el manojo de llaves y buscó a tientas hasta que sus dedos reconocieron la que necesitaba.
Al darle a la luz, ésta se proyectó sobre el cadáver, que yacía frente a la puerta. Alejandro examinó uno a uno los bolsillos del muerto. Al llegar al bolsillo interior de la cazadora encontró la cartera del intruso. Entró en la casa y encajó la puerta, atizó el fuego de la estufa, introdujo un par de troncos y acercó la mesa camilla a la estufa, se quitó la bufanda, el abrigo y la gorra y los dejó sobre el sofá; después se enjugó el sudor de la frente con la manga del brazo izquierdo, cogió una silla, se sentó junto a la mesa y, una vez sereno, vació el contenido de la cartera.
El carnet de conducir inglés confirmó sus sospechas, iban tras ellos. Nacido en Gibraltar pero con residencia en Madrid. Agente comercial de una empresa británica, según constaba en un carnet profesional. Treinta mil pesetas, doscientas libras y una tarjeta de American Expres.
Alejandro se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió con los ojos, Alejandro lo encendió y, como tantas veces había hecho sobre la nieve del sitio de Leningrado, se lo puso en los labios. No cruzaron palabra alguna mientras el herido se despedía del mundo. Cuando terminó de fumar, dejó caer el cigarrillo de la boca, levantó la mirada y asintió con un breve gesto de la cabeza; Alejandro supo de inmediato lo que debía hacer, acercó el cañón de su Tokarev a la sien del moribundo y apretó el gatillo. Un segundo después, como si despertara de una pesadilla, la escena de la ofensiva rusa desapareció, y oyó el ruido del disparo recorriendo la noche del valle como un aullido. Los ecos que devolvían las colinas próximas rebotaron en su cabeza mientras arrastraba trabajosamente el cadáver del desconocido hasta la puerta de la casa del guarda contigua al viejo laboratorio, pensando que los disparos de la Tokarev, más allá del valle, se habrían confundido perfectamente con los de algún furtivo de la sierra. Resoplando, se quitó el guante de la mano derecha, la introdujo en el bolsillo del abrigo donde llevaba el manojo de llaves y buscó a tientas hasta que sus dedos reconocieron la que necesitaba.
Al darle a la luz, ésta se proyectó sobre el cadáver, que yacía frente a la puerta. Alejandro examinó uno a uno los bolsillos del muerto. Al llegar al bolsillo interior de la cazadora encontró la cartera del intruso. Entró en la casa y encajó la puerta, atizó el fuego de la estufa, introdujo un par de troncos y acercó la mesa camilla a la estufa, se quitó la bufanda, el abrigo y la gorra y los dejó sobre el sofá; después se enjugó el sudor de la frente con la manga del brazo izquierdo, cogió una silla, se sentó junto a la mesa y, una vez sereno, vació el contenido de la cartera.
El carnet de conducir inglés confirmó sus sospechas, iban tras ellos. Nacido en Gibraltar pero con residencia en Madrid. Agente comercial de una empresa británica, según constaba en un carnet profesional. Treinta mil pesetas, doscientas libras y una tarjeta de American Expres.
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Orange 6 (fragmento)
Matías puso el cofre sobre la mesita, se sentó frente a él y cogió el oxidado juego de llaves. Eligió las que más se ajustaban al diseño de la cerradura y las fue probando hasta que una de ellas pareció encajar a la perfección. La hizo girar, pero solo había dado media vuelta cuando se quedó atascada. Intentó varias veces volverla a su posición original sin ningún resultado. La herrumbre había hecho mella en la vieja cerradura, y no era cuestión de forzarla; no quería estropear el cofre que tanto había encandilado a Loti, convencida como estaba de que las iniciales A.V., grabadas en una pequeña placa dorada atornillada a uno de sus costados, correspondían a las de su padre, Alejandro Valcárcel; a quien apenas conoció y al que su madre llegó a aborrecer. Desde niña se acostumbró a las frecuentes disputas entre los cónyuges, que solían acabar con la marcha del padre dando un fuerte portazo seguido de los amargos sollozos de su madre, que, desde la salita de la planta baja, llegaban lúgubres y apagados hasta su habitación.
Fue al coche, estuvo un rato rebuscando en el portamaletas y regresó con un destornillador y un bote de spray tres en uno; dio un par de cortas aplicaciones a través de las ranuras que había entre la llave y la embocadura y se dispuso a esperar unos minutos ojeando sus notas.
Pasado un rato se puso a forcejear con la llave, en un par de minutos consiguió que regresara a su posición original y pudo sacarla. Volvió a rociar con espray el agujero de la cerradura, hizo lo propio con la llave y fue a la cocina a por un estropajo de aluminio, con el que frotó enérgicamente los herrumbrosos dientes hasta dejarlos tan relucientes como una sonrisa de anuncio. La introdujo de nuevo y la fue girando con cuidado hasta que ésta se detuvo. Dio marcha atrás y otra vez hacia adelante. Esta vez giró completamente. Matías miró satisfecho el cofre, lió un cigarrillo y fue a avisar a Loti, que seguía en el taller a pesar de saber que la hora a la que solían comer estaba más que tocada.
Después de comer, Matías fue a la cocina a preparar el café. Loti recogió los platos, los dejó en el fregadero, sacó un par de tazas de uno de los armarios, lo miró expectante y, viendo que él no reaccionaba, le preguntó: — ¿Qué, has conseguido abrir el cofre?
— Por supuesto.
— ¿Cabrón, por qué no me lo has dicho antes? –preguntó–. Y acto seguido, sin soltar las tazas salió disparada hacia la salita del piso superior
— Porque la comida se habría enfriado y el cofre no va a salir corriendo — contestó Matías, subiendo tras ella.
Por un instante, Loti se quedó parada delante del cofre; después lanzó un suspiro, dejó las tazas encima de la mesita, levantó la tapa con mucha cautela, introdujo la mano en su interior y sacó una vieja lata de galletas. En ese momento, Matías oyó hervir el café y bajó a apagar el fuego.
Al entrar de nuevo en la salita casi se le cae la cafetera al suelo. Loti sostenía en la mano izquierda una vieja fotografía y con la derecha empuñaba una pistola.
Dejó la cafetera sobre la mesa, le arrebató la pistola, comprobó que no tenía puesto el cargador y tiró hacia atrás de la corredera, que, contra todo pronóstico, se desplazó sin muchos esfuerzos, la recámara también estaba vacía. La examinó detenidamente durante varios minutos, y después la dejó junto a los dos cargadores que había al lado de la caja de galletas diciendo: — Cariño, las carga el diablo. Es una Tokarev TT 33 de calibre 7.62. Una reliquia soviética de la segunda guerra mundial. La más utilizada por el ejército ruso en aquella época.
El contenido del cofre era el siguiente: una lata de galletas en la que había una libreta manuscrita en bastante buen estado y unas cuantas fotografías; y una pequeña bolsa impermeable de donde habían salido: la pistola, dos cargadores llenos, una cajita de cartón que contenía catorce balas, un trapo sucio y una botellita de aceite para limpiar armas de fuego.
Las cuatro fotografías, con una caligrafía menuda y cuidada, llevaban anotaciones al dorso. Un par estaban hechas en Grafenwöhr el día 31 de julio del 41, inmediatamente después del juramento al Führer. En una aparecían Alejandro y su hermano Saturnino con el uniforme de la 250 ª división de infantería de la Wehrmacht, y en la otra, de nuevo los dos hermanos, esta vez formando parte de un grupo de veintitantos voluntarios del SEU de Salamanca que saluda brazo en alto. De las otras dos, una era del 19 de agosto del mismo año –un día antes de su partida hacia el frente oriental-. En ella, Alejandro posa con una joven alemana del brazo. La otra está fechada el 20 de agosto, y se ve al mismo grupo de salmantinos posando, unos minutos antes de partir, junto al camión que los había de llevar a la estación donde tomarán el tren que los trasladará hasta Smolensk.
— A mi padre lo hirieron gravemente en el asedio a Leningrado. Allí se acabó la campaña de Rusia para él –dijo Loti.
Pero fue la ajada libreta de colegial lo que más llamó la atención de Matías. Ojeó rápidamente las amarillentas páginas manuscritas por las dos caras y, lleno de curiosidad, le preguntó: — ¿Te importa si la leo?
— No. Desde luego que no.
— Tiene una delicada caligrafía.
— Antes, esas cosas se enseñaban en el colegio, Matías.
Fue al coche, estuvo un rato rebuscando en el portamaletas y regresó con un destornillador y un bote de spray tres en uno; dio un par de cortas aplicaciones a través de las ranuras que había entre la llave y la embocadura y se dispuso a esperar unos minutos ojeando sus notas.
Pasado un rato se puso a forcejear con la llave, en un par de minutos consiguió que regresara a su posición original y pudo sacarla. Volvió a rociar con espray el agujero de la cerradura, hizo lo propio con la llave y fue a la cocina a por un estropajo de aluminio, con el que frotó enérgicamente los herrumbrosos dientes hasta dejarlos tan relucientes como una sonrisa de anuncio. La introdujo de nuevo y la fue girando con cuidado hasta que ésta se detuvo. Dio marcha atrás y otra vez hacia adelante. Esta vez giró completamente. Matías miró satisfecho el cofre, lió un cigarrillo y fue a avisar a Loti, que seguía en el taller a pesar de saber que la hora a la que solían comer estaba más que tocada.
Después de comer, Matías fue a la cocina a preparar el café. Loti recogió los platos, los dejó en el fregadero, sacó un par de tazas de uno de los armarios, lo miró expectante y, viendo que él no reaccionaba, le preguntó: — ¿Qué, has conseguido abrir el cofre?
— Por supuesto.
— ¿Cabrón, por qué no me lo has dicho antes? –preguntó–. Y acto seguido, sin soltar las tazas salió disparada hacia la salita del piso superior
— Porque la comida se habría enfriado y el cofre no va a salir corriendo — contestó Matías, subiendo tras ella.
Por un instante, Loti se quedó parada delante del cofre; después lanzó un suspiro, dejó las tazas encima de la mesita, levantó la tapa con mucha cautela, introdujo la mano en su interior y sacó una vieja lata de galletas. En ese momento, Matías oyó hervir el café y bajó a apagar el fuego.
Al entrar de nuevo en la salita casi se le cae la cafetera al suelo. Loti sostenía en la mano izquierda una vieja fotografía y con la derecha empuñaba una pistola.
Dejó la cafetera sobre la mesa, le arrebató la pistola, comprobó que no tenía puesto el cargador y tiró hacia atrás de la corredera, que, contra todo pronóstico, se desplazó sin muchos esfuerzos, la recámara también estaba vacía. La examinó detenidamente durante varios minutos, y después la dejó junto a los dos cargadores que había al lado de la caja de galletas diciendo: — Cariño, las carga el diablo. Es una Tokarev TT 33 de calibre 7.62. Una reliquia soviética de la segunda guerra mundial. La más utilizada por el ejército ruso en aquella época.
El contenido del cofre era el siguiente: una lata de galletas en la que había una libreta manuscrita en bastante buen estado y unas cuantas fotografías; y una pequeña bolsa impermeable de donde habían salido: la pistola, dos cargadores llenos, una cajita de cartón que contenía catorce balas, un trapo sucio y una botellita de aceite para limpiar armas de fuego.
Las cuatro fotografías, con una caligrafía menuda y cuidada, llevaban anotaciones al dorso. Un par estaban hechas en Grafenwöhr el día 31 de julio del 41, inmediatamente después del juramento al Führer. En una aparecían Alejandro y su hermano Saturnino con el uniforme de la 250 ª división de infantería de la Wehrmacht, y en la otra, de nuevo los dos hermanos, esta vez formando parte de un grupo de veintitantos voluntarios del SEU de Salamanca que saluda brazo en alto. De las otras dos, una era del 19 de agosto del mismo año –un día antes de su partida hacia el frente oriental-. En ella, Alejandro posa con una joven alemana del brazo. La otra está fechada el 20 de agosto, y se ve al mismo grupo de salmantinos posando, unos minutos antes de partir, junto al camión que los había de llevar a la estación donde tomarán el tren que los trasladará hasta Smolensk.
— A mi padre lo hirieron gravemente en el asedio a Leningrado. Allí se acabó la campaña de Rusia para él –dijo Loti.
Pero fue la ajada libreta de colegial lo que más llamó la atención de Matías. Ojeó rápidamente las amarillentas páginas manuscritas por las dos caras y, lleno de curiosidad, le preguntó: — ¿Te importa si la leo?
— No. Desde luego que no.
— Tiene una delicada caligrafía.
— Antes, esas cosas se enseñaban en el colegio, Matías.
domingo, 4 de octubre de 2015
Orange 5 (fragmento)
Dejó caer un Alka-Seltzer en el vaso, lió un cigarrillo y salió a la calle. Mientras fumaba comenzaron a llegar los parroquianos que Matamoros había puesto es desbandada. Uno de ellos al pasar junto a él, le preguntó: ¿Qué, cómo se ha portado El Picao? Es un tocapelotas. Desde que se lió con la rumana del bar de la carretera no hace mas que ir tocando los cojones por ahí con la esperanza de acabar con la competencia.
Al entrar en el local todos los clientes dejaron de hablar y lo miraron como si fuera un principiante que acaba de sufrir una novatada. Jacinto carraspeó para llamar su atención y les dijo: Os presento a Matías, el novio de la pintora. Después de los saludos y los preceptivos apretones de manos, mientras Matías se tomaba un cortado ya frío, Jacinto, entre comentarios jocosos acerca de la novia y el noviazgo, pasó a relatar con todo lujo de detalles las peripecias del lance.
¡Joder, con lo buena que está la pintora Menudo braguetazo! exclamó un tipo bajito que Matías no alcanzo a ver.
A las dos y media, cuando el local comenzaba a vaciarse, llegó Loti exultante y lo besó apasionadamente delante de los parroquianos. Saludó a todo el mundo, pidió un vermú, agarró a Matías por la cintura y le dijo: Vamos a una de las mesas de fuera, tengo que darte una buena noticia. Ya en la calle, continuó: Esta mañana he vendido un par de cuadros y es bastante probable que en unos meses exponga en una galería de Londres. Matías, llevas la suerte allí donde vas.
Será a los demás, porque la mía. Estoy resacoso y famélico. Necesito comer, una siesta y un masajito de Orange. Lo de anoche a mi edad se paga.
Fue maravilloso. En el tercero flojeaste un poco, pero cumpliste como un hombre. Estoy convencida de que Orange te hará un masaje de ático barcelonés.
Mi sobrina ya se ha ido de vacaciones. En estas fechas baja un poco el negocio, es el momento ideal para ir a Santibáñez. Si hay cualquier imprevisto estamos a diez minutos en coche. Trabajaremos por la mañana y tendremos las tardes para nosotros. He comprado unas cuantas pastillitas azules, pienso cobrarme cada beso, cada caricia, cada pincelada.
Moriría entre tus piernas.
No es cierto, pero da gusto oírtelo decir.
¿Quieres que comamos aquí? Jacinto no es un gran cocinero, pero el calderillo bejarano lo borda.
Matías asintió con la cabeza, luego se quedó como ausente un par de minutos, sacó su pequeña libreta y empezó a tomar notas.
El vermú dijo Jacinto, al tiempo que dejaba el vaso y un platito de olivas aliñadas sobre la mesa y se sentaba con ellos. Miró a Matías, que seguía ensimismado, y acto seguido, le lanzó una mirada interrogante a Loti.
Es escritor. Un escritor sin suerte que cree que morirá sin haber contado nada digno de tenerse en cuenta. Déjame unos minutos para el vermú, y después nos traes una ensalada para dos, un calderillo para él y un bistec a la plancha poco hecho para mí. Y agua mineral para beber, que Matías anda con resaca.
Ha tenido su primer encuentro con El Picao dijo el camarero,levantándose rápidamente tras apuntar el pedido.
Loti soltó una carcajada y Matías levantó la vista de su libreta, se la quedó mirando un instante y, poniendo de nuevo la atención en la libreta, le pregunto: ¿Dónde está la gracia? Porque yo no se la veo.
¿Qué impresión te ha dado?
¿Qué impresión me ha dado? Pues me ha parecido que está más sonao que un antidisturbios con veinte años de servicio. Un tipo atolondrado y ansioso carente de profesionalidad. Y facha, facha por un tubo.
Cariño, tienes un don especial para las primeras impresiones. Yo no lo habría resumido mejor a pesar de llevar años y años aguantándolo. Cambiando de conversación, continuó: Ya verás cuando veas el estudio, te va a encantar. Desde hace unos pocos años mis cuadros se venden bien. Bueno, relativamente bien. Me ha permitido comprar el estudio y hacer las obras necesarias. Ahora es uno de mis sueños cumplidos. He conseguido un espacio apartado y lleno de luz donde puedo aislarme del mundo y crear. Es mi pequeño universo. Cuando estoy allí, cada día al levantarme yo decido qué es qué.
¿Intentas acojonarme? He estado en lugares muy bellos y en antros apestosos, así que lo tienes complicado. ¿Qué quiere hacer conmigo tu universo?
Básicamente desnudar tu alma, tu corazón. Ver la tristeza, la pasión, el fuego en tus ojos.
En esas llegó Jacinto con el mantel. Apartaron el servicio y la libreta, y Jacinto extendió el mantel y puso cubiertos y servilletas. Al acabar, miró a Matías y le dijo: No crea que fue una encerrona. La clientela aprovechó el momento en que El Picao fue al lavabo para poner tierra de por medio. Entonces llegó usted.
Al entrar en el local todos los clientes dejaron de hablar y lo miraron como si fuera un principiante que acaba de sufrir una novatada. Jacinto carraspeó para llamar su atención y les dijo: Os presento a Matías, el novio de la pintora. Después de los saludos y los preceptivos apretones de manos, mientras Matías se tomaba un cortado ya frío, Jacinto, entre comentarios jocosos acerca de la novia y el noviazgo, pasó a relatar con todo lujo de detalles las peripecias del lance.
¡Joder, con lo buena que está la pintora Menudo braguetazo! exclamó un tipo bajito que Matías no alcanzo a ver.
A las dos y media, cuando el local comenzaba a vaciarse, llegó Loti exultante y lo besó apasionadamente delante de los parroquianos. Saludó a todo el mundo, pidió un vermú, agarró a Matías por la cintura y le dijo: Vamos a una de las mesas de fuera, tengo que darte una buena noticia. Ya en la calle, continuó: Esta mañana he vendido un par de cuadros y es bastante probable que en unos meses exponga en una galería de Londres. Matías, llevas la suerte allí donde vas.
Será a los demás, porque la mía. Estoy resacoso y famélico. Necesito comer, una siesta y un masajito de Orange. Lo de anoche a mi edad se paga.
Fue maravilloso. En el tercero flojeaste un poco, pero cumpliste como un hombre. Estoy convencida de que Orange te hará un masaje de ático barcelonés.
Mi sobrina ya se ha ido de vacaciones. En estas fechas baja un poco el negocio, es el momento ideal para ir a Santibáñez. Si hay cualquier imprevisto estamos a diez minutos en coche. Trabajaremos por la mañana y tendremos las tardes para nosotros. He comprado unas cuantas pastillitas azules, pienso cobrarme cada beso, cada caricia, cada pincelada.
Moriría entre tus piernas.
No es cierto, pero da gusto oírtelo decir.
¿Quieres que comamos aquí? Jacinto no es un gran cocinero, pero el calderillo bejarano lo borda.
Matías asintió con la cabeza, luego se quedó como ausente un par de minutos, sacó su pequeña libreta y empezó a tomar notas.
El vermú dijo Jacinto, al tiempo que dejaba el vaso y un platito de olivas aliñadas sobre la mesa y se sentaba con ellos. Miró a Matías, que seguía ensimismado, y acto seguido, le lanzó una mirada interrogante a Loti.
Es escritor. Un escritor sin suerte que cree que morirá sin haber contado nada digno de tenerse en cuenta. Déjame unos minutos para el vermú, y después nos traes una ensalada para dos, un calderillo para él y un bistec a la plancha poco hecho para mí. Y agua mineral para beber, que Matías anda con resaca.
Ha tenido su primer encuentro con El Picao dijo el camarero,levantándose rápidamente tras apuntar el pedido.
Loti soltó una carcajada y Matías levantó la vista de su libreta, se la quedó mirando un instante y, poniendo de nuevo la atención en la libreta, le pregunto: ¿Dónde está la gracia? Porque yo no se la veo.
¿Qué impresión te ha dado?
¿Qué impresión me ha dado? Pues me ha parecido que está más sonao que un antidisturbios con veinte años de servicio. Un tipo atolondrado y ansioso carente de profesionalidad. Y facha, facha por un tubo.
Cariño, tienes un don especial para las primeras impresiones. Yo no lo habría resumido mejor a pesar de llevar años y años aguantándolo. Cambiando de conversación, continuó: Ya verás cuando veas el estudio, te va a encantar. Desde hace unos pocos años mis cuadros se venden bien. Bueno, relativamente bien. Me ha permitido comprar el estudio y hacer las obras necesarias. Ahora es uno de mis sueños cumplidos. He conseguido un espacio apartado y lleno de luz donde puedo aislarme del mundo y crear. Es mi pequeño universo. Cuando estoy allí, cada día al levantarme yo decido qué es qué.
¿Intentas acojonarme? He estado en lugares muy bellos y en antros apestosos, así que lo tienes complicado. ¿Qué quiere hacer conmigo tu universo?
Básicamente desnudar tu alma, tu corazón. Ver la tristeza, la pasión, el fuego en tus ojos.
En esas llegó Jacinto con el mantel. Apartaron el servicio y la libreta, y Jacinto extendió el mantel y puso cubiertos y servilletas. Al acabar, miró a Matías y le dijo: No crea que fue una encerrona. La clientela aprovechó el momento en que El Picao fue al lavabo para poner tierra de por medio. Entonces llegó usted.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Orange 4
El ritmo de unos acordes se fue abriendo paso en su sueño hasta que despertó. Al abrir los ojos la luz lo cegó por un instante y los volvió a cerrar rápidamente cubriéndose la cabeza con la almohada. Poco después estiró los brazos, sacó la cabeza de debajo de la almohada y se dio cuenta de que estaba solo. Para entonces el Sweet Jane de la Velvet estaba en su apogeo, y supo que no era una coincidencia. Loti había programado el despertador especialmente para él. Miró hacia la mesita. Era la una y media.
La habitación era amplia, luminosa y sobria. La piedra de la sierra, una constante en todo el hotel, lo vestía todo, y los escasos pero imponentes muebles de madera de cerezo hacían resaltar el cuadro que Loti tenía en la habitación.
La tela -una acuarela de sesenta centímetros de ancho por metro treinta de alto que descansaba en el suelo y subía por la pared junto a un costado del enorme cristal que había sustituido al grueso muro contiguo a la terraza- era sencilla y bella: Una maceta de barro cocido donde un par de frágiles tallos de buganvilla se ramificaban a medida que ascendían hasta estallar en unas cuantas flores escarlata.
Cuando entró en el lavabo encontró un posit pegado al espejo. Después de leerlo, lo arrugó, lo tiró por el inodoro y se metió en la ducha. Cuando regresó a la habitación se quedó mirando el lienzo pensando en que le resultaba familiar, sexy incluso. Se tomó un Alka-Seltzer, se vistió, abrió la puerta de la terraza, volvió a mirar el cuadro lleno de curiosidad y salió de la habitación; cogió unas llaves que había sobre la mesa de la cocina y echó a andar hacia la puerta
Mientras bajaba las escaleras del hotel camino del bar de Jacinto recordó donde había visto por primera vez aquel cuadro. Era una buganvilla de la terraza del caótico ático donde vivió Loti cuando estudiaba en Barcelona y que, desde hacía unos meses, arrancaba también desde los gemelos de su pierna izquierda y trepaba entre pequeñas flores carmesí por la cara posterior del muslo para acabar dispersándose pletórica de color por sus inmarcesibles nalgas.
Al llegar a la puerta del bar se tropezó con unos cuantos parroquianos que salían atropelladamente. Los dejó pasar y, un instante antes de cruzar el umbral, se giró con curiosidad y los vio alejarse apresuradamente en varias direcciones. Iba a preguntarle al camarero por el motivo de aquella fuga, pero Jacinto estaba recogiendo un par de mesas; por lo que se sentó en la barra y esperó a que volviera hojeando el periódico.
Nada más abrir El País sintió unos toquecitos en la espalda. Se dio la vuelta y se encontró con un tipo de mediana estatura, de rostro renegrido y picado de viruela que exhibía un bigote a lo Sáenz de Santamaría.
¿Qué se le ofrece? le preguntó, dando un suspiro de empacho.
A ver, identifíquese.
Y usted, ¿piensa hacer lo propio o espera que el bigote cuartelero sea suficiente?
El hombre estuvo un par de minutos buscando en sus bolsillos hasta que dio un resoplido y le mostró una placa que lo acreditada como miembro de la Benemérita.
Matías le entregó el carnet. El agente sacó una libreta y anotó su filiación. Después, se encaró con el y le espetó: Así que de Barcelona, eh. Rojo o separatista. O lo que es peor, las dos cosas.
No sabría decirle. Últimamente el panorama político es tan voluble que ya no sé si voy o vengo.
¿Dónde se hospeda? Y no me mienta, porque iré a comprobarlo.
En La Casona. Estoy en La Casona. Vengo invitado por una vieja amiga y me estaré una temporada concluyó, exasperado.
Tenga, y páselo bien le dijo, en tono sarcástico.
Matías cogió el DNI, lo guardó en la cartera y cuando levantó la vista el tipo había desaparecido.
Jacinto volvió a la barra, se puso a fregar unos vasos y le dijo con una risita: Le presento al sargento Segundo Matamoros, comandante de puesto y azote de la sierra.
Estupendo. No hay manera de librarse de esta plaga. Cuando hablaba, el tono altisonante y el ritmo atropellado me han recordado a don Manuel.
Y que lo diga. Igualito que Fraga.
Se echaron a reír.
Matías pidió un cortado descafeinado y un vaso de agua y, mientras Jacinto le servía el vaso de agua, le preguntó a qué se debía aquella grotesca conducta.
Cosas de la rumana, que le tiene sorbido el seso
La habitación era amplia, luminosa y sobria. La piedra de la sierra, una constante en todo el hotel, lo vestía todo, y los escasos pero imponentes muebles de madera de cerezo hacían resaltar el cuadro que Loti tenía en la habitación.
La tela -una acuarela de sesenta centímetros de ancho por metro treinta de alto que descansaba en el suelo y subía por la pared junto a un costado del enorme cristal que había sustituido al grueso muro contiguo a la terraza- era sencilla y bella: Una maceta de barro cocido donde un par de frágiles tallos de buganvilla se ramificaban a medida que ascendían hasta estallar en unas cuantas flores escarlata.
Cuando entró en el lavabo encontró un posit pegado al espejo. Después de leerlo, lo arrugó, lo tiró por el inodoro y se metió en la ducha. Cuando regresó a la habitación se quedó mirando el lienzo pensando en que le resultaba familiar, sexy incluso. Se tomó un Alka-Seltzer, se vistió, abrió la puerta de la terraza, volvió a mirar el cuadro lleno de curiosidad y salió de la habitación; cogió unas llaves que había sobre la mesa de la cocina y echó a andar hacia la puerta
Mientras bajaba las escaleras del hotel camino del bar de Jacinto recordó donde había visto por primera vez aquel cuadro. Era una buganvilla de la terraza del caótico ático donde vivió Loti cuando estudiaba en Barcelona y que, desde hacía unos meses, arrancaba también desde los gemelos de su pierna izquierda y trepaba entre pequeñas flores carmesí por la cara posterior del muslo para acabar dispersándose pletórica de color por sus inmarcesibles nalgas.
Al llegar a la puerta del bar se tropezó con unos cuantos parroquianos que salían atropelladamente. Los dejó pasar y, un instante antes de cruzar el umbral, se giró con curiosidad y los vio alejarse apresuradamente en varias direcciones. Iba a preguntarle al camarero por el motivo de aquella fuga, pero Jacinto estaba recogiendo un par de mesas; por lo que se sentó en la barra y esperó a que volviera hojeando el periódico.
Nada más abrir El País sintió unos toquecitos en la espalda. Se dio la vuelta y se encontró con un tipo de mediana estatura, de rostro renegrido y picado de viruela que exhibía un bigote a lo Sáenz de Santamaría.
¿Qué se le ofrece? le preguntó, dando un suspiro de empacho.
A ver, identifíquese.
Y usted, ¿piensa hacer lo propio o espera que el bigote cuartelero sea suficiente?
El hombre estuvo un par de minutos buscando en sus bolsillos hasta que dio un resoplido y le mostró una placa que lo acreditada como miembro de la Benemérita.
Matías le entregó el carnet. El agente sacó una libreta y anotó su filiación. Después, se encaró con el y le espetó: Así que de Barcelona, eh. Rojo o separatista. O lo que es peor, las dos cosas.
No sabría decirle. Últimamente el panorama político es tan voluble que ya no sé si voy o vengo.
¿Dónde se hospeda? Y no me mienta, porque iré a comprobarlo.
En La Casona. Estoy en La Casona. Vengo invitado por una vieja amiga y me estaré una temporada concluyó, exasperado.
Tenga, y páselo bien le dijo, en tono sarcástico.
Matías cogió el DNI, lo guardó en la cartera y cuando levantó la vista el tipo había desaparecido.
Jacinto volvió a la barra, se puso a fregar unos vasos y le dijo con una risita: Le presento al sargento Segundo Matamoros, comandante de puesto y azote de la sierra.
Estupendo. No hay manera de librarse de esta plaga. Cuando hablaba, el tono altisonante y el ritmo atropellado me han recordado a don Manuel.
Y que lo diga. Igualito que Fraga.
Se echaron a reír.
Matías pidió un cortado descafeinado y un vaso de agua y, mientras Jacinto le servía el vaso de agua, le preguntó a qué se debía aquella grotesca conducta.
Cosas de la rumana, que le tiene sorbido el seso
martes, 15 de septiembre de 2015
Orange 3 (fragmento)
Estaba fascinado delante aquel bigotito naranja y pensó que, en realidad, aquel chichi jugoso e inquieto no había cambiado tanto. Se engañaba, veinte años son veinte años, pero también era cierto que en aquel escenario improvisado seguía teniendo bastante gancho.
Ella sacó del neceser una botellita con cuentagotas, unas pinzas para las cejas y una maquinilla de afeitar de color rosa. Cogió las pinzas con la mano derecha, alzó las rodillas y apoyó las plantas de los pies en el borde de la mesa. Con la otra mano agarró el espejo, lo apoyó en el sofá justo delante de la vagina y comenzó a extraer pelos rebeldes. Los localizaba con el espejo, después, con cuidado, los atrapaba con las pinzas y daba un brusco tirón al tiempo que su rostro dibujaba una mueca de dolor que se desvanecía rápidamente, entonces levantaba la vista y lo miraba sonriendo.
Los grandes ojos castaños brillaron como espejos y Matías supo que la farla empezaba a hacer su trabajo. Entre pelo y pelo, le contó que, con el lío de los del SEPRONA no había tenido tiempo de hacerlo por la tarde y de esta manera la espera sería estimulante para los dos.
Una corriente eléctrica recorrió el cerebro de Matías, sus ojos se abrieron como platos y un nudo le atenazó la garganta, entonces tuvo una arcada y salió corriendo hacia el lavabo. Cuando regresó traía los ojos enrojecidos y la garganta seca como un zapato. Para entonces Orange había terminado con los pelos rebeldes y se rasuraba con mucho cuidado el pubis, perfilando el bigotito naranja que, bajo la luz del foco, brillaba como un sol naciente.
Cuando llegó el momento de rasurar los labios externos lanzó un suspiro y le dijo: — Anda ven y termina tú, no tengo el pulso firme. Matías se acercó al sofá, apartó la mesita, se arrodilló delante de su sexo y cogió la maquinilla; ella abrió las piernas de par en par y le dijo: — Ten cuidado, no vayas a joder la noche. Él no dijo nada y se aplicó a la tarea con toda la atención de la que era capaz dadas las circunstancias. Primero se dispuso a rasurar el labio derecho. Iba despacio, en parte por precaución y en parte por placer, cuando terminó ese lado cambió de posición y comenzó con el derecho. No era una tarea complicada, pues el bello apenas comenzaba a aparecer, pero sí muy delicada. Cuando terminó dejó la maquinilla en el suelo y, de sopetón, le metió el índice y el pulgar de la mano derecha en el coño. Se oyó un gemido, y Matías comenzó a desplazar los dedos adentro y afuera. Ella le paró la mano y le dijo: — Se bueno y acércame el frasquito.
El pequeño frasco era el culpable de que Matías la llamara a veces “mi chichi naranja”. Contenía un perfume que ella misma se hacía desde que era una jovencita. La fórmula era muy sencilla: consistía en una combinación de aceite esencial y esencia de flor de naranjo.
Se levantó a su pesar, tomó el pequeño frasco, se arrodillo de nuevo y lo agitó suavemente; después fue dejando caer lentamente unas cuantas gotas sobre el pubis. Ponía unas gotas y luego extendía el denso líquido de manera suave y uniforme; después repetía la operación en otra pequeña porción de piel. Cuando le tocó el turno a la vagina presionó la zona con un poco más de firmeza hasta que terminó la tarea y, aprovechando que ella estaba en el paraíso, volvió a introducirle los dedos con un golpe seco. Esta vez no se demoró, sacó los dedos y se los metió en la boca mientras ella se dejaba caer hacía atrás levantando las piernas con las rodillas flexionadas y susurrando: — Eso es, chúpatelos. Chúpalo todo cariño.
Ella sacó del neceser una botellita con cuentagotas, unas pinzas para las cejas y una maquinilla de afeitar de color rosa. Cogió las pinzas con la mano derecha, alzó las rodillas y apoyó las plantas de los pies en el borde de la mesa. Con la otra mano agarró el espejo, lo apoyó en el sofá justo delante de la vagina y comenzó a extraer pelos rebeldes. Los localizaba con el espejo, después, con cuidado, los atrapaba con las pinzas y daba un brusco tirón al tiempo que su rostro dibujaba una mueca de dolor que se desvanecía rápidamente, entonces levantaba la vista y lo miraba sonriendo.
Los grandes ojos castaños brillaron como espejos y Matías supo que la farla empezaba a hacer su trabajo. Entre pelo y pelo, le contó que, con el lío de los del SEPRONA no había tenido tiempo de hacerlo por la tarde y de esta manera la espera sería estimulante para los dos.
Una corriente eléctrica recorrió el cerebro de Matías, sus ojos se abrieron como platos y un nudo le atenazó la garganta, entonces tuvo una arcada y salió corriendo hacia el lavabo. Cuando regresó traía los ojos enrojecidos y la garganta seca como un zapato. Para entonces Orange había terminado con los pelos rebeldes y se rasuraba con mucho cuidado el pubis, perfilando el bigotito naranja que, bajo la luz del foco, brillaba como un sol naciente.
Cuando llegó el momento de rasurar los labios externos lanzó un suspiro y le dijo: — Anda ven y termina tú, no tengo el pulso firme. Matías se acercó al sofá, apartó la mesita, se arrodilló delante de su sexo y cogió la maquinilla; ella abrió las piernas de par en par y le dijo: — Ten cuidado, no vayas a joder la noche. Él no dijo nada y se aplicó a la tarea con toda la atención de la que era capaz dadas las circunstancias. Primero se dispuso a rasurar el labio derecho. Iba despacio, en parte por precaución y en parte por placer, cuando terminó ese lado cambió de posición y comenzó con el derecho. No era una tarea complicada, pues el bello apenas comenzaba a aparecer, pero sí muy delicada. Cuando terminó dejó la maquinilla en el suelo y, de sopetón, le metió el índice y el pulgar de la mano derecha en el coño. Se oyó un gemido, y Matías comenzó a desplazar los dedos adentro y afuera. Ella le paró la mano y le dijo: — Se bueno y acércame el frasquito.
El pequeño frasco era el culpable de que Matías la llamara a veces “mi chichi naranja”. Contenía un perfume que ella misma se hacía desde que era una jovencita. La fórmula era muy sencilla: consistía en una combinación de aceite esencial y esencia de flor de naranjo.
Se levantó a su pesar, tomó el pequeño frasco, se arrodillo de nuevo y lo agitó suavemente; después fue dejando caer lentamente unas cuantas gotas sobre el pubis. Ponía unas gotas y luego extendía el denso líquido de manera suave y uniforme; después repetía la operación en otra pequeña porción de piel. Cuando le tocó el turno a la vagina presionó la zona con un poco más de firmeza hasta que terminó la tarea y, aprovechando que ella estaba en el paraíso, volvió a introducirle los dedos con un golpe seco. Esta vez no se demoró, sacó los dedos y se los metió en la boca mientras ella se dejaba caer hacía atrás levantando las piernas con las rodillas flexionadas y susurrando: — Eso es, chúpatelos. Chúpalo todo cariño.
sábado, 5 de septiembre de 2015
Orange 2 (fragmento)
Abajo están el almacén y los vestuarios. Y en esta planta el vestíbulo, la recepción y un pequeño restaurante. Tiene otra entrada que da a la calle de atrás, pero a esta hora ya estará cerrada dijo Loti al ver la curiosidad que asomó a los ojos de Matías nada más cruzar el letrero de la entrada donde se podía leer escrito a fuego sobre madera Bienvenidos a La Casona. En las dos plantas siguientes están las habitaciones continuó, y la última es una planta privada con dos áticos independientes donde vivimos mi sobrina y yo.
Me gusta el cuadro. Es un paisaje impresionista ¿No?
Sí. Es mío. Lo pinté expresamente para este vestíbulo. Intenta mostrar la belleza indómita de la sierra azotada por los primeros vientos del otoño. El bosque empieza a perder sus tonos verdes y los tostados y ocres avanzan sierra abajo desde los parajes más altos, al tiempo que la fauna comienza a replegarse buscando un refugio donde pasar el invierno o inicia la migración a lugares menos inhóspitos. Está pintado en Santibáñez. Tengo el estudio allí.
Es sobrecogedor. Al primer vistazo ya dan ganas de abrigarse.
Espérame aquí. Cojo algo para cenar y subimos.
Matías seguía parado a cuatro metros del cuadro, atrapado en aquel paisaje agreste y amenazador que parecía querer extenderse más allá de la recepción. La voz de Loti, que lo llamaba desde la puerta del ascensor, lo sacó de su ensueño. Giró la cabeza en dirección a la voz y echó a andar hasta el fondo del vestíbulo.
Ya en albornoz, mientras ella terminaba de ducharse, se acercó al ordenador, abrió el Winamp y puso música. Suena mejor el vinilo, los graves en digital pierden mucho, se dijo mientras caminaba hasta la cocina. Preparó la pequeña mesa, y cuando empezó a sacar la comida de las bandejas, el ruido de un secador de pelo disparó su imaginación y se estremeció exclamando: ¡Maldito chichi naranja! Y a punto estuvo de acabar por los suelos la ternera en salsa.
Mientras cenaban Loti le explicó el motivo de su retraso. Un imprevisto en Los Comuneros la pequeña finca familiar, una finca rústica junto a la carretera del Guijo, que con muchos esfuerzos las dos mujeres lograron salvar de la debacle familiar-, al parecer, las lluvias torrenciales de la semana anterior habían dejado al descubierto una fosa llena de esqueletos de animales de una especie nunca vista en la sierra. Los agentes del SEPRONA acotaron la zona, hicieron fotografías y levantaron un acta que debían hacer llegar al juez a la mañana siguiente por si creía oportuno abrir diligencias.
Después de cenar; él se puso a fregar los platos y Loti desapareció en el lavabo soltando una risita que Matías conocía muy bien. Estaba terminando de limpiar la mesa cuando una voz profunda y aterciopelada lo reclamó desde el salón. Se secó las manos pensando en que quizá aquella fuera la noche especial que ella le había prometido mientras cenaban.
Siéntate en el sillón le dijo.
Matías obedeció sin rechistar. La miró detenidamente y completamente abducido vio como el salón se trasformaba en un pequeño escenario. Loti apagó la luz cenital y encendió un pequeño foco, empujó un sofá de dos plazas tapizado de color salmón hasta la pequeña mesita que había en el centro de la sala, buscó en el ordenador, puso música chill out, orientó la concentrada luz del foco hacía el sofá, y le pidió que desplazara el sillón un poco más lejos de la mesita.
Para entonces el cansancio que traía del largo viaje había desaparecido. Estaba excitado y muerto de curiosidad. Recordó los viejos tiempos, cuando, ocasionalmente, ella hacía de performer en algún espectáculo extravagante y provocador.
Tardo un minuto, ponte una copa si te apetece dijo ella desapareciendo en la oscuridad del pasillo. Le hizo caso, buscó entre las botellas que había en la pequeña barra que tenía detrás hasta que encontró whisky de malta. Fue a la cocina y volvió con un vaso largo con un cubito de hielo y una botella de agua mineral fría. Buscó en su pequeño bolso uno de los petardos que traía liados desde Barcelona y no había tenido oportunidad de fumarse durante el viaje. Lo encendió y volvió a sentarse en el sillón. Con el pelotazo en una mano y el canuto en la otra, se dispuso a disfrutar del espectáculo que se avecinaba.
No la oyó llegar, venía descalza y con una corta bata llena de arabescos multicolores, se sentó en el sofá y, con el aplomo que le da a una mujer el saberse una cuarentona follable, dejó sobre la mesita el neceser y el espejo de mano que traía y se abrió la bata de par en par.
Qué sensual estás, Loti.
Cierra el pico. Ahora no soy Loti. Esta noche, para ti soy Orange.
Me gusta el cuadro. Es un paisaje impresionista ¿No?
Sí. Es mío. Lo pinté expresamente para este vestíbulo. Intenta mostrar la belleza indómita de la sierra azotada por los primeros vientos del otoño. El bosque empieza a perder sus tonos verdes y los tostados y ocres avanzan sierra abajo desde los parajes más altos, al tiempo que la fauna comienza a replegarse buscando un refugio donde pasar el invierno o inicia la migración a lugares menos inhóspitos. Está pintado en Santibáñez. Tengo el estudio allí.
Es sobrecogedor. Al primer vistazo ya dan ganas de abrigarse.
Espérame aquí. Cojo algo para cenar y subimos.
Matías seguía parado a cuatro metros del cuadro, atrapado en aquel paisaje agreste y amenazador que parecía querer extenderse más allá de la recepción. La voz de Loti, que lo llamaba desde la puerta del ascensor, lo sacó de su ensueño. Giró la cabeza en dirección a la voz y echó a andar hasta el fondo del vestíbulo.
Ya en albornoz, mientras ella terminaba de ducharse, se acercó al ordenador, abrió el Winamp y puso música. Suena mejor el vinilo, los graves en digital pierden mucho, se dijo mientras caminaba hasta la cocina. Preparó la pequeña mesa, y cuando empezó a sacar la comida de las bandejas, el ruido de un secador de pelo disparó su imaginación y se estremeció exclamando: ¡Maldito chichi naranja! Y a punto estuvo de acabar por los suelos la ternera en salsa.
Mientras cenaban Loti le explicó el motivo de su retraso. Un imprevisto en Los Comuneros la pequeña finca familiar, una finca rústica junto a la carretera del Guijo, que con muchos esfuerzos las dos mujeres lograron salvar de la debacle familiar-, al parecer, las lluvias torrenciales de la semana anterior habían dejado al descubierto una fosa llena de esqueletos de animales de una especie nunca vista en la sierra. Los agentes del SEPRONA acotaron la zona, hicieron fotografías y levantaron un acta que debían hacer llegar al juez a la mañana siguiente por si creía oportuno abrir diligencias.
Después de cenar; él se puso a fregar los platos y Loti desapareció en el lavabo soltando una risita que Matías conocía muy bien. Estaba terminando de limpiar la mesa cuando una voz profunda y aterciopelada lo reclamó desde el salón. Se secó las manos pensando en que quizá aquella fuera la noche especial que ella le había prometido mientras cenaban.
Siéntate en el sillón le dijo.
Matías obedeció sin rechistar. La miró detenidamente y completamente abducido vio como el salón se trasformaba en un pequeño escenario. Loti apagó la luz cenital y encendió un pequeño foco, empujó un sofá de dos plazas tapizado de color salmón hasta la pequeña mesita que había en el centro de la sala, buscó en el ordenador, puso música chill out, orientó la concentrada luz del foco hacía el sofá, y le pidió que desplazara el sillón un poco más lejos de la mesita.
Para entonces el cansancio que traía del largo viaje había desaparecido. Estaba excitado y muerto de curiosidad. Recordó los viejos tiempos, cuando, ocasionalmente, ella hacía de performer en algún espectáculo extravagante y provocador.
Tardo un minuto, ponte una copa si te apetece dijo ella desapareciendo en la oscuridad del pasillo. Le hizo caso, buscó entre las botellas que había en la pequeña barra que tenía detrás hasta que encontró whisky de malta. Fue a la cocina y volvió con un vaso largo con un cubito de hielo y una botella de agua mineral fría. Buscó en su pequeño bolso uno de los petardos que traía liados desde Barcelona y no había tenido oportunidad de fumarse durante el viaje. Lo encendió y volvió a sentarse en el sillón. Con el pelotazo en una mano y el canuto en la otra, se dispuso a disfrutar del espectáculo que se avecinaba.
No la oyó llegar, venía descalza y con una corta bata llena de arabescos multicolores, se sentó en el sofá y, con el aplomo que le da a una mujer el saberse una cuarentona follable, dejó sobre la mesita el neceser y el espejo de mano que traía y se abrió la bata de par en par.
Qué sensual estás, Loti.
Cierra el pico. Ahora no soy Loti. Esta noche, para ti soy Orange.
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