Por un instante todo se iluminó y pudieron ver a Segis que avanzaba hacia ellos con su zurrón y su paraguas, y a Moctezuma correteando junto a él. La penumbra trajo consigo un trueno ensordecedor que recorrió la montaña y el valle, apagando la voz de Matías. La tormenta se acercaba y la mortecina y cicatera luz del ocaso desaparecería tras las montañas en pocos minutos…
Moctezuma llegó hasta ellos, los olisqueó y soltó un ladrido festivo, entonces vieron avanzar el haz de luz de la potente linterna de Segis por el camino.
— Tenemos que darnos prisa, señorita – dijo Segis, nada más llegar hasta ellos–. La tormenta no tardará en llegar y nos queda un trecho muy abrupto por hacer. Mocte y yo iremos delante. Caminaremos despacio, pero procuren no quedarse atrás. Si hay algún problema o voy muy rápido para usted me avisa. Y tengan cuidado con las ramas de los arbustos, mantengan cierta distancia para que no les golpeen las que yo vaya apartando.
La luz de las dos linternas se abría paso por la estrecha y empinada senda, creando un espectral juego de luces sombras, de perfiles telúricos e intermitentes, a medida que avanzaban lentamente sendero arriba.
Apoyada en el hombro de Matías, Loti, a pesar de que andaba dolorida, no soltó ni un suspiro durante la ardua ascensión. Los resoplidos de Matías, que acusaba el esfuerzo, y algún ladrido extemporáneo del perro, que iba y venía constantemente, rompían de tanto en tanto el sepulcral silencio de la caminata.
— Tengan cuidado ahora, tenemos que rodear una gran peña. Procuren seguir el sendero que la rodea sin acercase demasiado a ella, podrían golpearse la cabeza con alguna de sus aristas.
Tras superar la pequeña colina llegaron a la vieja pista abandonada. Descansaron un poco sentados sobre el tronco de un árbol caído y retomaron la marcha por el sendero en desuso que los llevaría directamente a la estación.
Soplaba un ventarrón racheado de mil diablos cuando comenzó a llover a cántaros. Las fuertes ráfagas de viento empujaban el agua de costado, haciendo inútil es enorme paraguas de Segis donde iban los tres acurrucados.
Al poco amainó, el viento y la lluvia desaparecieron tan rápido como habían venido, las nubes se esfumaron, y las estrellas estallaron en la noche de la sierra. Y el lobo, el aullido profundo y solitario del lobo, volvió a surcar la noche reclamando su espacio y su momento.
— Ya veo las luces de la estación, señorita. Siempre las dejo encendidas por si me entretengo por ahí y llego tarde –comentó Segis, señalando con la luz de la linterna un lugar invisible a su izquierda.
jueves, 25 de febrero de 2016
domingo, 21 de febrero de 2016
Cómplices
Hace danza desde que era una niña, así que está hecha un roble, más dura que las piedras y flexible como una gata. Me rindo ante esas tetas marmóreas, doblo el espinazo delante de ese coño primigenio. Me la voy a follar como un campeón, aunque palme encima o debajo de ella, qué más da. Quiero sentirla mover el culo, estremecerse, hacerla reír, llorar, mearse de gusto. Ver su mirada radiante después de un polvo.
Adoro esa boca golosa, insaciable, que recoge mi sexo y lo succiona y lame suavemente mientras la miro y acaricio su ensalivado clítoris. Acariciarle el pelo y empujar su cabeza hacia mi sexo. Eso es mi amor, trágatela toda, chúpala como tú sabes, mi vida.
Se pone a horcajadas sobre mi boca moviéndose suavemente adelante y atrás. Alzo los brazos hasta alcanzar sus juveniles pechos y la veo entre ellos; contemplo el vaivén de su hermoso pelo caído sobre los hombros, entonces mira hacia abajo y nuestros ojos se encuentran; los míos abiertos de par en par, los suyos sensuales y entrecerrados.
Ámbar apareció en mi vida a tope de lencería y con las tetas en punta...
Adoro esa boca golosa, insaciable, que recoge mi sexo y lo succiona y lame suavemente mientras la miro y acaricio su ensalivado clítoris. Acariciarle el pelo y empujar su cabeza hacia mi sexo. Eso es mi amor, trágatela toda, chúpala como tú sabes, mi vida.
Se pone a horcajadas sobre mi boca moviéndose suavemente adelante y atrás. Alzo los brazos hasta alcanzar sus juveniles pechos y la veo entre ellos; contemplo el vaivén de su hermoso pelo caído sobre los hombros, entonces mira hacia abajo y nuestros ojos se encuentran; los míos abiertos de par en par, los suyos sensuales y entrecerrados.
Ámbar apareció en mi vida a tope de lencería y con las tetas en punta...
sábado, 20 de febrero de 2016
Reencuentro (Jamón de mono)
En los senderos de piel que transitaron aquella primera noche, el muchacho impetuoso y la niñata inacabable de otros tiempos suplantaron a los amantes y fueron los verdaderos protagonistas de una función donde los cuerpos se barajaron sin tregua una y otra vez; al principio con el apremio de ahuyentar soledades y ausencias, y después sobre todo él, enardecido por aquella mujer que lo había reconciliado con el gozo y el misterio con pasión y sabiduría. Durante unas horas sublimes recobraron aquel tiempo remoto en el que todavía conservaban la esperanza en el amor y la vida, y recorrían, entre requiebros y besos, los laberintos de la noche barcelonesa.
martes, 16 de febrero de 2016
Ámbar
Un poema de amor en la noche yerma
sueño pechos en flor entre sábanas muertas
un, te extraño, mi duermevela de ausencias.
Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas,
de núbiles audacias, de carne trémula…
Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
De mis manos en tu piel desnuda,
paisajes húmedos, tiernos, sonoros,
besos, dulces besos,
descubriendo curvas, sospechando vértigos,
deshojando primaveras.
Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.
sueño pechos en flor entre sábanas muertas
un, te extraño, mi duermevela de ausencias.
Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas,
de núbiles audacias, de carne trémula…
Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
De mis manos en tu piel desnuda,
paisajes húmedos, tiernos, sonoros,
besos, dulces besos,
descubriendo curvas, sospechando vértigos,
deshojando primaveras.
Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.
viernes, 1 de enero de 2016
Orange 8 (fragmento)
¿Qué te atrajo de mí? preguntó, saliendo de detrás del lienzo y acercándose a él.
Se levantó y comenzó a caminar. Se detuvo en un extremo del estudio, dio media vuelta y avanzó en diagonal hacia la puerta. Un par de metros antes de llegar a ella giró a la izquierda, ando unos pasos más y se detuvo frente a una estantería metálica llena de tubos para guardar planos, donde Loti tenía algunas de sus pinturas; fue mirando las etiquetas de unos cuantos hasta que encontró una que llamó su atención, sacó el cilindro de su estante, se volvió hacia ella y preguntó: ¿Puedo?
Desde luego contestó ella, consciente de que él quería demorar su respuesta.
Es magnifico dijo, alejándose del lienzo que acababa de desenrollar. Un paisaje de la sierra donde un sol todavía indeciso se habría paso entre la niebla, dejando entrever, como si fuera un buque fantasma navegando furtivo entre la bruma, un viejo puente de piedra sobre un río sombrío.
Es el río Valvanera en un amanecer de primavera. La niebla en Santibáñez tiene personalidad propia y se manifiesta sobre todo en invierno y primavera. Tinieblas insondables y caprichosas que fabrican efímeras quimeras, donde los sentidos se extravían sin remedio, tergiversando a su paso todo lo que tocan.
¡Joder, nena! Me acabas de recordar a Mateo Díez.
¿A quién?
A un escritor leonés contemporáneo. Premio nacional. De estilo preciso y alambicado, al menos para mí. Deberías leer alguna de sus obras.
Hará un par de años me lo pidieron prestado para una exposición sobre la sierra. Cuando me lo devolvieron alguien había escrito a lápiz por detrás del cuadro el parágrafo Tinieblas insondables... etcétera, etcétera. Me gustó y nunca lo borré, debe seguir ahí.
Me recordaste a alguien. Eso fue lo que pasó, Loti dijo por fin. La media melena ensortijada y descuidada, los almendrados ojos castaños, la boca golosa, y esos labios brillantes y carnosos Te parecías un montón a María Schneider. Una bellísima y sensual síntesis de ángel y putón que me tenía fascinado de joven
Mantequilla no tengo, pero hay aceite de almendras. ¿Qué, te apuntas? atajó ella.
Aquí mismo. Ponemos una estera delante de la estufa y listo contestó al instante.
Se levantó y comenzó a caminar. Se detuvo en un extremo del estudio, dio media vuelta y avanzó en diagonal hacia la puerta. Un par de metros antes de llegar a ella giró a la izquierda, ando unos pasos más y se detuvo frente a una estantería metálica llena de tubos para guardar planos, donde Loti tenía algunas de sus pinturas; fue mirando las etiquetas de unos cuantos hasta que encontró una que llamó su atención, sacó el cilindro de su estante, se volvió hacia ella y preguntó: ¿Puedo?
Desde luego contestó ella, consciente de que él quería demorar su respuesta.
Es magnifico dijo, alejándose del lienzo que acababa de desenrollar. Un paisaje de la sierra donde un sol todavía indeciso se habría paso entre la niebla, dejando entrever, como si fuera un buque fantasma navegando furtivo entre la bruma, un viejo puente de piedra sobre un río sombrío.
Es el río Valvanera en un amanecer de primavera. La niebla en Santibáñez tiene personalidad propia y se manifiesta sobre todo en invierno y primavera. Tinieblas insondables y caprichosas que fabrican efímeras quimeras, donde los sentidos se extravían sin remedio, tergiversando a su paso todo lo que tocan.
¡Joder, nena! Me acabas de recordar a Mateo Díez.
¿A quién?
A un escritor leonés contemporáneo. Premio nacional. De estilo preciso y alambicado, al menos para mí. Deberías leer alguna de sus obras.
Hará un par de años me lo pidieron prestado para una exposición sobre la sierra. Cuando me lo devolvieron alguien había escrito a lápiz por detrás del cuadro el parágrafo Tinieblas insondables... etcétera, etcétera. Me gustó y nunca lo borré, debe seguir ahí.
Me recordaste a alguien. Eso fue lo que pasó, Loti dijo por fin. La media melena ensortijada y descuidada, los almendrados ojos castaños, la boca golosa, y esos labios brillantes y carnosos Te parecías un montón a María Schneider. Una bellísima y sensual síntesis de ángel y putón que me tenía fascinado de joven
Mantequilla no tengo, pero hay aceite de almendras. ¿Qué, te apuntas? atajó ella.
Aquí mismo. Ponemos una estera delante de la estufa y listo contestó al instante.
jueves, 10 de diciembre de 2015
Orange 7 (fragmento)
Hizo un disparo al aire y los monos huyeron en todas direcciones, enfocó la linterna sobre el bulto tirado en el suelo mientras se acercaba sigilosamente; nada más llegar a su lado se oyó un gemido, entonces vio al hombre. Se aguantaba las tripas con las manos y, por entre sus dedos, la sangre escapaba a borbotones. La imagen del hombre tirado sobre la nieve desangrándose llenó sus ojos de pánico y tuvo un flash-back, por unos minutos creyó estar de nuevo en el cerco de Leningrado bajo el fuego de la ofensiva rusa que trataba de romper la línea del frente y atacar al ejecito alemán por la retaguardia. Podía oír las balas silbando sobre sus cabezas, el tableteo de las ametralladoras y los gritos enloquecidos de los soldados rusos, mientras avanzaban entre los estallidos de los obuses para caer sobre ellos con sus lanzallamas. Como un autómata, Alejandro se quitó la bufanda y la anudó alrededor del vientre del herido. Lo arrastró con cuidado hasta un árbol cercano y lo recostó contra el tronco. Entonces sus miradas se cruzaron. Ninguno hizo preguntas, ambos sabían que el final solo era cuestión de minutos, poco más de media hora como mucho.
Alejandro se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió con los ojos, Alejandro lo encendió y, como tantas veces había hecho sobre la nieve del sitio de Leningrado, se lo puso en los labios. No cruzaron palabra alguna mientras el herido se despedía del mundo. Cuando terminó de fumar, dejó caer el cigarrillo de la boca, levantó la mirada y asintió con un breve gesto de la cabeza; Alejandro supo de inmediato lo que debía hacer, acercó el cañón de su Tokarev a la sien del moribundo y apretó el gatillo. Un segundo después, como si despertara de una pesadilla, la escena de la ofensiva rusa desapareció, y oyó el ruido del disparo recorriendo la noche del valle como un aullido. Los ecos que devolvían las colinas próximas rebotaron en su cabeza mientras arrastraba trabajosamente el cadáver del desconocido hasta la puerta de la casa del guarda contigua al viejo laboratorio, pensando que los disparos de la Tokarev, más allá del valle, se habrían confundido perfectamente con los de algún furtivo de la sierra. Resoplando, se quitó el guante de la mano derecha, la introdujo en el bolsillo del abrigo donde llevaba el manojo de llaves y buscó a tientas hasta que sus dedos reconocieron la que necesitaba.
Al darle a la luz, ésta se proyectó sobre el cadáver, que yacía frente a la puerta. Alejandro examinó uno a uno los bolsillos del muerto. Al llegar al bolsillo interior de la cazadora encontró la cartera del intruso. Entró en la casa y encajó la puerta, atizó el fuego de la estufa, introdujo un par de troncos y acercó la mesa camilla a la estufa, se quitó la bufanda, el abrigo y la gorra y los dejó sobre el sofá; después se enjugó el sudor de la frente con la manga del brazo izquierdo, cogió una silla, se sentó junto a la mesa y, una vez sereno, vació el contenido de la cartera.
El carnet de conducir inglés confirmó sus sospechas, iban tras ellos. Nacido en Gibraltar pero con residencia en Madrid. Agente comercial de una empresa británica, según constaba en un carnet profesional. Treinta mil pesetas, doscientas libras y una tarjeta de American Expres.
Alejandro se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió con los ojos, Alejandro lo encendió y, como tantas veces había hecho sobre la nieve del sitio de Leningrado, se lo puso en los labios. No cruzaron palabra alguna mientras el herido se despedía del mundo. Cuando terminó de fumar, dejó caer el cigarrillo de la boca, levantó la mirada y asintió con un breve gesto de la cabeza; Alejandro supo de inmediato lo que debía hacer, acercó el cañón de su Tokarev a la sien del moribundo y apretó el gatillo. Un segundo después, como si despertara de una pesadilla, la escena de la ofensiva rusa desapareció, y oyó el ruido del disparo recorriendo la noche del valle como un aullido. Los ecos que devolvían las colinas próximas rebotaron en su cabeza mientras arrastraba trabajosamente el cadáver del desconocido hasta la puerta de la casa del guarda contigua al viejo laboratorio, pensando que los disparos de la Tokarev, más allá del valle, se habrían confundido perfectamente con los de algún furtivo de la sierra. Resoplando, se quitó el guante de la mano derecha, la introdujo en el bolsillo del abrigo donde llevaba el manojo de llaves y buscó a tientas hasta que sus dedos reconocieron la que necesitaba.
Al darle a la luz, ésta se proyectó sobre el cadáver, que yacía frente a la puerta. Alejandro examinó uno a uno los bolsillos del muerto. Al llegar al bolsillo interior de la cazadora encontró la cartera del intruso. Entró en la casa y encajó la puerta, atizó el fuego de la estufa, introdujo un par de troncos y acercó la mesa camilla a la estufa, se quitó la bufanda, el abrigo y la gorra y los dejó sobre el sofá; después se enjugó el sudor de la frente con la manga del brazo izquierdo, cogió una silla, se sentó junto a la mesa y, una vez sereno, vació el contenido de la cartera.
El carnet de conducir inglés confirmó sus sospechas, iban tras ellos. Nacido en Gibraltar pero con residencia en Madrid. Agente comercial de una empresa británica, según constaba en un carnet profesional. Treinta mil pesetas, doscientas libras y una tarjeta de American Expres.
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Orange 6 (fragmento)
Matías puso el cofre sobre la mesita, se sentó frente a él y cogió el oxidado juego de llaves. Eligió las que más se ajustaban al diseño de la cerradura y las fue probando hasta que una de ellas pareció encajar a la perfección. La hizo girar, pero solo había dado media vuelta cuando se quedó atascada. Intentó varias veces volverla a su posición original sin ningún resultado. La herrumbre había hecho mella en la vieja cerradura, y no era cuestión de forzarla; no quería estropear el cofre que tanto había encandilado a Loti, convencida como estaba de que las iniciales A.V., grabadas en una pequeña placa dorada atornillada a uno de sus costados, correspondían a las de su padre, Alejandro Valcárcel; a quien apenas conoció y al que su madre llegó a aborrecer. Desde niña se acostumbró a las frecuentes disputas entre los cónyuges, que solían acabar con la marcha del padre dando un fuerte portazo seguido de los amargos sollozos de su madre, que, desde la salita de la planta baja, llegaban lúgubres y apagados hasta su habitación.
Fue al coche, estuvo un rato rebuscando en el portamaletas y regresó con un destornillador y un bote de spray tres en uno; dio un par de cortas aplicaciones a través de las ranuras que había entre la llave y la embocadura y se dispuso a esperar unos minutos ojeando sus notas.
Pasado un rato se puso a forcejear con la llave, en un par de minutos consiguió que regresara a su posición original y pudo sacarla. Volvió a rociar con espray el agujero de la cerradura, hizo lo propio con la llave y fue a la cocina a por un estropajo de aluminio, con el que frotó enérgicamente los herrumbrosos dientes hasta dejarlos tan relucientes como una sonrisa de anuncio. La introdujo de nuevo y la fue girando con cuidado hasta que ésta se detuvo. Dio marcha atrás y otra vez hacia adelante. Esta vez giró completamente. Matías miró satisfecho el cofre, lió un cigarrillo y fue a avisar a Loti, que seguía en el taller a pesar de saber que la hora a la que solían comer estaba más que tocada.
Después de comer, Matías fue a la cocina a preparar el café. Loti recogió los platos, los dejó en el fregadero, sacó un par de tazas de uno de los armarios, lo miró expectante y, viendo que él no reaccionaba, le preguntó: — ¿Qué, has conseguido abrir el cofre?
— Por supuesto.
— ¿Cabrón, por qué no me lo has dicho antes? –preguntó–. Y acto seguido, sin soltar las tazas salió disparada hacia la salita del piso superior
— Porque la comida se habría enfriado y el cofre no va a salir corriendo — contestó Matías, subiendo tras ella.
Por un instante, Loti se quedó parada delante del cofre; después lanzó un suspiro, dejó las tazas encima de la mesita, levantó la tapa con mucha cautela, introdujo la mano en su interior y sacó una vieja lata de galletas. En ese momento, Matías oyó hervir el café y bajó a apagar el fuego.
Al entrar de nuevo en la salita casi se le cae la cafetera al suelo. Loti sostenía en la mano izquierda una vieja fotografía y con la derecha empuñaba una pistola.
Dejó la cafetera sobre la mesa, le arrebató la pistola, comprobó que no tenía puesto el cargador y tiró hacia atrás de la corredera, que, contra todo pronóstico, se desplazó sin muchos esfuerzos, la recámara también estaba vacía. La examinó detenidamente durante varios minutos, y después la dejó junto a los dos cargadores que había al lado de la caja de galletas diciendo: — Cariño, las carga el diablo. Es una Tokarev TT 33 de calibre 7.62. Una reliquia soviética de la segunda guerra mundial. La más utilizada por el ejército ruso en aquella época.
El contenido del cofre era el siguiente: una lata de galletas en la que había una libreta manuscrita en bastante buen estado y unas cuantas fotografías; y una pequeña bolsa impermeable de donde habían salido: la pistola, dos cargadores llenos, una cajita de cartón que contenía catorce balas, un trapo sucio y una botellita de aceite para limpiar armas de fuego.
Las cuatro fotografías, con una caligrafía menuda y cuidada, llevaban anotaciones al dorso. Un par estaban hechas en Grafenwöhr el día 31 de julio del 41, inmediatamente después del juramento al Führer. En una aparecían Alejandro y su hermano Saturnino con el uniforme de la 250 ª división de infantería de la Wehrmacht, y en la otra, de nuevo los dos hermanos, esta vez formando parte de un grupo de veintitantos voluntarios del SEU de Salamanca que saluda brazo en alto. De las otras dos, una era del 19 de agosto del mismo año –un día antes de su partida hacia el frente oriental-. En ella, Alejandro posa con una joven alemana del brazo. La otra está fechada el 20 de agosto, y se ve al mismo grupo de salmantinos posando, unos minutos antes de partir, junto al camión que los había de llevar a la estación donde tomarán el tren que los trasladará hasta Smolensk.
— A mi padre lo hirieron gravemente en el asedio a Leningrado. Allí se acabó la campaña de Rusia para él –dijo Loti.
Pero fue la ajada libreta de colegial lo que más llamó la atención de Matías. Ojeó rápidamente las amarillentas páginas manuscritas por las dos caras y, lleno de curiosidad, le preguntó: — ¿Te importa si la leo?
— No. Desde luego que no.
— Tiene una delicada caligrafía.
— Antes, esas cosas se enseñaban en el colegio, Matías.
Fue al coche, estuvo un rato rebuscando en el portamaletas y regresó con un destornillador y un bote de spray tres en uno; dio un par de cortas aplicaciones a través de las ranuras que había entre la llave y la embocadura y se dispuso a esperar unos minutos ojeando sus notas.
Pasado un rato se puso a forcejear con la llave, en un par de minutos consiguió que regresara a su posición original y pudo sacarla. Volvió a rociar con espray el agujero de la cerradura, hizo lo propio con la llave y fue a la cocina a por un estropajo de aluminio, con el que frotó enérgicamente los herrumbrosos dientes hasta dejarlos tan relucientes como una sonrisa de anuncio. La introdujo de nuevo y la fue girando con cuidado hasta que ésta se detuvo. Dio marcha atrás y otra vez hacia adelante. Esta vez giró completamente. Matías miró satisfecho el cofre, lió un cigarrillo y fue a avisar a Loti, que seguía en el taller a pesar de saber que la hora a la que solían comer estaba más que tocada.
Después de comer, Matías fue a la cocina a preparar el café. Loti recogió los platos, los dejó en el fregadero, sacó un par de tazas de uno de los armarios, lo miró expectante y, viendo que él no reaccionaba, le preguntó: — ¿Qué, has conseguido abrir el cofre?
— Por supuesto.
— ¿Cabrón, por qué no me lo has dicho antes? –preguntó–. Y acto seguido, sin soltar las tazas salió disparada hacia la salita del piso superior
— Porque la comida se habría enfriado y el cofre no va a salir corriendo — contestó Matías, subiendo tras ella.
Por un instante, Loti se quedó parada delante del cofre; después lanzó un suspiro, dejó las tazas encima de la mesita, levantó la tapa con mucha cautela, introdujo la mano en su interior y sacó una vieja lata de galletas. En ese momento, Matías oyó hervir el café y bajó a apagar el fuego.
Al entrar de nuevo en la salita casi se le cae la cafetera al suelo. Loti sostenía en la mano izquierda una vieja fotografía y con la derecha empuñaba una pistola.
Dejó la cafetera sobre la mesa, le arrebató la pistola, comprobó que no tenía puesto el cargador y tiró hacia atrás de la corredera, que, contra todo pronóstico, se desplazó sin muchos esfuerzos, la recámara también estaba vacía. La examinó detenidamente durante varios minutos, y después la dejó junto a los dos cargadores que había al lado de la caja de galletas diciendo: — Cariño, las carga el diablo. Es una Tokarev TT 33 de calibre 7.62. Una reliquia soviética de la segunda guerra mundial. La más utilizada por el ejército ruso en aquella época.
El contenido del cofre era el siguiente: una lata de galletas en la que había una libreta manuscrita en bastante buen estado y unas cuantas fotografías; y una pequeña bolsa impermeable de donde habían salido: la pistola, dos cargadores llenos, una cajita de cartón que contenía catorce balas, un trapo sucio y una botellita de aceite para limpiar armas de fuego.
Las cuatro fotografías, con una caligrafía menuda y cuidada, llevaban anotaciones al dorso. Un par estaban hechas en Grafenwöhr el día 31 de julio del 41, inmediatamente después del juramento al Führer. En una aparecían Alejandro y su hermano Saturnino con el uniforme de la 250 ª división de infantería de la Wehrmacht, y en la otra, de nuevo los dos hermanos, esta vez formando parte de un grupo de veintitantos voluntarios del SEU de Salamanca que saluda brazo en alto. De las otras dos, una era del 19 de agosto del mismo año –un día antes de su partida hacia el frente oriental-. En ella, Alejandro posa con una joven alemana del brazo. La otra está fechada el 20 de agosto, y se ve al mismo grupo de salmantinos posando, unos minutos antes de partir, junto al camión que los había de llevar a la estación donde tomarán el tren que los trasladará hasta Smolensk.
— A mi padre lo hirieron gravemente en el asedio a Leningrado. Allí se acabó la campaña de Rusia para él –dijo Loti.
Pero fue la ajada libreta de colegial lo que más llamó la atención de Matías. Ojeó rápidamente las amarillentas páginas manuscritas por las dos caras y, lleno de curiosidad, le preguntó: — ¿Te importa si la leo?
— No. Desde luego que no.
— Tiene una delicada caligrafía.
— Antes, esas cosas se enseñaban en el colegio, Matías.
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