jueves, 25 de febrero de 2016

Segis (Jamón de mono)

Por un instante todo se iluminó y pudieron ver a Segis que avanzaba hacia ellos con su zurrón y su paraguas, y a Moctezuma correteando junto a él. La penumbra trajo consigo un trueno ensordecedor que recorrió la montaña y el valle, apagando la voz de Matías. La tormenta se acercaba y la mortecina y cicatera luz del ocaso desaparecería tras las montañas en pocos minutos…
Moctezuma llegó hasta ellos, los olisqueó y soltó un ladrido festivo, entonces vieron avanzar el haz de luz de la potente linterna de Segis por el camino.
— Tenemos que darnos prisa, señorita – dijo Segis, nada más llegar hasta ellos–. La tormenta no tardará en llegar y nos queda un trecho muy abrupto por hacer. Mocte y yo iremos delante. Caminaremos despacio, pero procuren no quedarse atrás. Si hay algún problema o voy muy rápido para usted me avisa. Y tengan cuidado con las ramas de los arbustos, mantengan cierta distancia para que no les golpeen las que yo vaya apartando.
La luz de las dos linternas se abría paso por la estrecha y empinada senda, creando un espectral juego de luces sombras, de perfiles telúricos e intermitentes, a medida que avanzaban lentamente sendero arriba.
Apoyada en el hombro de Matías, Loti, a pesar de que andaba dolorida, no soltó ni un suspiro durante la ardua ascensión. Los resoplidos de Matías, que acusaba el esfuerzo, y algún ladrido extemporáneo del perro, que iba y venía constantemente, rompían de tanto en tanto el sepulcral silencio de la caminata.
— Tengan cuidado ahora, tenemos que rodear una gran peña. Procuren seguir el sendero que la rodea sin acercase demasiado a ella, podrían golpearse la cabeza con alguna de sus aristas.
Tras superar la pequeña colina llegaron a la vieja pista abandonada. Descansaron un poco sentados sobre el tronco de un árbol caído y retomaron la marcha por el sendero en desuso que los llevaría directamente a la estación.
Soplaba un ventarrón racheado de mil diablos cuando comenzó a llover a cántaros. Las fuertes ráfagas de viento empujaban el agua de costado, haciendo inútil es enorme paraguas de Segis donde iban los tres acurrucados.
Al poco amainó, el viento y la lluvia desaparecieron tan rápido como habían venido, las nubes se esfumaron, y las estrellas estallaron en la noche de la sierra. Y el lobo, el aullido profundo y solitario del lobo, volvió a surcar la noche reclamando su espacio y su momento.
— Ya veo las luces de la estación, señorita. Siempre las dejo encendidas por si me entretengo por ahí y llego tarde –comentó Segis, señalando con la luz de la linterna un lugar invisible a su izquierda.