lunes, 29 de noviembre de 2010

Radio paranoica

Aun repasando actas con motivo de redactar estas líneas, me ha sido imposible poner una fecha concreta a esta enloquecida etapa colectiva.
Todo comenzó a joderse cuando, un, alto, calvo y desgarbado paranoico, bastante conocido por las trifulcas que arma en ambientes alternativos y marginales, empezó a ponerse chulo con el resto del colectivo. Gritos, insultos, agresión a un compañero, y provocaciones como: “Yo me paso por los huevos lo que diga la asamblea”.
En fin, sólo por poner un ejemplo: hacía de técnico en el programa de presos, así que, un buen día, le dio por llamar desde la radio a la prisión de Can Brians en plan bromista. Un niño grande jugando con lo que no debía. Lo único que le faltaba a la emisora eran llamadas de este tipo.
Largar fuera del colectivo a aquél imbécil, fue, creo, lo que provocó la paranoia de otros, porque, eso sí, en aquél momento, aunque todavía no lo sabíamos, de paranoicos andábamos más que sobrados.
Con la experiencia adquirida en aquella etapa, puedo afirmar con rotundidad:
Siempre acaban armándola para después irse echándole la culpa a los demás, o, usando palabras más precisas: primero provocan una situación, y luego construyen la realidad a partir de ahí.
Lo recuerdo como si fuera ayer:
¡Marxistas! ¡Son marxistas! –exclamó indignado, y mirando acusador hacia la esquina donde estábamos sentados algunos de los compañeros que no le seguíamos la corriente.
Porque hay gente que si no les sigues la corriente se enfada mucho. Hay que darles la razón. Si no lo haces es que eres una persona mala, mala de verdad.
Ladrón, borracho, drogadicto, y alguna cosa más que ya no recuerdo –me gritaron a dúo una solitaria tarde de radio-. Entonces di una fuerte palmada en la mesa, y al levantar la vista vi correr al dúo dinámico: uno camino de la puerta; el otro buscando un lugar donde esconderse.
Asuntos como el que nos ocupa es mejor tomárselos con cierto humor. Aquel lamentable y doloroso espectáculo, que, dicho sea de paso, acabó por dejarnos sin cobertura metropolitana, es, por otro lado, una historia interesante. Una triste y penosa antítesis de la estupenda radio Nicosia.
La unidad más chunga -y un poco menos tonta- del dúo dinámico, en un bonito ejercicio de manual de psicología, se identificó completamente con la emisora. La radio era Él, y Él era la radio. De hecho, estaba convencido. Era el representante de Bakunin en las ondas. Azote de “reformistas y borrachos” que, al no darle siempre la razón, estaban cargados de defectos y debilidades, en contra suya y lejos de la pureza anarquista que Él representaba. Incluso llegó a manipular -añadiendo a bolígrafo una palabra en un texto mecanografiado que cambiaba el sentido del enunciado- el acta de una asamblea para que ésta dijera lo que, según Él, que no asistió a la misma, se había dicho en realidad. Gente marrullera y rencorosa los paranoicos.
Aunque fuera sólo de boquilla, nuestro insumiso reivindicador parecía pertenecer al ala radical del grupúsculo extremista de la fracción paranoica del movimiento libertario de corte naïf.
Y luego está lo del nomo…
Ahora mismo presiento al lector algo despistado. El que esto suscribe intenta reflejar en unas breves líneas el desbarajuste que llegaron a liarnos unos cuantos colgados, que, en su desvarío, entre otras cosas, se creyeron amos de la radio y custodios de la pureza libertaria más sicótica que he visto en mi vida.
El que quiera ampliar sus conocimientos sobre este tema sólo ha de poner en el buscador de Wikipedia la palabra “paranoia”, o mejor aún, las palabras “delirio paranoide”, y que se dé una vuelta por la página.
La cantidad de personas con problemas cognitivos o de salud mental que puede soportar un colectivo de treinta personas, cuando éste, además, desconoce el problema, es escasa. Hay que tener en cuenta que sacar adelante una emisión de veinticuatro horas es un trabajo duro, absorbente y constante que puede llegar generar tensiones.
Cuando se le fue la olla al primero, y empezó a ponerse borde, los demás del gremio parecieron infectarse con algún tipo de virus. Una destructiva batalla comenzó a fraguarse. Las asambleas se convirtieron en una suerte de terapia de grupo de película americana de majarones.
A día de hoy, sigo sin explicarme cómo fuimos capaces de aguantar tanta locura y despropósito. La verdad es que cada uno estaba inmerso en el trabajo del que se ocupaba, y cuando fuimos conscientes de la situación ya se habían montado su película y estaban subidos a la parra.
Meses fomentando el enfrentamiento, sembrando la desconfianza entre programas, intentando crear un clima hostil entre las personas. En algún caso lo consiguieron, pues siempre hay gente que viene exclusivamente a su programa y tardan en conocer al resto del grupo. Pero entre los que teníamos algún tipo de responsabilidad en ese momento, y nos veíamos a menudo, la estratagema no le funcionó.
También utilizó la técnica de volcarse con los programas nuevos para ganarse su confianza. Luego les hablaba mal de este o del otro. Esa fue su intachable moral “anarquista”.
Entre tanto, el día 21 de diciembre, RNE (canal cinco, todo noticias) ocupó ilegalmente la frecuencia que estábamos utilizando (99.00). Con aquello, nuestro Bakunin de las ondas se puso frenético del todo.
Comenzó por negar haber dicho lo que había dicho, siguió con negar haber hecho lo que había hecho, y la traca final, negaba estar haciendo lo que hacía. “Yo no quiero hacer daño al colectivo”, aseguró minutos después de dejarnos sin cobertura metropolitana. Nos acababa de joder porque no lo dejábamos imponer su voluntad y encima lo negaba.
¿”Y quién decidirá lo que es libertario y lo que no?  -le pregunté.
“Yo” -contestó, con aire de triunfo.
Como era de esperar en un colectivo como el nuestro, no hubo gritos de adhesión inquebrantable ante aquella afirmación. La peña lo miraba estupefacta. Era la condición que ponía si queríamos seguir emitiendo desde su propiedad, sita en lo alto del Carmelo.
Pasados dos minutos de su “yo” triunfal, y después de hacer una delirante analogía entre el humanismo cristiano y el ácrata, agachando un poco la cabeza y poniendo cara de víctima, en tono lastimero nos dijo: “No tenéis humanidad. Lo que pasa, es que aquí no tenéis humanidad”.
Desgraciadamente, este tipo de personas intentan crear con una mano y destruyen con la otra.
Perdimos tres programas en aquella reunión, pero nos quitamos de encima un lastre altamente destructivo que arrastrábamos desde hacía mucho tiempo.
Ninguno de los que marcharon tenía ya responsabilidad alguna allí dentro. Se limitaban a hacer su programa –los que aún lo seguían haciendo- y punto. Así que, desde el punto de vista del trabajo diario no perdimos absolutamente nada y nos quedamos como perro al que le quitan pulgas.
Unos días más tarde, se intentó negociar con Él un contrato de arrendamiento que lo liberara de cualquier responsabilidad en caso de que hubiera algún problema por emitir desde su propiedad, pero se negó en redondo alegando que lo queríamos engañar.
Después de aquello, desmontamos los equipos de Maria Lavèrnia y los volvimos a montar en el lugar de donde habían salido. Cuando, después de mucho buscar encontramos un estrecho hueco en el dial (104.5), Radio Bronka comenzó las emisiones de prueba desde Roquetas, y a finales de febrero volvíamos a estar en el aire.
Luego le tocó el turno al nomo. Intentó liarla en la siguiente asamblea.
El nomo es un tipo bajito, feo, con gafas de culo de vaso y de larga melena, que andaba de ocupa sin suerte, nunca duraba tres meses en la misma casa.
El nomo, en paralelo con su programa, se traía una especie de lucha fraticida con Indymedia Barcelona a través de la red. Se las apaño para que le hicieran una página web. La bautizó con el mismo nombre que llevaba el programa de radio, y entonces entró en una dura competencia con ellos por la información alternativa. Horas y horas penchado en la radio con todas las conexiones de Internet que tenía a su disposición abiertas, intentando adelantarse, aunque sólo fuera en dos minutos, a sus competidores de Indymedia. Un ludópata sin pasta, estoy convencido.
Esta vez se acabó con el tema rápidamente. Ya teníamos bastantes problemas. No estábamos dispuestos a seguir aguantando desvaríos de nadie. Con voz firme, se le dijo que recogiera sus cosas y se largara.
A la mañana siguiente llamé a la emisora, y allí estaba de nuevo, luchando contra Indymedia -al parecer, según nos enteramos más tarde, tiempo atrás lo habían largado de allí-. Respiré hondo, y le dije: “Oye, enano, voy a subir dentro de unos minutos. Si te encuentro ahí te corto las orejas en punta. Y deja las llaves encima de la mesa”. Esta vez dio resultado. Sentado tomando café en un bar, vi por última vez al nomo. Se alejaba como un alma en pena camino del metro.
El nombre de su programa ya nos tenía que haber hecho sospechar: “Qué se vayan todos”. Un tipo solitario sin duda.
En realidad, Radio Paranoica no llegó a existir, pero su siniestra sombra, basculando entre el anarquismo infantiloide y la ong para de terapia ocupacional, planeó sobre nuestras cabezas durante año y medio.
Moraleja: No caben muchos niños grandes en un pequeño colectivo de las características del nuestro.
Quizá, al lector le pueda molestar el tono sarcástico con el que se toca un tema tan delicado, pero si hubiera tenido que aguantar la mitad de lo que aguantamos todos nosotros durante el año dos mil cuatro, créame, se daría cuenta de que somos muy buen@s chic@s.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El trapi* 2ª parte

Cuando, dos días más tarde, entré en el colmado, me crucé con una sombra que salía murmurando enfurruñada y dejando tras de sí un poderoso y rancio olor a aguardiente barato, por unos segundos me quedé petrificado. Una mirada cejijunta y torva me atravesó. 
Una bizca de ojos oscuros, de pañuelo en la cabeza anudado bajo la barbilla -estilo moda rabiosa de finales de los cincuenta-. 
Me volví para verla alejarse. Una vieja y siniestra mesa camilla de dos patas vestida de negro que, renqueante y destilando alcohol, se perdía en la distancia. Camino de la taberna que hay junto al cruce de la comarcal, como si lo viera.
Mal rollo –pensé-. Los bizcos, no sé por qué, siempre me han dado mal rollo.
-No veas tu madre, casi me acojona -le dije, cerrando la puerta con llave-.
-No es mi madre. Es una amiga suya que la suple un par de horas. 
El tercer martes de cada mes la sustituye a última hora. Mi madre tiene un rollo con un amigo de un pueblo vecino y se va un par de horas antes del cierre.
Mañana me tocará abrir a mí, Matías. 
Matías, Delfina, al verte, ha debido pensar que venimos a otra cosa –concluyó, soltando una risita.
-¿Delfina? ¡Joder! parece recién salida de una novela sobre los bajos fondos de la Barcelona de primeros del siglo veinte. Quizá huyó de su fatal destino novelesco y vino a refugiarse junto al delta. Huyendo de su literaria y negra suerte barcelonesa, debió recalar en este pueblo.
-¿Intentas ligar, Matías? 
-Si. Me parece que si. Y deja de decir continuamente Matías esto; Matías lo otro; Matías lo de más allá.
-Buen intento. Apuntas maneras, Matías.
Apagó las luces de la tienda y se perdió en la oscuridad hasta que una mortecina luz se encendió al fondo de un pasillo que arrancaba justo a mi derecha un metro más adelante.
En ese preciso momento pensé en Eutimio. Acababa de oscurecer y había luna, así que andaría paseando entre algarrobos y almendros hasta la hora de cenar, como solía hacer los días en que ninguno de los dos proponía otra cosa. Una cena tranquila, donde, seguramente, mi amigo querría conversar hasta muy tarde. 
Los largos años de vida furtiva, sin amigos fuera de su órbita profesional, sin nadie a quien confiarse, le habían pasado factura, y ahora deambulaba tranquilo por los campos cuando anochecía, buscando quizá la reconciliación con esa parte de sí mismo que había sacrificado al elegir su profesión…
Un callejón sin salida. Forzosamente se impone un cambio de rumbo. Una fractura. Desdecirse de parte de lo ya vivido. Volver sobre tus pasos hasta encontrar el recodo preciso donde equivocaste la senda… y perdonarte. 
Los sueños y el destino, por más que digan, suelen ir de la mano en muy pocas ocasiones. Y si te sucede, si eres uno de esos afortunados, respira hondo, y, si puedes, tómatelo con calma, porque será terrible y/o maravilloso; aunque igualmente impagable.
-¿Matías?
La voz de Mabel me sacó de mis cavilaciones, rompiéndome el discurso en un tono sutilmente disfrazado de frágil impaciencia, acaramelado y sugerente, que, sin darme cuenta, me arrastró como un imán hasta la trastienda.
-¿Cuánto hace que lo sacaste del congelador? –pregunté-.
-Fue ayer, a mediodía –contestó, levantando la vista de la enorme bolsa de deportes-.
-Mañana apestará. Después de pesarlo intentaremos sellarlo un poco. 
Rodeados de estantes llenos de latas, bidones de aceite y enormes paquetes de papel de váter, y presidiendo la escena el enorme arcón congelador -que ocupaba todo el bajo de la pared más larga de la trastienda, donde, encima de una de las puertas de acero inoxidable, Mabel dispuso y calibró la balanza-, comenzamos la tarea.
Saturada de una londinense y humeante neblina, la trastienda, en una suerte de sortilegio, nos había transfigurado en dos conspiradores que, en completo silencio y como en sueños, fumaban, sacaban una pieza de la balanza, ponían otra, anotaban su peso y la dejaban sobre un anaquel, que, justo encima y sin perderse detalle ni quitarle ojo al congelador, parecía observar, inmutable, toda la operación.
Tabletas rectangulares de unos dieciocho por trece centímetros, de acabado redondeado por ambos extremos y tres centímetros de grueso. En teoría son de cuarto de kilo, pero casi nunca es cierto. Salvo dos, que tenían tres gramos de más, en casi todas faltaba un poco de peso. No era mucho, pero noventa posturas de cuarto se habían trasformado en veintidós kilos y doscientos catorce gramos. Pesarlo, y, de tanto en tanto, sacar y probar una muestra, nos llevó casi dos horas.
Los enrojecidos, grandes y rasgados ojos de Mabel -antes de alejarse hasta la entrada de la trastienda, darle al interruptor del extractor y caminar pasillo adelante hasta que su bonito culo desapareció tras la cortina que da paso a la tienda-, por un instante, y con fulgor de hembra, me escudriñaron sin ningún disimulo.
Volvió con un rollo de cinta americana y un ambientador.
La niebla se disipaba a la par que yo iba metiendo el material en la bolsa de deportes y sellaba con cinta todas las cremalleras. 





*Fragmento de "Junto al delta".

domingo, 31 de octubre de 2010

El trapi* 1ª parte

-¿Cuántos kilos son?
-Veintidós y medio, Matías.
Yo no puedo moverlo. Como están las cosas por aquí sería mi ruina y, créeme, ya me siento al borde del abismo. Pero si lo mueves tú con gente de fuera puede ser coser y cantar.
-Es la calidad lo que cuenta. Trae una muestra y hablamos.
El fardo llevaba en el congelador de Inés -una apacible anciana de Santa Bárbara que regenta un pequeño colmado de la localidad- demasiado tiempo. 
Inés era la madre de una especie de novia que Eutimio tenía en un pueblo cercano. Una relación sin ataduras, pero constante y placentera y, según recalcó en varias ocasiones: “De absoluta confianza, Matías. Mabel es de absoluta confianza”.
-Mabel ronda los cuarenta. Estudia Literatura Española en la UNED y trabaja de camarera viernes y sábados en un garito nocturno de la nacional 341. 
-¿Una lumi?
-Sólo es temporal. Tiene prometido un puesto en una fundación cuando acabe los estudios.
Matías, es de confianza porque el fardo lleva más de un año en un congelador del colmado, y su madre, aunque empieza a exasperarse, no ha dicho esta boca es mía. Está harta de la situación, pero hará lo que su hija quiera.
Mabel y yo nos lo encontramos en un campo de algarrobos. Estaba al lado de un panal, medio cubierto con una lona y debajo de un montón de troncos que el viento había dispersado. No debía llevar mucho tiempo allí, porque nosotros frecuentábamos la zona y nunca vimos pila de leña alguna junto a las abejas.
-¿No me digas que hacéis manitas en los campos de algarrobos?
-A la mierda, Matías. Vete a la mierda.
No me creí su historia. Era mucho más probable que Eutimio, acuciado por sus problemas económicos, hubiera despistado el fardo en alguna operación contra traficantes que usaban el delta como portal de entrada para su mercancía.
Irse al campo con una tía buena a hacer manitas y encontrarse un paquete así es el sueño de cualquier fumeta. Verdad o no, el colega no se atrevía a moverlo por nada del mundo. Sus razones debía tener. 
Una hora más tarde llegó Mabel. Guapa era, porque me puse en guardia nada más verla. Con los años le he ido cogiendo cierta desconfianza a la belleza, así que de entrada no me gustó.
La miré detenidamente. En quince segundos le hice un escaner:
Mabel:
Rostro ligeramente ovalado, juvenil flequillito hasta las cejas y media melena oscura, ojos grandes, claros y algo rasgados, pómulos altos y ligeramente marcados, nariz pequeña con un toque respingón, boca amplia, de labios llenos y sonrisa de nieve, tetas de canalillo, altas, juntas y medianamente generosas, caderas sinuosas, largas piernas, blusa anudada justo debajo del pecho, un pequeño y ajustado pantaloncito tejano, sandalias de cuero y ni rastro de ropa interior.
Todo un bomboncito.
Traía la muestra, una piedra de treinta o cuarenta gramos. Buen género, color marrón rojizo y brillante como una bola de billar. Calenté una esquina de la postura con el mechero y le quité una china. Encendí un fuego de la cocina y puse la piedra a un palmo de distancia.
Sentados en el largo banco de la mesa de la cocina miraban atentos cómo me desenvolvía. Mezclé y lié un petardo. Al encenderlo pude comprobar el aroma y el denso humo blanco que fue saturando el ambiente hasta obligarnos a abrir la puerta que da al patio.
Aparté la piedra del fuego. Estaba templada. La apoyé en mármol y la corté por la mitad. Quería ver cómo era el corte. Si hubiera calentado el cuchillo hubiese sido imposible, el calor del filo lo habría quemado todo. Me puse un poco de hachís entre los dientes y lo desmenucé. La lupa me dijo el resto.
-¿Y bien? –preguntó Eutimio.
-Bien, cabrón. Bien -le contesté, apagando la tacha.
Mabel no dijo palabra. Parecía contemplarnos alucinada mientras hablábamos de dinero y tantos por ciento en tono bajo y conspirativo, quizá poseídos ya por  la ambición y la codicia.
-No es lo que estás pensando, Mabel. Pura necesidad, guapa. Pura necesidad –le dije, levantando el rostro y mirándola a los ojos-. Esto no soluciona gran cosa, pero lo de poner un buen parche y pegarme unas vacaciones si que lo arregla.
Tres partes, Mabel. Si todo va bien… entre diez y trece mil para cada uno.
Si todo el material es como éste, –continué, señalando con el índice hacia la piedra- cosa que aún he de comprobar, no habrá ningún problema.
Eutimio lleva dos meses de baja y está en las últimas en lo referente a dinero. Yo voy tieso desde hace un decenio lo menos. Y de ti, mejor ni hablar.
No lo moveremos de donde está. Vendrán a buscarlo. Podríamos ganar algo más, pero es más seguro que se lo suba a Barcelona el comprador.
Mañana has de llevarme al colmado, Mabel. Si es posible después del cierre. Cuando tu madre no ande por allí. Tiene que estar al margen.
-Vive encima de la tienda, pero está un poco sorda. No será un problema.
-Mabel, supongo que tienes móvil.
-Dos. Uno personal y otro para el trabajo.
-Usaremos el del curro. Mira por dónde, te ha salido un posible cliente en la Trinidad Vieja.
-¿Tendré que trajinármelo? –preguntó, haciendo amago de saltito infantil.
No me mires así. Es deformación profesional. Si me trae la pasta es como si le debiera algo.
-No. No tienes que hacerlo. Era una especie de metáfora. Y deja de poner morritos. Ahora mismo no estoy para juegos.


*Fragmento de "Junto al delta".

lunes, 18 de octubre de 2010

piratas subvencionados

Desde mediados de septiembre Radio Mola FM interfiere la frecuencia (96.6) por la que, desde hace 20 años, emite Radio Pica, y que actualmente comparte con Radio Bronka. Estas dos emisoras sin ánimo de lucro son dos históricas radios libres de Catalunya.
Radio Mola FM emite desde la Torre de Collserola sin concesión administrativa para ello y por una frecuencia que no es la que tiene asignada, pues la frecuencia para la que tiene concesión para emitir en el Vallés, el 89.4 concretamente, es la misma por la que emiten las radios municipales de Sant Boi, Esparraguera y Mataró.
¿Qué hace pues, el grupo Mola en la frecuencia que utilizan estas dos radios barcelonesas, en vez de emitir por la que tiene asignada para el Vallés? Indudablemente, la frecuencia de Radio Pica les abriría el jugoso mercado publicitario barcelonés, y, amparándose en la precariedad de estas dos pequeñas radios, tras ello van.
Radio Pica y Radio Bronka, a pesar de su precariedad económica, y a pesar de algunos, juntas acumulan 53 años de vida radiofónica en nuestra ciudad.
Según Carles Mundó, secretario de Mitjans de Comunicació del Departament de Cultura y Mijtans de Comunicació de la Generalitat, las interferencias se están produciendo desde la planta que Movistar tiene en la torre de Collserola, por lo que la Generalitat no puede hacer nada, pues no tiene ningún control sobre la Torre de Collserola.
Curiosa respuesta, ya que la Generalitat posee el 23% de las acciones de Torre de Collserola, y ha otorgado, desde hace tres años, subvenciones al Grupo Mola TV, del que forma parte Radio Mola FM, por un montante superior a 110.000 euros.
¿Qué amigos tienen entre el nacionalismo moderado catalán? ¿Quién quiere desterrar del dial barcelonés a estas históricas radios? ¿Qué competencias (reales) tiene la Generalitat sobre el dial catalán?
Radio Mola FM emite por una frecuencia para que no están autorizados desde la Torre de Collserola interfiriendo la señal de Radio Pica. Mola FM dispone de una licencia para emitir en dos frecuencias de FM, una para el Vallés, en la ciudad de Terrasa, y otra para la Cerdanya.
El Grupo Mola TV, que también ha sido agraciado con jugosas subvenciones del Ministerio de Cultura del gobierno central, tiene también un canal de TV en TDT para emitir en el Vallés. Este canal de TDT les fue otorgado como televisión histórica (televisiones que emitían antes de 1995), a pesar de no ser cierto que Mola TV emitiese antes de esa fecha, pues el Grupo Mola se constituyó en el 2003. Actualmente emiten por dos canales de TDT, uno que tienen asignado legalmente, y otro por el que emiten sin autorización legal.
Mucho me temo que este turbio asunto tenga que ver con una próxima legislación sobre el tercer sector (sin ánimo de lucro) audiovisual. A finales del mes de julio se publicó en el boletín oficial de la Generalitat un proyecto de ley sobre este sector. No creo que la fecha de su publicación fuera inocente, pues haciéndolo en fechas vacacionales se suele evitar cualquier tipo de debate social sobre el tema en cuestión.
A pesar de la fecha, se presentaron alegaciones, pues desde las radios libres se sospecha, y con razón, que se trata de un intento más de limitar el alcance que ahora mismo tienen estas radios (la ciudad de Barcelona) a un barrio o un distrito.
El espectro radioeléctrico es un bien público, es decir, nos pertenece a todos, y es penoso observar la incapacidad de los poderes públicos para asumir la realidad de estas emisoras, para entender que hay personas y colectivos amantes de la comunicación dispuestas a sacar adelante (durante años y años) proyectos radiofónicos que no incluyen publicidad ni negocio alguno.
La publicidad en la radio comercial ha llegado a niveles asfixiantes. Una obstinada y machacona programación de veinticuatro horas de anuncios, salpicada con unos cuantos programitas para cubrir las apariencias. Al parecer, es a lo que está destinado el medio de comunicación que tanto fascinó a Bertolt Brecht.

martes, 12 de octubre de 2010

12 de octubre

Creo que me acabo/me acaban de apuntar a un proyecto nuevo. “Junto al delta” se encuentra en estado de fosilización profunda por falta de material fumable. Si no me divierto la cosa no marcha igual. No marcha.
Por eso he dicho que si. El único inconveniente es que se amontonará todo. Como si lo viera: En cuanto empiece, aparecerá la Bustillo diciéndome: “Me tienes abandonada en una puta gasolinera, cabrón”. ¡Qué se joda¡
Oigo el salpicar de la lluvia en los cristales de la ventana pensando que quizá con ese proyecto cancelaré una deuda que no tengo. Pero en dos semanas esto olerá a hierba que te cagas y necesito tener algo fijo sobre lo que escribir mientras que la imaginación no resuelva el otro asunto.
Al bar de esquina, donde suelo ir a tomar café por la mañanas, le han dado el palo dos veces en diez días.
“Crisis, hay crisis”, cuentan las noticias.
Hubo huelguita general, y unos cientos de jóvenes despertaron por unas horas al fantasma de la “Rosa de fuego”, y el cielo y el futuro están más negros que el bigote de Frida Khalo, y, a falta de otra cosa, llevo desde el verano leyendo sin parar, casi sin comerme una rosca, y largos tragos de jarabe para la tos. Nada de Codeisan, de los que no colocan ni pizca.
Los vecinos pasean perros bajo la lluvia cuando me asomo a la ventana. El tráfico rodado parece estar de vacaciones, y un gris plomizo es el dueño del paisaje.

viernes, 13 de agosto de 2010

La caverna

En una oscura calleja de la zona norte de la ciudad, tras unas puertas de madera que te pueden partir la boca si no andas con tiento, tiene su sede una indefinible y oscura asociación cultural. Para la policía, fue allí donde se gestaron, donde, según algunos poco fiables indicios, se tramó la estrategia que, durante las celebradas fiestas anuales, que acabaron como el rosario de la aurora, dio pie a un estallido de violencia sin precedentes.
Después de detener a ciento treinta vecinos, con cuarenta y tantos de éstos puestos a disposición judicial, y otros cien atendidos de urgencia en el hospital del Valle Hebrón, a raíz de los enfrentamientos callejeros habidos aquella interminable y funesta noche; e interrogados todos los testigos imaginables, y tras tres días de intensas diligencias, el magistrado, expresándolo de modo coloquial, salió de esa línea de investigación con los pies fríos y la cabeza caliente, y con la población de la zona, en el mejor de los casos, tratándolo de imbécil integral.
Severino Formal, el desdichado juez que tuvo que lidiar con el caso, atrapado en un laberinto de versiones surrealistas y contradictorias, y un fiscal tonto del culo (por no suponerle oscuros intereses en el asunto) dio carpetazo a la cuestión y, por falta de pruebas, liberó a los vecinos detenidos. 
La fiscalía, según su portavoz (el fiscal Romerales Camarassa, azote de anarquistas, rojillos, alternativos, marginados, y demás fauna contestataria de aquel montaraz y cerril distrito) a pesar de estar convencida de que autores e instigadores eran nativos de la zona, a instancias del magistrado, baraja otras hipótesis.
Que la subestación de Telefónica ardiera por los cuatro costados a una velocidad de vértigo durante el viernes de fiestas, mientras un centenar de vecinos, en su mayoría jóvenes, al calor del incendio, y, al parecer, intoxicados con un potente alucinógeno, bailaban, a modo de regodeo o conjuro, una danza india en una plaza contigua al edificio en llamas, fue lo que despertó las iras y sospechas policiales y desencadenó el rosario de arbitrarias y violentas detenciones que sublevaron a los vecinos, y que, tras tres días de batalla callejera, dejaron un rastro interminable de barricadas y mobiliario urbano hecho escombros. 
Una imagen ampliamente difundida por los periódicos catalanes que perdurará para siempre en los anales de historia de la ciudad.
Por una vez, tuve suerte. Cuando, dos horas después de sofocado el incendio, una veintena de enfurecidos antidisturbios entraron a saco en La Caverna, me pillaron a punto de darle matarile a mi último cogollito de maría. Me lo zampé a toda pastilla y les regalé mi mejor sonrisa. Lo que no me libró de, junto a otros muchos socios, terminar la noche en la comisaría de Aiguablava.
Larga noche aquella. Noche en la que, en pequeñas oleadas, se fueron llenando los calabozos de vecinos despistados y medio pedo que no sabían qué coño pintaban allí.
El sábado a mediodía pude comprobar los profundos cambios que, debido al traspaso de competencias de seguridad ciudadana a los mossos d'esquadra, se habían producido en la comisaría:
En lugar del bocata de pan reseco con trasparentes lonchas de chopped de ínfima calidad, me dieron el mismo bocata de chopped pero salpicado de briznas de una sustancia roja que resultó ser tomate de lata. 
¡Visça Catalunya! –exclamé alborozado después de tragarme el primer bocado.
Los calabozos rebullían de gente, que, gracias al arresto masivo y el consiguiente trabajo extra para los agentes, habían conseguido conservar, en los poco concienzudos registros efectuados por los desbordados funcionarios, algunos colocantes lejos de los mossos. Era una fiesta por lo bajini.
Aniceto, un tipo grande de pelo corto y rizado, fue el único camarero de La Caverna detenido, pues los otros dos, gracias a su velocidad y menor volumen físico, consiguieron escaquearse por la estrecha puerta que daba al vestíbulo de la portería contigua.  
A las seis de la tarde, puesto que no encontraron ningún marrón que encalomarme, y trabajo no les faltaba, después de aconsejarme que me mantuviera alejado de la Plaza de Ángel Pestaña, me dieron bola.
Mientras el olor a zotal de los chabolos desaparecía bajo la ducha, me preguntaba qué habría sido del resto de socios de La Caverna.
Hice algunas llamadas…
Pasamontañas, guantes, zapatillas deportivas y ropa poco llamativa, me repetía mientras buscaba unas reliquias de los tiempos de la transición. 
Tres magníficos tirachinas y cuatro kilos de tuercas y bolas de cojinete, venerables recuerdos de una lejana guerra perdida en unos olvidados astilleros de Euskadi, fueron a parar a un viejo macuto negro…
Por desgracia, a causa de la edad no podía estar en primera línea, pero, al menos, armamento, munición y algo de experiencia si podía aportar.
Ya disponíamos de una lista de correo desde donde poder articular la resistencia y la ayuda material.
Prosperitat, sitiada por un perímetro policial, y otro formado por idiotas ávidos de titulares -sólo faltó “El Follonero”, fue lo suficientemente listo como para no asomar el morro un día de los que hay follón de verdad-, atardecía roja e inquietante…
Pero no hace falta seguir derroteros conocidos por todos. Los grandes medios de “comunicación” ya se encargaron de eso.
El caso, es que “La Caverna”, y la oscura asociación que la gestionaba, desde entonces, y gracias a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, son conocidas y admiradas en los foros radicales de Internet. 
El garito se convirtió en un lugar de culto de la Barcelona Rebelde, y comenzó a salir en las guías internacionales con la etiqueta de ambiente radical y barriobajero. Jóvenes contestatarios, anarcos, alternativos y rojillos…son, según estas guías, los clientes habituales de La Caverna.
Nada de eso, pura exageración, en realidad, es un oscuro oasis donde pululan almas de artista, frikis y medio pirados, de los que, no sé por qué, nuestro distrito anda tan bien surtido. 
Músicos, escritores, diseñadores gráficos, palmeros, idealist@s sin remedio, y largo etcétera de canábicos militantes, que, una noche a la semana pueblan las escasas y deslucidas mesas, y se confunden con los parroquianos habituales en una creciente marea de conversaciones, viajando, como polizones, entretejidas en la humeante y radical atmósfera.
Un largo y estrecho túnel que limita al fondo con una pequeña barra, donde, en una esquina, sentado como una esfinge en una alta silla y apoyando la espalda contra la pared por si acaso, hay siempre un tipo gordito y con gafas jugando a los dados, eso es La Caverna.
Matador, otro de los camareros: sonriente, pequeño, amojamado y con patillas y greñas jevi metal, alterna su trabajo en el local con los fraseos de guitarra y cierta devoción por The Allman Brothers Band, que suenan todas las tardes de domingo mientras, escribiendo en una mesa solitaria, dejo trascurrir indolentes mis vespertinas horas dominicales. 
A su favor hay que decir que, aunque primera vista no lo parece, cuando se cabrea tiene bastante mala leche…
Los Inmortales, una conocida peña de heterogéneos rockeros jevis, tiene su sede en el local. En realidad, sólo están activos cuando llegan las fiestas. 
Su “Morcilla Rock”, una jevi y anticapitalista cena-concierto que organizan el lunes de fiestas es casi la única manifestación de su existencia.
Dado que, consecuentemente con el nombre, ningún inmortal ha palmado nunca, estuve a punto de solicitar la admisión. Pero cuando me enteré de que si alguno de los socios se ponía chungo de verdad lo dan de baja pasé de todo. Así cualquiera.
“Cefe”: bajito, con patillas y greñas jevi, coleta, gorra y color de piel de ave nocturna, es el camarero que menos se ve por La Caverna. Rockero con un toque siniestro y aficionado a las películas gore, viste siempre de negro.
Y si algún día, siguiendo el consejo de alguna de esas estúpidas guías, das con La Caverna, y te atreves a cruzar sus batientes y negras puertas, no te extrañe si los socios presentes te miran con desdén y el camarero de turno te manda a tomar por el culo sin contemplaciones.