miércoles, 15 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 8 (unos días de febrero)

Pasado un instante se levanta y me mira azorada, entonces le digo: —Tranquila, no es frecuente, pero tampoco es tan raro, he conocido tres o cuatro chicas a las que les pasaba lo mismo. 
Mientras yo saco la ropa de cama y la meto en la lavadora, ella se quita las medias y el liguero, los cuelga del soporte de la cortina del baño y se da una ducha rápida.
Cuando termino arreglar la habitación está echada en el sofá cubierta con la frazada granate que suelo tener allí durante el invierno. Me mira complacida y sonriente y me siento junto a sus pies, entonces me la quedo mirando fijamente durante unos segundos, parece un poquito avergonzada, así que evito hablar de su peculiar orgasmo, le cojo los pies y se los acaricio suavemente; al momento su rostro dibuja una de las sonrisas más bellas que he visto en mi vida y hace un ademán para que me acerque hasta ella. Me arrodillo delante de su carita de diosa y se la beso calidamente mientras la arropo, entonces me coge una mano, la introduce en la manta y la coloca entre sus pechos. Los acaricio despacio pero con firmeza, ella suspira hondo, levanta la frazada invitándome a acompañarla y me la quedo mirando y mirando sin aliento.

(— Joder, tío. Está tan buena que no parece de verdad.
— Calla, hijoputa. Calla que me despista
s) 

— Vamos a estar muy apretados –le digo mientras me quito la bata y me meto bajo la manta.
Se echa a reír y se pone de costado para hacerme sitio. El roce de sus pezones me llena de placer. Están tibios, todo su cuerpo está tibio. La rodeo con mi brazo izquierdo y la aprieto contra mí, cierra los ojos y suspira placidamente. Me queda bastante claro que con uno no se va a ir contenta del todo. Miro el reloj, son las once y media.
Me levanto a los pocos minutos, me pongo la bata, me acerco al frutero que tengo encima del frigorífico y cojo el racimo de plátanos, elijo uno, lo arranco del resto, voy hasta donde guardo los platos, saco uno, pongo el plátano en el plato, lo dejo encima del radiador y le pregunto: — ¿Te apetece un té?
Parece un poco extrañada después de ver el número del plátano y tarda un poco en contestar. Pero sí, tomará té. Pongo el agua en el fuego y mientras se calienta me voy al baño y me doy una agüita. Cuando vuelvo se ha levantado, se ha cubierto con la manta como si fuera una tolla de baño y tiene en las manos el pequeño marco fotográfico que tengo en la estantería. Me mira con curiosidad y pregunta: — ¿Por qué está vacío?
— Porque hace mucho tiempo que no llevo a nadie en el corazón y poner una foto mía no me parece adecuado. Estoy convencido de que es por eso.
Después de escucharme con mucha atención, deja el marco sobre la pequeña barra que separa la cocina del resto de la casa, se mete en la habitación donde tengo el ordenador, coge un bolígrafo, escribe algo en el taco de pósits que tengo junto al teclado, luego, con cierta ceremonia, desprende el pequeño papel amarillo, vuelve a la sala, lo pega en el marco, se lo queda mirando un momento y, con un gesto decidido, lo coloca de nuevo en su sitio.
Para entonces el té estaba listo y nos sentamos en la pequeña mesa con sendas tazas humeantes. La veo un poco sobrepasada por las circunstancias, y, aunque estar sentados frente a frente en una mesa es una postura muy elocuente, mira a su alrededor con curiosidad pero no hace preguntas, así que soy yo el que sostiene el peso de la conversación. En tono jovial la animo a que pregunte.
Bebemos despacio, el té está muy caliente. Ella lo observa todo, y yo me la miro y remiro divertido. Por fin parece animarse, mira con curiosidad hacia el radiador donde está el plato con el plátano, vuelve a mirarme y encoge los hombros.
— Es el postre.
— ¿El postre? –pregunta sorprendida.
— Sí, cariño, el postre. Es una receta mía, plátano al horno. Una receta muy sostenible. Tope de ecológica y sensual. Pero hace falta que esté tibio antes de meterlo en el horno.
— ¿Sólo uno?
— Sí. Yo pongo el hambre, la materia prima y la mano de obra; el horno lo pones tú. Es un plato combinado muy rico, yo me quedo con los nutrientes y tú con el resto.
Casi se atraganta con el sorbo de té que acababa de tomar, y un segundo más tarde sus mejillas enrojecieron a ojos vista. Viendo el percal no me quedó más remedio que largarle toda la perorata.
Me levanté, me acerqué al radiador, cogí el plátano, me volví hacia ella y, sin asomo de compasión, le dije en tono imperativo: —Está en su punto. Termínate el té que empezamos enseguida. La primera vez, cariño, dado que uno no conoce al dedillo el horno el cuestión, puede haber algunos desajustes por el tema del tamaño. Por eso hoy, que he tenido que echar mano de lo que había, he escogido uno de tamaño medio. Me servirá de referencia, la próxima, si se tercia; y suele terciarse, porque pasados los pequeños reparos inherentes a toda experiencia nueva y/o los inconvenientes derivados del desajuste que puede ocasionar la improvisación y la falta de medidas aproximadas, ya sabremos el tamaño y la forma que mejor se ajusta a tus necesidades; de hecho, y te lo digo a titulo informativo, es un plato que suele causar furor entre las féminas; una vez lo han probado, en las citas posteriores, si las hay, hasta las más mojigatas suelen traer la materia prima en el bolso. Y decir –aunque vaya en detrimento de casi todas ellas–, sin faltar a la verdad, que me he comido muchas más bananas medio verdes que plátanos canarios en su punto porque a la hora de elegir deduzco que las muy zorras primaron más el calibre y la consistencia que las cualidades organolépticas del producto, es una obviedad o una redundancia…

(Durante mi monólogo ella terminó de beberse el té y yo había dejado el plátano sobre la mesa con la noble intención de que se fueran conociendo, despejado la barra y seleccionado en el Winamp un par de elepés de Burning; no hay nada como un poco de rock canalla para saborear un plato como aquel.)

— ¡Ah, el plátano canario, qué recuerdos…! Hubo pocas excepciones, pero fueron gloriosas, a qué engañarte. Y el que me voy a comer hoy, así, improvisando, es de los buenos. Vete preparando porque vas a pillar de lleno, encanto.
Su risa fue la señal para que dejara el ordenador y saliera de la habitación. Allí estaba, sonriendo divertida. Di una palmada sobre la barra, se levantó, se acercó hasta mí, me dio un beso y de un salto se sentó en la esquina de la barra. Sonrió y se quitó la mantita dejándose caer hacia atrás y alzando las piernas al tiempo que flexionaba las rodillas.
Estaba para morirse tumbadita sobre la barra, y esperaba. Cogí el plátano, lo pelé y se lo ofrecí diciéndole que lo chupara un poquito mientras encendía el horno. Me agaché un poco y le di unos mordisquitos a sus tímidos pezones a la vez que mi mano izquierda se fue desplazando lentamente por su cuerpo hasta llegar a su sexo. Se sacó el plátano de la boca, soltó un placentero gemido y volvió a lo suyo con el desparpajo de quien parece haberlo hecho toda la vida. Cogí una silla, la puse frente al borde de la barra y me senté. Era ideal, en aquella posición tenía su sexo a diez centímetros de distancia y a la altura adecuada. Joder, un precioso coño primaveral abierto de par en par reclamando todo el amor del mundo, me dije un segundo antes de sumergirme en él como si me fuera la vida en ello.  




domingo, 5 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 7 (unos días de febrero)

(Hago una pausa, me levanto del teclado y paseo inquieto por la sala… La imagen de aquel momento, retenida durante tanto tiempo se ha esfumado en un instante. Me acerco a mi pequeña librería y cojo de uno de sus estantes una fotografía enmarcada hace unos cuantos días. Es un selfie hecho por ella en su primera visita: Un retazo de su bello rostro mostrando una victoriosa sonrisa, y el mío entero detrás, en segundo plano; observando a la fascinante nena, sentada sobre mis rodillas toda desnudita como una Venus, con una sonrisa contenida y maliciosa y la mirada obnubilada y perpleja de que no acaba de creérselo. 
Está guapa la cabrona. Lo cierto es que la echo de menos, fue una inesperada y juvenil ráfaga de viento fresco. Un suave y breve golpe de mar acariciando los cuerpos…
).
Bocas recorriendo paisajes recónditos, manos buscando, dedos mojados, polla perdiéndose entre sus labios, adentro, afuera, lengua lamiendo aleteando, coño de par en par contra mi boca, clítoris jugando entre los labios, flujo femenino inundando un rostro… Unos segundos de pausa y se sienta sobre mí: bella melena subiendo y bajando, tetas subiendo y bajando, media vuelta, ahora cabalga de espaldas, sube, baja, hace un giro, un golpe de cadera, sube, baja, hace un giro… Le doy una palmada en el culo para que trote un poco más rápido, comienza a gemir suavemente, entonces le digo con voz melosa: — Date la vuelta tesoro, quiero verte la cara y echo a faltar tus tetas. Da un sonoro y sensual gemido y me obedece, apoya los pies en el colchón y se deja caer sobre mi sexo, le agarro el culo por debajo y la ayudo a que suba y baje con más comodidad. No le impongo el ritmo, solo acompaño sus movimientos. Noto perfectamente la fortaleza de sus músculos pélvicos –no hay nada como las deportistas, están llenas de energía y más apretadas que las latinas los sábados por la noche–, podría romperme el nabo de un apretón. Su rostro se va trasformando a medida aumenta el ritmo de sus movimientos. Con los ojos cerramos y la boca entreabierta va entrando en un glorioso frenesí, instintivamente sube y baja cada vez un poco más rápido al notar el aumento de la tensión del músculo que tiene ensartado, entonces le digo en tono apasionado: — Abre los ojos, mírame y no te pares hasta que me lo saques todo. 
Me quedo maravillado viendo como la excitación va modificando los rasgos de su cara. Cada vez más y más sensuales, y cuando su sexo nota la tensión del mío y que mi orgasmo es inminente, abre de par en par los ojos y me mira apasionada hasta que su rostro estalla en una explosión de gozo y belleza, arrastrándome sin compasión hasta el clímax más brutal que soy capaz de recordar.
Enseguida noto que ella no ha tenido el suyo, parece que le cuesta un poquito llegar, así que la pongo a cuatro patas y, juntando en forma de cuña los dedos índice, corazón y anular, se los clavo en el coño de un golpe seco y enérgico. Se los meto lo más hondo que puedo y comienzo a aumentar el ritmo, adentro, afuera… Levanta la cabeza y me mira, está guapísima cargada de pasión, entonces añado el dedo pulgar a la fiesta metiéndoselo en el culo y sigo aumentando poco a poco el ritmo; al poco vuelve a levantar la cabeza, me mira un instante como si yo fuera un dios, vuelve a enterrar la cabeza en la almohada, da un largo y sensual gemido y se mea toda a medida que su cuerpo se estremece más y más hasta que se desploma sobre la cama como una muñeca de trapo.   

domingo, 22 de enero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 6 (unos días de febrero)

Nos besamos apasionadamente en cuanto cerré la puerta con llave y cruzamos la maltratada cortina del minúsculo sucedáneo de recibidor, después di unos pasos atrás y la miré, entonces hizo el ademán de quitarse el abrigo, interrumpió el gesto, miró el perchero, sonrió, y luego, mientras se lo quitaba y colgaba me miró; y sus radiantes ojos y la arrebatadora sonrisa de marfil que los acompañaban me confirmaron que aquella mañana se sentía invencible, y asumí, con una aparente actitud de resignación que me hizo sonreír de oreja a oreja, que no había más alternativa que plegarse a sus deseos, pasiones, exigencias…, o sea, lisa y llanamente: a lo que a la nena le saliera del chichi.

Llevaba mi gorra irlandesa, una camiseta gris de tirantes, una faldita verde de cuadros escoceses, un top negro muy mono, liguero y medias negras, bragas rojas –que me mostró levantando un instante la falda, asegurándome mientras lo hacía que le gustaba que de vez en cuando asomase fugazmente alguno de los lacitos que disimulan los cierres de los tirantes – y unos juveniles zapatos granates de tacón ancho.
En cuanto se me acercó, aprovechando que los tacones la situaban a una altura muy adecuada, comenzamos a besarnos de pie en medio de la sala y, a los pocos segundos, le metí mano por debajo de la falda y comencé a acariciarle el coño por encima de las bragas… Me miró sorprendida y un poco incómoda, como si no le gustara que fuera tan impaciente, y creo recordar que fue entonces cuando le dije: — Es por las bragas. Ya que vas a regalármelas, me gustan bien mojadas, que retengan tanta esencia de mujer como sea posible. Ámbar por un tubo ¿entiendes? Sonrió halagada, y, acto seguido, empujado con firmeza los dedos índice y corazón hacia adentro sin apartarle las bragas, le pregunté: — ¿A qué hora has de estar en casa?
—Sobre las dos, un poco antes de que mi madre llegue del trabajo.
Bien, tres horas pueden dar para mucho, pensé. Y nos metimos en faena llenos de entusiasmo.
Me quedé enseguida de lo cachonda que iba, al menor roce se estremecía como si hubiera sentido una pequeña descarga eléctrica. 
Si no llega a echarme una mano todavía estaría intentando quitarle el sujetador, era el primero con el cierre en un costado que me había tropezado, un detalle que dice mucho sobre lo fuera del mercado que me estoy quedando; y, por fin, otra vez sus sedosas y entregadas tetas entre mis ávidas manos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 5 (unos días de febrero)

(— No has cambiado las sábanas.
— Desde luego que no. Las puse el lunes, todavía huelen a ella. ¿Crees que soy gilipollas?
— Vale. Supongo que tienes té a mano por si le apetece…
— Sí. ¿Y tú, qué? ¿Tienes pensado algo?
— Tratarla como a una mujer y hacer que se sienta amada. El primer encuentro sirvió para romper el hielo. Ahora conozco un poquito su cuerpo. A poco que pueda se lo va a pasar como una reina.
— ¿Te ha gustado el detalle del regalo, eh?
—  Un montón. Tendré un presente tope de guay. Vacilaré conmigo mismo. Ya ves, tenías razón, estoy un poco agilipollado.
)

Mientras tenía lugar aquel diálogo interior había dado un escobazo rápido, estirado un poco la cama, pero no demasiado –debía estar acogedora y conservar, en la medida de lo posible, la cálida atmósfera que construye el corazón durante el sueño en el dormitorio de un tipo solitario que, después de soñar con ella toda la noche, se acaba de despertar para esperarla–, me peiné un poco y limpié una esquina del espejo manchada de pasta de dientes.
Entonces pensé en aquella inusitada relación… Sí para mí, un hombre maduro medianamente experimentado, resultaba un tanto complicado y arrebatador; para ella ella, una joven de escasa historia sentimental, debía ser una aventura inconcebible, un sueño sensual y prohibido donde su voluntad, su candor y su belleza, habían triunfado sobre los reparos expuestos al principio por mi parte y todas las convenciones sociales adversas que era capaz de recordar.
“Ya habrá doblado la esquina, debe estar al caer”, me dije mientras buscaba a toda prisa música adecuada en la lista del Winamp. Mirando la pantalla tuve un flashback: Por un instante, el recuerdo de aquella mirada sensual, ingenua y turbadora que me dedicó el lunes por la tarde nada mas quitarse el abrigo, produjo una imagen tan vívida que me estremecí de los pies a la cabeza; silencioso y veloz como un latigazo, un hondo y breve escalofrío me atravesó de abajo arriba.
Estaba estirando un poco la funda del sofá cuando sonó el teléfono, era ella. No recordaba el piso ni la puerta y no encontraba donde lo tenía apuntado. Se lo dije, fui hasta la puerta y, a pesar de estar esperándolo, el desagradable timbre del interfono, como casi siempre, me sobresaltó un poco. Después de abrirle me acordé del perchero –todas las perchas volvían a estar abarrotadas –, cogí a toda prisa la ropa de un de los ganchos –por ser más exactos, del mismo gancho que vacié la primera vez – y, como un rayo, la llevé al dormitorio, la lancé sobre la cama, regresé a toda máquina y llegué con el tiempo justo para abrir la puerta un segundo antes de que picara… ¡Wow!, volvía a estar aquí.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 4 ( unos días de febrero)

Acodado en la ventana de la cocina con el sol dándome en la jeta, las gafas oscuras, el corazón a toda pastilla, con el Good morning little schoolgirl de The Yardbirds sonando festivo, marchoso y juguetón, y fumándome un cigarrito a cara de perro, el tiempo parecía haberse detenido. Los minutos se arrastraban como una tortuga moribunda, en una de las más clásicas y malévolas jugadas con que el tiempo suele obsequiar a los amantes…
Recuerdo haberle dicho que era mucho mejor bajarse en la parada de Vía Julia, la cuesta era bastante más corta y menos pronunciada, mucho más cómoda de subir que Artesanía; por lo que mis ojos de cuando en cuando dejaban de mirar el monótono horizonte que tenía delante y le echaban un corto vistazo al pedacito de la calle Almansa que alcanzo a ver desde mi ventana por si la veía aparecer.
La semana se me hizo dolorosamente larga, solo pensaba en ella. En aquella inusitada y gozosa situación que la vida me había proporcionado, o quizá mejor dicho: En la sensual y maravillosa experiencia que una jovencita sonriente y con carita de rompecorazones me estaba haciendo vivir. Y en cuanto a todo lo demás, sobre todo la diferencia de edad o las posibles complicaciones legales que podría tener si la jovencita me salía rana, llegué a la conclusión de que sí, que podía pasar cualquier cosa; pero mirarla a los ojos y decirle que no me era imposible, no puedo con tanta belleza. Mejor rendirse a la evidencia y disfrutar del regalo de aquellos encuentros apasionados y furtivos…; y que sea lo que ella quiera.
Empezaba a perderme en cavilaciones cuando un impulso me hizo mirar a la izquierda. Ví la gorrita, la melena oscura que tan soñada tenía y el abrigo azul. Imaginando mi cálido regalo entre sus piernas, la miraba ascender, imparable como el sol, con la cautelosa y peculiar cadencia que procuran los tacones cuando no se está acostumbrada. Sentí una llamarada en las entrañas, en tres minutos estaría tocando al timbre… Rojas, seguro que serán rojas…

jueves, 8 de diciembre de 2016

Corte cuatro, Good morning little schoogirl 3 (unos días de febrero)


Desde aquel momento, mi corazón comenzó a latir desbocado.

(— Tío…,¿qué te pasa? Un poco de calma. Ya no eres un jovencito, cojones.
— Es su piel… El fantasma de su piel me toca y me desmayo.
— Pues te ha sentado como un tiro de farlopa. ¡Te gusta, eh!
— Creo que me hipnotizó el primer día. Así, a lo tonto, como sin querer…
— ¿Sin querer? Pues menos mal que fue sin querer, porque si llega a ser queriendo… No hay más que verte: Te ha dejado agilipollado)

El ambiente se había cargado de tensión. A estas alturas ya no me extraña casi nada, me dije. Hasta el sofá se ha puesto contento, parece que da saltitos y todo…
Eran las seis y media, abrí un poco las ventanas y me largué a dar una vuelta y a tomar un par cervecitas para celebrarlo… Ámbar, Ámbar, Ámbar…, mi cabeza era un tiovivo, su rostro daba vueltas y vueltas; vueltas en las vueltas de las vueltas, y faltó un pelo para que me diera de morros con una farola mientras bajaba como un autómata por la calle Artesanía camino del club.
A las ocho sonó el despertador, había dormido siete horas casi del tirón y me sentía lleno de energía. Hacía un día estupendo, y aquel inusual y plácido sol de mediados de febrero entraba sin complejos por la amplia ventana de la cocina y cruzaba decidido por delante de la estantería llenando de destellos amarillos el salón y acariciando suavemente el respaldo del sofá.
Recogí un poco la casa, me di una ducha, desayuné, barrí, abrí las ventanas y salí a tomar un café al bar de la esquina. Nada más volver a casa cerré las ventanas, encendí el radiador y le di un golpe de ambientador a toda la casa, eran las nueve y media… ¡Qué largas pueden llegar a ser las esperas…!

domingo, 27 de noviembre de 2016

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 2 (unos días de febrero)

(Aquel viernes por la mañana escribí un poema de sopetón. Me dejé llevar por las palabras, pero el resultado no me convenció. Era inquietante y contradictorio, aunque no falto de fuerza y pasión. Lo mandé al infierno virtual, pero por la tarde lo rescaté de la papelera y lo leí con atención, y sus ambivalencias volvieron a dejarme mal sabor de boca. No vale nada… Sí que vale. Indulté tres versos –a día de hoy todavía vagan errantes sin un poema que les dé cobijo– y largué el resto al inframundo virtual, esta vez sin posibilidad alguna de reconsideración, como si quisiera, con ese gesto definitivo, expulsar lejos, muy lejos de mí, aquel nefasto temblor sombrío, el viejo y afilado escalofrío que conocía tan bien: El oscuro y desolador fantasma de mis crueles ausencias creciendo imparable a cada minuto hasta devorarme las entrañas…; y a veces, las juguetonas pavesas del viejo y colosal incendio que me consumió en otro tiempo vuelven a danzar ante mis ojos: seductoras, rutilantes, insondables, caprichosas, efímeras…; y poco después el alma cayendo al vacío vertiginosa y marchita…; y me agazapo a toda prisa hasta quedar inerte a la espera del impacto…; y lo que queda de mi camina exhausto y sin rumbo por el reino de las sombras…)


El viernes por la tarde chateamos y me confirmó que sí, que vendría. Cuando corté la conexión me sentía como un ingenuo jovencito que aún cree que lo que se da no se quita. Me di un fulminante zarpazo mental, acabando al instante con aquel primo interior, quizá el más julandrón de todos mis primos interiores. Ésto es terreno minado, ¿comprendes idiota?
“Este año la primavera ha llegado antes a mi casa que al Corte Inglés. Esos mamones codiciosos andan todavía con el rollo patatero del Día de los Enamorados”, me dije.
Serán rojas, seguro que serán rojas…