domingo, 21 de febrero de 2010

Senderos negros

Aquella dominical, tibia y gris mañana de finales de Noviembre, convocados a un nuevo paseo organizado por el Archivo Histórico de Roquetas-Nou Barris, una cuarentena de vecinos esperábamos con curiosidad -y, en mi caso, además, con una indefinible inquietud-, a los guías del archivo, que, esta vez,  nos llevarían por senderos negros. Nuestros pasos irían teñidos de sangre, de carreras, venganzas, robos, tiros y emboscadas.
El joven distrito de Nou Barris, a pesar de su corta edad, ha sido testigo de multitud de actos violentos que, en muchas ocasiones, llevaban detrás motivaciones ideológicas…
Eran otros tiempos. Tiempos de miedo y garrote vil, y nuestro vecino y flamante Parque Natural de Collserola, fue, entonces, mudo e impotente testigo del paseo de un pelotón de voluntarios que, (el 27 de septiembre de 1975, a las 8:30 de la mañana) contra a un árbol próximo al cementerio, fusiló a Txiqui.
En la misma Plaza Llujmajor, el lugar donde habíamos quedado, Juan Paredes Manot (Txiqui) y Pedro Ignacio Beotegui (Wilson), eran sorprendidos, la mañana del 30 de julio de 1975, durante el asalto a la sucursal del Banco de Bilbao sita en la plaza.
Se cruzaron disparos entre los activistas y varias patrullas de policía, resultando heridos tres transeúntes y detenidos los etarras.
C/ Tubau, en la bodega Montferry, apenas cien metros más abajo del banco,  el día 9 de febrero de 1935, en represalia por la muerte del anarquista Andreu Aranda, un anarquista no identificado apioló a tiros a Frederic Muñoz, verdugo de Barcelona. Por este hecho fue instruida una causa en rebeldía contra Genis Urea Peña (causa de la que sería posteriormente indultado).
Pº Valldaura nº 247. Farmacia Borrás. Tiene el record de robos de la zona. El primer atraco lo perpetró Juan Moreno Cuenca, que, años más tarde, sería conocido como “El Vaquilla”.
El primer panteón del Soldado, inaugurado en el Cementiri de Sant Andreu el 9 de Mayo de 1941, y construido por los soldados de los Batallones Disciplinarios y de Trabajadores y las Colonias Penitenciarias, es decir, por los perdedores de la Guerra Civil. El pequeño mausoleo, que contiene todavía la rancia simbología fascista, y la tumba de un teniente general héroe de la guerra del francés, son los principales atributos que justifican nuestra visita.
Camino del barrio de Horta cruzamos por la calle de Alloza, que debe su nombre a un cartero represaliado durante el franquismo por su militancia en ERC y la CNT, y que, dado su gran conocimiento del vecindario, llegó a ser un destacado antecedente de lo que ahora conocemos como distrito postal.
La historia del tardofranquismo en Barcelona no se podría concebir sin el MIL (Moviment Iberic d´Alliberament). Este grupo, era el brazo armado de lo que se conoció como “Grupos Liberación”, que constaba de tres ramas:
Un grupo teórico, otro obrero, y un tercero que se dedicaba a las expropiaciones de carácter económico con las que –vía atracos a bancos-  pretendían ayudar a las finanzas de las múltiples huelgas que recorrían las áreas industriales de la ciudad.
La mañana del 2 de marzo de 1973, tres hombres armados irrumpen en la agencia del Banco Hispano Americano del paseo de Fabra y Puig nº 313.
En la calle los esperaba un SEAT 124. Al volante se encontraba Salvador Puig Antich, quién, al ver acercarse a dos hombres, toca el claxon en señal de alarma. Como resultado, se entabla un tiroteo entre policías y atracadores,  que intentaban salir de la entidad bancaria con un rehén, que, durante el intercambio de disparos, resulta herido de bala.
(Unos meses más tarde, en un bar de la C/ Girona, sería detenido Salvador.
Lo sacan del bar y lo llevan a un portal próximo, donde, en un inexplicado cruce de disparos, resultaría muerto uno de los policías. Esta muerte, adjudicada a Salvador por los policías, daría como resultado la ejecución de Puich Antich un año después.)
Subiendo unas escaleras próximas al escenario del atraco recalamos en la calle Cadí, en cuyo número 33, la madrugada del 11 de diciembre de 1990, se desplomó el edificio, debido a la poca calidad de los materiales empleados en su construcción, causando un muerto y tres heridos. La rapiña inmobiliaria se cobró la vida de Ana Rubio, vecina del inmueble.
Cruzando el parque del Turó de la Peira nos plantamos en el Bar la Parra. Allí solían desayunar los guardias civiles de un pequeño cuartel cercano.
El lunes, 4 de mayo de 1981, poco después de las diez de la mañana, cuando los miembros de la benemérita terminaban su desayuno, entran dos hombres vestidos con monos azules, y, al poco, mientras los desprevenidos guardias pagan sus consumiciones, sacan sus armas y disparan sobre ellos. Entonces, los terroristas del GRAPO se acercan a sus víctimas -ya heridas y en el suelo- y las rematan.
Volviendo sobre nuestros negros pasos, pasamos por las Casas Baratas del Turó de la Peira -un bastión anarquista durante los años treinta- donde, en la calle Riells, vivía en aquellas fechas Manuel Molina “Juanele”, secretario General de la FAI y director de su órgano de expresión “Tierra y Libertad”.
Buena parte de los trabajadores de la redacción del diario “Solidaridad Obrera” de la época (1933) eran vecinos de este barrio, donde, además, se guardaba un arsenal de armas que los anarquistas iban acumulando en previsión de la guerra que se avecinaba.
Un poco más abajo, en la confluencia del  Pº Doctor Pi y Molist y el Pº de Verdúm, la mañana del 30 de agosto de 1957, José Luís Facerías -conocido por “Facerías”, “Face” y, debido a su atildado modo de vestir, también apodado “Petronio”-, uno de los máximos exponentes de la guerrilla urbana anarquista contra la dictadura, caía muerto en una emboscada de la Guardia Civil. En el lugar de su muerte, una placa conmemorativa fijada al suelo guarda memoria de aquel suceso.
Y, por último, nuestros -ya cansados- funestos pasos, se encaminaron unos metros más arriba, justo encima del lugar de la muerte de “Face”.
El “Instituto Mental de la Santa Cruz y San Pablo” (la hoy sede municipal), es una de las construcciones más antiguas del distrito de Nou Barris, y como tal, no se libra de hechos sangrientos:
Durante los últimos días del mes de Julio de 1936, un coche de milicianos fue tiroteado desde los altillos del edificio. Al parecer, facultativos reaccionarios, aprovechando las facilidades de paso concedidas por las milicias, fueron ocultando en las dependencias hospitalarias a militares huidos de los cuarteles. Los milicianos respondieron consecuentemente a la agresión, y el tiroteo no se apagó a las 9 de la noche.
Mientras subía, una vez finalizado nuestro recorrido, por el Parc de la Guineueta, reflexionaba sobre la violencia…
La no violencia está bien, pero cuesta muchas vidas inocentes y requiere ingentes cantidades de pacifica carne de cañón, y dado que se ha desarrollado principalmente en zonas superpobladas y con creencias reencarnatorias, no me parece una estrategia aplicable en todo momento y a todo el planeta.
Supongo que las circunstancias todo lo condicionan.
En aquel momento, parafraseando a otros mucho más sabios que yo, me digo:
El tiranicidio es legítimo, y está justificado.
“El mayor asesino de siglo veinte ha sido el Estado. Los estados.”