domingo, 19 de mayo de 2013

Justín*

Justino –al que todos sus compañeros llamaban Justín debido a su aspecto apocado-, era uno de los más viejos colaboradores de fray Durán, secretario de la Unión Monástica de Cataluña. Rescatado de muy joven del cuerpo de censores del estado por fray Durán, Justín había prosperado en la congregación a pesar de lo oscuro y deslucido de su profesión.
Presto siempre a que publicaciones y carteles pagados con el dinero de todos reflejasen el ideario de su orden, andaba siempre de aquí para allá dando consejos y consignas a los responsables de la gestión de municipios, diputaciones y mancomunidades que controlaba la hermandad a la que pertenecía.
"Nuestra democracia no es más que un videojuego anticuado y caro que hemos de procurar mantener vivo a toda costa. Los ciudadanos han de ser conducidos por el sendero del analfabetismo político útil que nos perpetúa, que nos hace aparecer como indispensables", aseguraba en los conciliábulos de alto nivel de la congregación que lo rescató del ostracismo en los albores de la democracia y a la que tanto debía.
Justín era un as del lenguaje subliminal, un “martínvilla” del escamoteo del mensaje popular, un Messí torticero en el inmenso campo de la comunicación gráfica.
 "Justín, te necesito urgentemente", le dijo La Reinona. "Después de muchos años, hemos puesto una pica en Flandes, y hay que conservarla a toda costa. Este constante lidiar con gente montaraz y subversiva me deja el cutis hecho un asco. Estoy llena de granos de aguantar a tanto ateo vociferante".
Lo cierto es que La Reinona, en el corto espacio de tiempo que llevaba al frente de la gestión del Distrito, había perdido gran parte de la lozanía a la que debía su apodo; y a pesar de la comunión diaria languidecía a ojos vista.
"La sumisión perruna de los responsables de cualquier cartel o publicación pagados con fondos públicos es mi objetivo irrenunciable en este caso", le aseguró a su correligionaria nada más instalarse en un despacho del Mental.
Mientras sus dos esbirros rebuscaban en los archivos, Justín recorría los mezquinos equipamientos municipales de la zona norte a la caza de cualquier revista, cartel, folleto o boletín susceptible de ser sometido a sus preceptos.
Ya en su despacho, después de unos lingotazos de chinchón, el veterano censor babeaba nada más ver el suculento botín que iba a sufrir su inapelable tijeretazo estilístico. Eso, o desaparecer por falta de recursos. Con la crisis, ya se sabe, balbuceaba medio enajenado.
Era allí, en terreno hostil, donde quería culminar la obra maestra de su vida.
El libro de estilo demócrata cristiano para carteles y publicaciones subvencionadas está casi listo, solía repetir mirando el busto de bronce de fray Durán, que, desde un alto pedestal, presidía todopoderoso el despacho de aquel hombre hecho de recortes y medias verdades.
Pero Justín no contaba con la maldición del Mental: Una tarde tormentosa, cuando, pasado de chinchón, iba a coger el abrigo, tropezó con la papelera metálica donde arrojaba las publicaciones indeseables y cayó de bruces con tal mala suerte que, al apoyarse en el pedestal de fray Durán para levantarse, éste cedió hacia atrás provocando la caída del busto, que le acertó de lleno en la sesera.
Sus compañeros de fe interpretaron el fatal accidente como una señal del Altísimo, y relegaron la obra cumbre de Justín al atiborrado archivo de Estudios Inútiles Que Hacemos Porque Los Pagáis Vosotros.



Para la revista anual La Prosperitat.