lunes, 13 de mayo de 2013

Niebla 3 (fragmento)

Cuando abrió la puerta se encontró con una mujer de mediana estatura, de pelo negro, ojos pardos y mirada soñadora.
-¿Qué desea?
Sonriendo y alargando el brazo izquierdo para darle un grueso sobre marrón, le dijo: Soy Inés, la sobrina de Castellví.
-Pasa, pasa…-le dijo, dejando el paquete encima de las piernas y empujando las ruedas de la silla hacía atrás.
La última vez que te ví eras casi una niña… Y ahora… ¡Vaya! Tenía razón tu tío.
Hay un paragüero en el baño. Es la puerta de enfrente. Deja la maleta por ahí y siéntate mientras llevo ésto al despacho –continuó, alzando el sobre con la mano derecha-. Volvió a dejar el sobre en las rodillas. Giró a la derecha, atravesó la salita y se perdió pasillo adelante.
Poco después reapareció con una carta sobre las piernas. Junto al ventanal de la terraza, Inés miraba pensativa el lluvioso atardecer que desaparecía vertiginoso tras las colinas de Collserola. Carraspeó para llamar su atención. Ella rompió a llorar y se volvió a mirarlo. Esperó a que se acallaran los sollozos, carraspeó de nuevo; la miró a los ojos y le dijo: Supongo que tu tío ya te ha hablado de todo esto. Hay una carta para ti. Has de leerla ahora.
Inés cogió la carta, la puso sobre la mesita y se dejó caer en el sofá. Se secó las lágrimas con un pañuelo de papel, suspiró hondo…, abrió la boca como para decir algo…, pero no lo hizo. Suspiró de nuevo, dejó el pañuelo en la mesita y cogió la carta murmurando entre dientes…
Miquel no intentó consolarla, abrió la puerta corredera y salió a la terraza. Chispeaba sobre la ciudad. En unos minutos, el añil profundo desapareció devorado por la oscuridad. Entonces sintió las manos de Inés sobre sus hombros… -¿Y bien…? -preguntó calidamente al tiempo que hacía girar la silla de ruedas para encararse con ella. Será mejor que entremos –continuó- o nos pondremos chorreando.
Ya en la salita, la miró un instante y le dijo: No te quedes ahí pasmada. Al fondo del pasillo hay una habitación. Será la tuya mientras estés aquí. Puedes dejar tus cosas allí. Más adelante, si necesitas algo más, Andrés se acercará a casa de tu tío a buscarlo. Todo va a salir bien, no te preocupes.

A media mañana del día siguiente, cuando Andrés llegó cargado con las bolsas de la compra y entró en la cocina, se encontró de sopetón con Inés, que fregaba la vajilla de la noche anterior. Sorprendido, dejó las bolsas encima de la pequeña mesa donde solían comer los dos amigos y se quedó mirándola como si fuera una aparición.
Ella se secó las manos, se dio la vuelta sonriendo tímidamente y, extendiendo la mano derecha, le dijo: Hola, me llamo Inés. Miquel ya me ha hablado de ti. Está en la terraza de atrás liado con sus plantas.
Sin salir de su estupor, Andrés salió de la cocina en busca de Miquel.
-¿De dónde ha salido la morenita de bote? – le preguntó nada más verlo.
-¡Hombre, ya estas aquí! Es Inés, la sobrina de Castellví. Es el único pariente vivo que le queda. Llegó ayer, coincidiendo con la implantación del toque de queda. Hacía veinte años que no la veía. A partir de ahora es una más. ¿Qué? ¿Te ha gustado la media melenita o la mirada ingenua?
Sus padres fallecieron en un accidente aéreo cuando ella tenía cinco años. Desde entonces ha vivido con los Castellví, que eran sus únicos parientes. Hace cuatro años, cuando murió Laia (la mujer de Ramón), sufrió una fuerte depresión que requirió tratamiento psiquiátrico durante unos meses. Estaba muy unida a su tía, y ahora, que su tío le ha contado lo de su enfermedad…
Castellví se muere. Le han dado poco más de un año a todo estirar. Y cree que su sobrina no será capaz de superarlo.
Según él, la cuenta atrás de la ciudad ya ha comenzado. En fin… está convencido de que las dos malas noticias juntas van a ser demasiado para Inés. Hasta el momento ha demostrado bastante entereza, pero las depresiones son traicioneras y teme que se derrumbe. Él ya no tiene fuerzas para ayudarla, así que habló con ella; y aquí está. Has de tratarla con mucho tacto. Como si fuera la única mujer que queda en el mundo.