jueves, 1 de febrero de 2018

Embozada

A los pocos días de colgar el último fragmento de Bajamar volvía a tener una nueva solicitud de amistad en el feis. Esta vez era una tal Karlota, nacida en Oviedo y residente en París. Según constaba en su biografía tenía cuarenta años, pero la foto más bien correspondía a una maruja reconcomida con aspecto de tener setenta, y, a la vez, decía ser el secretario de una sociedad financiera con sede en la capital francesa; además, según largaba en su muro, se jactaba de ser un tipo excepcional y presumía de gozar de una relación abierta.
La acepté, y a los pocos minutos me llegó un saludo a través del chat:

-Hola.
-Hola ¿Qué tal está? Qué suerte vivir en París.
-Soy secretario de una sociedad de inversiones francesa.
-Pues yo soy un autor desconocido que camina sin rumbo por los callejones de su ciudad. De la mía, quiero decir. No se haga ilusiones...

A partir de ahí, la conversación se convirtió en un breve diálogo de corte surrealista donde acabó por soltarme un inacabable catálogo de ofertas de inversión y ahorro que no alcanzo a recordar.

-¿La interesa?
-Pues no.
-Gracias.

Fui a su perfil, cliqué en la pestaña de Amigos y le di puerta sin pensarlo ni un minuto. Era un perfil  realmente pintoresco, con unos cambios de género que no venían a cuento y un discurso contradictorio, donde sin duda se pretendía dejar patente que todo él era un camelo; un artilugio inverosímil y de escasa vida útil que forzosamente debía albergar algún propósito.   
Por no hablar de su nula capacidad para captar inversores potenciales adecuados. Porque un anarquista entrado en años que llega a fin de mes por los pelos no me parece un cliente del que se pueda rascar mucho, la verdad.
Sin embargo, he de admitir que, fuera quien fuera el autor o autora, iba progresando; pues aquellos personajes femeninos habían ido de menos a más conforme me los había ido presentando y ahora aparecían mucho más pulidos y sofisticados. Un detalle encomiable que decía mucho sobre el tiempo y el esfuerzo que les habían dedicado.
O quizá preguntaba otra cosa y decía que yo era un tipo estupendo con el que estaba dispuesta a tener una relación abierta, o que ya tenía una y era una solapada invitación a tenerla también conmigo, o simplemente se aburría y le encantaba colaborar a su manera en el texto que yo iba colgando periódicamente en el blog. O se reivindicaba como alguien excepcional porque consideraba que el texto que le había enviado no se ajustaba a la realidad, o puede que se haya hecho bollera ¡Vete a saber! 
¿Era una declaración, una propuesta, un guiño, una inocentada fuera de plazo? 
Total, un galimatías donde parecía sugerirse todo pero sin dejar nada claro. Quizá por no arriesgarse a que le dieran calabazas, o por marearme un poco.. Con lo sencillo que es presentarte con tu verdadero rostro y hablar sin tantos circunloquios. 
Aunque, pensándolo mejor, quizá, dadas las circunstancias, para ella no sea tan sencillo.
A día siguiente, cuando intenté volver a leer la extravagante conversación, en lugar de sus palabras me encontré con unos cartelitos amarillos donde los mamones del feis me decían que estaban comprobando la legitimidad del perfil de Karlota. Lo cierto es que la pobre Karlota tuvo una vida efímera, un par de días más tarde, sin dejar ni un triste epitafio, dejó de existir a manos de los sesudos antisociales que administran, y de paso mangonean los intrincados hilos de esa desmesurada telaraña virtual de rostros. Buen intento, guapa; ahora ya sabes cómo las gastan los machacas del Gran Hermano .
El núcleo de mi desazón seguía girando en torno a una simple pregunta: ¿Era ella, o no, la responsable de algunos de aquellos perfiles? ¡Mierda, mierda, mierda! Estaba como al principio: Atrapado en Ámbar, como el desafortunado mosquito de Parque Jurásico. 
Al fin decidí que sí, que era ella. No tanto porque tuviera una certeza absoluta, sino porque prefería creerla activa y desenfadada antes que somnolienta y desmadejada. Cierto también, que, en mi opinión, mi musa había efectuado un claro intento -aunque solo fuera de perfil, valga la redundancia- de interactuar con el texto. Un hecho inquietante, pues podría estar manifestando una firme voluntad o un claro deseo de convertirse en parte contratante de la primera parte en el desarrollo de esta historia, de no conformarse con el pasivo rol de ser una mera lectora. Un tema crucial y delicado que podía alterar mis -con frecuencia evanescentes- planes de trabajo. 
Espero que se divierta, porque yo tengo un barullo...