Solo,
con la imagen de tu piel,
en la piel,
tus encendidas mejillas de lamparita,
y tú no estás.
Las palabras caen solitarias,
se descuelgan de tus ojos
rayos pardos
que recortan mi sombra en la pared,
el eco de mis pasos...,
y tú no estás.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Cuento de navidad*
Cuando miro atrás y recuerdo tan sólo hace cinco días -teníamos tropecientos problemas y más trabajo del que nunca seríamos capaces de hacer-, ¡qué tranquilidad!
Los días en que nada surtía efecto, encendía el receptor de radio y lo intentaba sintonizar el 99.00 FM ¡no veas a veces lo qué costaba! El hecho de escuchar nuestra señal, era un estímulo adicional para mis días tristes y confusos, en los que fumando petardos en el sofá, mientras oía -a veces algo mal- nuestra señal, dejaba transcurrir las horas tristes de la desesperanza, las horas solitarias de los miedos íntimos, profundos, esos que sólo sabe cada uno y casi nunca contamos a nadie.
Horas apacibles, en las que trataba de ordenar mis sentimientos a un lado y mis razonamientos a otro -otra tarea, como todos sabéis, inalcanzable-. Así, rodeado de tareas inalcanzables, y de un espeso humo blanco, que se olía desde tres pisos mas abajo, trascurría mi apacible existencia.
De repente, el martes a mediodía comenzaron a sentirse los primeros ruidos, luego interferencias, y poco después… ¡radio cinco noticias!, ¡joder, qué susto! El petardo cayó de mi boca -otro jersey a la mierda-.
Si llega a ser la voz del Urdaci, habría tenido que irme al aeropuerto más cercano, y confiar en la estupidez innata de las fuerzas de seguridad para pillar un vuelo a cualquier parte.
Afortunadamente para mí, no fue así, porque mi poder adquisitivo no alcanzaba ni para llegar al aeropuerto.
Se me quitó el globo de repente ¡lástima de hierba! Desde ese momento, se desató una vorágine de acontecimientos que todavía ahora -cinco días después-, andan revueltos dentro de mí, y cada vez que los recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido, me siguen llenando de confusión y espanto.
Los costes, las afinidades y lealtades rotas -las intenciones más tristes aflorando justo en el peor momento. Las ambiciones personales por encima de las convicciones… Ya nada volverá a ser como antes, me decía -entre dientes-, mientras me liaba otro canuto.
Después del asalto de Radio 5 ya nada volvió a ser lo mismo. Pasó como un huracán, y, por supuesto, no acabó con nosotros, pero cambió aptitudes y amistades, las menos, se destruyeron, las más, se conocieron mejor, se fortalecieron.
Fui ha echar mano de la piedra… ¡coño! no me queda, me he fumado dos gramos en un solo punto y aparte. No veas lo caro que me iba a salir esto del relato. Habrá que ir más al grano o fumar menos -pensé con un estremecimiento-.
Intenté calcular los gramos que me habría tenido que fumar para escribir los episodios nacionales de Gáldos, por ejemplo. Pero no hubo ni que calcular, no seré novelista me dije, a esos precios, ni el relato breve podía permitirme.
Minotaurear mi mente laberíntica por mi cuenta salía más caro que la terapia. Levanté el teléfono y marqué el número de un terapeuta que trató con éxito a un amigo que, cuando se le iba la flapa, se creía Durruti. A grandes males grandes remedios, pensé heroicamente, mientras sonaba el tono correspondiente.
Lejos queda también, aquella llamada y aquel cabrón de terapeuta lacaniano. Cuando entré en la consulta y le vi la cara a la recepcionista, tendría que haberme largado. A grandes rasgos, era alta, y más siniestra que ninguno de los camellos que he conocido nunca -y han sido unos cuantos centenares-.
Tres tipos por delante. Como dejen fumar esto puede ser ruinoso. De pronto, me llamó la atención un tipo pequeño y de aspecto furtivo que movía la cabeza constantemente de un lado a otro. Debe ser un espía –pensé-, un espía en paro o estresado.
Cuando me terminé el canuto, el espía había desaparecido. En su lugar, una boa de tres metros me miraba con cara de póquer, al otro extremo del animal había una morena de grandes ojos, mucho parpadeo y un equipamiento con todos los extras. Si hay que esperar, se espera -me dije-.
La morena hablaba por los codos de cualquier cosa constantemente. Conseguí no oírla convenciéndome a mí mismo que era hilo musical mal personalizado. En ese instante, un siseo me llama la atención. Pensé: La boa esta me mira de forma extraña. Por suerte, vi el reflejo negro en los ojos de aquel reptil asqueroso y tuve el tiempo justo de amagar hacia un lado. Un pasador de pelo de trece centímetros, de puro acero toledano, pasó veloz ante mis ojos y se fue a clavar en el respaldo del sofá, justo donde debería haber estado mi cabeza.
Tengo que reconocer que llegado este punto me mosqueé de verdad. Aquella consulta era más peligrosa que la selva del amazonas -rápidamente antes de que vuelva a aparecer el espía estresado, me dijo mi instinto-.
Apagué, veloz como el rayo, el canuto recién encendido en el ojo más cercano de la boa, mientras, con la otra mano, atrapé el pasador toledano del respaldo y se lo clavé en el ojo útil que le quedaba.
La morena ya no estaba allí y el tipo de la gabardina parecía ausente, pero yo, ya no me fiaba de nadie. Así, que agarré a la boa discapacitada por el extremo mas alejado de su cabeza y le estuve dando boazos hasta que desapareció la gabardina no sé dónde. Si después de todo esto, intentan cobrarme la visita habrá sangre, me decía, mientras buscaba con la mirada a la siniestra recepcionista.
Allí estaba, entre una planta de plástico y un póster del Dalai Lama -con aquella cara de ardilla-. Le lancé, con toda mi mala leche, lo que me quedaba de la boa, pero -cosas del destino- pilló el Dalai Lama. Eso te pasa por pacifista, le dije.
Ahora que tenía las manos libres podía intentar fumarme un petardo entero. Justo cuando iba a darle el lengüetazo final, la recepcionista, que se había recuperado del susto como si nada, comenzó a contraatacar con lanzamientos de listines telefónicos caducados. Uno me dio en la frente, me partió la boca y el canuto que había en ella. Ciego de rabia, empecé a reenviarle los listines en una batalla sin cuartel.
En lo más duro de la refriega suena el interfono, pero no puedo oír lo que dice, pues la recepcionista da unos alaridos tremendos. Justo ahora solo falta que aparezca el espía estresado para acabar de liarla, pensé.
Aquello no podía durar mucho más, no por falta de motivación, sino de munición, por lo tanto, ya empezaba a planear un golpe de mano en plan comando contra aquella arpía y su deposito clandestino de listines telefónicos, cuando, un guiñapo oscuro y alargado salido de la nada, se lanza de un salto sobre la recepcionista, que, aprovechando mi repliegue estratégico, intentaba en vano llamar al 912.
El guiñapo se la merendó en un plis. Ver como medio metro de boa despanzurrada, se tapiñaba a una recepcionista de metro ochenta y cara de ardilla a dos metros de distancia, fue superior a mis fuerzas. Decidí hacerme un último canuto por si no salía vivo de allí.
Por raro que parezca, llevábamos un minuto sin que pasara nada, cuando, por una puerta lateral, aparece el psiquiatra con cara amable y distraída, resbala con la sangre de la boa o de la recepcionista -no sé- y cae encima mío -justo cuando me iba fumar el ultimo canuto de mi existencia-.
Esto es demasiado -aquí arde Troya, me dije-. Cogí al psiquiatra por las solapas y lo lancé, con toda la furia que me quedaba, por la ventana (6 pisos).
Éste no le jode ningún canuto más a nadie.
Pero en aquella consulta, el más tonto hacía encaje de bolillos, así que, veo flipado por la raída ventana, como el psiquiatra, aprovechando la suave brisa mediterránea del momento, parece que remonta el vuelo utilizando la bata como ala delta.
Me lo miro con curiosidad, pero sin alarma. He sido marino y conozco las veleidades de las brisas mediterráneas. Mientras tanto, una sonrisa de hiena se va adueñando de mi rostro. Un brusco cambio en la dirección del viento hace perder el plan de vuelo al lacaniano cabrón, que se estrella contra el edificio de enfrente y cae al vacío. Para su mala suerte estaba mas alto que al principio. Así, que a fumar sin interrupciones.
Para entonces ya no recordaba donde estaba, ni que me había traído hasta allí. Me senté en el suelo confuso y aturdido, mirando sigilosamente en todas direcciones, casi ni respiraba. Ahora sólo me falta una alarma de incendios -me digo-, mientras busco la piedra que he conseguido salvar en esta especie de Bagdad domestico.
No aparece y me estremezco de ira, mis ojos, son ya dos hilos de acero batiendo el terreno, buscando pistas de su paradero, entre restos de boa y de recepcionista al 50%.
Me da un ataque de risa pensando en la faena que va a tener el forense para sacar algo en limpio -con la tecnología española- de aquella carnicería. ¡Qué se joda! por funcionario -me dice mi instinto de conservación, así que le hago caso-. Dejo de preocuparme de minucias y me concentro en la piedra desaparecida.
No iba a ser tarea fácil, la dichosa piedra se escondía mejor que un inmigrante sin papeles y el ecosistema se había complicado mucho en 15 minutos. Restos de plantas verdes con la cara de un chino al fondo (parecía el Vietnam).
Debe ser lo que queda del póster del Dalai Lama, me dije. Boa, recepcionista, sangre, trozos de gabardina y listines telefónicos de medio mundo por todas partes, había tarea para rato.
Me pongo a cuatro patas para otear el suelo más de cerca, cuando una puntera de zapato asoma por debajo del sofá. Tiro rápidamente de aquel zapato y aparece el espía estresado -un listín telefónico mal dirigido parecía haber acabado con su inquieta existencia-.
Iba a continuar la búsqueda, pero, de pronto, la cabeza se le empieza a mover como un metrónomo enloquecido. Le endíño con una botella de anís del mono que llevaba el tipo en un doble fondo de la chaqueta. Si con esto no te dan la baja, deja el oficio gilipollas -le digo-, clavándole un abrelatas oxidado que me he tropezado durante la búsqueda.
Después de aquello, ni piedra, ni leches. Había que darse el piro rápidamente. Antes de darme cuenta estaba dentro del ascensor. Pulso la planta baja, y en cuanto arranca, me percato de una nevera enorme que hay junto al espejo. Oigo un ruido mientras se abre la puerta de golpe, ¡sorpresa¡ ¡fóllame así, fresquita¡ ¡Hostias¡, es la morena desaparecida y con las bragas en la mano. Salto hacia atrás, dándome un costalazo contra la puerta del elevador. De todas maneras, la frase "fóllame así, fresquita", selló su destino.
La estrangulé con sus propias bragas y la volví a meter en la nevera. Eso sí, con la etiqueta de producto ecológico caducado, colgando de una zanahoria congelada, que le metí por el culo de una patada.
Salí como una sombra del edificio, por una puerta trasera, esa que siempre sale en las películas americanas. Aquello me salvó la vida.
Al día siguiente, mientras leía la prensa en mi mansión de 40 metros cuadrados, me llamó la atención un titular:
"Matanza en una consulta" El asesino en serie conocido como "Tic Tac", buscado por la INTERPOL, entre las victimas. Fuentes de la policía aseguran que la escena era dantesca. Todo hace pensar que el asesino falló en su intento criminal, y se entabló una lucha a muerte, donde a su vez, fue muerto por alguno de los fallecidos.
Sonreí cínicamente mientras me fumaba un dos papeles que me supo a gloria. ¡Jóder cómo está el mundo! Casi se me hace tarde.
Hoy lunes, 27 de Diciembre del 2004, en una asamblea con caras de cansancio, y con la que nos está cayendo, ¡por fin! después de mucho -mucho tiempo-, nos echamos todos a reír.
Radio Bronka en el 99.00 de la FM era ya historia.
Barcelona, día de los inocentes del 2004.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo"
Los días en que nada surtía efecto, encendía el receptor de radio y lo intentaba sintonizar el 99.00 FM ¡no veas a veces lo qué costaba! El hecho de escuchar nuestra señal, era un estímulo adicional para mis días tristes y confusos, en los que fumando petardos en el sofá, mientras oía -a veces algo mal- nuestra señal, dejaba transcurrir las horas tristes de la desesperanza, las horas solitarias de los miedos íntimos, profundos, esos que sólo sabe cada uno y casi nunca contamos a nadie.
Horas apacibles, en las que trataba de ordenar mis sentimientos a un lado y mis razonamientos a otro -otra tarea, como todos sabéis, inalcanzable-. Así, rodeado de tareas inalcanzables, y de un espeso humo blanco, que se olía desde tres pisos mas abajo, trascurría mi apacible existencia.
De repente, el martes a mediodía comenzaron a sentirse los primeros ruidos, luego interferencias, y poco después… ¡radio cinco noticias!, ¡joder, qué susto! El petardo cayó de mi boca -otro jersey a la mierda-.
Si llega a ser la voz del Urdaci, habría tenido que irme al aeropuerto más cercano, y confiar en la estupidez innata de las fuerzas de seguridad para pillar un vuelo a cualquier parte.
Afortunadamente para mí, no fue así, porque mi poder adquisitivo no alcanzaba ni para llegar al aeropuerto.
Se me quitó el globo de repente ¡lástima de hierba! Desde ese momento, se desató una vorágine de acontecimientos que todavía ahora -cinco días después-, andan revueltos dentro de mí, y cada vez que los recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido, me siguen llenando de confusión y espanto.
Los costes, las afinidades y lealtades rotas -las intenciones más tristes aflorando justo en el peor momento. Las ambiciones personales por encima de las convicciones… Ya nada volverá a ser como antes, me decía -entre dientes-, mientras me liaba otro canuto.
Después del asalto de Radio 5 ya nada volvió a ser lo mismo. Pasó como un huracán, y, por supuesto, no acabó con nosotros, pero cambió aptitudes y amistades, las menos, se destruyeron, las más, se conocieron mejor, se fortalecieron.
Fui ha echar mano de la piedra… ¡coño! no me queda, me he fumado dos gramos en un solo punto y aparte. No veas lo caro que me iba a salir esto del relato. Habrá que ir más al grano o fumar menos -pensé con un estremecimiento-.
Intenté calcular los gramos que me habría tenido que fumar para escribir los episodios nacionales de Gáldos, por ejemplo. Pero no hubo ni que calcular, no seré novelista me dije, a esos precios, ni el relato breve podía permitirme.
Minotaurear mi mente laberíntica por mi cuenta salía más caro que la terapia. Levanté el teléfono y marqué el número de un terapeuta que trató con éxito a un amigo que, cuando se le iba la flapa, se creía Durruti. A grandes males grandes remedios, pensé heroicamente, mientras sonaba el tono correspondiente.
Lejos queda también, aquella llamada y aquel cabrón de terapeuta lacaniano. Cuando entré en la consulta y le vi la cara a la recepcionista, tendría que haberme largado. A grandes rasgos, era alta, y más siniestra que ninguno de los camellos que he conocido nunca -y han sido unos cuantos centenares-.
Tres tipos por delante. Como dejen fumar esto puede ser ruinoso. De pronto, me llamó la atención un tipo pequeño y de aspecto furtivo que movía la cabeza constantemente de un lado a otro. Debe ser un espía –pensé-, un espía en paro o estresado.
Cuando me terminé el canuto, el espía había desaparecido. En su lugar, una boa de tres metros me miraba con cara de póquer, al otro extremo del animal había una morena de grandes ojos, mucho parpadeo y un equipamiento con todos los extras. Si hay que esperar, se espera -me dije-.
La morena hablaba por los codos de cualquier cosa constantemente. Conseguí no oírla convenciéndome a mí mismo que era hilo musical mal personalizado. En ese instante, un siseo me llama la atención. Pensé: La boa esta me mira de forma extraña. Por suerte, vi el reflejo negro en los ojos de aquel reptil asqueroso y tuve el tiempo justo de amagar hacia un lado. Un pasador de pelo de trece centímetros, de puro acero toledano, pasó veloz ante mis ojos y se fue a clavar en el respaldo del sofá, justo donde debería haber estado mi cabeza.
Tengo que reconocer que llegado este punto me mosqueé de verdad. Aquella consulta era más peligrosa que la selva del amazonas -rápidamente antes de que vuelva a aparecer el espía estresado, me dijo mi instinto-.
Apagué, veloz como el rayo, el canuto recién encendido en el ojo más cercano de la boa, mientras, con la otra mano, atrapé el pasador toledano del respaldo y se lo clavé en el ojo útil que le quedaba.
La morena ya no estaba allí y el tipo de la gabardina parecía ausente, pero yo, ya no me fiaba de nadie. Así, que agarré a la boa discapacitada por el extremo mas alejado de su cabeza y le estuve dando boazos hasta que desapareció la gabardina no sé dónde. Si después de todo esto, intentan cobrarme la visita habrá sangre, me decía, mientras buscaba con la mirada a la siniestra recepcionista.
Allí estaba, entre una planta de plástico y un póster del Dalai Lama -con aquella cara de ardilla-. Le lancé, con toda mi mala leche, lo que me quedaba de la boa, pero -cosas del destino- pilló el Dalai Lama. Eso te pasa por pacifista, le dije.
Ahora que tenía las manos libres podía intentar fumarme un petardo entero. Justo cuando iba a darle el lengüetazo final, la recepcionista, que se había recuperado del susto como si nada, comenzó a contraatacar con lanzamientos de listines telefónicos caducados. Uno me dio en la frente, me partió la boca y el canuto que había en ella. Ciego de rabia, empecé a reenviarle los listines en una batalla sin cuartel.
En lo más duro de la refriega suena el interfono, pero no puedo oír lo que dice, pues la recepcionista da unos alaridos tremendos. Justo ahora solo falta que aparezca el espía estresado para acabar de liarla, pensé.
Aquello no podía durar mucho más, no por falta de motivación, sino de munición, por lo tanto, ya empezaba a planear un golpe de mano en plan comando contra aquella arpía y su deposito clandestino de listines telefónicos, cuando, un guiñapo oscuro y alargado salido de la nada, se lanza de un salto sobre la recepcionista, que, aprovechando mi repliegue estratégico, intentaba en vano llamar al 912.
El guiñapo se la merendó en un plis. Ver como medio metro de boa despanzurrada, se tapiñaba a una recepcionista de metro ochenta y cara de ardilla a dos metros de distancia, fue superior a mis fuerzas. Decidí hacerme un último canuto por si no salía vivo de allí.
Por raro que parezca, llevábamos un minuto sin que pasara nada, cuando, por una puerta lateral, aparece el psiquiatra con cara amable y distraída, resbala con la sangre de la boa o de la recepcionista -no sé- y cae encima mío -justo cuando me iba fumar el ultimo canuto de mi existencia-.
Esto es demasiado -aquí arde Troya, me dije-. Cogí al psiquiatra por las solapas y lo lancé, con toda la furia que me quedaba, por la ventana (6 pisos).
Éste no le jode ningún canuto más a nadie.
Pero en aquella consulta, el más tonto hacía encaje de bolillos, así que, veo flipado por la raída ventana, como el psiquiatra, aprovechando la suave brisa mediterránea del momento, parece que remonta el vuelo utilizando la bata como ala delta.
Me lo miro con curiosidad, pero sin alarma. He sido marino y conozco las veleidades de las brisas mediterráneas. Mientras tanto, una sonrisa de hiena se va adueñando de mi rostro. Un brusco cambio en la dirección del viento hace perder el plan de vuelo al lacaniano cabrón, que se estrella contra el edificio de enfrente y cae al vacío. Para su mala suerte estaba mas alto que al principio. Así, que a fumar sin interrupciones.
Para entonces ya no recordaba donde estaba, ni que me había traído hasta allí. Me senté en el suelo confuso y aturdido, mirando sigilosamente en todas direcciones, casi ni respiraba. Ahora sólo me falta una alarma de incendios -me digo-, mientras busco la piedra que he conseguido salvar en esta especie de Bagdad domestico.
No aparece y me estremezco de ira, mis ojos, son ya dos hilos de acero batiendo el terreno, buscando pistas de su paradero, entre restos de boa y de recepcionista al 50%.
Me da un ataque de risa pensando en la faena que va a tener el forense para sacar algo en limpio -con la tecnología española- de aquella carnicería. ¡Qué se joda! por funcionario -me dice mi instinto de conservación, así que le hago caso-. Dejo de preocuparme de minucias y me concentro en la piedra desaparecida.
No iba a ser tarea fácil, la dichosa piedra se escondía mejor que un inmigrante sin papeles y el ecosistema se había complicado mucho en 15 minutos. Restos de plantas verdes con la cara de un chino al fondo (parecía el Vietnam).
Debe ser lo que queda del póster del Dalai Lama, me dije. Boa, recepcionista, sangre, trozos de gabardina y listines telefónicos de medio mundo por todas partes, había tarea para rato.
Me pongo a cuatro patas para otear el suelo más de cerca, cuando una puntera de zapato asoma por debajo del sofá. Tiro rápidamente de aquel zapato y aparece el espía estresado -un listín telefónico mal dirigido parecía haber acabado con su inquieta existencia-.
Iba a continuar la búsqueda, pero, de pronto, la cabeza se le empieza a mover como un metrónomo enloquecido. Le endíño con una botella de anís del mono que llevaba el tipo en un doble fondo de la chaqueta. Si con esto no te dan la baja, deja el oficio gilipollas -le digo-, clavándole un abrelatas oxidado que me he tropezado durante la búsqueda.
Después de aquello, ni piedra, ni leches. Había que darse el piro rápidamente. Antes de darme cuenta estaba dentro del ascensor. Pulso la planta baja, y en cuanto arranca, me percato de una nevera enorme que hay junto al espejo. Oigo un ruido mientras se abre la puerta de golpe, ¡sorpresa¡ ¡fóllame así, fresquita¡ ¡Hostias¡, es la morena desaparecida y con las bragas en la mano. Salto hacia atrás, dándome un costalazo contra la puerta del elevador. De todas maneras, la frase "fóllame así, fresquita", selló su destino.
La estrangulé con sus propias bragas y la volví a meter en la nevera. Eso sí, con la etiqueta de producto ecológico caducado, colgando de una zanahoria congelada, que le metí por el culo de una patada.
Salí como una sombra del edificio, por una puerta trasera, esa que siempre sale en las películas americanas. Aquello me salvó la vida.
Al día siguiente, mientras leía la prensa en mi mansión de 40 metros cuadrados, me llamó la atención un titular:
"Matanza en una consulta" El asesino en serie conocido como "Tic Tac", buscado por la INTERPOL, entre las victimas. Fuentes de la policía aseguran que la escena era dantesca. Todo hace pensar que el asesino falló en su intento criminal, y se entabló una lucha a muerte, donde a su vez, fue muerto por alguno de los fallecidos.
Sonreí cínicamente mientras me fumaba un dos papeles que me supo a gloria. ¡Jóder cómo está el mundo! Casi se me hace tarde.
Hoy lunes, 27 de Diciembre del 2004, en una asamblea con caras de cansancio, y con la que nos está cayendo, ¡por fin! después de mucho -mucho tiempo-, nos echamos todos a reír.
Radio Bronka en el 99.00 de la FM era ya historia.
Barcelona, día de los inocentes del 2004.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo"
lunes, 23 de noviembre de 2009
Entre olas
Por mis venas soltitarias,
corre el mar y tu mirada,
el niño que fui,
rola entre conchas y olas,
y el hombre que soy,
espera, junto al mar,
un cuerpo con sabor a caracolas,
olas, olas, junto al mar.
corre el mar y tu mirada,
el niño que fui,
rola entre conchas y olas,
y el hombre que soy,
espera, junto al mar,
un cuerpo con sabor a caracolas,
olas, olas, junto al mar.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Eutimio*
La noche que Eutimio reapareció en mi vida fue una de esas noches tontas y atolondradas, donde se vagabundea sin propósito ni fin, sin orden ni concierto. Noches de espíritu confuso y voluntad torcida.
Caminando por el paseo marítimo de Vinaroz esperaba el amanecer con cierta inquietud, desconfiando de lo que podrían traer consigo las dos horas largas que aún faltaban para que el sol asomara el morro en la ciudad.
La Bustillo acechaba los caminos del delta, pero iba preparado. Con un gesto inconsciente palpé el bolsillo interior de la cazadora, y, al recorrer con los dedos los contornos de mi tarjeta sanitaria suspiré aliviado. No era mucho, pero los deportes de riesgo tienen estas cosas, si no no serían de riesgo. La adrenalina, como el amor, está donde uno la encuentra.
Los locales de ocio iban cerrando sus puertas. Como fantasmas, los últimos solitarios se desperdigaban por las callejas del centro. Los letreros de neón enmudecían, hundiendo en las sombras los portales más próximos.
-¡Un buen día para morir!-.
Me quedé clavado al oír aquella frase.
Unos metros delante, y parado justo al lado de un semáforo en verde, con los intermitentes de la izquierda parpadeando en la oscuridad, un coche me esperaba.
Desde luego no era la Bustillo. Aquellas palabras las entonamos una vez ocho voces. Nadie más sabía lo que significaban.
Abrí la puerta y me senté junto al conductor.
-¿Matías?-
-Un buen día para morir, Eutimio. ¿Recuerdas cómo seguía? Yo no.
-¡Qué alegría tío! Más de veinticinco años, y tú también la recordabas.
Pensé: Si continua tan campante después de oírla, o no es él, o no la recuerda, que para el caso vendrá a dar lo mismo. No paro y listo. Pero aquí estás.
Te he visto de lejos, caminando, mirando al mar. He reducido la velocidad.
Entonces tu perfil ha encajado con la silueta de un recuerdo. He pensado: se parece a Matías. Los dilemas de Matías. Al mar, siempre al mar.
-Piensas demasiado Eutimio, piensas demasiado. Seguramente por eso estás tan calvo, cabrón.
Arranca. ¡Vámonos de aquí!
-¿A dónde?
-A Alcanar. A la playa de las Casas de Alcanar.
-Está todo cerrado. Tendré que parar en un puticlub a comprar priva.
-No hace falta Eutimio. Llevo en la bolsa una botella de Jack Daniels mediada.
-Mejor no ir por la nacional. Los picos suelen poner un control de alcoholemia en ese tramo. Tiro para Ulldecona. A mitad de camino hay una carretera local que nos lleva hasta allí. Damos un poco de vuelta, pero es más seguro.
¿Qué lías?
-María de primera, Eutimio. Cosecha propia, nada de mariconadas.
Ando algo alunado. Huyendo de una tía, y con ganas de romperle las bragas a otra.
-¡Cojones Matías! ¡Qué emocionante! Hace siglos que dejé a las mujeres por imposibles. Dos divorcios. Manutención para dos niños
He acabado sobreviviendo en una pequeña y oscura buhardilla. Más de la mitad del sueldo se evapora nada mas cobrar. No puedo permitirme otra cosa.
Acabé sociología y entré en la academia de policía. Ahora soy inspector. Ya ves ¡quién lo iba a decir!
No pareces sorprendido continuó, mirándome por el rabillo del ojo y aminorando la velocidad-.
-No, y aunque te parezca raro, ahora mismo me alegro. Quizá tengas que hacerme un favor. Vienes caído del cielo Eutimio. Caído del cielo.
-A pesar de todo no hemos tirado la toalla, Matías. ¡Un buen día para morir!
La frase me ha ayudado a superar muchas cosas.
-A mí también. Tiene la energía suficiente para sacar lo mejor de uno mismo.
A veces hay que detenerse y decirla en voz alta. La vida es un desafío sin fin.
Es un grito de batalla de los indios de las praderas. Creo que de alguna tribu Apache. El guerrero, a pesar de no tener el más mínimo control sobre su destino, lo afronta como un desafío. Pondrá lo mejor de si mismo en la contienda. Eso le quita filo al miedo.
-Ya no recordaba el concepto. Pero si el empuje que da.
-El mar de Alborán. La tormenta. El colocón. El mal rollo. Hasta que el listillo aquél del teletipo soltó la frase y la explicación. Empezamos a corearla en voz baja, y a los pocos minutos el temor se disolvió. Reímos como posesos.
Durante los pocos kilómetros que nos separaban de nuestro destino, observé a mi amigo. Los pequeños y vivos ojos de Eutimio eran, arrugas aparte, los mismos. En cambio, del pelo sólo quedaban los restos de un naufragio, apenas un poco en la nuca y por encima de las orejas que, al igual que la nariz, eran algo más grandes. Un poco más gordo y seguro de sí, más sólido.
Su mirada, aun siendo la misma, había cambiado, donde antes resaltaba un brillo juvenil, ahora reinaba un leve fulgor que daba paso a una, en aquél momento, serena profundidad.
Con los ojos fijos en carretera me iba contando su historia. De cuando en cuando recalcaba una frase o una palabra dando un golpecito en el volante con el dedo índice.
-Sabes Eutimio le dije con rotundidad, interrumpiendo su largo monólogo-, es la primera vez que me alegro de estar con un inspector de policía. ¡Quién me lo iba decir hace unos años!
-Tú también las has pasado putas afirmó, apartando un instante los ojos de la carretera y mirándome fijamente.
-Si, Eutimio.
-Entiendo.
Sus ojos asintieron y volvieron a la carretera, que discurría solitaria entre los invernaderos, donde, al ritmo caprichoso de los faros se iban recortando las sombras de nuestra ruta con efímeros y abovedados perfiles.
-Matías continuó, una vez llegados a nuestro destino-, nunca te he contado el porqué de mi estrambótico nombre.
-No, y mira que llegamos a reírnos de él.
-Mi padre era bipolar. Ya sabes , esos que, cuando se enamoran la acaban cagando siempre. Pues bien, mi madre se emperró con ese nombre. Pensaba, según me contó cuando tuve la edad suficiente para entenderlo, que quizá me protegería del mal fario de salir a mi padre.
Siempre he tenido un espíritu sereno. Bueno, casi siempre.
El caso, es que mi madre acabó hasta el coño de aquel marido depresivo e irresponsable y terminaron separándose amistosamente siendo yo muy niño.
Amanecía a lo lejos. Eutimio habló y habló.
Sentados en la arena dábamos tragos, y mi amigo parecía cambiar de piel, de gesto y actitud, a medida que desgranaba una larga historia repleta de sueños perdidos y parejas insatisfechas. Según decía, su oficio comenzó a devorarlo muy pronto, convirtiéndolo en un ser solitario. Un fantasma del amigo alegre que fue.
-¿Sólo eres un fantasma Eutimio? Pues a mí me pareces bastante real, -pregunté y afirmé sin darle tiempo a responder la pregunta. Yo, a veces parezco seguir buscando al hombre que quiero ser. Ya ves qué pejiguera. Durante una época de mi vida hasta hice de funambulista sin saberlo. Eso es si que estar colgado. Y en lo de funambulista no es tanta la metáfora. No te creas.
Tengo tres semanas por delante y una casa en un lugar pequeño y ventoso. Vamos a tu buhardilla, te llenas una maleta y arreando para Ventalles.
Eutimio tardó dos minutos en hacer la maleta y salir del portal con ánimo clandestino, ojos de fugitivo y la sonrisa del que se aleja de una batalla o de una coloqueta chunga.
Se había convertido en un furtivo de sí mismo en un entrar y salir de portal.
-La vida nos devora, Matías -me decía, al tiempo que maniobraba para sacar el vehículo-. Nos va devorando como un buitre hambriento.
*Fragmento del cuento "Junto al delta".
Caminando por el paseo marítimo de Vinaroz esperaba el amanecer con cierta inquietud, desconfiando de lo que podrían traer consigo las dos horas largas que aún faltaban para que el sol asomara el morro en la ciudad.
La Bustillo acechaba los caminos del delta, pero iba preparado. Con un gesto inconsciente palpé el bolsillo interior de la cazadora, y, al recorrer con los dedos los contornos de mi tarjeta sanitaria suspiré aliviado. No era mucho, pero los deportes de riesgo tienen estas cosas, si no no serían de riesgo. La adrenalina, como el amor, está donde uno la encuentra.
Los locales de ocio iban cerrando sus puertas. Como fantasmas, los últimos solitarios se desperdigaban por las callejas del centro. Los letreros de neón enmudecían, hundiendo en las sombras los portales más próximos.
-¡Un buen día para morir!-.
Me quedé clavado al oír aquella frase.
Unos metros delante, y parado justo al lado de un semáforo en verde, con los intermitentes de la izquierda parpadeando en la oscuridad, un coche me esperaba.
Desde luego no era la Bustillo. Aquellas palabras las entonamos una vez ocho voces. Nadie más sabía lo que significaban.
Abrí la puerta y me senté junto al conductor.
-¿Matías?-
-Un buen día para morir, Eutimio. ¿Recuerdas cómo seguía? Yo no.
-¡Qué alegría tío! Más de veinticinco años, y tú también la recordabas.
Pensé: Si continua tan campante después de oírla, o no es él, o no la recuerda, que para el caso vendrá a dar lo mismo. No paro y listo. Pero aquí estás.
Te he visto de lejos, caminando, mirando al mar. He reducido la velocidad.
Entonces tu perfil ha encajado con la silueta de un recuerdo. He pensado: se parece a Matías. Los dilemas de Matías. Al mar, siempre al mar.
-Piensas demasiado Eutimio, piensas demasiado. Seguramente por eso estás tan calvo, cabrón.
Arranca. ¡Vámonos de aquí!
-¿A dónde?
-A Alcanar. A la playa de las Casas de Alcanar.
-Está todo cerrado. Tendré que parar en un puticlub a comprar priva.
-No hace falta Eutimio. Llevo en la bolsa una botella de Jack Daniels mediada.
-Mejor no ir por la nacional. Los picos suelen poner un control de alcoholemia en ese tramo. Tiro para Ulldecona. A mitad de camino hay una carretera local que nos lleva hasta allí. Damos un poco de vuelta, pero es más seguro.
¿Qué lías?
-María de primera, Eutimio. Cosecha propia, nada de mariconadas.
Ando algo alunado. Huyendo de una tía, y con ganas de romperle las bragas a otra.
-¡Cojones Matías! ¡Qué emocionante! Hace siglos que dejé a las mujeres por imposibles. Dos divorcios. Manutención para dos niños
He acabado sobreviviendo en una pequeña y oscura buhardilla. Más de la mitad del sueldo se evapora nada mas cobrar. No puedo permitirme otra cosa.
Acabé sociología y entré en la academia de policía. Ahora soy inspector. Ya ves ¡quién lo iba a decir!
No pareces sorprendido continuó, mirándome por el rabillo del ojo y aminorando la velocidad-.
-No, y aunque te parezca raro, ahora mismo me alegro. Quizá tengas que hacerme un favor. Vienes caído del cielo Eutimio. Caído del cielo.
-A pesar de todo no hemos tirado la toalla, Matías. ¡Un buen día para morir!
La frase me ha ayudado a superar muchas cosas.
-A mí también. Tiene la energía suficiente para sacar lo mejor de uno mismo.
A veces hay que detenerse y decirla en voz alta. La vida es un desafío sin fin.
Es un grito de batalla de los indios de las praderas. Creo que de alguna tribu Apache. El guerrero, a pesar de no tener el más mínimo control sobre su destino, lo afronta como un desafío. Pondrá lo mejor de si mismo en la contienda. Eso le quita filo al miedo.
-Ya no recordaba el concepto. Pero si el empuje que da.
-El mar de Alborán. La tormenta. El colocón. El mal rollo. Hasta que el listillo aquél del teletipo soltó la frase y la explicación. Empezamos a corearla en voz baja, y a los pocos minutos el temor se disolvió. Reímos como posesos.
Durante los pocos kilómetros que nos separaban de nuestro destino, observé a mi amigo. Los pequeños y vivos ojos de Eutimio eran, arrugas aparte, los mismos. En cambio, del pelo sólo quedaban los restos de un naufragio, apenas un poco en la nuca y por encima de las orejas que, al igual que la nariz, eran algo más grandes. Un poco más gordo y seguro de sí, más sólido.
Su mirada, aun siendo la misma, había cambiado, donde antes resaltaba un brillo juvenil, ahora reinaba un leve fulgor que daba paso a una, en aquél momento, serena profundidad.
Con los ojos fijos en carretera me iba contando su historia. De cuando en cuando recalcaba una frase o una palabra dando un golpecito en el volante con el dedo índice.
-Sabes Eutimio le dije con rotundidad, interrumpiendo su largo monólogo-, es la primera vez que me alegro de estar con un inspector de policía. ¡Quién me lo iba decir hace unos años!
-Tú también las has pasado putas afirmó, apartando un instante los ojos de la carretera y mirándome fijamente.
-Si, Eutimio.
-Entiendo.
Sus ojos asintieron y volvieron a la carretera, que discurría solitaria entre los invernaderos, donde, al ritmo caprichoso de los faros se iban recortando las sombras de nuestra ruta con efímeros y abovedados perfiles.
-Matías continuó, una vez llegados a nuestro destino-, nunca te he contado el porqué de mi estrambótico nombre.
-No, y mira que llegamos a reírnos de él.
-Mi padre era bipolar. Ya sabes , esos que, cuando se enamoran la acaban cagando siempre. Pues bien, mi madre se emperró con ese nombre. Pensaba, según me contó cuando tuve la edad suficiente para entenderlo, que quizá me protegería del mal fario de salir a mi padre.
Siempre he tenido un espíritu sereno. Bueno, casi siempre.
El caso, es que mi madre acabó hasta el coño de aquel marido depresivo e irresponsable y terminaron separándose amistosamente siendo yo muy niño.
Amanecía a lo lejos. Eutimio habló y habló.
Sentados en la arena dábamos tragos, y mi amigo parecía cambiar de piel, de gesto y actitud, a medida que desgranaba una larga historia repleta de sueños perdidos y parejas insatisfechas. Según decía, su oficio comenzó a devorarlo muy pronto, convirtiéndolo en un ser solitario. Un fantasma del amigo alegre que fue.
-¿Sólo eres un fantasma Eutimio? Pues a mí me pareces bastante real, -pregunté y afirmé sin darle tiempo a responder la pregunta. Yo, a veces parezco seguir buscando al hombre que quiero ser. Ya ves qué pejiguera. Durante una época de mi vida hasta hice de funambulista sin saberlo. Eso es si que estar colgado. Y en lo de funambulista no es tanta la metáfora. No te creas.
Tengo tres semanas por delante y una casa en un lugar pequeño y ventoso. Vamos a tu buhardilla, te llenas una maleta y arreando para Ventalles.
Eutimio tardó dos minutos en hacer la maleta y salir del portal con ánimo clandestino, ojos de fugitivo y la sonrisa del que se aleja de una batalla o de una coloqueta chunga.
Se había convertido en un furtivo de sí mismo en un entrar y salir de portal.
-La vida nos devora, Matías -me decía, al tiempo que maniobraba para sacar el vehículo-. Nos va devorando como un buitre hambriento.
*Fragmento del cuento "Junto al delta".
lunes, 2 de noviembre de 2009
Móvil*
Móvil ¡la vida es móvil! ¡Me cago en su puta madre oruga! Fui yo el que tuvo la brillante idea, Sonia y Maite me lo regalaron -me ha costado meses agradecérselo-, me amargó la existencia dos o tres meses, el jodido móvil.
Lo necesitaba, gastaba más en llamadas a móviles que otra cosa, todos mis compañeros iban ya con móvil -llamarlos desde el fijo era una ruina-, no obstante, contar que seguramente no fue el mejor momento es ya pura anécdota.
Idiota perdido, temblón, medio ciego, con una lista interminable de números que pasar y sin tener ni idea, con un manual que no podía leer, un cuelgue multimedia pendiente, fiebre alta, un dolor de cabeza insoportable que nada calmaba, dando saltos entre charcos de agua por toda la casa ¡en fin! el listado no salió bien hasta que lo pasó mi hermana tres meses después.
Cli, cli, cli, ese sonido me agobió un tiempo, durante el cual, no me crecieron las uñas de la mano derecha de tanto teclear el diminuto artilugio comunicativo, intentando en vano controlar los siniestros mecanismos que encierra dentro de sí, a cal y canto.
El porcentaje de aciertos no pasó del 25% en los mejores momentos. Un marroquí mosqueado llamó -intentando inútilmente quejarse-, lo mandé a tomar por el culo sin miramientos de ninguna clase, en cambio, el castellano con acento del este, que asomó otra voz, me dejó flipado -no entendí absolutamente nada-, lo primero que pensé, es que, o me estaba quedando sordo, o el castellano había cambiado mucho en poco tiempo, solventé el expediente sin complejos izquierdistas, ni contemplaciones de ninguna clase, le colgué con un "comunista de mierda" bien "apañado", con acento barriobajero y de muy mala leche. Sólo me faltó una llamada en "klingam" para cortarme las venas.
Sms, otro arcano que tuve que desentrañar sobre la marcha, esta vez, antes de amargarme la existencia dos meses más, acudí a mi hermana Sonia, que, ejercía -ya por aquél entonces- el duro papel de Pigmalion tecnológico con voluntad y resignación, esa resignación que se tiene con los moribundos emocionales que necesitan ayuda para mandar su epitafio. Cli, cli, cli, una banda sonora inacabable que me perseguía por donde iba; necesitaba comunicarme, y aquél ruidoso e inabordable artefacto era mi única herramienta disponible.
A punto estuve de estrellarlo contra la pared en varias ocasiones, frustrado, llamándome idiota y con ganas de pillar a algún accionista de Siemens para darle la del pulpo.
Largo recorrido el mío por aquella jungla tecnológica, como un niño curioso que descubre en cada recodo del menú una nueva aplicación y donde pude darme cuenta que las nuevas generaciones me llevaban siglos de ventaja, de ellas, aprendí una rara argucia sensual y sexual ejecutable con el esquivo terminal y, aún hoy, ando flipado con ella: el polvo Vodafone.
Durante mi estancia en la isla, lo perdí y encontré dos veces, la primera, cuando vino Movistar a verme, con una sonrisa y un perro al que quiero como si fuera mío. Vi a Movistar y casi pierdo el Vodafone -cosas de la vida- oruga.
Diabólico y diminuto ingenio electrónico multiusos que, cuando lo necesitas de verdad, o no tiene batería, o no hay saldo.
Las chicas y chicos de 4º de Eso, lo manejaban con una eficacia digna de imitación. Atrapé una conversación entre chicas adolescentes -en el parque de mi isla detrás de un seto, fuera de su vista-, mientras leía a Jung, tumbado en la hierba; no tenían remilgos de ninguna clase para metérselo por el coño a la espera de la tanda de mensajes que les mandaba su compañero sexual; dentro de un condón con el bloqueo puesto y el vibrador conectado pasaban ratos follando a distancia -sexo seguro, oruga- comparaban modelos y prestaciones, su discreción, las bandas sonoras de serie que incorporaban y los costes, al parecer Vodafone era el mas económico. Al levantarme muerto de risa fliparon, les dije: sois un canto a la sensualidad solitaria, pero como el rollo presencial, nada de nada, guapas. Algún pichacorta eyaculador precoz os ha comido el coco, en vez de comeros otra cosa; me partí de risa mientras me marchaba a dar mi rutinario y largo paseo por el parque.
Cuando ¡por fin! pude articular poemas sms, había hecho ya gran parte del vía crucis comunicativo, conseguir desentrañar aquél misterio fue una hazaña considerable para un tipo que todavía temblaba parkinsonianamente y era incapaz de recordar su número e incluso encontrar donde lo había escrito.
Tengo que reconocer que aquél reto tecnológico me llevó sin compasión a los poemas sms, algo que ahora agradezco, pues serenaron mi ánimo y me hicieron centrarme, me sumergieron en un mundo de rimas insospechadas que habitaban en mi corazón.
Pase horas inmerso, horas buscando un esquivo adjetivo -una fugaz rima- la fórmula para darle una bella expresión a mis miedos y pasiones. Fueron en ese instante la demostración que mi trastorno remitía.
Tratar de ajustar mis rimas a formato tan reducido, fue un reto más al que dediqué largas y tranquilas horas, donde, poco a poco, conseguí volver a ser el Mario de siempre, no, el de siempre no, algo cambió en mí después de tan dura experiencia, ahora creo ser algo mas sabio y me parezco bastante más a quien quiero ser.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
Lo necesitaba, gastaba más en llamadas a móviles que otra cosa, todos mis compañeros iban ya con móvil -llamarlos desde el fijo era una ruina-, no obstante, contar que seguramente no fue el mejor momento es ya pura anécdota.
Idiota perdido, temblón, medio ciego, con una lista interminable de números que pasar y sin tener ni idea, con un manual que no podía leer, un cuelgue multimedia pendiente, fiebre alta, un dolor de cabeza insoportable que nada calmaba, dando saltos entre charcos de agua por toda la casa ¡en fin! el listado no salió bien hasta que lo pasó mi hermana tres meses después.
Cli, cli, cli, ese sonido me agobió un tiempo, durante el cual, no me crecieron las uñas de la mano derecha de tanto teclear el diminuto artilugio comunicativo, intentando en vano controlar los siniestros mecanismos que encierra dentro de sí, a cal y canto.
El porcentaje de aciertos no pasó del 25% en los mejores momentos. Un marroquí mosqueado llamó -intentando inútilmente quejarse-, lo mandé a tomar por el culo sin miramientos de ninguna clase, en cambio, el castellano con acento del este, que asomó otra voz, me dejó flipado -no entendí absolutamente nada-, lo primero que pensé, es que, o me estaba quedando sordo, o el castellano había cambiado mucho en poco tiempo, solventé el expediente sin complejos izquierdistas, ni contemplaciones de ninguna clase, le colgué con un "comunista de mierda" bien "apañado", con acento barriobajero y de muy mala leche. Sólo me faltó una llamada en "klingam" para cortarme las venas.
Sms, otro arcano que tuve que desentrañar sobre la marcha, esta vez, antes de amargarme la existencia dos meses más, acudí a mi hermana Sonia, que, ejercía -ya por aquél entonces- el duro papel de Pigmalion tecnológico con voluntad y resignación, esa resignación que se tiene con los moribundos emocionales que necesitan ayuda para mandar su epitafio. Cli, cli, cli, una banda sonora inacabable que me perseguía por donde iba; necesitaba comunicarme, y aquél ruidoso e inabordable artefacto era mi única herramienta disponible.
A punto estuve de estrellarlo contra la pared en varias ocasiones, frustrado, llamándome idiota y con ganas de pillar a algún accionista de Siemens para darle la del pulpo.
Largo recorrido el mío por aquella jungla tecnológica, como un niño curioso que descubre en cada recodo del menú una nueva aplicación y donde pude darme cuenta que las nuevas generaciones me llevaban siglos de ventaja, de ellas, aprendí una rara argucia sensual y sexual ejecutable con el esquivo terminal y, aún hoy, ando flipado con ella: el polvo Vodafone.
Durante mi estancia en la isla, lo perdí y encontré dos veces, la primera, cuando vino Movistar a verme, con una sonrisa y un perro al que quiero como si fuera mío. Vi a Movistar y casi pierdo el Vodafone -cosas de la vida- oruga.
Diabólico y diminuto ingenio electrónico multiusos que, cuando lo necesitas de verdad, o no tiene batería, o no hay saldo.
Las chicas y chicos de 4º de Eso, lo manejaban con una eficacia digna de imitación. Atrapé una conversación entre chicas adolescentes -en el parque de mi isla detrás de un seto, fuera de su vista-, mientras leía a Jung, tumbado en la hierba; no tenían remilgos de ninguna clase para metérselo por el coño a la espera de la tanda de mensajes que les mandaba su compañero sexual; dentro de un condón con el bloqueo puesto y el vibrador conectado pasaban ratos follando a distancia -sexo seguro, oruga- comparaban modelos y prestaciones, su discreción, las bandas sonoras de serie que incorporaban y los costes, al parecer Vodafone era el mas económico. Al levantarme muerto de risa fliparon, les dije: sois un canto a la sensualidad solitaria, pero como el rollo presencial, nada de nada, guapas. Algún pichacorta eyaculador precoz os ha comido el coco, en vez de comeros otra cosa; me partí de risa mientras me marchaba a dar mi rutinario y largo paseo por el parque.
Cuando ¡por fin! pude articular poemas sms, había hecho ya gran parte del vía crucis comunicativo, conseguir desentrañar aquél misterio fue una hazaña considerable para un tipo que todavía temblaba parkinsonianamente y era incapaz de recordar su número e incluso encontrar donde lo había escrito.
Tengo que reconocer que aquél reto tecnológico me llevó sin compasión a los poemas sms, algo que ahora agradezco, pues serenaron mi ánimo y me hicieron centrarme, me sumergieron en un mundo de rimas insospechadas que habitaban en mi corazón.
Pase horas inmerso, horas buscando un esquivo adjetivo -una fugaz rima- la fórmula para darle una bella expresión a mis miedos y pasiones. Fueron en ese instante la demostración que mi trastorno remitía.
Tratar de ajustar mis rimas a formato tan reducido, fue un reto más al que dediqué largas y tranquilas horas, donde, poco a poco, conseguí volver a ser el Mario de siempre, no, el de siempre no, algo cambió en mí después de tan dura experiencia, ahora creo ser algo mas sabio y me parezco bastante más a quien quiero ser.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
viernes, 30 de octubre de 2009
La semana del depredador (en la guarida)*
21 de enero viernes negro
Triste día para un depredador como yo, parezco un viejo leopardo lamiéndose las heridas de este último año.
De propina, por la noche me pegó el palo el pie, menos mal que la chica del torreón, me había dejado un pequeño manual para las susodichas extremidades, sino anoche, tengo que salir corriendo -o más bien dando saltos- al hospital más cercano -como voy poco-.
Aquí estoy de nuevo, algo atontado a las horas que son, pero de buen humor a pesar de todo.
El dolor remite y al menos puedo caminar por la casa, creo que ha sido el tiempo -demasiadas horas de pie- y por supuesto la artrosis del tobillo.
No sé si alguien habrá probado alguna vez el transporte de palanganas de agua caliente saltando a la pata coja, sino, no hace falta ni que lo intente -la que armé de agua es para no contarla-, tardaré meses en recogerla al ritmo que voy. Confieso que aquello me desbordó y empecé a barajar la posibilidad de intentar encontrar la mítica canoa de mi abuelo -la que le salvó la vida en las inundaciones del 62-.
Resumiendo, acabé -después de horas probando muchas otras artimañas- atándole una cuerda a la palangana y tirando de ella -aquello hundiría la moral de cualquiera, pero no la mía-, en un momento de lucidez, salté a reír de lo grotesco de la situación, a pesar de todo la cosa tenía su gracia, me recordó a los hermanos Marx y su famoso camarote.
Mi guarida, al revés que la mayoría, contiene escasos chirimbolos -salvo los estrictamente necesarios-. Mucho papel por ahí revuelto -que he de ordenar estos días-, libros y algo de espacio vacío.
Cuando miro hacia atrás, veo el pasado año como una Bronka interminable, rodeado de cantamañanas y paranoicos -con todos los demás compañeros todavía más desconcertados que yo-, una larga pesadilla que por fin ha terminado.
Sigo en la máquina -pero con la pata en alto- pensando en cancelar la visita al dentista, no creo que pueda desplazarme -no hay mal que por bien no venga-. Sólo me faltaba, a las 5 de la tarde banderillas negras para rematar el día.
Anoche, en un ataque sin precedentes -en los anales de mí, ya dilatada, historia clínica-, todos mis achaques se confabularon y -sin esperar su turno correspondiente- me atacaron a la vez, sin compasión, con nocturnidad y alevosía para que no pudiera ni moverme esta mañana -estoy finiquitado vaya- Andar un metro es ahora mismo una hazaña prometeica -es un aviso y me voy a tomar muy en serio-.
El día que la diñe, en el Valle Hebrón tendrán que hacer reducción de plantilla -será mi venganza "post mortem"-.
Tengo cambios de humor, la risa viene y va ¡por fin! un día sin reírme me resulta inaguantable, no sé por qué, me pongo denso y pesado.
También es mala suerte, anteayer estuve con una experta en pies y no me dolía nada -no acierto ni en eso-.
Aquí está la jodida caja del móvil -no quería, pero dadas las circunstancias habrá que aguantarse-. Tarde o temprano, tendré que resolver este galimatías telefónico en el que paso total de sumergirme -que le den-. Miro al móvil con algo de aprensión, en cambio, el parece mirarme como si me conociera de toda la vida.
Así que ando -es un decir- con la movilidad reducida hasta donde llego con los brazos y algo desorientado para letras y números. Menos mal que tengo el regalo del "Viejo Bill" a mano.
A ratos estoy algo aturdido por el dolor continuo, me pone de los nervios, eso y la falta de movilidad. Hay cosas en las que mi mente, simplemente se niega a pensar -por algo será-, la dejo estar.
Ha venido Trivi, ha estado bien hablar con él -como siempre-, me he desahogado y nos hemos reído. El Ibuprofeno parece dar resultado -al menos puedo caminar por casa-.
Hoy ha sido un día duro y confuso. No he reconocido ni la voz de mi hermana Sonia y le he colgado el teléfono, diciéndole: te has equivocado.
Tranquilo ahora, sin ese dolor permanente, se ven las cosas mejor, pero me sigue dando pánico perder autonomía -he de arreglar eso-.
No tengo los nervios que tenía para aguantar situaciones de tensión, y hoy realmente, el dolor y sobre todo, la impotencia, me han trastornado un poco, será seguramente alguno de los medicamentos.
Habría que ser un lama tibetano, o un rastreador apache, para adentrarse en esa jungla y seguirle la pista a todos los efectos secundarios, cruzados, residuales y colaterales, a corto, medio y largo plazo, de los tropecientos remedios que circulan a toda pastilla por mi organismo ¡en fin! -mejor dejarlo estar-. Hoy dormiré bien.
25 Enero martes
Sigo varado desde el viernes, y ahora además, escorado a estribor como un navío torpedeado, en dique seco vaya -cual marinero en tierra-. Con todo lo que hay por hacer, me despisto un poco y la artrosis vio el cielo abierto, se dedica a joderme los días con saña y muy mala intención.
Esta mañana, nada mas levantarme, contraataco hábilmente y ahora la cosa sino movida, al menos es llevable. Para colmo, dicen los enteradillos del tiempo que llega una coalición de vientos polares y siberianos -como sí fuera una conspiración o algo así-.
Para mí, que es un montaje del Tripartito para demostrar que a prevenir y solventar emergencias no los gana nadie -por más confabulaciones atmosféricas que haya-. Tendrán algún material o estrategia nueva con la que intentar tomarle -una vez más-, el pelo a la ciudadanía y se lo quieren montar en plan parque temático urbano -parecen estar deseando que nieve a piñón-.
Aquí quisiera haber visto a alguno de esos listillos el viernes pasado, ahora mismo, estaríamos lamentando la tonta perdida de algún burócrata gilipollas con veleidades de servidor público.
Despliegue mediático para el frío ¡ya era hora que cambiaran el titular! empezaba a soñar con el "Plan Ibarreche" -que es como una tortilla vasca pero sin huevos-.
Afortunadamente, en nuestra esfera mediática todo va de otra manera. Andamos jodidos, cabreados y cansados, pero planificando respuestas y reorganizando el garito -que falta hacia-. De ahí mi frustración por tener que estar aquí viéndolas venir, ahora que por fin hay algo de actividad necesaria y real.
De los periódicos, últimamente sólo veo tiras cómicas y viñetas. Son lo más parecido a la realidad que encuentro en las páginas de las grandes industrias del nuevo siglo. Las factorías dedicadas a la producción de consumidores y al control del pensamiento, que son los mass-media de la época que nos toca vivir.
De "El Periodico" -el boletín sociata-, sólo los chistes valen la pena, tiene menos espíritu critico que la cúpula del PP.
Son las siete y acaba de irse el Viejo Bill -algo bueno tenia que tener el día-. Hoy lleno la farmacia -la legal y la paralela-, pues espero también suministros hospitalarios -vía atención personalizada- además, mañana me toca la farmacia alternativa -unas hierbas para dormir-.
Al final, los cogeré por sorpresa, los meteré a todos en el minipimer y haré un helado de tutti-fruti, o relleno para canelones, o cubitos de sopicaldo, todavía no lo tengo decidido, y las dosis a los dados.
¡Así me tengo que ver! agazapado en mi guarida esperando al frío polar. Sí se descuida el siberiano se llevará un guantazo mío de propina.
Hago repaso logístico, farmacias llenas, nevera llena, calefacción a toda pastilla, el ordenata también va, así que pongo música -son cubano cálido y suave de los cincuenta- y escribo.
En realidad, lo que me gustaría, es que una musa que conozco y no vive lejos, tocara el timbre, y pasar la ola de frío polar calentándome con sus ojos -pero eso no va a pasar nunca-. Así, que aquí seguiré, dándole a las teclas.
Jueves 27
Quisiera comenzar con un fragmento del poeta Cesar Vallejo, pero no lo encuentro, otro día será.
Sigo varado, pero ya puedo moverme con soltura en desplazamientos muy cortos. Creo que he descuidado este tobillo mío con el mogollón de las navidades y ahora es un momio estar aquí tantas horas, necesito sol y sonrisas -no veas lo de las sonrisas lo caro que se ha puesto con el cambio de año-.
Tengo problemas con el "On the Road" -cierra un ciclo, es el último cuento de la casa encantada-. Debo reparar algo y de momento, no sé cómo, o no tengo la claridad suficiente todavía para terminarlo -quizás no deba hasta dentro de un tiempo-. Afortunadamente ha dado entrada a estas breves reflexiones y experiencias del depredador.
Después de la crisis del "viernes negro", por falta de previsión o pura y simple estupidez por mi parte, toda la intendencia está por fin lista y ahora sólo quedan mis emociones por poner en vereda, se han desbordado por saturación y necesito que sean exclusivamente mías.
Que egoísta me siento al decir esto, parezco un lobo estepario, sé que no debería vivir así -nunca seré feliz de esa manera-. Me costó mucho llegar hasta hoy y ahora quiero un bingo, la vida aún me lo debe -lástima que juegue tan poco-.
Busco la alegría que suena por las calles y el brillo fugaz de unos ojos soñados que quizás nunca encuentre.
En abril, mis emociones volverán a ser mías del todo y habré ganado otra batalla a un viejo compañero, es "el depredador" que me cazará algún día, eso es seguro -pero tampoco va a ser mañana-.
De alguna manera yo también soy una especie de cazador, conozco las rutinas de muchas presas y también las de algunos cazadores -y ya no hay luchas dentro de mí-. Mi vida ahora mismo, es poco más y nada menos, sólo un desafío.
Mis pequeñas batallas íntimas son tan sólo mías y siempre las libro solo -además tampoco importan-.
Los jueves ya se sabe últimamente, o trascendental o críptico.
28 de enero viernes
Hay que ver los jueves lo trascendental que me pongo -no es propio de un depredador como yo-.
Sigo en tierra, aunque mañana llega un amigo de Zaragoza y hace más de cuatro años que no lo veo, además tenemos cosas importantes que hablar. El maño, siempre que viene a Barna es por echar una mano -necesitamos más maños y menos cantamañanas-.
Ya mismo saldrá de nuevo nuestra señal, con menos alcance de momento, pero más unidos y conscientes de nuestras propias capacidades -saltó el tapón- ya era hora.
Ahora, no sólo fumo hierbas, además, de propina, me tomo un brebaje exclusivamente vegetal -mientras no las confunda-. Tantas hierbas seguro dan que pensar a alguien ¿estaré enganchado? Parece una tontería, pero hay gilipollas que le buscan punta a todo, en vez de aburrirse como hace la inmensa mayoría, ¡en fin! dejémoslo aquí.
La semana ha sido larga y solitaria, pero tranquila -lo necesitaba como el aire-. Espero que todas las semanas no sean tan duras, lo de solitarias ahora no me preocupa mucho, total, todo pasa y la primavera está al caer, y este año, será luminosa para el depredador... seguro.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
Triste día para un depredador como yo, parezco un viejo leopardo lamiéndose las heridas de este último año.
De propina, por la noche me pegó el palo el pie, menos mal que la chica del torreón, me había dejado un pequeño manual para las susodichas extremidades, sino anoche, tengo que salir corriendo -o más bien dando saltos- al hospital más cercano -como voy poco-.
Aquí estoy de nuevo, algo atontado a las horas que son, pero de buen humor a pesar de todo.
El dolor remite y al menos puedo caminar por la casa, creo que ha sido el tiempo -demasiadas horas de pie- y por supuesto la artrosis del tobillo.
No sé si alguien habrá probado alguna vez el transporte de palanganas de agua caliente saltando a la pata coja, sino, no hace falta ni que lo intente -la que armé de agua es para no contarla-, tardaré meses en recogerla al ritmo que voy. Confieso que aquello me desbordó y empecé a barajar la posibilidad de intentar encontrar la mítica canoa de mi abuelo -la que le salvó la vida en las inundaciones del 62-.
Resumiendo, acabé -después de horas probando muchas otras artimañas- atándole una cuerda a la palangana y tirando de ella -aquello hundiría la moral de cualquiera, pero no la mía-, en un momento de lucidez, salté a reír de lo grotesco de la situación, a pesar de todo la cosa tenía su gracia, me recordó a los hermanos Marx y su famoso camarote.
Mi guarida, al revés que la mayoría, contiene escasos chirimbolos -salvo los estrictamente necesarios-. Mucho papel por ahí revuelto -que he de ordenar estos días-, libros y algo de espacio vacío.
Cuando miro hacia atrás, veo el pasado año como una Bronka interminable, rodeado de cantamañanas y paranoicos -con todos los demás compañeros todavía más desconcertados que yo-, una larga pesadilla que por fin ha terminado.
Sigo en la máquina -pero con la pata en alto- pensando en cancelar la visita al dentista, no creo que pueda desplazarme -no hay mal que por bien no venga-. Sólo me faltaba, a las 5 de la tarde banderillas negras para rematar el día.
Anoche, en un ataque sin precedentes -en los anales de mí, ya dilatada, historia clínica-, todos mis achaques se confabularon y -sin esperar su turno correspondiente- me atacaron a la vez, sin compasión, con nocturnidad y alevosía para que no pudiera ni moverme esta mañana -estoy finiquitado vaya- Andar un metro es ahora mismo una hazaña prometeica -es un aviso y me voy a tomar muy en serio-.
El día que la diñe, en el Valle Hebrón tendrán que hacer reducción de plantilla -será mi venganza "post mortem"-.
Tengo cambios de humor, la risa viene y va ¡por fin! un día sin reírme me resulta inaguantable, no sé por qué, me pongo denso y pesado.
También es mala suerte, anteayer estuve con una experta en pies y no me dolía nada -no acierto ni en eso-.
Aquí está la jodida caja del móvil -no quería, pero dadas las circunstancias habrá que aguantarse-. Tarde o temprano, tendré que resolver este galimatías telefónico en el que paso total de sumergirme -que le den-. Miro al móvil con algo de aprensión, en cambio, el parece mirarme como si me conociera de toda la vida.
Así que ando -es un decir- con la movilidad reducida hasta donde llego con los brazos y algo desorientado para letras y números. Menos mal que tengo el regalo del "Viejo Bill" a mano.
A ratos estoy algo aturdido por el dolor continuo, me pone de los nervios, eso y la falta de movilidad. Hay cosas en las que mi mente, simplemente se niega a pensar -por algo será-, la dejo estar.
Ha venido Trivi, ha estado bien hablar con él -como siempre-, me he desahogado y nos hemos reído. El Ibuprofeno parece dar resultado -al menos puedo caminar por casa-.
Hoy ha sido un día duro y confuso. No he reconocido ni la voz de mi hermana Sonia y le he colgado el teléfono, diciéndole: te has equivocado.
Tranquilo ahora, sin ese dolor permanente, se ven las cosas mejor, pero me sigue dando pánico perder autonomía -he de arreglar eso-.
No tengo los nervios que tenía para aguantar situaciones de tensión, y hoy realmente, el dolor y sobre todo, la impotencia, me han trastornado un poco, será seguramente alguno de los medicamentos.
Habría que ser un lama tibetano, o un rastreador apache, para adentrarse en esa jungla y seguirle la pista a todos los efectos secundarios, cruzados, residuales y colaterales, a corto, medio y largo plazo, de los tropecientos remedios que circulan a toda pastilla por mi organismo ¡en fin! -mejor dejarlo estar-. Hoy dormiré bien.
25 Enero martes
Sigo varado desde el viernes, y ahora además, escorado a estribor como un navío torpedeado, en dique seco vaya -cual marinero en tierra-. Con todo lo que hay por hacer, me despisto un poco y la artrosis vio el cielo abierto, se dedica a joderme los días con saña y muy mala intención.
Esta mañana, nada mas levantarme, contraataco hábilmente y ahora la cosa sino movida, al menos es llevable. Para colmo, dicen los enteradillos del tiempo que llega una coalición de vientos polares y siberianos -como sí fuera una conspiración o algo así-.
Para mí, que es un montaje del Tripartito para demostrar que a prevenir y solventar emergencias no los gana nadie -por más confabulaciones atmosféricas que haya-. Tendrán algún material o estrategia nueva con la que intentar tomarle -una vez más-, el pelo a la ciudadanía y se lo quieren montar en plan parque temático urbano -parecen estar deseando que nieve a piñón-.
Aquí quisiera haber visto a alguno de esos listillos el viernes pasado, ahora mismo, estaríamos lamentando la tonta perdida de algún burócrata gilipollas con veleidades de servidor público.
Despliegue mediático para el frío ¡ya era hora que cambiaran el titular! empezaba a soñar con el "Plan Ibarreche" -que es como una tortilla vasca pero sin huevos-.
Afortunadamente, en nuestra esfera mediática todo va de otra manera. Andamos jodidos, cabreados y cansados, pero planificando respuestas y reorganizando el garito -que falta hacia-. De ahí mi frustración por tener que estar aquí viéndolas venir, ahora que por fin hay algo de actividad necesaria y real.
De los periódicos, últimamente sólo veo tiras cómicas y viñetas. Son lo más parecido a la realidad que encuentro en las páginas de las grandes industrias del nuevo siglo. Las factorías dedicadas a la producción de consumidores y al control del pensamiento, que son los mass-media de la época que nos toca vivir.
De "El Periodico" -el boletín sociata-, sólo los chistes valen la pena, tiene menos espíritu critico que la cúpula del PP.
Son las siete y acaba de irse el Viejo Bill -algo bueno tenia que tener el día-. Hoy lleno la farmacia -la legal y la paralela-, pues espero también suministros hospitalarios -vía atención personalizada- además, mañana me toca la farmacia alternativa -unas hierbas para dormir-.
Al final, los cogeré por sorpresa, los meteré a todos en el minipimer y haré un helado de tutti-fruti, o relleno para canelones, o cubitos de sopicaldo, todavía no lo tengo decidido, y las dosis a los dados.
¡Así me tengo que ver! agazapado en mi guarida esperando al frío polar. Sí se descuida el siberiano se llevará un guantazo mío de propina.
Hago repaso logístico, farmacias llenas, nevera llena, calefacción a toda pastilla, el ordenata también va, así que pongo música -son cubano cálido y suave de los cincuenta- y escribo.
En realidad, lo que me gustaría, es que una musa que conozco y no vive lejos, tocara el timbre, y pasar la ola de frío polar calentándome con sus ojos -pero eso no va a pasar nunca-. Así, que aquí seguiré, dándole a las teclas.
Jueves 27
Quisiera comenzar con un fragmento del poeta Cesar Vallejo, pero no lo encuentro, otro día será.
Sigo varado, pero ya puedo moverme con soltura en desplazamientos muy cortos. Creo que he descuidado este tobillo mío con el mogollón de las navidades y ahora es un momio estar aquí tantas horas, necesito sol y sonrisas -no veas lo de las sonrisas lo caro que se ha puesto con el cambio de año-.
Tengo problemas con el "On the Road" -cierra un ciclo, es el último cuento de la casa encantada-. Debo reparar algo y de momento, no sé cómo, o no tengo la claridad suficiente todavía para terminarlo -quizás no deba hasta dentro de un tiempo-. Afortunadamente ha dado entrada a estas breves reflexiones y experiencias del depredador.
Después de la crisis del "viernes negro", por falta de previsión o pura y simple estupidez por mi parte, toda la intendencia está por fin lista y ahora sólo quedan mis emociones por poner en vereda, se han desbordado por saturación y necesito que sean exclusivamente mías.
Que egoísta me siento al decir esto, parezco un lobo estepario, sé que no debería vivir así -nunca seré feliz de esa manera-. Me costó mucho llegar hasta hoy y ahora quiero un bingo, la vida aún me lo debe -lástima que juegue tan poco-.
Busco la alegría que suena por las calles y el brillo fugaz de unos ojos soñados que quizás nunca encuentre.
En abril, mis emociones volverán a ser mías del todo y habré ganado otra batalla a un viejo compañero, es "el depredador" que me cazará algún día, eso es seguro -pero tampoco va a ser mañana-.
De alguna manera yo también soy una especie de cazador, conozco las rutinas de muchas presas y también las de algunos cazadores -y ya no hay luchas dentro de mí-. Mi vida ahora mismo, es poco más y nada menos, sólo un desafío.
Mis pequeñas batallas íntimas son tan sólo mías y siempre las libro solo -además tampoco importan-.
Los jueves ya se sabe últimamente, o trascendental o críptico.
28 de enero viernes
Hay que ver los jueves lo trascendental que me pongo -no es propio de un depredador como yo-.
Sigo en tierra, aunque mañana llega un amigo de Zaragoza y hace más de cuatro años que no lo veo, además tenemos cosas importantes que hablar. El maño, siempre que viene a Barna es por echar una mano -necesitamos más maños y menos cantamañanas-.
Ya mismo saldrá de nuevo nuestra señal, con menos alcance de momento, pero más unidos y conscientes de nuestras propias capacidades -saltó el tapón- ya era hora.
Ahora, no sólo fumo hierbas, además, de propina, me tomo un brebaje exclusivamente vegetal -mientras no las confunda-. Tantas hierbas seguro dan que pensar a alguien ¿estaré enganchado? Parece una tontería, pero hay gilipollas que le buscan punta a todo, en vez de aburrirse como hace la inmensa mayoría, ¡en fin! dejémoslo aquí.
La semana ha sido larga y solitaria, pero tranquila -lo necesitaba como el aire-. Espero que todas las semanas no sean tan duras, lo de solitarias ahora no me preocupa mucho, total, todo pasa y la primavera está al caer, y este año, será luminosa para el depredador... seguro.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
miércoles, 28 de octubre de 2009
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