martes, 23 de junio de 2009

Boj

Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.
C. G. Jung. Encuentro con la sombra. Pág. 7.


Aquella calurosa tarde intentaba recordar. Miraba atrás, hacia aquél insondable abismo. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado tiempo desde todo aquello, además, a mí, es al único que realmente le importó algo la pérdida.
Salimos del callejón cagando leches y cruzamos el descampado mirando siempre hacia delante, rápido, muy rápido. Aquellos cabrones nos la jugaron un año antes y los jodimos bien, fue nuestra noche.
Antonio, Juanita y yo, éramos amigos de casi toda la vida. Pasamos todos por lo mismo con algún tiempo de diferencia entre unos y otros.
La adicción es una negra y sutil sombra cuando asoma la primera vez, pero se acaba convirtiendo en un pozo abisal. En cuanto te das cuenta de eso, ya no juega coqueta contigo, se ha apoderado de ti.
Para entonces parece que le has cogido cariño. Da la sensación que la cuidas y alimentas como a un amor fatal. Con plena conciencia que tu vida ya no será nunca la misma sin ella y sin saber realmente si el mundo que abandonaste seguirá allí donde sé quedó, donde lo dejaste.
Da miedo enfrentarse de nuevo al mundo, a las cosas cotidianas, a la vida sin esa novia egoísta, totalitaria, mortal, con esa siniestra cualidad de poder matarte bastante antes de eliminarte físicamente.
Las preocupaciones y rutinas del día a día pueden ser un muermo muy deprimente, sobre todo, si has vivido muchos momentos intensamente. Las emociones, las putas, fuertes y vigorosas emociones vividas te pueden perseguir por muchos, muchos años.
Hablamos de Burroughs mientras nos chutamos las primeras veces, con Lou Reed a toda máquina. De cómo relata su descenso al infierno, de su aguda critica al podrido stablishment de la sociedad norteamericana. De su aversión a los puercos sabuesos de la “estupa” en particular, al estado, y la policía en general.
Quizá fue entonces cuando algo sé clavó en mí inconsciente, y en cuanto tuve una oportunidad, creé mi propio infierno. Un infierno menos viajero en kilómetros, pero no en intensidad.
Juanita era bien parecida, de mediana estatura, con unos bonitos pechos, de los que solía presumir cuando ocasionalmente nos veíamos a solas. El pelo, con alguna distraída mecha de color. Ojos grandes, algo rasgados y muy expresivos, guardados celosamente detrás de sus tupidas y largas pestañas.
Rebullía en el amor, donde, era sensible, cariñosa, imaginativa y apasionada. De hablar pausado y dulce, con un cálido acento cuando se sentía sola y asustada.
Su incapacidad para salir del mundo donde voluntariamente se sumergió, y quedó atrapada hasta el fin de sus días, la persiguió siempre. Consciente de estar abocada a morir prematuramente, pero incapaz de encontrar la salida definitiva de aquél laberinto.
Antonio era alto y delgado, de una delgadez algo enfermiza, con los cabellos de un tono rubio rojizo. Algo pecoso, inteligente y con gran sentido del humor.
A veces era terrible estar con él. Siempre acababa liándote para pillar algo.
Pasaba por mí casa y me contaba: “tío no puedo, se me van los pies solos”. Sus pies tenían un errático y destructivo piloto automático, lo llevaban siempre donde no debía, y siempre, acababa por liar a algún amigo.
Era su manera de huir de la profunda soledad en que la vivió sus últimos años.
Una soledad de adicto. La peor que yo he conocido.
Sinceramente deseo que, allí donde esté, haya camellos legales.
Les metimos aquella noche, les dimos lo que se había buscado y algo de propina. Los sirlamos, ni la ropa les dejamos. Los liamos con el cuento de probar un material nuevo que partía con todo.
Los llevamos a la vieja masía abandonada, donde previamente habíamos escondido tres buenos bastones de boj, traídos exprofeso de nuestra última excursión al pirineo.
Fue un placer darles la paliza que se habían buscado un año atrás, además, tuvimos el detalle de hacerlo con madera de primera calidad, escogida con toda ilusión.
Con los primeros golpes estaba todo hecho, pero continuamos, les seguimos dando estopa hasta que nos cansamos, ni siquiera se acordaban de nosotros, de la pirula que acabó con Antonio en el hospital, con Juanita y conmigo en cama, hechos polvo tres días.
Después de dejarlos con la somanta de su vida y seguros de su larga recuperación, en el mejor de los casos, llamamos a la policía y les contamos que se oían ruidos y gritos en la vieja masía. Los tres estaban buscados por varios asuntos, una muerte incluso.
Pillamos el colocón del siglo a costa de tres tipos duros que decían comérselo todo, nos reímos toda la noche. El que más rió fue Antonio. Sentados en mi casa, entre calientes de coñac, algo de coca y un montón de caballo.
Juanita, que aquella noche estaba particularmente alegre, se lo hizo con los dos.
Todavía me rió cuando voy al monte y paseo entre los arbustos de boj.
De los tres, sólo yo sigo en el mundo, a ellos se los acabó llevando la vida que no supieron, o no quisieron, dejar a tiempo.
La vieja masía aún existe, sigue siendo refugio de yonquis y alcohólicos vagabundos, veinte años mas destartalada.
A veces, en alguno de mis paseos, paso cerca de aquél oscuro montón de ruinas que aun se aguanta en pie.
Entonces los vuelvo a ver, ella sonriendo, bailando a nuestro alrededor, con aquellas piernas que todavía aparecen en mis sueños de tanto en tanto. Antonio hace chistes de camellos chungos, mientras yo, ensimismado y ciego, les contaba que nunca sería capaz de escribir nada.