Verá usted, don Matatías: Yo era profesor de secundaría en un instituto de Béjar. Daba clases de historia y literatura. Un profesor un tanto despistado y no demasiado sociable. No me queda más remedio que reconocerlo, después de años de vagar por la península por fin conseguí plaza en mi pueblo natal, años me costó, años y años de solicitarlo, de reclamaciones; de instituto en instituto como un nómada, siempre de aquí para allá, dando vueltas y vueltas como una peonza, y no crea que me salió gratis, de eso nada, don Matatías; tuve que acostarme con dos tías que formaban parte del tribunal de méritos. Siempre lo mismo, para bien y para mal, don Matatías. Y ya ve usted, a los dos años de regresar a mi sierra natal el infortunio se cebó conmigo. Sí, don Matatías, sí. Usted no sabe las que me han hecho pasar esas condenadas con tanta sonrisa y tanto parpadeo, esas gatas despiadadas y egoístas. La condenada de la rumana, que se me llevó al huerto de mala manera y me buscó un lío de tres pares de cojones. Verá usted, la rumana apareció por Béjar de la mano del Picao, que la sacó de la rotonda de las afueras de Madrid donde trabajaba. Montó un bar en las afueras del pueblo, y con lo buena que está y esa mano izquierda que tiene con los hombres, siempre está lleno. Se le da bien el negocio, buen servicio y buenas vistas. Todo empezó después de las navidades en que me tocó la lotería, Ya ve, tres décimos del gordo para mi solito nada menos. Usted dirá, qué suerte. Pues no, don Matatías, no. Fue el principio de mis desgracias más negras. Poco tardó la rumana en intentar echarme el guante, y por mi madre que se habría salido con la suya de no ser por el cabrón del Picao; algún chivato de los que tiene por ahí le fue con el cuento. Una mujer de miedo, de miedo don Matatías, de miedo; alta, rubita, con todo súper bien puesto y un castellano de sensual y exótico acento eslavo que te dejaba transido. Y si al principio se fijo en mí por mero interés económico, poco de después la cosa derivó en un asunto pasional. Aunque está mal que yo lo diga, don Matatías, fueron las proporciones de mis atributos masculinos los que nos llevaron a un frenesí que se nos fue de las manos y se hizo más que evidente para los parroquianos del bar. Las lánguidas miradas que me dedicaba cuando iba a tomar el café o la cervecita de la tarde no pasaron mucho tiempo desapercibidas para aquellos sátiros malfollados que se pasaban la vida allí. La envidia, don Matatías, la cochina envidia que anida en los corazones de mis paisanos de la sierra… Veo que me mira con sorna, don Matatías. No se cree usted que fueran mis atributos viriles los que la hicieran perder los papeles ¿verdad? Ya verá, ya verá, ahora le muestro…
— Deja, deja, te creo Segis, te creo –contestó el aludido, viendo que su interlocutor parecía dispuesto a bajarse los pantalones.
— Ya verá, ya verá, le voy a enseñar una foto de cuando hice la mili. Ni las curtidas putas de Cartagena, salvo alguna especialmente furibunda, que se han triscado reemplazos y más reemplazos de marineros durante años y años, se atrevían a pasar un rato conmigo. Ahora se la enseño, creo que la tengo en un cajón de la cómoda.
Segis se levantó a buscar la fotografía. Carlota hacía rato que se había quedado dormida bajo el influjo de las cálidas manos de Matías y su masaje de pies. Y éste, aprovechando el respiro que el cese momentáneo de la aplastante oratoria de su anfitrión le brindaba, decidió liarse un porrito que amortiguara, al menos en parte, aquel torrente verbal, aquel proceloso caudal de elocuencia que lo tenía enmudecido y atónito. Trataba de fijarlo en su memoria, pues no le pareció adecuado sacar la libreta y tomar algunas notas. Deseaba que el sorprendente monólogo fluyera tal y como era, natural, implacable e insólito; un despliegue dialéctico que, sin duda, con él tomando notas, perdería espontaneidad y brío.
miércoles, 2 de marzo de 2016
domingo, 28 de febrero de 2016
Ámbar 1
Solo con quitarse el maquillaje de los ojos y recogerse la ondulada y sensual melena en una coleta, dejaba de ser Ámbar para convertirse en una jovencita común y corriente; aquella facilidad con la que, en cuestión de un par de minutos, desaparentaba ser la mujer sofisticada y fatal que venía a visitarme, me tenía fascinado.
La miro mientras se viste: liguero, medias, sujetador Entonces se vuelve hacia mí y pregunta: ¿Has visto mis bragas?
Se las voy a buscar a la habitación. Encontrar algo tan llamativo no era tan sencillo como parece a primera vista. En aquel revoltijo pasional donde todo estaba manga por hombro encontrar algo tan diminuto era una hazaña que tomaría su tiempo llevar a cabo.
Busqué en las rendijas que había entre el colchón y la pared sin ningún resultado. Me arrodillo y busco bajo el canapé. Nada, tampoco estaban allí.
¡Joder, voy a tener que ir yo a buscarlas¡
Con la cabeza metida entre el barullo de sábanas, en aquel voluptuoso paisaje después de la batalla, la oigo remota, como si su voz llegase desde otro mundo.
¡Mierda de vida, siempre igual¡ Siempre me toca a mí buscar transparencias y puntillitas exclamo por lo bajini.
La miro mientras se viste: liguero, medias, sujetador Entonces se vuelve hacia mí y pregunta: ¿Has visto mis bragas?
Se las voy a buscar a la habitación. Encontrar algo tan llamativo no era tan sencillo como parece a primera vista. En aquel revoltijo pasional donde todo estaba manga por hombro encontrar algo tan diminuto era una hazaña que tomaría su tiempo llevar a cabo.
Busqué en las rendijas que había entre el colchón y la pared sin ningún resultado. Me arrodillo y busco bajo el canapé. Nada, tampoco estaban allí.
¡Joder, voy a tener que ir yo a buscarlas¡
Con la cabeza metida entre el barullo de sábanas, en aquel voluptuoso paisaje después de la batalla, la oigo remota, como si su voz llegase desde otro mundo.
¡Mierda de vida, siempre igual¡ Siempre me toca a mí buscar transparencias y puntillitas exclamo por lo bajini.
jueves, 25 de febrero de 2016
Segis (Jamón de mono)
Por un instante todo se iluminó y pudieron ver a Segis que avanzaba hacia ellos con su zurrón y su paraguas, y a Moctezuma correteando junto a él. La penumbra trajo consigo un trueno ensordecedor que recorrió la montaña y el valle, apagando la voz de Matías. La tormenta se acercaba y la mortecina y cicatera luz del ocaso desaparecería tras las montañas en pocos minutos…
Moctezuma llegó hasta ellos, los olisqueó y soltó un ladrido festivo, entonces vieron avanzar el haz de luz de la potente linterna de Segis por el camino.
— Tenemos que darnos prisa, señorita – dijo Segis, nada más llegar hasta ellos–. La tormenta no tardará en llegar y nos queda un trecho muy abrupto por hacer. Mocte y yo iremos delante. Caminaremos despacio, pero procuren no quedarse atrás. Si hay algún problema o voy muy rápido para usted me avisa. Y tengan cuidado con las ramas de los arbustos, mantengan cierta distancia para que no les golpeen las que yo vaya apartando.
La luz de las dos linternas se abría paso por la estrecha y empinada senda, creando un espectral juego de luces sombras, de perfiles telúricos e intermitentes, a medida que avanzaban lentamente sendero arriba.
Apoyada en el hombro de Matías, Loti, a pesar de que andaba dolorida, no soltó ni un suspiro durante la ardua ascensión. Los resoplidos de Matías, que acusaba el esfuerzo, y algún ladrido extemporáneo del perro, que iba y venía constantemente, rompían de tanto en tanto el sepulcral silencio de la caminata.
— Tengan cuidado ahora, tenemos que rodear una gran peña. Procuren seguir el sendero que la rodea sin acercase demasiado a ella, podrían golpearse la cabeza con alguna de sus aristas.
Tras superar la pequeña colina llegaron a la vieja pista abandonada. Descansaron un poco sentados sobre el tronco de un árbol caído y retomaron la marcha por el sendero en desuso que los llevaría directamente a la estación.
Soplaba un ventarrón racheado de mil diablos cuando comenzó a llover a cántaros. Las fuertes ráfagas de viento empujaban el agua de costado, haciendo inútil es enorme paraguas de Segis donde iban los tres acurrucados.
Al poco amainó, el viento y la lluvia desaparecieron tan rápido como habían venido, las nubes se esfumaron, y las estrellas estallaron en la noche de la sierra. Y el lobo, el aullido profundo y solitario del lobo, volvió a surcar la noche reclamando su espacio y su momento.
— Ya veo las luces de la estación, señorita. Siempre las dejo encendidas por si me entretengo por ahí y llego tarde –comentó Segis, señalando con la luz de la linterna un lugar invisible a su izquierda.
Moctezuma llegó hasta ellos, los olisqueó y soltó un ladrido festivo, entonces vieron avanzar el haz de luz de la potente linterna de Segis por el camino.
— Tenemos que darnos prisa, señorita – dijo Segis, nada más llegar hasta ellos–. La tormenta no tardará en llegar y nos queda un trecho muy abrupto por hacer. Mocte y yo iremos delante. Caminaremos despacio, pero procuren no quedarse atrás. Si hay algún problema o voy muy rápido para usted me avisa. Y tengan cuidado con las ramas de los arbustos, mantengan cierta distancia para que no les golpeen las que yo vaya apartando.
La luz de las dos linternas se abría paso por la estrecha y empinada senda, creando un espectral juego de luces sombras, de perfiles telúricos e intermitentes, a medida que avanzaban lentamente sendero arriba.
Apoyada en el hombro de Matías, Loti, a pesar de que andaba dolorida, no soltó ni un suspiro durante la ardua ascensión. Los resoplidos de Matías, que acusaba el esfuerzo, y algún ladrido extemporáneo del perro, que iba y venía constantemente, rompían de tanto en tanto el sepulcral silencio de la caminata.
— Tengan cuidado ahora, tenemos que rodear una gran peña. Procuren seguir el sendero que la rodea sin acercase demasiado a ella, podrían golpearse la cabeza con alguna de sus aristas.
Tras superar la pequeña colina llegaron a la vieja pista abandonada. Descansaron un poco sentados sobre el tronco de un árbol caído y retomaron la marcha por el sendero en desuso que los llevaría directamente a la estación.
Soplaba un ventarrón racheado de mil diablos cuando comenzó a llover a cántaros. Las fuertes ráfagas de viento empujaban el agua de costado, haciendo inútil es enorme paraguas de Segis donde iban los tres acurrucados.
Al poco amainó, el viento y la lluvia desaparecieron tan rápido como habían venido, las nubes se esfumaron, y las estrellas estallaron en la noche de la sierra. Y el lobo, el aullido profundo y solitario del lobo, volvió a surcar la noche reclamando su espacio y su momento.
— Ya veo las luces de la estación, señorita. Siempre las dejo encendidas por si me entretengo por ahí y llego tarde –comentó Segis, señalando con la luz de la linterna un lugar invisible a su izquierda.
domingo, 21 de febrero de 2016
Cómplices
Hace danza desde que era una niña, así que está hecha un roble, más dura que las piedras y flexible como una gata. Me rindo ante esas tetas marmóreas, doblo el espinazo delante de ese coño primigenio. Me la voy a follar como un campeón, aunque palme encima o debajo de ella, qué más da. Quiero sentirla mover el culo, estremecerse, hacerla reír, llorar, mearse de gusto. Ver su mirada radiante después de un polvo.
Adoro esa boca golosa, insaciable, que recoge mi sexo y lo succiona y lame suavemente mientras la miro y acaricio su ensalivado clítoris. Acariciarle el pelo y empujar su cabeza hacia mi sexo. Eso es mi amor, trágatela toda, chúpala como tú sabes, mi vida.
Se pone a horcajadas sobre mi boca moviéndose suavemente adelante y atrás. Alzo los brazos hasta alcanzar sus juveniles pechos y la veo entre ellos; contemplo el vaivén de su hermoso pelo caído sobre los hombros, entonces mira hacia abajo y nuestros ojos se encuentran; los míos abiertos de par en par, los suyos sensuales y entrecerrados.
Ámbar apareció en mi vida a tope de lencería y con las tetas en punta...
Adoro esa boca golosa, insaciable, que recoge mi sexo y lo succiona y lame suavemente mientras la miro y acaricio su ensalivado clítoris. Acariciarle el pelo y empujar su cabeza hacia mi sexo. Eso es mi amor, trágatela toda, chúpala como tú sabes, mi vida.
Se pone a horcajadas sobre mi boca moviéndose suavemente adelante y atrás. Alzo los brazos hasta alcanzar sus juveniles pechos y la veo entre ellos; contemplo el vaivén de su hermoso pelo caído sobre los hombros, entonces mira hacia abajo y nuestros ojos se encuentran; los míos abiertos de par en par, los suyos sensuales y entrecerrados.
Ámbar apareció en mi vida a tope de lencería y con las tetas en punta...
sábado, 20 de febrero de 2016
Reencuentro (Jamón de mono)
En los senderos de piel que transitaron aquella primera noche, el muchacho impetuoso y la niñata inacabable de otros tiempos suplantaron a los amantes y fueron los verdaderos protagonistas de una función donde los cuerpos se barajaron sin tregua una y otra vez; al principio con el apremio de ahuyentar soledades y ausencias, y después sobre todo él, enardecido por aquella mujer que lo había reconciliado con el gozo y el misterio con pasión y sabiduría. Durante unas horas sublimes recobraron aquel tiempo remoto en el que todavía conservaban la esperanza en el amor y la vida, y recorrían, entre requiebros y besos, los laberintos de la noche barcelonesa.
martes, 16 de febrero de 2016
Ámbar
Un poema de amor en la noche yerma
sueño pechos en flor entre sábanas muertas
un, te extraño, mi duermevela de ausencias.
Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas,
de núbiles audacias, de carne trémula…
Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
De mis manos en tu piel desnuda,
paisajes húmedos, tiernos, sonoros,
besos, dulces besos,
descubriendo curvas, sospechando vértigos,
deshojando primaveras.
Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.
sueño pechos en flor entre sábanas muertas
un, te extraño, mi duermevela de ausencias.
Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas,
de núbiles audacias, de carne trémula…
Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
De mis manos en tu piel desnuda,
paisajes húmedos, tiernos, sonoros,
besos, dulces besos,
descubriendo curvas, sospechando vértigos,
deshojando primaveras.
Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.
viernes, 1 de enero de 2016
Orange 8 (fragmento)
¿Qué te atrajo de mí? preguntó, saliendo de detrás del lienzo y acercándose a él.
Se levantó y comenzó a caminar. Se detuvo en un extremo del estudio, dio media vuelta y avanzó en diagonal hacia la puerta. Un par de metros antes de llegar a ella giró a la izquierda, ando unos pasos más y se detuvo frente a una estantería metálica llena de tubos para guardar planos, donde Loti tenía algunas de sus pinturas; fue mirando las etiquetas de unos cuantos hasta que encontró una que llamó su atención, sacó el cilindro de su estante, se volvió hacia ella y preguntó: ¿Puedo?
Desde luego contestó ella, consciente de que él quería demorar su respuesta.
Es magnifico dijo, alejándose del lienzo que acababa de desenrollar. Un paisaje de la sierra donde un sol todavía indeciso se habría paso entre la niebla, dejando entrever, como si fuera un buque fantasma navegando furtivo entre la bruma, un viejo puente de piedra sobre un río sombrío.
Es el río Valvanera en un amanecer de primavera. La niebla en Santibáñez tiene personalidad propia y se manifiesta sobre todo en invierno y primavera. Tinieblas insondables y caprichosas que fabrican efímeras quimeras, donde los sentidos se extravían sin remedio, tergiversando a su paso todo lo que tocan.
¡Joder, nena! Me acabas de recordar a Mateo Díez.
¿A quién?
A un escritor leonés contemporáneo. Premio nacional. De estilo preciso y alambicado, al menos para mí. Deberías leer alguna de sus obras.
Hará un par de años me lo pidieron prestado para una exposición sobre la sierra. Cuando me lo devolvieron alguien había escrito a lápiz por detrás del cuadro el parágrafo Tinieblas insondables... etcétera, etcétera. Me gustó y nunca lo borré, debe seguir ahí.
Me recordaste a alguien. Eso fue lo que pasó, Loti dijo por fin. La media melena ensortijada y descuidada, los almendrados ojos castaños, la boca golosa, y esos labios brillantes y carnosos Te parecías un montón a María Schneider. Una bellísima y sensual síntesis de ángel y putón que me tenía fascinado de joven
Mantequilla no tengo, pero hay aceite de almendras. ¿Qué, te apuntas? atajó ella.
Aquí mismo. Ponemos una estera delante de la estufa y listo contestó al instante.
Se levantó y comenzó a caminar. Se detuvo en un extremo del estudio, dio media vuelta y avanzó en diagonal hacia la puerta. Un par de metros antes de llegar a ella giró a la izquierda, ando unos pasos más y se detuvo frente a una estantería metálica llena de tubos para guardar planos, donde Loti tenía algunas de sus pinturas; fue mirando las etiquetas de unos cuantos hasta que encontró una que llamó su atención, sacó el cilindro de su estante, se volvió hacia ella y preguntó: ¿Puedo?
Desde luego contestó ella, consciente de que él quería demorar su respuesta.
Es magnifico dijo, alejándose del lienzo que acababa de desenrollar. Un paisaje de la sierra donde un sol todavía indeciso se habría paso entre la niebla, dejando entrever, como si fuera un buque fantasma navegando furtivo entre la bruma, un viejo puente de piedra sobre un río sombrío.
Es el río Valvanera en un amanecer de primavera. La niebla en Santibáñez tiene personalidad propia y se manifiesta sobre todo en invierno y primavera. Tinieblas insondables y caprichosas que fabrican efímeras quimeras, donde los sentidos se extravían sin remedio, tergiversando a su paso todo lo que tocan.
¡Joder, nena! Me acabas de recordar a Mateo Díez.
¿A quién?
A un escritor leonés contemporáneo. Premio nacional. De estilo preciso y alambicado, al menos para mí. Deberías leer alguna de sus obras.
Hará un par de años me lo pidieron prestado para una exposición sobre la sierra. Cuando me lo devolvieron alguien había escrito a lápiz por detrás del cuadro el parágrafo Tinieblas insondables... etcétera, etcétera. Me gustó y nunca lo borré, debe seguir ahí.
Me recordaste a alguien. Eso fue lo que pasó, Loti dijo por fin. La media melena ensortijada y descuidada, los almendrados ojos castaños, la boca golosa, y esos labios brillantes y carnosos Te parecías un montón a María Schneider. Una bellísima y sensual síntesis de ángel y putón que me tenía fascinado de joven
Mantequilla no tengo, pero hay aceite de almendras. ¿Qué, te apuntas? atajó ella.
Aquí mismo. Ponemos una estera delante de la estufa y listo contestó al instante.
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