Nada más cerrar la puerta nos besamos y besamos; y mis dudas y temores sobre nuestra diferencia de edad se fueron diluyendo entre beso y beso; y por un momento pensé en Nabokov…
Cruzamos la maltratada cortina que separa la puerta del resto de la casa y me parece recordar vagamente un comentario mío sobre lo pequeño que era todo, sobre el relativo desorden reinante y lo poco que había que ver.
Fue a quitarse el abrigo, pero se detuvo a medio camino, desistió y me miró, volvió a mirar el perchero y después otra vez a mí. Una mirada estupenda. Estaba, como siempre, abarrotado, evidenciando una de las costumbres que adquiere uno sin apenas darse cuenta cuando hace mucho tiempo que ya no se espera a nadie.
Saqué la ropa de una de las perchas y me la llevé al cuarto donde escribo, y al salir…, al salir se estaba quitando el abrigo, y entonces me quedé atónito durante un instante que pareció un siglo… y estuve a punto de exclamar: ¡Tachán!
Camiseta roja sin mangas, una minifaldita plisada de color azul marino y medias negras hasta medio muslo… Desde luego no había venido dispuesta a una negativa.
Un minuto más tarde estaba sentado en el sofá, y ella, montada encima con mis piernas entre las suyas, me besaba y besaba; y mi mano izquierda fue perdiéndose poco a poco bajo su falda…
Llevaba sujetador y braguitas de color fucsia con muchas puntillitas. Un diseño tope de mono, sexy y juvenil. Ella me besaba y besaba… y yo, sin dejar de mirarla a los ojos, me dejaba llevar mientras me decía: “Tío, esto no te puede estar pasando a ti”.
Quitarle las bragas ha sido uno de los rituales más hermosos en que he participado en mi vida, me tomé mi tiempo… Poco después estábamos en la cama: Ella a horcajadas sobre mi rostro meciendo despacito su rasurado y dulce sexo sobre mi boca, y yo con los brazos alzados acariciando suavemente sus tiernos pechos de seda; y el Sweet Jane de la Velvet resonando en todas partes.
miércoles, 26 de octubre de 2016
miércoles, 12 de octubre de 2016
Corte tres, Sweet Jane 3 (unos días de febrero)
Nunca olvidaré el primer beso. Fue frente a la puerta del instituto La Guineueta, un beso breve, cálido y furtivo. El dulce sabor de su boca siempre estará conmigo; y en mis largas horas insomnes, fantasmagórico tiempo de humo y de vueltas, a veces, algunas veces, vuelvo a sentir sus labios entregados, llenos; y vivo de nuevo aquel instante supremo grabado a fuego en mi memoria: La refulgente mirada juvenil gratamente sorprendida, el pelo ligeramente ondulado cayendo sobre el abriguito azul marino y su arrebatadora sonrisa desafiando al tiempo.
martes, 4 de octubre de 2016
Corte tres, Sweet Jane 2 (unos días de febrero)
Alrededor de las once de aquella mañana interminable salí a comprar. ¿Vendrá comida? ¿Qué le gustará beber? ¿Vendrá? Los interrogantes, esos viejos y entrometidos parientes de la incertidumbre, se me iban acumulando mientras caminaba como un sonámbulo de una tienda a otra.
Hora y media después descargaba la compra preguntándome qué iba a comer. Quizá algo de pasta, seguro que si viene directamente del insti traerá hambre, y un poco de pasta sin la rutinaria salsa de tomate, mejor al pesto o a la carbonara, es bastante probable que le venga de gusto. Está en la edad. Aunque los carbohidratos tienen el inconveniente de producir una digestión un tanto pesada y a mí hoy no me conviene, paso de verla en pleno estado soporífero; pero, por otro lado, estoy hecho polvo y necesito combustible.
Entonces pensé que llevaba haciendo el gilipollas toda la mañana y que no iba a venir. Encendí el ordenador y me puse a trabajar. Mi novelita no iba a escribirse sola y no era cuestión de perder lo que quedaba de la mañana especulando sobre si la jovencita vendría o no. A la media hora apenas había avanzado nada, me costaba un montón concentrarme en la tarea; y los ojos de la chiquita aparecían una y otra vez ¡Mierda, así no sé puede!
Entre unas cosas y otras eran casi las dos, deje el texto como estaba, abrí el Winamp, puse música y me metí en la cocina. Una ensalada, pollo a la plancha y yogurt. Comí despacio y mirando constantemente hacia el estante donde tengo el reloj A las tres estaba fregando los platos con los ojos de Ámbar danzando a mi alrededor. Por distraerme, me fui al bar de la esquina a tomar café, algo que no hago casi nunca; y allí estuve hasta menos cuarto, intentando en vano leer las noticias del periodico, no podía concentrarme en nada y pasaba las hojas mirando los artículos pero incapaz de meterme en ellos.
A las cuatro y diez, cuando ya estaba convencido de que todo aquello no había sido más que una broma de muy mal gusto, sonó el teléfono. Era ella, había tomado mal la dirección. Le di unas indicaciones, y más contento que si me hubiera tocado la primitiva salí a su encuentro.
Hora y media después descargaba la compra preguntándome qué iba a comer. Quizá algo de pasta, seguro que si viene directamente del insti traerá hambre, y un poco de pasta sin la rutinaria salsa de tomate, mejor al pesto o a la carbonara, es bastante probable que le venga de gusto. Está en la edad. Aunque los carbohidratos tienen el inconveniente de producir una digestión un tanto pesada y a mí hoy no me conviene, paso de verla en pleno estado soporífero; pero, por otro lado, estoy hecho polvo y necesito combustible.
Entonces pensé que llevaba haciendo el gilipollas toda la mañana y que no iba a venir. Encendí el ordenador y me puse a trabajar. Mi novelita no iba a escribirse sola y no era cuestión de perder lo que quedaba de la mañana especulando sobre si la jovencita vendría o no. A la media hora apenas había avanzado nada, me costaba un montón concentrarme en la tarea; y los ojos de la chiquita aparecían una y otra vez ¡Mierda, así no sé puede!
Entre unas cosas y otras eran casi las dos, deje el texto como estaba, abrí el Winamp, puse música y me metí en la cocina. Una ensalada, pollo a la plancha y yogurt. Comí despacio y mirando constantemente hacia el estante donde tengo el reloj A las tres estaba fregando los platos con los ojos de Ámbar danzando a mi alrededor. Por distraerme, me fui al bar de la esquina a tomar café, algo que no hago casi nunca; y allí estuve hasta menos cuarto, intentando en vano leer las noticias del periodico, no podía concentrarme en nada y pasaba las hojas mirando los artículos pero incapaz de meterme en ellos.
A las cuatro y diez, cuando ya estaba convencido de que todo aquello no había sido más que una broma de muy mal gusto, sonó el teléfono. Era ella, había tomado mal la dirección. Le di unas indicaciones, y más contento que si me hubiera tocado la primitiva salí a su encuentro.
lunes, 26 de septiembre de 2016
Un recuerdo
Yo, Mario, fui alcohólica hasta los treinta, y me reía de todo. Salía de marcha con el hijo de Vargas Llosa, éramos amigos
Pero entonces
De pronto se calló y miró hacía otro lado. No hizo falta preguntar nada. Enseguida supe lo que le había sucedido. Los hay que se quedan atrapados para siempre.
Levanté los brazos y le cogí afectuosamente el rostro. Esperé unos segundos para dar tiempo a que el calor de mis manos corriera por sus mejillas. Después le fui girando suavemente la cabeza hasta que estuvimos de nuevo cara a cara. Estaba a punto de romper a llorar Acerqué muy despacio mi rostro al suyo y la cubrí de besos
De pronto se calló y miró hacía otro lado. No hizo falta preguntar nada. Enseguida supe lo que le había sucedido. Los hay que se quedan atrapados para siempre.
Levanté los brazos y le cogí afectuosamente el rostro. Esperé unos segundos para dar tiempo a que el calor de mis manos corriera por sus mejillas. Después le fui girando suavemente la cabeza hasta que estuvimos de nuevo cara a cara. Estaba a punto de romper a llorar Acerqué muy despacio mi rostro al suyo y la cubrí de besos
lunes, 19 de septiembre de 2016
Corte tres, Sweet Jane 1 (unos días de febrero)
(De hecho, creo que las atraigo. El porqué, desde luego se me escapa. Yo lo achaco a mi manera de ir por la vida, un tanto fuera de los modos convencionales y a ciertas carencias maternales de mi primera infancia, pero supongo que esto último es una banal hipótesis un tanto forzada, un lógico subproducto de mis muchas lecturas freudianas; aunque en realidad trato de convencerme de que todo es más sencillo: Simplemente, siempre he atraído a mujeres que buscan algo diferente.)
Nada más llegar a casa todo se aceleró. Primero me metí en el baño y le di un buen repaso: Azulejos, inodoro, lavamanos, grifos, espejo, suelo etc. Después le llegó el turno a la cocina: las puertas de los armarios, la de la nevera, la del horno, quemadores, mármoles, microondas, baldosas, suelo etc. Cuando acabé allí, sin tan siquiera un respiro, me lancé sobre el dormitorio con el brío de un pirata en pleno abordaje: Le quité el polvo a los libros del estante, a la mesita de noche, barrí, fregué, cambié las sábanas; y en el último momento, en pleno fragor de la batalla, me volví a fijar en la vieja mesita; me acerqué hasta allí y le di un manotazo al blister de pastillas para la tensión que había sobre ella, abrí el primer cajón, saqué una caja de condones y la dejé donde antes habían estado las pastillas. Mucho mejor así, me dije mirando la mesita mientras intentaba recuperar el resuello.
Saqué el polvo, barrí y fregué la habitación pequeña y el comedor. Para entonces estaba exhausto y sudaba como un condenado a galeras. No me quedó otra que darme una buena ducha con la esperanza que el cansancio y el bañito combinados me harían dormir el par de horitas que tanta falta me hacían. Fue imposible. Lo intenté, por mi madre que lo intenté, pero era cerrar los párpados y ver aparecer como por ensalmo los refulgentes ojos castaños que me habían robado el sueño durante la noche.
Eran las once de aquella mañana interminable cuando salí a comprar. ¿Vendrá comida? ¿Qué le gustará beber? ¿Vendrá? Los interrogantes, esos viejos y entrometidos parientes de la incertidumbre, se me acumulaban mientras caminaba como un sonámbulo de una tienda a otra
Nada más llegar a casa todo se aceleró. Primero me metí en el baño y le di un buen repaso: Azulejos, inodoro, lavamanos, grifos, espejo, suelo etc. Después le llegó el turno a la cocina: las puertas de los armarios, la de la nevera, la del horno, quemadores, mármoles, microondas, baldosas, suelo etc. Cuando acabé allí, sin tan siquiera un respiro, me lancé sobre el dormitorio con el brío de un pirata en pleno abordaje: Le quité el polvo a los libros del estante, a la mesita de noche, barrí, fregué, cambié las sábanas; y en el último momento, en pleno fragor de la batalla, me volví a fijar en la vieja mesita; me acerqué hasta allí y le di un manotazo al blister de pastillas para la tensión que había sobre ella, abrí el primer cajón, saqué una caja de condones y la dejé donde antes habían estado las pastillas. Mucho mejor así, me dije mirando la mesita mientras intentaba recuperar el resuello.
Saqué el polvo, barrí y fregué la habitación pequeña y el comedor. Para entonces estaba exhausto y sudaba como un condenado a galeras. No me quedó otra que darme una buena ducha con la esperanza que el cansancio y el bañito combinados me harían dormir el par de horitas que tanta falta me hacían. Fue imposible. Lo intenté, por mi madre que lo intenté, pero era cerrar los párpados y ver aparecer como por ensalmo los refulgentes ojos castaños que me habían robado el sueño durante la noche.
Eran las once de aquella mañana interminable cuando salí a comprar. ¿Vendrá comida? ¿Qué le gustará beber? ¿Vendrá? Los interrogantes, esos viejos y entrometidos parientes de la incertidumbre, se me acumulaban mientras caminaba como un sonámbulo de una tienda a otra
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Corte tres, Sweet Jane (unos días de febrero)
A la siete de la mañana, cansado de dar vueltas, me levanté. Abrí la ventana de la cocina, y el viento cortante y frío que viajaba con el alba invadió la casa mientras fumada un cigarrillo mirando a las nacientes y tímidas luces del amanecer batirse sin tregua al amparo de la noche.
Estaba hecho polvo, apenas había dormido cuatro horas, aun así, me puse ropa ligera y salí a caminar rondas adelante. El tráfico rodado ya ocupaba completamente el lateral del lado montaña camino del centro; y al pasar frente a la parada de metro de Canyelles los primeros rayos de sol se estrellaron contra los altos bloques que escoltan ese tramo de la ronda. Las frías rachas de viento me avivaron el paso y el pensamiento, y repasaba a toda pastilla una y otra vez todas las tareas que tenía previstas para aquella mañana sorteando semáforos y coches; y creo recordar que fue entonces cuando volví a preguntarme, por enésima vez, por qué me atraían tanto las bellezas oscuras.
Estaba hecho polvo, apenas había dormido cuatro horas, aun así, me puse ropa ligera y salí a caminar rondas adelante. El tráfico rodado ya ocupaba completamente el lateral del lado montaña camino del centro; y al pasar frente a la parada de metro de Canyelles los primeros rayos de sol se estrellaron contra los altos bloques que escoltan ese tramo de la ronda. Las frías rachas de viento me avivaron el paso y el pensamiento, y repasaba a toda pastilla una y otra vez todas las tareas que tenía previstas para aquella mañana sorteando semáforos y coches; y creo recordar que fue entonces cuando volví a preguntarme, por enésima vez, por qué me atraían tanto las bellezas oscuras.
jueves, 18 de agosto de 2016
Corte dos, "Walk on the wild side" (unos días de febrero)
Nuestro primer encuentro me sumergió en un mar de dudas. Estaba perplejo, y la guapa jovencita siempre estuvo detrás, al fondo. Debía tomar una decisión, y el hecho de que le faltase un año para tener derecho de voto era entonces un muro infranqueable. Lo último que necesitaba, tras mis largos años de vida en la senda peligrosa, una vez conquistada cierta estabilidad vital y emocional, era una irresistible jovencita con una sonrosadita manzana en la mano inmensos y tristes ojos de mirada bella y oscura sobre labios pintados de negro dibujando el fracasado atisbo de una sonrisa; cuarteada de sombras, y bajo cada una de aquellas sombras, el temblor de otra sombra llegara a complicarme la vida, o peor aún, a arruinármela.
Le enorme distancia entre aquella imagen oscura colgada en su perfil y la de la jovencita que había conocido una semana atrás era escalofriante, y una inquietante sensación de dèja vu se apoderó por un momento de mis entrañas. Estaba en guerra con todos, con el mundo; y, si seguía adelante, probablemente acabaría laminado entre aquellas dos imágenes irreconciliables y contrapuestas. Pero la sonrisa risueña y la vigorosa luz de sus bellos ojos castaños, aunque aún no fuera consciente de ello, se habían clavado con una energía inusitada en mi corazón. Quizá ya nada dependía de mí, sino de su capricho.
Sea como fuere, lo cierto es que, a pesar de mis muchas objeciones, continué chateando con ella:
Pero ¿Tú sabes la edad que tengo?
Sí.
¿Esto no será una broma de niñatas de instituto? Porque me cagaré en todo ¿sabes?
No, va en serio.
¿Cómo llevas el libro?
He acabado el primer relato. ¡Cuántas emociones!
¿Te gusto el poema que hay al final?
Sí, mucho.
Tras cada una de sus, casi siempre, lacónicas o cortantes respuestas, resonaba en mi interior el eco de su voz; la fértil semilla de una evidencia.
Apenas la conocía. Solo tenía de ella los pocos datos personales que había puesto en su perfil básicamente nombre y primer apellido y que cursaba sus estudios en un instituto del barrio del Clot, que no tenían porqué ser necesariamente ciertos, y tampoco teníamos amigos comunes en la red; así que era todo un misterio. Pero hubo tres cosas de las que, chateo adelante, llegué a estar seguro: Iba a un instituto, estaba tope de buena y venía a por mí:
¿Cómo vas con el libro?
Bien, voy por El Bluesman. Me ha sacado una sonrisa.
Me alegro. Una sonrisa es mucho.
¿Y tú, cómo estás?
Bien, pero empanado
¿Por tu novela?
También.
Ja,ja,ja,ja.
Eso, tú ríete.
¿Sales con alguien?
No. Estoy más solo que la una.
¿Dónde vives?
En Verdun, Vía Favencia.
¿Y eso dónde está?
Es la Ronda, cerca de las pistas de skate.
¿ ?
Justo encima del parque de La Guineueta.
Ah.
¿Sabes dónde es?
Más o menos.
¿Y tú qué tal?
Aburrida. Solo pienso en hacer el amor. Huy, no debería haber dicho eso.
Tranquila, no pasa nada. He de dejarte. He bajado al club porque necesitaba buscar documentación para el libro y en casa no tengo conexión.
¿Qué club?
Uno de fumadores que hay cerca de la oficina correos de Nou Barris.
¿No tienes teléfono?
Sí, pero es fijo y no está conectado al ordenador.
¿Me das el número?
Por supuesto. Anota, es el
Este breve resumen de nuestras conversaciones solo es una aproximación, un torpe intento de reflejar la evolución de nuestra charla durante aquella última semana de enero, concluyendo, más o menos como he descrito, el domingo que cerró el mes.
El aquel momento, mi corazón era un abandonado y yermo descampado salpicado de ortigas, escombros y sueños; y mi vida una monótona secuencia de saludables rutinas de las que, afortunadamente, escapaba durante las mágicas horas de mis mañanas inhóspitas; cuando me zambullía profundamente en la novela corta que ocupaba el resto de mi tiempo. Un proyecto desatinado, crudo, erótico y jocoso que no fluía conforme a mis deseos; donde la inesperada y pasional entrada en escena de Ámbar acabó teniendo un papel determinante, pues detuvo sine die su redacción. Aquella fascinante interrupción acabó dando sus frutos: proporcionando una nueva perspectiva a mi tarea, cerrando caminos errados, abriendo otros nuevos y, andando el tiempo, propiciando la peculiar conclusión de la historia.
Le enorme distancia entre aquella imagen oscura colgada en su perfil y la de la jovencita que había conocido una semana atrás era escalofriante, y una inquietante sensación de dèja vu se apoderó por un momento de mis entrañas. Estaba en guerra con todos, con el mundo; y, si seguía adelante, probablemente acabaría laminado entre aquellas dos imágenes irreconciliables y contrapuestas. Pero la sonrisa risueña y la vigorosa luz de sus bellos ojos castaños, aunque aún no fuera consciente de ello, se habían clavado con una energía inusitada en mi corazón. Quizá ya nada dependía de mí, sino de su capricho.
Sea como fuere, lo cierto es que, a pesar de mis muchas objeciones, continué chateando con ella:
Pero ¿Tú sabes la edad que tengo?
Sí.
¿Esto no será una broma de niñatas de instituto? Porque me cagaré en todo ¿sabes?
No, va en serio.
¿Cómo llevas el libro?
He acabado el primer relato. ¡Cuántas emociones!
¿Te gusto el poema que hay al final?
Sí, mucho.
Tras cada una de sus, casi siempre, lacónicas o cortantes respuestas, resonaba en mi interior el eco de su voz; la fértil semilla de una evidencia.
Apenas la conocía. Solo tenía de ella los pocos datos personales que había puesto en su perfil básicamente nombre y primer apellido y que cursaba sus estudios en un instituto del barrio del Clot, que no tenían porqué ser necesariamente ciertos, y tampoco teníamos amigos comunes en la red; así que era todo un misterio. Pero hubo tres cosas de las que, chateo adelante, llegué a estar seguro: Iba a un instituto, estaba tope de buena y venía a por mí:
¿Cómo vas con el libro?
Bien, voy por El Bluesman. Me ha sacado una sonrisa.
Me alegro. Una sonrisa es mucho.
¿Y tú, cómo estás?
Bien, pero empanado
¿Por tu novela?
También.
Ja,ja,ja,ja.
Eso, tú ríete.
¿Sales con alguien?
No. Estoy más solo que la una.
¿Dónde vives?
En Verdun, Vía Favencia.
¿Y eso dónde está?
Es la Ronda, cerca de las pistas de skate.
¿ ?
Justo encima del parque de La Guineueta.
Ah.
¿Sabes dónde es?
Más o menos.
¿Y tú qué tal?
Aburrida. Solo pienso en hacer el amor. Huy, no debería haber dicho eso.
Tranquila, no pasa nada. He de dejarte. He bajado al club porque necesitaba buscar documentación para el libro y en casa no tengo conexión.
¿Qué club?
Uno de fumadores que hay cerca de la oficina correos de Nou Barris.
¿No tienes teléfono?
Sí, pero es fijo y no está conectado al ordenador.
¿Me das el número?
Por supuesto. Anota, es el
Este breve resumen de nuestras conversaciones solo es una aproximación, un torpe intento de reflejar la evolución de nuestra charla durante aquella última semana de enero, concluyendo, más o menos como he descrito, el domingo que cerró el mes.
El aquel momento, mi corazón era un abandonado y yermo descampado salpicado de ortigas, escombros y sueños; y mi vida una monótona secuencia de saludables rutinas de las que, afortunadamente, escapaba durante las mágicas horas de mis mañanas inhóspitas; cuando me zambullía profundamente en la novela corta que ocupaba el resto de mi tiempo. Un proyecto desatinado, crudo, erótico y jocoso que no fluía conforme a mis deseos; donde la inesperada y pasional entrada en escena de Ámbar acabó teniendo un papel determinante, pues detuvo sine die su redacción. Aquella fascinante interrupción acabó dando sus frutos: proporcionando una nueva perspectiva a mi tarea, cerrando caminos errados, abriendo otros nuevos y, andando el tiempo, propiciando la peculiar conclusión de la historia.
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