domingo, 14 de marzo de 2010

38 especial

Cuando el ejército abrió sus cuarteles a las mujeres no sabía la que se le que venía encima.
Al cabo de unos pocos años, y después de rigurosos estudios estadísticos y psicológicos, las altas esferas del ministerio de defensa llegaron a la conclusión de que, las mujeres, en determinadas circunstancias emocionales, eran mucho más resistentes, más resolutivas que los hombres, es decir, eran mucho más agresivas, más eficaces, en suma, mucho más despiadadas y letales.
Los responsables del programa de adiestramiento de los grupos de operaciones especiales fueron los primeros sorprendidos. Pero los resultados cantaban.
Estas unidades, mayoritariamente entrenadas y dedicadas a tareas de reconocimiento y acción rápida, a trabajar tras las líneas enemigas de cualquier lugar del mundo, en parajes inhóspitos y de población hostil, eran un barómetro bastante fiable de este fenómeno.
El curso de capacitación para los grupos especiales antiguerrilla urbana es, de lejos, el más duro de los que se imparten en cualquier ejército del mundo.
Mañanas de duro entrenamiento urbano, tardes de teoría militar antiguerrilla, y prácticas de información-contrainformación, sabotaje e interceptación de comunicaciones, y un largo etcétera para el que no tenemos espacio en estas pocas líneas, convertían el curso en algo sólo asequible a los más aptos.
Aquí destacaron las hembras de forma notable. Porque, si a la dureza del entrenamiento físico (alcantarillas, túneles, rascacielos, puentes, y demás trampas urbanas) le añadimos que, durante los seis meses del adiestramiento, los aspirantes debían buscarse, y pagarse, cada uno por su cuenta, alojamiento, manutención y demás gastos vitales, con el salario mínimo interprofesional español (algo que, hoy por hoy, es ya toda una hazaña en si mismo) en una gran ciudad de nuestro país, y encima, pasar desapercibidos, no te digo nada, durillo de verdad, y lo superaron más mujeres que hombres.
A la vista de aquellos resultados, se establecieron, en diversos campos secretos, protocolos y cursos de adiestramiento exclusivamente para mujeres. Cada uno con sus características específicas, y sólo compartían, con el resto de programas afines, el hecho de la ausencia masculina.
Todos los trabajos auxiliares eran hechos por mujeres y para mujeres. Las incautas, nunca sospecharon que esa circunstancia formaba parte esencial del adiestramiento.
Como resultado de aquellos secretos estudios, dos años más tarde, un comando suicida, formado, únicamente, por ocho tías mal folladas, pasó a cuchillo, en apenas dos horas, en absoluto silencio y sin una sola baja, a trescientos talibanes de un remoto campamento perdido en las montañas de Afganistán.
Estos hechos nunca hubieran llegado a conocimiento del público de no ser por Ana, una de las mujeres que formó parte de aquél expeditivo y fatídico comando.
Desaparecida, y buscada desde que el escándalo estalló.
Matamos hasta a los perros. Silenciamos todos los alientos, confesaba aterrorizada una de ellas a una psiquiatra militar.
Una psiquiatra que, poco después de escuchar los ocho testimonios, requirió a su vez tratamiento psiquiátrico y, desde entonces, vive recluida en una grata y discreta casa de reposo.
Fue la muerte del general responsable del adiestramiento secreto lo que precipitó el escándalo. Asesinado de dos tiros en los huevos -con un revólver del 38 especial- en un conocido moblé madrileño.
No se pudo tapar, pues, antes de desaparecer, la astuta Ana avisó a prensa y televisión de los hechos, y remitió copias de documentos clasificados relativos al asunto a diversos medios de comunicación.
De aquél comando, sólo Ana salió más o menos con bien. Del resto, cuatro se suicidaron, y, las otras tres, matan moscas en un seguro y bello jardín militar.