jueves, 11 de marzo de 2010

¡Joder!*

¡Joder! es martes y estoy exhausto. Los domingos y lunes me auto secuestran. He llegado a casa hambriento y con un cansancio mortal, achacable, exclusivamente, a femeninas causas naturales. Que conste que no me quejo. Es mucho más divertido que hacer deporte.
Mi polla, ahora mismo, es lo más parecido a un pájaro muerto que he visto en mi vida. 
Ella también está para el arrastre -me digo. Es todo un consuelo. No se ha ido de rositas. Ha dormido más que yo, pero dado lo que se mueve, ahora debe estar en las últimas. Por lo menos, esperará, aunque sólo sea por cubrir las apariencias, un par de días para dar señales de vida animada, la chica quiero decir.
Poble Nou, se ha convertido en una sensual trampa mortal. Tengo que dosificarlo, que me cunda, sacarle rendimiento erótico sin caer en la rutina.
He tenido que ducharme tres veces para quitarme el olor a coño. Hasta Rufo, el perro de un colega, me miraba de reojo esta mañana, cuando me he parado en su tienda a tomar aliento, justo antes de iniciar el último tramo del ascenso a mí Lhasa particular. 
Hoy, la cuesta, la temida Almansa, estaba un poco más empinada que de costumbre. Al revés que yo -me cuento, con una media sonrisa agonizante.
Con descanso y un poco de linimento, en dos días como nuevo. Con la motivación correspondiente, el viernes volveré, sexualmente hablando, a estar operativo.
Mientras le iba dando golpecitos con la polla en el pubis, gemía como una fiera malherida, cerraba los ojos, un suspiro, y vuelta a ronronear. Pareces una gata esta noche -le he dicho, nabo en mano y con mucha convicción. Tenía un buen día, mirándole el coño ya se ponía cachonda. 
La semana pasada, después del malogrado, por causas exclusivamente meteorológicas, polvo montañero, teníamos que desquitarnos a toda costa. Nos cayó la del pulpo en el Montseny. Era una acuática espina que los dos llevábamos clavada, como un arpón, desde aquel diluvio.
Nos lo montamos el domingo en mi casa, en la suya el lunes y el martes.
Al volver de la playa -le dije, con un tono de voz suave y cálido, mirándola con ojos de luna: ¡por favor no te duches ahora! Me gustaría comerte así, saladita. 
Sonríe, volviendo a dejar la toalla en su sitio. Comienza a moverse calculadamente, como un felino alrededor de su presa. Hace posturitas delante de mí. Siempre con las piernas abiertas, invitándome con los ojos, atrayéndome hacía su sexo que, palpitante como un corazón, me atrae como un imán. Le paso la lengua por todo el cuerpo una y otra vez. 
¡Que rico! -exclama con gran entusiasmo, abriendo las piernas en un ángulo inverosímil.
Le puse tanta saliva que estará reluciente un mes por más que se duche. Dos horas bebiendo agua y pasándole la lengua por donde, según ella, mejor le sentaba.
Se me pega como una lapa mientras le cuento al oído, muy despacito, un relato pornográfico inventado sobre la marcha. Le meto mano y le susurro cochinadas eróticas que la hacen gemir como una gatita retozona.
Le paso la lengua por la barriguita, justo encima del pubis. Le doy mordisquitos y le acaricio suavemente el pelo del coño, de pronto, fuera de si, me exige que la penetre. No le hago caso, quiero pasarla de vueltas, enloquecerla, llevarla más allá, a un lugar donde nunca haya estado. 
Quiero que se acuerde toda la vida de mí, de mí lengua, de mí sexo, de mi piel y mis palabras, de mis manos, que la tocan, lenta y delicadamente donde tanto le gusta, arrancándole susurros que nunca antes había pronunciado.
Está irreconocible. Busca desesperadamente mi sexo con las manos, diciéndome que tengo unos ojos muy bonitos y dedos de artista. La esquivo y voy dándole golpecitos con la polla en el coño, que, húmedo, como el mar mediterráneo, se expande y contrae, como una medusa hambrienta.
Me mira con ojos de fiera, pidiendo más, y la complazco. No tendrá que ducharse para quitarse la sal. Me levanto a buscar una cervecita fresca. Tanto lengüetazo da una sed de cojones. Mientras me la tomo, sentado en una silla delante de la cama, la miro sensualmente. 
Se acaricia frenéticamente, los pezones, el sexo, mirándome pasada de rosca. La observo tranquilamente, fumándome un porrito, mientras me mira fijamente la polla. Ahora ella es un volcán, un volcán de los que más me gustan, fraguando una erupción histórica.
Tienes un polvo de miedo -le digo, entre calada y calada. Da gusto verte así, deseándome de esa manera. 
Me llama a gritos con la mirada. El olor de su sexo me llega con toda nitidez. Salado y caliente se contrae, mientras me mira seductora, maliciosamente. Es una experta con algunos músculos. Podría ganar una medalla si las contracciones vaginales fueran un deporte olímpico.
Escucha, como en sueños, las improvisadas cochinadas que le cuento, tumbada en la cama con las piernas abiertas, con los ojos cerrados y sobándose a dos manos. De mi boca, va saliendo una historia tope de guarra que, hasta a mí, me la empieza a poder dura de nuevo. 
Da grititos, abriendo muy despacio, los ojos. Esta en otro mundo y lo sabe. Me llama para que vuelva con ella. No tiene bastante con sus manos, le falta algo que, según dice, tengo yo. 
Estiro la cerveza todo lo que puedo. Intenta atraparme con las piernas cuando me acerco para pasarle el porrito de maría. Me zafo con un requiebro, y le acaricio el coño de pasada, mientras me alejo gateando hacía atrás como un felino.
Se coloca la almohada entre las piernas y comienza a restregarse contra ella como una posesa, mirándome con ojos suaves, provocativa y dulce, como una fruta madura, asomando la punta de la lengua entre los dientes, con un despliegue de recursos de golfa de armas tomar. 
Esta fuera de sí. Cuando noto que baja la intensidad del brillo de sus ojos me invento algún rollo bien cachondo, entonces se vuelve a poner a mil, y me mira con una impaciente luz animal, entre cariñosa y feroz.
-Házmelo a mí -exige, con cálida voz. No me lo cuentes más, házmelo ya. No ves que me matas, cabrón, que me vas a matar.
No quiero darle lo que me pide. Me acerco a la cocina. Cojo el rollo de plástico, y de vuelta, agarro los móviles. 
-Polvo Vodafone -le digo en un susurro, tumbándome a su lado. Me mira sorprendida, de pronto, comprende, y, sonriendo astutamente, mira los teléfonos. Ya sabe de lo que va. Lo ha leído. Ha leído el cuento -me digo, con una mirada soñadora y feroz en el rostro.
Comienza haciéndome una felación suave y dulce. Yo, sin prestarle demasiada atención, me concentro en la tarea. Configuro mi terminal. Después, corto un pedazo de plástico de cocina y envuelvo cuidadosamente mi viejo, sencillo, pero altamente eficaz y fiable, Siemens C60. Lo introduzco en un condón de los que le gustan, es decir, sin lubricante. Le hago un nudo para cortarle la retirada al teléfono.
Deja eso y ponte boca arriba cariño. Anda preciosa, no te hagas de rogar. Será mí regalo de San Valentín, que viene unos meses adelantado    -le digo bajito. 
Le explico lo que ha de hacer con su teléfono. Mándame mensajes de amor, de los que tu sabes -le susurro al oído.
Se lo meto en el coño despacito, con mucho mimo y cuidado, acariciándole el clítoris con la yema del pulgar. Se lo beso. Lo lamo todo. Le introduzco la lengua. Cojo el con los dientes el nudo del condón que sobresale de su sexo. Primero, tiro hacia atrás, después, se lo empujo bien adentro con la boca.
Necesito mensajes de amor -le suplico entre lengüetazos. Suspira profundamente. La oigo preparar la llamada. Al poco comienza a sonar, a vibrar, mientras paseo la punta de la lengua por su escondido y más vivaz rinconcito.
Me matas, hijoputa, me matas -gimotea.
Pasado un minuto hay que volver a mandar otro -le recuerdo, sacando la boca de su sexo. No te olvides. 
Su coño vibra enloquecido mientras suena mí Roadrunner en lo más hondo de su feminidad. Un teléfono que nadie cogerá, vibra, resuena, como un lamento amoroso, dentro de lo más profundo de su ser. 
Con el octavo mensaje su cuerpo comienza a vibrar, y un minuto después, a sacudirse sin control. Grita, como nunca había oído gritar a ninguna mujer. Me aprieta la cabeza contra su sexo. Me clava las uñas en los hombros mientras dice en francés: je t'aime... hasta que, fuera de sí, enloquecida, explota, muerde la almohada, ríe, llora, me araña con toda su energía, para, al poco, desplomarse bañada en sudor, en sus propios jugos íntimos, como una húmeda muñeca de trapo, en un extraño y plácido sopor.
Date la vuelta y ponte a cuatro patas. Apóyate en las rodillas y los codos -le digo, tierno, susurrante.
Está como hipnotizada. Me obedece sumisa. Entonces, mojo mi dedo corazón en aceite de almendras dulces que siempre nos acompaña junto a la cama. Le acaricio el culo suavemente y se lo introduzco despacio en el recto. 
Ahora, podría clavar clavos con la polla -me digo, mientras me coloco uno de los condones que compró.
La penetro despacio, suavemente, pero con firmeza. La sodomizo con cuidado. Al principio parece algo tensa, pero enseguida se relaja, le entra toda con facilidad. Entro y salgo lentamente, una y otra vez. La hago mover el culo cogiéndola por las caderas.
A los pocos minutos siento un leve temblor, entonces, le digo: manda algún mensajito preciosa, anda mi vida, mándame mensajitos. Me obedece automáticamente, como en un sueño. 
Al instante siguiente, su sexo comienza a vibrar de nuevo, y esta vez, el mío con el. Le muevo las caderas, mientras resuena, en mi sexo y el suyo, su llamada de amor. Mi cuerpo comienza a sacudirse fuera de control. Entre sacudidas, doy un fuerte grito, entonces, un atronador relámpago me recorre todo el cuerpo, y me desplomo como una piedra.
Abro los ojos y es de día. Huele a desayuno. La veo moverse con soltura. Revolotea a mí alrededor, como un pájaro en una danza nupcial.
-Buenos días leopardo cabrón -saluda divertida. He hecho desayuno para dos tigres hambrientos -continúa entre risas. Lo de anoche, requiere "a posteriori" un suplemento altamente nutritivo.
La sonrisa amplia, la mirada dulce, serena y cálida. Nada que ver con la fiera de anoche. De pronto, un escalofrío recorre mi columna vertebral.
-¿Te gustó el regalo de San Valentín? -le pregunto curioso.
-¿Y a ti? -pregunta, a modo de respuesta.
-A partir de ahora, durante lo que me quede de vida, cada vez que oiga la palabra Álava, me acordaré de ti, de Poble Nou -le contesto muy serio.
Ya pasados unos años, evocándola mientras escribo esto, la recuerdo con dos caras. Una de perfil, ceñuda y lejana, y otra muy diferente, de frente, a un palmo de mi rostro, mirándome serena y sonriente, bella, como una ninfa de sueños prestados, que, curiosa, se observa en mí.

                                                           
 * Fragmento de "Cuentos del amor oscuro".