jueves, 11 de marzo de 2010

Bernardas

Todos tenemos nuestra Bernarda, nuestras Bernardas, porque, no te engañes, todos los humanos llevamos a cuestas alguna Bernarda.
Las mías, pues he tenido más de una al mismo tiempo, han sido dos. Y te lo cuento en pasado, no porque haya superado a ambas, sino porque una de ellas yace vilmente asesinada a manos de mi determinación, que no es moco de pavo, y la otra, que, al final, seguramente, me cueste la vida, no es más que una pequeña Bernardita que apenas asoma el morro en mi vida, pues se la tengo jurada y sabe como las gasto con algunas cosas.
La Bernarda colectiva también existe y, como todas, también se alimenta de nuestros miedos. Y las religiones, universales Bernardas que nuestro miedo a la muerte construye.
Un@s tenemos miedo a la muerte, otr@s, en cambio, miedo a la vida, o a si mism@s. Bernardas, más Bernardas. Bernarda también, la pena negra de Federico.
Vivimos rodeados de Bernardas. "El coño de la Bernarda" es un claro ejemplo de eso. Un coño inquieto y juguetón el de la Bernarda, como el conejo de la Lole pero mucho más popular, de hecho, está en boca de todo el mundo. Ha llegado a convertirse en sinónimo de desmadre.
Si estás atento, puedes llegar a ver una Bernarda asomando en el cambio de luz de unos ojos, o en un gesto furtivo.
La sombra alargada, tenebrosa, rígida y oscura de la Bernarda, anida en el corazón mismo de lo humano. No podemos vencerla, pero podemos pactar con ella. Es la única técnica que conozco para que esa autoritaria fiera no nos joda la vida.
Me gustaría verte actuar de verdad, encima de un escenario, no protegida detrás de una barra, ni tras un montón de palabras que no dicen nada, o, puestos a pedir, encima mío.
La Bernarda, esa dictadora implacable, forma parte de nuestro lado más oscuro, y su función, ha sido y es, ampliamente debatida e investigada por las ciencias de la conducta.
El primer hombre que estudió seriamente el mundo donde la Bernarda tiene su negra morada fue Freud, que, aunque erró lo suyo por esos pioneros, intrincados y siniestros senderillos de lo inconsciente, abrió una caja de Pandora hasta entonces sólo intuida.
¿Y la tuya? -me pregunto.
El olímpico trasero que te gastas es una cruz para tu Bernarda Alba. Fíjate cómo será tu Bernarda, que hasta le he puesto apellido.
¿Ofenderán mis palabras a tu Bernarda? La pregunta es obligada. Espero que si. ¡Qué se joda! En cambio, espero que a ti, al menos, te entretengan unos minutos del día de tu cumpleaños.
(Aquí, estaría bien una sonrisa).

¡Felicidades!