miércoles, 3 de marzo de 2010

Ana

Acabo de darme cuenta de que el teclado de la oruga tiene un montón de jiña. Iba a contarte una historia, y cuando me siento delante de este trasto, miro hacia el teclado y… está pringoso. Te juro que hace dos meses le pasé un trapo por encima.  En este rincón, donde, desde hace ya algunos años, me las veo conmigo mismo, las palabras corren que se las pelan, y las ideas se pierden por un túnel infinito. 
Si, ya sé que soy un guarro, pero si este ámbito, con cierto polvo en las estanterías, un póster de Marilyn, un equipo estéreo de tecnología ultraobsoleta, y largo etcétera de cajas de cartón, que ya no sé qué coño pintan aquí, pues la mayoría están vacías y, salvo la que contiene todo el material de "Ruido de Fondo" y alguna más, que también cumple el requisito de la utilidad, el resto, es puro embalaje no reciclado.  
Desesperado. Comencé sonriente y travieso a escribir… Pero…, al poco…, escribir desesperado…y este pequeño rincón, este espacio infinito, es mi talismán. El coño de la Bernarda pero en bonito.
Traficar con palabras conlleva cierto romanticismo implícito, y además no está penado. Una especie de Robin Hood pasado de rosca se puede apoderar de uno en cualquier momento.
Como te decía: Quería contarte una historia de esas mañaneras. Ideales para leer una soleada mañana de casi primavera en un parque o una terraza. Una mañana como la de hoy, cuando, al mirarme en el espejo, allí estabas tú.
¡En fin! Creo que mis propósitos literarios se van al carajo si se me cruza una frase, una imagen, un recuerdo, que, como una incordiante y sonora mosca, me saca de la senda trazada, de la intención inicial y primitiva.
Aun así, puedo imaginarte gateando lasciva en ropa interior por encima de la barra como si nada. En un abrir y cerrar de tus ojos. No me hace falta más.
El pelo ondulado y travieso, y una mirada azul y cálida desplazándose por tu espalda mientras gateas despacio hasta llegar a una copa. Un vaso largo que, seguidamente, atrapas con los dientes, para después, al levantar orgullosa la cabeza, derramar su contenido por rostro y cuello hasta que se pierde por entre las curvas de tu escote, donde, unos centímetros más abajo, una sedienta copa aguarda el gotear de tus perfiles.
Tienes mirada de sultana, y en la noche, los colores de tu ropa se perdían por el asfalto, recortando tu silueta al pasar por debajo de las farolas que iluminan el lateral de la Ronda, fundiéndose con los artificiosos claroscuros invernales de las noches de Verdún.