Muchos días sin retomar estas páginas, tiempos complicados para mí, pues soy consciente de mis limitaciones -mis fuerzas se agotan día a día-, pero no era ése el motivo que me hace sentarme ante una página en blanco, sino un soplo de lucidez lo suficientemente importante para sacarme del sofá, que parece ya el de los Simpson.
He buceado en mis sentimientos de hace muchos años, y he descubierto cuándo comenzó ha escribir el depredador y por qué, esto, que para otros puede tener escasa importancia, para mí es un hecho monumental.
Los cuentos de convalecencia son una expiación, una disculpa ya inútil e innecesaria, hace mucho, mucho tiempo, defraudé a alguien con quien compartí mis horas juveniles, y al que debo algo impagable, ese algo, fue abrirme la puerta y darme otra visión del mundo… Tiempos acelerados aquellos, en los que yo absorbía como papel secante toda nuestra intensa batalla sin entenderla todavía con claridad.
Rodeado de todas las insuficiencias del mundo, aprendiendo a pensar, organizar, a saber elegir el momento adecuado, cuándo hay que poner las cosas en su sitio, y asimilando al mismo tiempo un montón de materias -de esas que, afortunadamente, todavía no se dan en la universidad-.
Ayer cogí el maldito libro, lo abrí y leí la dedicatoria, no hizo falta más, llevaba sin abrirlo desde el día de su muerte o algo más, simplemente, no merecía aquella dedicatoria, la he leído hoy, y dado mi estado, las lágrimas salieron solas, cayeron sobre el papel, y hay están, ya forman parte del ejemplar que habla de cómo una vez defraudé a un compañero que me dedicó tiempo e interés -lo hacía con todos los jóvenes-, se presento un día, cuando yo ya sabia la manía que le tenían los comunistas de mi empresa, y que dejaron de hablarme por ello, en cambio él, me dio este volumen.
Bien, mi fracaso, no tanto por mí sólo -que lo fue- y mi tristeza, eran no poder volverlo a leer, me sentía un miserable por el rumbo que tomó mi vida -él mismo que otros muchos jóvenes de aquella época-.
Tampoco fui al acto civil cuando falleció, ni al entierro, simplemente, no podía mirar a la cara a mis otros compañeros. Esto, que ellos de alguna manera entendían, para mí no era suficiente -me hubiera sentido una rata de alcantarilla en el funeral-.
Todavía no paso de la dedicatoria y de ojear páginas sueltas, pero lo he abierto a pesar de todo -por primera vez, después de diecinueve años-, es un paso importante y decisivo.
A modo de humilde reparación, decirte, con ilusión y confianza, que tengo a Jesucristo y a Stalin, crucificados juntos en una antena del Carmelo hasta que se pudran.
Para tí, Jose Antonio, que no lo leerás.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
martes, 15 de junio de 2010
Expreso al infierno*
No sé cuantas personas han cogido alguna vez ese tren, ni cuantas están de vuelta -la narración es extraña- comenzó, o mejor, cuando empecé a sentir que viajaba en él, ya no pude apearme, quizás flotaba en el ambiente desde mucho antes, como una diminuta ola que, poco a poco, va acumulando viento y más viento, hasta que deviene en huracán, donde, ciertamente, he dejado jirones de mi mismo, pero también es cierto que me he traído toda la experiencia o, al menos, toda la que pude recordar -que fue mucha- anotada cuidadosamente -¡qué paranoia!-.
Ha sido muy importante para volver a recomponer las piezas de mi mismo, desparramadas como un collar de cuentas roto, en una habitación amarillo y rojo, en más de un estudio de radio, en una plaza de mi barrio, y en la puerta de mi Eva.
Extraño tren, donde los viajeros -como fantasmas-, vagan sin rumbo, sin saber donde apearse, y se miran -una y otra vez-, unos a otros, sin reconocerse nunca, un lugar, donde los paisajes de siempre desaparecen con un chasquido de los dedos.
La calle entonces, es sólo una carretera desierta en la noche -una ciudad desconocida-. Esa soledad, es desolación, y los que por ella andan -seres extraños, que vagan sin rumbo con la brújula averiada-, no reconocen su rostro, ignoran quienes son y a que mundo pertenecen, si tienen suerte, quizá encuentren un rasgo, un detalle, algo que les indique el camino de vuelta.
El laberinto de espejos está servido, deséale suerte al viajero, la necesitará.
Bromas aparte, febrero tuvo algo de tranquilidad, no escribí mucho, pero trabajé con el tema de la emisora hasta el 20 ó 21 de marzo, donde, antidepresivo y energías dijeron ¡basta! Hasta ahí lleva este cuento, al andén donde espera “el expreso al infierno”.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
Ha sido muy importante para volver a recomponer las piezas de mi mismo, desparramadas como un collar de cuentas roto, en una habitación amarillo y rojo, en más de un estudio de radio, en una plaza de mi barrio, y en la puerta de mi Eva.
Extraño tren, donde los viajeros -como fantasmas-, vagan sin rumbo, sin saber donde apearse, y se miran -una y otra vez-, unos a otros, sin reconocerse nunca, un lugar, donde los paisajes de siempre desaparecen con un chasquido de los dedos.
La calle entonces, es sólo una carretera desierta en la noche -una ciudad desconocida-. Esa soledad, es desolación, y los que por ella andan -seres extraños, que vagan sin rumbo con la brújula averiada-, no reconocen su rostro, ignoran quienes son y a que mundo pertenecen, si tienen suerte, quizá encuentren un rasgo, un detalle, algo que les indique el camino de vuelta.
El laberinto de espejos está servido, deséale suerte al viajero, la necesitará.
Bromas aparte, febrero tuvo algo de tranquilidad, no escribí mucho, pero trabajé con el tema de la emisora hasta el 20 ó 21 de marzo, donde, antidepresivo y energías dijeron ¡basta! Hasta ahí lleva este cuento, al andén donde espera “el expreso al infierno”.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
lunes, 14 de junio de 2010
Febrero (05)*
Comprendiendo que Ulises no se libraría, esa noche de narrar su Odisea, dijo Esteban a Sofia: tráeme una botella de vino del mas corriente, y pon a refrescar otra para luego, porque el relato será largo.
El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.
¿Qué puedo decir del mes de febrero? Apenas tengo notas sobre el dichoso mes. Tenía la moral hecha polvo y me sumergí en las tareas de la emisora. Fueron demasiadas para las escasas fuerzas que me quedaban.
Seguí con el programa a pesar de todo, aunque triste después de la puñalada que yo mismo me di en el corazón.
Mi sangre iba desbocada hacia una anemia mortal de necesidad y el tratamiento seguía a toda pastilla -chute semanal incluido-.
Mandé un sms a la suspiros el día de su cumpleaños -no hace falta decir que, ella, no hizo lo propio tres días después que era el mío-.
Le grabé algo de música, era mi manera de decir algo que, ya entonces, era incapaz de expresar.
Más tranquilo estuve por unos días, pero viendo borroso y con el extraño presentimiento que tuve el día de mi santo -en casa de la ojos bonitos- planeando sobre mi cabeza como un buitre hambriento esperando su oportunidad.
A pesar de mis muchas otras preocupaciones no podía dejar de pensar en ella. Y fumando hierba como si me fuera en ello la vida, me decía: Mario, a la chica le falta una tuerca y a ti te empieza a faltar un tornillo -vaya par-. Ella casi no sale -enclaustrada está-, y tú cada vez puedes moverte menos, además, ya no distingues un huevo de una castaña la mitad del tiempo, y la otra mitad, con el Parkinson residual amenazando ya con quedarse a vivir de forma permanente en tu guarida.
El sueño, empezó a hacerme el avión o la pirula, a días alternos, y yo cabezón, a la que no tenía nada que hacer pensaba en sus ojos -como claveles rojos-. En aquellos ojos que desde entonces forman parte de mi existencia.
Intenté luchar contra aquella imagen una y otra vez, pero es imposible luchar contra el destino. Su bella mirada me atravesó y dejó dentro de mí una suerte de embriagador y dulce veneno que forma parte fundamental de una experiencia poéticamente aterradora, donde mis fantasmas reaparecen una y otra vez, y la atracción por una mujer se impuso al odio que sentía por algún excompañero.
Ahora está en mi inconsciente también -éramos pocos y parió la abuela- y sin pedirme permiso.
Las reuniones en la radio eran largas y espesas, lo que no contribuía en nada a conservar lo poco que ya quedaba de mi salud.
En casa me dio un rollo monotemático con la música -blues y más blues-. El Remember bliss de John Mayall sonaba una y otra vez, como una premonición del futuro que me esperaba -agazapado sobre mi mismo y el inconsciente buscando ya su oportunidad-. Y ahora -una mañana cantarina de finales de primavera-, ya lejos de mis terrores, lo recuerdo como una alocada y triste carrera cuesta abajo, hacía la desesperación, la soledad y la locura. Rodeado de compañer@s, amig@s, canciones, con unos ojos brillando en el espejo -como azulejos- mirando a lo lejos. Inalcanzables, llorosos, solitarios, desolados y confusos, que si bien iluminaban a piñón, teñían todo a su paso de desolación, desnudándome de esperanzas, con el corazón triste y solitario -a solas con mis miedos- en la recta final de mi duro tratamiento y sin fuerzas para pensar con claridad.
Apenas recuerdo gran cosa y por un error fatal perdí gran parte de lo escrito -lo largué sin remisión al cementerio virtual-. Intercambiamos llamadas en plan raro -en un confuso código que ninguno de los dos era capaz de entender del todo-, del tipo: no quiero formar parte del circulo que te oprime, no es ése el papel que quiero jugar en tu vida ríete o te mueres eres una engreída es que estoy nerviosa a mi no me agobies me mirabas con ojos de tiburón no me hables en ese tono quiero mi rulo o algo parecido oye, que es el tratamiento ¡pues vaya tratamiento! yo soy incapaz de hacerle daño a ninguna mujer ¡pues solo faltaría!.
Algo debió de dolerle. Sé, que a veces, uso un tono frío, distante, indiferente, que hace daño. No son las palabras, sino como suenan. Ajenas a todo parecen llevar una despedida implícita.
Después de eso, sólo un mensaje en plan borde sobre mis paranoias, -cómo si yo no estuviera enterado a esas alturas- devolviéndome la frase de no quiero formar parte de. Su ¡olvídame! me partió el corazón.
Eran ojos de poeta convaleciente, solitario y frágil los que la miraban aquella desdichada tarde. Intentaba retenerlo todo con ojos apasionados y profundos -quería escribirle cuentos y en eso andaba-. Nunca lo supo mi esquiva musa.
Le dije algunas cosas que no le gustaron, pero alguien tenía que decírselas: si no te quieres tú, nunca podrás querer a nadie fue quizá el más duro comentario. Lo hice porque me importa, me duele su dolor, se parece al mío de otro tiempo.
El rulo* sigue rulando aún, como una antigua maldición en constante estado de ejecución sin acabar jamás de finalizar su sortilegio -en plan proceso informático en estado zombi-. Total, me toca comprarle uno nuevo. El original sucumbió en una primaveral y alucinante noche -sin solución ortopédica alguna- en una jam de cuatro horas contra el granito de una acera solitaria de su barrio y el mío.
Días borrosos fueron aquellos -ya tan lejanos en mi memoria-. Entre las dudas, la tristeza, el trabajo de la radio y el tratamiento, que, robándome el sueño y la tranquilidad, se iban adueñando poco a poco de mi vida.
Un mamoncete comenzó a intentar agobiarme por teléfono sistemáticamente. Primero desde su casa, y luego desde un locutorio -en un alarde de cobardía que no le conocía todavía-. Intentaba burlarse de mí situación. Tuve que desconectar el dichoso artilugio y usar el móvil únicamente.
Me alteraba los nervios, y para postre, cuando intento explicárselo a la panterita, sin saber nada del asunto, me manda un mensaje llamándome paranoico poco más o menos. Me dolió oruga.
Hoy, la madera picó a mi puerta y no estaba. Andarán con lo de la citación que ya fui a recoger. Informe al canto o algo así. ¡En fin! hoy es verbena, hasta el sábado o el lunes no habrá numerito de maderos, y que conste no los he incluido yo, ni ella, se han apuntado -querrán salir en la historia- por el morro.
Sigo con Freud y la histeria, trato de comprender y comprenderme, aunque lo mío lo tengo algo más claro, lo de ella me cuesta más. Ahora tiene miedo o se siente culpable, y si me ve pensará que quiero hacerle daño ¡qué risa! Ella sabe lo que quiero mejor que yo, y eso la preocupa ¿por qué será?
Primero pone un cebo muy difícil de rechazar -como el Padrino pero en versión femenina- y cuando ya has picado le entra miedo y pagas las culpas de su desolación, su tristeza, su dolorosa existencia.
Coche rojo, cojines rojos, posavasos rojo, estera roja, yo digo además, corazón rojo y solitario ella. Rojo, solitario, desesperanzado, triste y fuerte el mío.
Todos los tíos del planeta andaban tras ella para verle el coño, al principio no le di mayor importancia, pero me pareció oírlo en tantas ocasiones que, al final, me decía: ¡coño! Mario, seguramente tiene un coño extraordinario. Uno de esos regalos que nos da la naturaleza tan pocas veces, y tú, la diñarás sin ver tan especial legado genético, producto de miles de millones de generaciones femeninas. Total, que tuve, tengo y tendré, curiosidad por ver eso que, por lo visto, busca en ella toda la parte viril de la humanidad.
Tanta propaganda, es normal que al final te entre curiosidad masculina. A mí ya me gustaba antes de saber que albergaba un legado genético de importancia capital entre las piernas y que, al parecer, todo el mundo andaba al acecho de la dichosa joya fisiológica. Me interesaba toda entera -así que poco podía hacer-. Linda chica mi musa, hasta cuando se enfada tiene algo especial, único, al menos para mí.
Así estaba, hasta estas nimiedades se iban acumulando -en mi ya confusa vida-. Todo se incorporaba a mis preocupaciones sin poder pensar con claridad sobre ello y sin poder descartarlo de mis pensamientos. Todo fue en esa onda hasta el colapso.
Para postre, ese mes se incorporó a la fiesta un tipo pequeño y desarrapado, una especie de híbrido entre un elfo y el señor Spock. Se puso a darnos la tabarra con un desmesurado afán de hacerse notar a costa de lo que sea. Parecía Diógenes en su mejor momento, sableando a quien pillaba -el caso era pedir algo-. Andaba cambiando de vivienda cada dos meses y poniendo cara de precario crónico. Me dieron ganas de subir a la radio y cortarle las orejas en punta -por Maruja- al enanito del cuento.
Del quince de diciembre al quince de enero mis células sanguíneas bajaron en picado. Mi suerte estaba echada.
Ahora, después de la maratón pastillera -ya normalizada mi existencia-, leo y veo más el lado poético que tuvo, el miedo, la desesperación y el pánico, sólo son un mal sueño ya lejano y superado.
Un cuento urbano para reincidentes y pillados de toda condición. Para los alucinados y contradictorios seres de cuya especie formo parte. Y muy especialmente, para aquellos que, de una ú otra manera, lo vivieron y sufrieron conmigo.
* Artilugio rodante de madera para automasajearse los pies. (nota del autor)
*Fragmento del libro"Ruido de fondo".
El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.
¿Qué puedo decir del mes de febrero? Apenas tengo notas sobre el dichoso mes. Tenía la moral hecha polvo y me sumergí en las tareas de la emisora. Fueron demasiadas para las escasas fuerzas que me quedaban.
Seguí con el programa a pesar de todo, aunque triste después de la puñalada que yo mismo me di en el corazón.
Mi sangre iba desbocada hacia una anemia mortal de necesidad y el tratamiento seguía a toda pastilla -chute semanal incluido-.
Mandé un sms a la suspiros el día de su cumpleaños -no hace falta decir que, ella, no hizo lo propio tres días después que era el mío-.
Le grabé algo de música, era mi manera de decir algo que, ya entonces, era incapaz de expresar.
Más tranquilo estuve por unos días, pero viendo borroso y con el extraño presentimiento que tuve el día de mi santo -en casa de la ojos bonitos- planeando sobre mi cabeza como un buitre hambriento esperando su oportunidad.
A pesar de mis muchas otras preocupaciones no podía dejar de pensar en ella. Y fumando hierba como si me fuera en ello la vida, me decía: Mario, a la chica le falta una tuerca y a ti te empieza a faltar un tornillo -vaya par-. Ella casi no sale -enclaustrada está-, y tú cada vez puedes moverte menos, además, ya no distingues un huevo de una castaña la mitad del tiempo, y la otra mitad, con el Parkinson residual amenazando ya con quedarse a vivir de forma permanente en tu guarida.
El sueño, empezó a hacerme el avión o la pirula, a días alternos, y yo cabezón, a la que no tenía nada que hacer pensaba en sus ojos -como claveles rojos-. En aquellos ojos que desde entonces forman parte de mi existencia.
Intenté luchar contra aquella imagen una y otra vez, pero es imposible luchar contra el destino. Su bella mirada me atravesó y dejó dentro de mí una suerte de embriagador y dulce veneno que forma parte fundamental de una experiencia poéticamente aterradora, donde mis fantasmas reaparecen una y otra vez, y la atracción por una mujer se impuso al odio que sentía por algún excompañero.
Ahora está en mi inconsciente también -éramos pocos y parió la abuela- y sin pedirme permiso.
Las reuniones en la radio eran largas y espesas, lo que no contribuía en nada a conservar lo poco que ya quedaba de mi salud.
En casa me dio un rollo monotemático con la música -blues y más blues-. El Remember bliss de John Mayall sonaba una y otra vez, como una premonición del futuro que me esperaba -agazapado sobre mi mismo y el inconsciente buscando ya su oportunidad-. Y ahora -una mañana cantarina de finales de primavera-, ya lejos de mis terrores, lo recuerdo como una alocada y triste carrera cuesta abajo, hacía la desesperación, la soledad y la locura. Rodeado de compañer@s, amig@s, canciones, con unos ojos brillando en el espejo -como azulejos- mirando a lo lejos. Inalcanzables, llorosos, solitarios, desolados y confusos, que si bien iluminaban a piñón, teñían todo a su paso de desolación, desnudándome de esperanzas, con el corazón triste y solitario -a solas con mis miedos- en la recta final de mi duro tratamiento y sin fuerzas para pensar con claridad.
Apenas recuerdo gran cosa y por un error fatal perdí gran parte de lo escrito -lo largué sin remisión al cementerio virtual-. Intercambiamos llamadas en plan raro -en un confuso código que ninguno de los dos era capaz de entender del todo-, del tipo: no quiero formar parte del circulo que te oprime, no es ése el papel que quiero jugar en tu vida ríete o te mueres eres una engreída es que estoy nerviosa a mi no me agobies me mirabas con ojos de tiburón no me hables en ese tono quiero mi rulo o algo parecido oye, que es el tratamiento ¡pues vaya tratamiento! yo soy incapaz de hacerle daño a ninguna mujer ¡pues solo faltaría!.
Algo debió de dolerle. Sé, que a veces, uso un tono frío, distante, indiferente, que hace daño. No son las palabras, sino como suenan. Ajenas a todo parecen llevar una despedida implícita.
Después de eso, sólo un mensaje en plan borde sobre mis paranoias, -cómo si yo no estuviera enterado a esas alturas- devolviéndome la frase de no quiero formar parte de. Su ¡olvídame! me partió el corazón.
Eran ojos de poeta convaleciente, solitario y frágil los que la miraban aquella desdichada tarde. Intentaba retenerlo todo con ojos apasionados y profundos -quería escribirle cuentos y en eso andaba-. Nunca lo supo mi esquiva musa.
Le dije algunas cosas que no le gustaron, pero alguien tenía que decírselas: si no te quieres tú, nunca podrás querer a nadie fue quizá el más duro comentario. Lo hice porque me importa, me duele su dolor, se parece al mío de otro tiempo.
El rulo* sigue rulando aún, como una antigua maldición en constante estado de ejecución sin acabar jamás de finalizar su sortilegio -en plan proceso informático en estado zombi-. Total, me toca comprarle uno nuevo. El original sucumbió en una primaveral y alucinante noche -sin solución ortopédica alguna- en una jam de cuatro horas contra el granito de una acera solitaria de su barrio y el mío.
Días borrosos fueron aquellos -ya tan lejanos en mi memoria-. Entre las dudas, la tristeza, el trabajo de la radio y el tratamiento, que, robándome el sueño y la tranquilidad, se iban adueñando poco a poco de mi vida.
Un mamoncete comenzó a intentar agobiarme por teléfono sistemáticamente. Primero desde su casa, y luego desde un locutorio -en un alarde de cobardía que no le conocía todavía-. Intentaba burlarse de mí situación. Tuve que desconectar el dichoso artilugio y usar el móvil únicamente.
Me alteraba los nervios, y para postre, cuando intento explicárselo a la panterita, sin saber nada del asunto, me manda un mensaje llamándome paranoico poco más o menos. Me dolió oruga.
Hoy, la madera picó a mi puerta y no estaba. Andarán con lo de la citación que ya fui a recoger. Informe al canto o algo así. ¡En fin! hoy es verbena, hasta el sábado o el lunes no habrá numerito de maderos, y que conste no los he incluido yo, ni ella, se han apuntado -querrán salir en la historia- por el morro.
Sigo con Freud y la histeria, trato de comprender y comprenderme, aunque lo mío lo tengo algo más claro, lo de ella me cuesta más. Ahora tiene miedo o se siente culpable, y si me ve pensará que quiero hacerle daño ¡qué risa! Ella sabe lo que quiero mejor que yo, y eso la preocupa ¿por qué será?
Primero pone un cebo muy difícil de rechazar -como el Padrino pero en versión femenina- y cuando ya has picado le entra miedo y pagas las culpas de su desolación, su tristeza, su dolorosa existencia.
Coche rojo, cojines rojos, posavasos rojo, estera roja, yo digo además, corazón rojo y solitario ella. Rojo, solitario, desesperanzado, triste y fuerte el mío.
Todos los tíos del planeta andaban tras ella para verle el coño, al principio no le di mayor importancia, pero me pareció oírlo en tantas ocasiones que, al final, me decía: ¡coño! Mario, seguramente tiene un coño extraordinario. Uno de esos regalos que nos da la naturaleza tan pocas veces, y tú, la diñarás sin ver tan especial legado genético, producto de miles de millones de generaciones femeninas. Total, que tuve, tengo y tendré, curiosidad por ver eso que, por lo visto, busca en ella toda la parte viril de la humanidad.
Tanta propaganda, es normal que al final te entre curiosidad masculina. A mí ya me gustaba antes de saber que albergaba un legado genético de importancia capital entre las piernas y que, al parecer, todo el mundo andaba al acecho de la dichosa joya fisiológica. Me interesaba toda entera -así que poco podía hacer-. Linda chica mi musa, hasta cuando se enfada tiene algo especial, único, al menos para mí.
Así estaba, hasta estas nimiedades se iban acumulando -en mi ya confusa vida-. Todo se incorporaba a mis preocupaciones sin poder pensar con claridad sobre ello y sin poder descartarlo de mis pensamientos. Todo fue en esa onda hasta el colapso.
Para postre, ese mes se incorporó a la fiesta un tipo pequeño y desarrapado, una especie de híbrido entre un elfo y el señor Spock. Se puso a darnos la tabarra con un desmesurado afán de hacerse notar a costa de lo que sea. Parecía Diógenes en su mejor momento, sableando a quien pillaba -el caso era pedir algo-. Andaba cambiando de vivienda cada dos meses y poniendo cara de precario crónico. Me dieron ganas de subir a la radio y cortarle las orejas en punta -por Maruja- al enanito del cuento.
Del quince de diciembre al quince de enero mis células sanguíneas bajaron en picado. Mi suerte estaba echada.
Ahora, después de la maratón pastillera -ya normalizada mi existencia-, leo y veo más el lado poético que tuvo, el miedo, la desesperación y el pánico, sólo son un mal sueño ya lejano y superado.
Un cuento urbano para reincidentes y pillados de toda condición. Para los alucinados y contradictorios seres de cuya especie formo parte. Y muy especialmente, para aquellos que, de una ú otra manera, lo vivieron y sufrieron conmigo.
* Artilugio rodante de madera para automasajearse los pies. (nota del autor)
*Fragmento del libro"Ruido de fondo".
miércoles, 9 de junio de 2010
La casa encantada 2 (enero 05)*
Cuando empujé la puerta noté que algo había cambiado. Era la dueña lo diferente, porque a la gata, como pasó de mí olímpicamente, no la vi, o a lo mejor, fui yo, el que paso de ella, no sé.
En lugar de Agustina de Aragón, había una chica insegura y algo confusa. Me pareció que ella misma alimentaba su tristeza, y que el alcohol, era la llave que le daba cuerda a esa estúpida ruleta imaginaria y trágica -atrapada en su propia telaraña-.
Llevaba un pijama que le sentaba muy bien, parecía cansada y, por supuesto, como casi siempre, triste y con aspecto de no haber roto nunca un plato. Después de la tempestad viene la calma, pensé.
Cuando nuestros ojos se volvieron a encontrar, no tenía aquella mirada orgullosa y feroz, en su lugar, había una suave luz que contenía todos los atardeceres del mundo.
También la estancia era diferente, no había el voltaje de la última noche. El ecosistema, si no de armonía, si tranquilo -con cierta frialdad o desconfianza-.
Se palpa un ambiente adolescente, los miedos e inseguridades por delante. Somos muy precavidos. Yo prefería, desde luego, que no saltaran chispas como la noche anterior, cuando cruzábamos miradas cómplices.
Tenía un montón de preguntas y aclaraciones que hacerse y hacerme. Llevaba el pelo recogido, y no me di cuenta de cuando se lo soltó hasta que note sus efectos, y eso que estábamos a dos metros uno de otro -si en aquel momento caen del cielo dos paletas de ping pong, hubiéramos podido jugar unas partidas- ¡cuántas precauciones! Mal empezamos, me decía en aquel instante.
Dos metros entre los dos, y en medio, una estera, dos o tres cojines y un cenicero, ¡terreno abonado vaya! -me pareció un terreno de entrenamiento o un campo de minas, poco más o menos-. Había demasiados frentes en aquella batalla para un tipo como yo.
En realidad, no sé si quiere verme para rematar la faena -me digo, algo acojonado-. Entonces, hice algo que me costó mucho aprender, a pesar de ser tan sencillo: escucharla, con la mirada que tengo en palanca para casos difíciles y que no había tenido que usar en mucho tiempo -cada uno tiene sus recursos-, una mirada, limpia, clara y profunda.
Mientras hablaba me observaba de soslayo, dándose cuenta de que yo no perdía detalle de su voz y sus palabras, ni de los gestos que hacia con los brazos, sentada en la estera con el pelo suelto, algo más segura de sí misma -dueña ya de todo lo que había a su alrededor-. Entonces sonrió tímidamente agachando un poco la cabeza -parecía complacida-.
Mis reflejos a la hora de tratar con mujeres tan especiales están en baja forma, a pesar de no haber hecho otra cosa en mi puñetera vida.
No comprendo -o quizá si- por qué, cuando está furiosa o disgustada levanta la cabeza y, en cambio, si sonríe, se esconde entre el pelo. De todas maneras, no vi esa sonrisa hasta el final.
Esta mujer siempre se las apaña de alguna manera para dejarme indefenso.
*Fragmanto del libro "Ruido de fondo".
En lugar de Agustina de Aragón, había una chica insegura y algo confusa. Me pareció que ella misma alimentaba su tristeza, y que el alcohol, era la llave que le daba cuerda a esa estúpida ruleta imaginaria y trágica -atrapada en su propia telaraña-.
Llevaba un pijama que le sentaba muy bien, parecía cansada y, por supuesto, como casi siempre, triste y con aspecto de no haber roto nunca un plato. Después de la tempestad viene la calma, pensé.
Cuando nuestros ojos se volvieron a encontrar, no tenía aquella mirada orgullosa y feroz, en su lugar, había una suave luz que contenía todos los atardeceres del mundo.
También la estancia era diferente, no había el voltaje de la última noche. El ecosistema, si no de armonía, si tranquilo -con cierta frialdad o desconfianza-.
Se palpa un ambiente adolescente, los miedos e inseguridades por delante. Somos muy precavidos. Yo prefería, desde luego, que no saltaran chispas como la noche anterior, cuando cruzábamos miradas cómplices.
Tenía un montón de preguntas y aclaraciones que hacerse y hacerme. Llevaba el pelo recogido, y no me di cuenta de cuando se lo soltó hasta que note sus efectos, y eso que estábamos a dos metros uno de otro -si en aquel momento caen del cielo dos paletas de ping pong, hubiéramos podido jugar unas partidas- ¡cuántas precauciones! Mal empezamos, me decía en aquel instante.
Dos metros entre los dos, y en medio, una estera, dos o tres cojines y un cenicero, ¡terreno abonado vaya! -me pareció un terreno de entrenamiento o un campo de minas, poco más o menos-. Había demasiados frentes en aquella batalla para un tipo como yo.
En realidad, no sé si quiere verme para rematar la faena -me digo, algo acojonado-. Entonces, hice algo que me costó mucho aprender, a pesar de ser tan sencillo: escucharla, con la mirada que tengo en palanca para casos difíciles y que no había tenido que usar en mucho tiempo -cada uno tiene sus recursos-, una mirada, limpia, clara y profunda.
Mientras hablaba me observaba de soslayo, dándose cuenta de que yo no perdía detalle de su voz y sus palabras, ni de los gestos que hacia con los brazos, sentada en la estera con el pelo suelto, algo más segura de sí misma -dueña ya de todo lo que había a su alrededor-. Entonces sonrió tímidamente agachando un poco la cabeza -parecía complacida-.
Mis reflejos a la hora de tratar con mujeres tan especiales están en baja forma, a pesar de no haber hecho otra cosa en mi puñetera vida.
No comprendo -o quizá si- por qué, cuando está furiosa o disgustada levanta la cabeza y, en cambio, si sonríe, se esconde entre el pelo. De todas maneras, no vi esa sonrisa hasta el final.
Esta mujer siempre se las apaña de alguna manera para dejarme indefenso.
*Fragmanto del libro "Ruido de fondo".
martes, 1 de junio de 2010
La década del desencanto
Los pactos de la Moncloa, que certificaron el abandono de la izquierda de cualquier tipo de solución rupturista, fueron el pistoletazo de salida, la semilla del desencanto. El fin de las esperanzas puestas en la llamada izquierda parlamentaria se fraguó en aquél pacto que, de hecho, en primera instancia, tuvo a los partidos llamados de izquierdas y a sus respectivas correas de transmisión, es decir, a las élites de los mal llamados sindicatos mayoritarios -que, en su mayoría, únicamente aspiraban a ser activos profesionales del sindicalismo- como primeros, y casi únicos, beneficiarios. Serían los encargados de reconducir a la clase trabajadora por el camino "correcto". Para todo lo demás habría que esperar. Y así nos fue…
La gran mayoría de polígonos de viviendas, construidos a toda prisa en las periferias de las grandes ciudades del país durante las dos décadas anteriores, eran páramos desolados. Rodeados de ratas, autopistas y descampados, sin transportes urbanos, o, en el infrecuente caso de que los hubiera, estos eran ridículamente insuficientes, sin planificación, sin servicios… Barrios millonarios en sin… Auténticas fábricas de marginados. Y, a pesar de los cambios políticos habidos en la década anterior, así seguían a principios de los ochenta, y así siguieron durante mucho, mucho tiempo, y, aún hoy, después de tantos años, palabras como Servicios Sociales me siguen sonando a cruel sarcasmo.
Al salir de CCCB, después de una larga visita a la exposición dedicada a los quinquis de los 80, mis emociones navegaban entre el recuerdo de mi rebeldía juvenil, las frustraciones de los años de la llamada transición, y mi búsqueda de la felicidad y el olvido.
Después de aquel ochentero y magnífico viaje por las vidas de los más excluidos de la década, sentí aversión y fascinación, y, en un instante, me poseyó un profundo resentimiento…
No quería irme de allí con aquel mal rollo. La exposición realmente era buena. No se merecía eso.
Me senté en una de las terrazas de delante del MACBA, y pedí cerveza y olivas. En cuanto el camarero me trajo la consumición, saqué de mi bolsa un porrito liado, lo encendí, y, al levantar la vista, me encontré leyendo una pintada: VUESTROS CULOS SERÁN MÍOS…
La década del desencanto comenzó para mí en el año 1979. Cuando los álgidos momentos de la transición daban sus últimos y apagados coletazos.
Con la izquierda parlamentaria y sus respectivas correas de transmisión bien apoltronados, la izquierda extraparlamentaria, entre un batiburrillo de siglas y compitiendo unos con otros, en un baile interminable de propuestas políticas cada vez más surrealistas, y los anarquistas, utilizando a la renacida CNT para reavivar trasnochadas diferencias, en lugar de prepararse para el futuro. El panorama era desalentador.
Demasiado para un militante veinteañero que llevaba desde los dieciséis preparándose para ser sindicalista. Lo dejé como otros muchos.
A este fenómeno se le vino a llamar desencanto.
A partir de aquel año, gran parte de la juventud militante barcelonesa se dedicó a divertirse, ligar y pillar colocones.
A esta juventud se le aplicó el despectivo epíteto de pasotas.
En las cárceles, los presos organizados en la C.O.P.E.L. se iban agotando entre motines, autolesiones, peticiones de amnistía, huelgas de hambre, fugas, palizas, kundas y celdas de castigo.
Las energías desatadas tras la muerte del dictador se fueron disipando lentamente. La Barcelona trasgresora, creativa, luchadora, capital cultural del país, que atrajo a artistas de todas partes, fue marchitándose poco a poco, y, a primeros de los ochenta, con Jordi Pujol ya instalado en la plaza Sant Jaume, se potenció una suerte de provincianismo cultural estrecho de miras que fue desplazando progresivamente al arte comprometido e independiente.
La cultura de la subvención había comenzado. A raíz de esto, gran parte de la naciente y pequeña industria cultural independiente acabó en la capital de España, donde parecían correr mejores tiempos para estas pequeñas industrias.
Mientras tanto, la heroína, que hasta la muerte del dictador había circulado de forma muy restringida, comenzó a correr por todas partes. Afectó a todas las clases sociales, pero, debido a los factores socioeconómicos, fue en los barrios más humildes donde causó más estragos.
En muchos barrios llegó a ser más fácil pillar caballo que hachís. El por qué sucedió esto justo entonces siempre me pareció sospechoso. La policía parecía no darse cuenta de algo tan evidente.
Un par de años más tarde, tanta relajación pasaría factura. En los barrios más humildes la juventud comenzó a delinquir para pagarse la adicción. Aquella droga acabó convirtiéndose en una epidemia que destrozó vidas y familias.
Un problema social de gran magnitud para el que, como casi siempre, las autoridades supuestamente competentes no estaban preparadas. Las pilló en bragas, y costó mucho tiempo articular servicios convenientemente preparados y dotados.
Los atracos a bancos y los robos en farmacias se pusieron de moda. Y, a falta de otra cosa, las prisiones se fueron saturando de adictos que no tenían por qué haber llegado hasta allí.
Las interminables colas en las oficinas de empleo se convirtieron en un lugar idóneo para ligar.
Los fines de semana el casco antiguo rebullía de gente (sobre todo jóvenes), y el barrio chino, si sabías moverte un poco, era el mejor lugar para pillar cualquier cosa.
La crisis económica se fue agudizando a medida que avanzaba el decenio, y el progresivo desmantelamiento de las grandes industrias relacionadas con la siderurgia convirtieron el país en un polvorín.
La lista sería inacabable. Los conflictos en minas, astilleros, altos hornos… etc. recorrieron la península como un reguero de pólvora, dejando tras de si un desalentador paisaje de luchas obreras perdidas y batallas campales con la policía.
Las interminables hogueras de la década se fueron apagando, y la ciudad se tiñó de gris mortecino. Un gris que ya no abandonaría Barcelona en mucho tiempo...
Los gritos del camarero me sacaron de mi ensueño. Discutía airadamente con unos jóvenes sentados cinco o seis mesas más allá de la mía. Por lo visto habían intentado largarse sin pagar.
Una traviesa mirada se apoderó de mi rostro. Recogí mis cosas, me levanté, y con mucha parsimonia, dejé, a modo de pago, una chapa libertaria encima de la mesa y, con una vieja sonrisa de colmillo, pasé por delante del grupo y me perdí por una oscura calleja camino de las Ramblas.
La gran mayoría de polígonos de viviendas, construidos a toda prisa en las periferias de las grandes ciudades del país durante las dos décadas anteriores, eran páramos desolados. Rodeados de ratas, autopistas y descampados, sin transportes urbanos, o, en el infrecuente caso de que los hubiera, estos eran ridículamente insuficientes, sin planificación, sin servicios… Barrios millonarios en sin… Auténticas fábricas de marginados. Y, a pesar de los cambios políticos habidos en la década anterior, así seguían a principios de los ochenta, y así siguieron durante mucho, mucho tiempo, y, aún hoy, después de tantos años, palabras como Servicios Sociales me siguen sonando a cruel sarcasmo.
Al salir de CCCB, después de una larga visita a la exposición dedicada a los quinquis de los 80, mis emociones navegaban entre el recuerdo de mi rebeldía juvenil, las frustraciones de los años de la llamada transición, y mi búsqueda de la felicidad y el olvido.
Después de aquel ochentero y magnífico viaje por las vidas de los más excluidos de la década, sentí aversión y fascinación, y, en un instante, me poseyó un profundo resentimiento…
No quería irme de allí con aquel mal rollo. La exposición realmente era buena. No se merecía eso.
Me senté en una de las terrazas de delante del MACBA, y pedí cerveza y olivas. En cuanto el camarero me trajo la consumición, saqué de mi bolsa un porrito liado, lo encendí, y, al levantar la vista, me encontré leyendo una pintada: VUESTROS CULOS SERÁN MÍOS…
La década del desencanto comenzó para mí en el año 1979. Cuando los álgidos momentos de la transición daban sus últimos y apagados coletazos.
Con la izquierda parlamentaria y sus respectivas correas de transmisión bien apoltronados, la izquierda extraparlamentaria, entre un batiburrillo de siglas y compitiendo unos con otros, en un baile interminable de propuestas políticas cada vez más surrealistas, y los anarquistas, utilizando a la renacida CNT para reavivar trasnochadas diferencias, en lugar de prepararse para el futuro. El panorama era desalentador.
Demasiado para un militante veinteañero que llevaba desde los dieciséis preparándose para ser sindicalista. Lo dejé como otros muchos.
A este fenómeno se le vino a llamar desencanto.
A partir de aquel año, gran parte de la juventud militante barcelonesa se dedicó a divertirse, ligar y pillar colocones.
A esta juventud se le aplicó el despectivo epíteto de pasotas.
En las cárceles, los presos organizados en la C.O.P.E.L. se iban agotando entre motines, autolesiones, peticiones de amnistía, huelgas de hambre, fugas, palizas, kundas y celdas de castigo.
Las energías desatadas tras la muerte del dictador se fueron disipando lentamente. La Barcelona trasgresora, creativa, luchadora, capital cultural del país, que atrajo a artistas de todas partes, fue marchitándose poco a poco, y, a primeros de los ochenta, con Jordi Pujol ya instalado en la plaza Sant Jaume, se potenció una suerte de provincianismo cultural estrecho de miras que fue desplazando progresivamente al arte comprometido e independiente.
La cultura de la subvención había comenzado. A raíz de esto, gran parte de la naciente y pequeña industria cultural independiente acabó en la capital de España, donde parecían correr mejores tiempos para estas pequeñas industrias.
Mientras tanto, la heroína, que hasta la muerte del dictador había circulado de forma muy restringida, comenzó a correr por todas partes. Afectó a todas las clases sociales, pero, debido a los factores socioeconómicos, fue en los barrios más humildes donde causó más estragos.
En muchos barrios llegó a ser más fácil pillar caballo que hachís. El por qué sucedió esto justo entonces siempre me pareció sospechoso. La policía parecía no darse cuenta de algo tan evidente.
Un par de años más tarde, tanta relajación pasaría factura. En los barrios más humildes la juventud comenzó a delinquir para pagarse la adicción. Aquella droga acabó convirtiéndose en una epidemia que destrozó vidas y familias.
Un problema social de gran magnitud para el que, como casi siempre, las autoridades supuestamente competentes no estaban preparadas. Las pilló en bragas, y costó mucho tiempo articular servicios convenientemente preparados y dotados.
Los atracos a bancos y los robos en farmacias se pusieron de moda. Y, a falta de otra cosa, las prisiones se fueron saturando de adictos que no tenían por qué haber llegado hasta allí.
Las interminables colas en las oficinas de empleo se convirtieron en un lugar idóneo para ligar.
Los fines de semana el casco antiguo rebullía de gente (sobre todo jóvenes), y el barrio chino, si sabías moverte un poco, era el mejor lugar para pillar cualquier cosa.
La crisis económica se fue agudizando a medida que avanzaba el decenio, y el progresivo desmantelamiento de las grandes industrias relacionadas con la siderurgia convirtieron el país en un polvorín.
La lista sería inacabable. Los conflictos en minas, astilleros, altos hornos… etc. recorrieron la península como un reguero de pólvora, dejando tras de si un desalentador paisaje de luchas obreras perdidas y batallas campales con la policía.
Las interminables hogueras de la década se fueron apagando, y la ciudad se tiñó de gris mortecino. Un gris que ya no abandonaría Barcelona en mucho tiempo...
Los gritos del camarero me sacaron de mi ensueño. Discutía airadamente con unos jóvenes sentados cinco o seis mesas más allá de la mía. Por lo visto habían intentado largarse sin pagar.
Una traviesa mirada se apoderó de mi rostro. Recogí mis cosas, me levanté, y con mucha parsimonia, dejé, a modo de pago, una chapa libertaria encima de la mesa y, con una vieja sonrisa de colmillo, pasé por delante del grupo y me perdí por una oscura calleja camino de las Ramblas.
lunes, 26 de abril de 2010
Multas. multas. multas...
"En una plaza de Prospe, de cuyo nombre no quiero acordarme, navega, aun con mal tiempo, un poeta suspicaz. De ojos claros y astutos, sonrisa fácil, pelo cano, bolígrafo de gel, ordenador diminuto y gorra pertinaz…
¡Coño! Se me ha ido la flapa -efectos secundarios de la semana del libro sin duda.
Lo más chungo que, en mucho tiempo, aterrizó en mi buzón, ocurrió hace cinco años… Fue un vale de descuento para el servicio de pompas fúnebres, que, en las especiales e irrepetibles circunstancias que vivía en aquellos tenebrosos tiempos, me sonó a complot entre la sanidad pública y los servicios funerarios. Se pasaban información, fijo.
¡En fin! Desde entonces hasta hoy, sólo llegaban a mi domicilio facturas y propaganda, que, aunque parezca mentira, es lo mejor que te puede pasar.
Hasta que una mañana de mediados de primavera, las negras alas de nuestra administración más próxima, cual siniestro heraldo, dejaron en mi buzón, como el que no quiere la cosa, una lluvia, torrencial y cara, de multas.
Unas, contra la ordenanza del medio ambiente urbano. Otras, contra un oscuro precepto, que, en resumen, y copiándolo textualmente, viene a decir: Precepto 47.1 Conv O.M. Per fomentar i garantir la convivencia.
¿Os queda claro? Pues a mi tampoco.
Oscuras reglas de una inacabable normativa cívica que, de antemano, cuando se aprobó, todo el mundo era consciente de que para no incumplir ningún precepto había que estar clínicamente muerto o ser anacoreta.
Una noche te piden la documentación, y, mes y medio después, te llega a casa un bonito ramillete de surtidas e inventadas multas invernales de las que no tenías ni idea.
Me transportó a otro tiempo… Tiempo de abusos de autoridad, de tufo a miedo, a campos de concentración, a garrote vil.
¿Por qué se intenta acogotar, a base de multas, a una persona que participa activamente en la vida cultural y asociativa del distrito de Nou Barris?
Larga pregunta para la que no tengo respuesta.
Sinceramente, creo que a los funcionarios municipales no les debería faltar el trabajo. Así, evitaríamos que los más inquietos y creativos funcionarios tuvieran tiempo libre que dedicar a falacias de ánimo represivo y espíritu recaudatorio.
Por no hablar del nefasto desperdicio que significa canalizar las energías creativas intentando putear a los sufridos contribuyentes, en lugar invertirlas en realizar alguna obra de arte que sirviera al resto de ciudadanos, y a ellos mismos, de cultural esparcimiento.
Nunca había tenido la oportunidad de ejercitar mis escasas habilidades literarias en el árido campo del recurso administrativo y exculpante, pero…, después de un póker de sanciones inventadas, que no estaba dispuesto a pagar, no me quedó más remedio.
El preciso y directo lenguaje burocrático, tan ajeno a los dispendios metafóricos, no da para muchas alegrías literarias. Todo un reto para el que no estaba preparado.
Pregunté. Pedí consejo. Me informé, y, poco después, ya tenía en las manos el primer borrador que, todo hay que decirlo, salió cargado de alegóricas ironías y con las fechas equivocadas, pues, en mi precipitación, había confundido la fecha de las sanciones con la de la imposición de las mismas.
El primer asalto lo había ganado la burocracia. Pero no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente. Una vez establecida la verdadera fecha de mi supuesta, nocturna, alcohólica, coral y pública fiesta, tuve que comenzar de nuevo el trabajo.
En aquel instante, la idea de declararme insolvente, es decir, la más sencilla y cómoda de mis opciones, me salió al paso. Pero era casi lo mismo que asumir unos actos que no habían tenido lugar.
¡Y una mierda! -exclamé para mis adentros.
Eran tiempos agitados en las cercanías de los equipamientos municipales de Prosperitat, donde, en grupos de a ocho, solían aparecer los agentes guardia urbana dispuestos a joder la marrana.
Todo un excesivo, nefasto y represivo despliegue que, en realidad, todavía no sé qué objetivos perseguía.
¿Buscarían ahuyentar a los ciudadanos de dichos equipamientos, cuando era el mismo municipio el que los había dispuesto para uso y disfrute de los contribuyentes? ¿Esquizofrenia municipal? ¿Delirio estalinista? ¿Retorcida venganza funcionarial? ¿Paranoia administrativa corriente y moliente?
Como iba diciendo: ya tenía casi listo mi segundo intento de recurso administrativo, cuando me di cuenta de que para que éste tuviera toda la eficacia que el caso requería me faltaban los vocablos del conciso lenguaje legal.
No hubo más remedio que recurrir a un amigo abogado en busca de aquellos precisos términos de los que no disponía y del asesoramiento legal correspondiente.
Pasamos una primaveral mañana en su casa del Maresme. Yo lo adiestré en la germinación y cuidado de las plantas de marihuana, y él me puso al día en todo lo concerniente a recursos administrativos que, dado su oficio de picapleitos, tenía por la mano, y que yo tanto necesitaba. Todo un intercambio cultural.
Para entonces habían transcurrido dos semanas. Dos largas semanas de fallidos escritos consecutivos y mala leche. El tiempo apremiaba… pero ya disponía de un organigrama de la estrategia a seguir y de información suficiente y eficaz.
Dividí el recurso en dos partes, según las franjas horarias de mis supuestas infracciones, y las ataqué de dos en dos y por orden cronológico. Unas de medianoche, otras de madrugada. Sin duda, era la mejor opción estratégica.
Así comenzó mi tercera redacción del pliego de descargo, que, sin prisa ni pausa, se iba perfilando y puliendo en mi entorno narrativo y descartante.
(Lástima que los recursos administrativos no puedan llevar una banda sonora que amplíe y refuerce el mensaje. Hubiera sido un interesante ejercicio buscar un par de temas que acompañasen y pusieran unas pinceladas musicales al aburrido lenguaje burocrático en el que me hallaba inmerso).
Cuando, tres días antes de que finalizara el plazo para la presentación de los recursos, daba los últimos retoques a la cuarta edición de los dos pequeños textos, suspiré aliviado. Había currado como un enano, pero estaba contento y satisfecho.
Remití los textos a los compañeros del Casal de Barri y a mi amigo abogado. Sólo faltaba ir a buscar los impresos correspondientes y esperar las respuestas a mis emilios. Aquí también hubo movida, pues al llegar a casa después de recoger los impresos, me di cuenta de que me habían endilgado impresos para recurrir multas de tráfico. Vuelta al Consell del Districte. Otro pateo en busca de los genuinos formularios.
Por fin, la tarde anterior a la expiración del plazo, tenía en mi poder todos los elementos que necesitaba para encarar los textos definitivos. Pero, por aquel día, estaba hasta los huevos de burocracia y decidí irme a dormir tempranito y terminar de componer el puzzle al día siguiente.
La mañana del último día del plazo me senté ante el ordenador y me pasé una horita componiendo y revisando los dos pliegos. La jungla burocrática no había podido conmigo.
Tras tres cuartos de hora en una cola municipal, tenía en las manos lo que tanto ansiaba desde hacía semanas. Unas bonitas hojas de color asalmonado que certificaban la presentación de los documentos dentro del plazo correspondiente…"
¡Plop! Desperté sudando y con diarrea ¡Qué pesadilla!
Se acercan las fiestas… Así que dense por avisadas vuesas mercedes. Anden ojo avizor por si ven aparecer en el horizonte un nutrido grupo de corchetes municipales y… ¡Feliz Fiesta Mayor!
¡Coño! Se me ha ido la flapa -efectos secundarios de la semana del libro sin duda.
Lo más chungo que, en mucho tiempo, aterrizó en mi buzón, ocurrió hace cinco años… Fue un vale de descuento para el servicio de pompas fúnebres, que, en las especiales e irrepetibles circunstancias que vivía en aquellos tenebrosos tiempos, me sonó a complot entre la sanidad pública y los servicios funerarios. Se pasaban información, fijo.
¡En fin! Desde entonces hasta hoy, sólo llegaban a mi domicilio facturas y propaganda, que, aunque parezca mentira, es lo mejor que te puede pasar.
Hasta que una mañana de mediados de primavera, las negras alas de nuestra administración más próxima, cual siniestro heraldo, dejaron en mi buzón, como el que no quiere la cosa, una lluvia, torrencial y cara, de multas.
Unas, contra la ordenanza del medio ambiente urbano. Otras, contra un oscuro precepto, que, en resumen, y copiándolo textualmente, viene a decir: Precepto 47.1 Conv O.M. Per fomentar i garantir la convivencia.
¿Os queda claro? Pues a mi tampoco.
Oscuras reglas de una inacabable normativa cívica que, de antemano, cuando se aprobó, todo el mundo era consciente de que para no incumplir ningún precepto había que estar clínicamente muerto o ser anacoreta.
Una noche te piden la documentación, y, mes y medio después, te llega a casa un bonito ramillete de surtidas e inventadas multas invernales de las que no tenías ni idea.
Me transportó a otro tiempo… Tiempo de abusos de autoridad, de tufo a miedo, a campos de concentración, a garrote vil.
¿Por qué se intenta acogotar, a base de multas, a una persona que participa activamente en la vida cultural y asociativa del distrito de Nou Barris?
Larga pregunta para la que no tengo respuesta.
Sinceramente, creo que a los funcionarios municipales no les debería faltar el trabajo. Así, evitaríamos que los más inquietos y creativos funcionarios tuvieran tiempo libre que dedicar a falacias de ánimo represivo y espíritu recaudatorio.
Por no hablar del nefasto desperdicio que significa canalizar las energías creativas intentando putear a los sufridos contribuyentes, en lugar invertirlas en realizar alguna obra de arte que sirviera al resto de ciudadanos, y a ellos mismos, de cultural esparcimiento.
Nunca había tenido la oportunidad de ejercitar mis escasas habilidades literarias en el árido campo del recurso administrativo y exculpante, pero…, después de un póker de sanciones inventadas, que no estaba dispuesto a pagar, no me quedó más remedio.
El preciso y directo lenguaje burocrático, tan ajeno a los dispendios metafóricos, no da para muchas alegrías literarias. Todo un reto para el que no estaba preparado.
Pregunté. Pedí consejo. Me informé, y, poco después, ya tenía en las manos el primer borrador que, todo hay que decirlo, salió cargado de alegóricas ironías y con las fechas equivocadas, pues, en mi precipitación, había confundido la fecha de las sanciones con la de la imposición de las mismas.
El primer asalto lo había ganado la burocracia. Pero no estaba dispuesto a rendirme tan fácilmente. Una vez establecida la verdadera fecha de mi supuesta, nocturna, alcohólica, coral y pública fiesta, tuve que comenzar de nuevo el trabajo.
En aquel instante, la idea de declararme insolvente, es decir, la más sencilla y cómoda de mis opciones, me salió al paso. Pero era casi lo mismo que asumir unos actos que no habían tenido lugar.
¡Y una mierda! -exclamé para mis adentros.
Eran tiempos agitados en las cercanías de los equipamientos municipales de Prosperitat, donde, en grupos de a ocho, solían aparecer los agentes guardia urbana dispuestos a joder la marrana.
Todo un excesivo, nefasto y represivo despliegue que, en realidad, todavía no sé qué objetivos perseguía.
¿Buscarían ahuyentar a los ciudadanos de dichos equipamientos, cuando era el mismo municipio el que los había dispuesto para uso y disfrute de los contribuyentes? ¿Esquizofrenia municipal? ¿Delirio estalinista? ¿Retorcida venganza funcionarial? ¿Paranoia administrativa corriente y moliente?
Como iba diciendo: ya tenía casi listo mi segundo intento de recurso administrativo, cuando me di cuenta de que para que éste tuviera toda la eficacia que el caso requería me faltaban los vocablos del conciso lenguaje legal.
No hubo más remedio que recurrir a un amigo abogado en busca de aquellos precisos términos de los que no disponía y del asesoramiento legal correspondiente.
Pasamos una primaveral mañana en su casa del Maresme. Yo lo adiestré en la germinación y cuidado de las plantas de marihuana, y él me puso al día en todo lo concerniente a recursos administrativos que, dado su oficio de picapleitos, tenía por la mano, y que yo tanto necesitaba. Todo un intercambio cultural.
Para entonces habían transcurrido dos semanas. Dos largas semanas de fallidos escritos consecutivos y mala leche. El tiempo apremiaba… pero ya disponía de un organigrama de la estrategia a seguir y de información suficiente y eficaz.
Dividí el recurso en dos partes, según las franjas horarias de mis supuestas infracciones, y las ataqué de dos en dos y por orden cronológico. Unas de medianoche, otras de madrugada. Sin duda, era la mejor opción estratégica.
Así comenzó mi tercera redacción del pliego de descargo, que, sin prisa ni pausa, se iba perfilando y puliendo en mi entorno narrativo y descartante.
(Lástima que los recursos administrativos no puedan llevar una banda sonora que amplíe y refuerce el mensaje. Hubiera sido un interesante ejercicio buscar un par de temas que acompañasen y pusieran unas pinceladas musicales al aburrido lenguaje burocrático en el que me hallaba inmerso).
Cuando, tres días antes de que finalizara el plazo para la presentación de los recursos, daba los últimos retoques a la cuarta edición de los dos pequeños textos, suspiré aliviado. Había currado como un enano, pero estaba contento y satisfecho.
Remití los textos a los compañeros del Casal de Barri y a mi amigo abogado. Sólo faltaba ir a buscar los impresos correspondientes y esperar las respuestas a mis emilios. Aquí también hubo movida, pues al llegar a casa después de recoger los impresos, me di cuenta de que me habían endilgado impresos para recurrir multas de tráfico. Vuelta al Consell del Districte. Otro pateo en busca de los genuinos formularios.
Por fin, la tarde anterior a la expiración del plazo, tenía en mi poder todos los elementos que necesitaba para encarar los textos definitivos. Pero, por aquel día, estaba hasta los huevos de burocracia y decidí irme a dormir tempranito y terminar de componer el puzzle al día siguiente.
La mañana del último día del plazo me senté ante el ordenador y me pasé una horita componiendo y revisando los dos pliegos. La jungla burocrática no había podido conmigo.
Tras tres cuartos de hora en una cola municipal, tenía en las manos lo que tanto ansiaba desde hacía semanas. Unas bonitas hojas de color asalmonado que certificaban la presentación de los documentos dentro del plazo correspondiente…"
¡Plop! Desperté sudando y con diarrea ¡Qué pesadilla!
Se acercan las fiestas… Así que dense por avisadas vuesas mercedes. Anden ojo avizor por si ven aparecer en el horizonte un nutrido grupo de corchetes municipales y… ¡Feliz Fiesta Mayor!
miércoles, 14 de abril de 2010
Autoretrato (enero 06)
Pasamos los primeros veinte años de nuestra vida decidiendo qué partes de nosotros mismos debemos meter en el saco y ocupamos el resto tratando de vaciarlo.
Robert Bly. Encuentro con la sombra. Pág. 98.
Sal en los labios. Pimienta y asfalto en el paladar. Eléctricos y ácidos pinchazos, como agujas atrapadas en un árbol milenario. Sabor de menta almidonada en la garganta, donde se mueven alfileres a la velocidad de la luz. Los ojos centelleantes, de un tono displicente, desvaído, como si buscaran todavía la luz que ya tienen, que ocultan muchas veces, sólo por pura y simple malicia, o quizá pura exhibición de colores.
Rayos, truenos, se lanzan como una luz eterna, primitiva, capaz de agujerear almas duras, aceradas.
Miradas como serpientes luminosas, diamantinas, afilan sus colmillos en las imágenes que transpiran las farolas, el sol, el mar. Luces frías, como premisas nunca resueltas, devuelve el espejo, al mirar distraídamente mis tres ojos al afeitarme. Rasuro el mundo mientras lo hago. Le arranco la enmascarada y oscura mirada durante la delicada y pueril tarea.
Acero y mierda, basura metálica, vulgar, sin brillos ni luces, como una orgánica cadena de un gris maloliente que se pudre al sol.
La multitud observa al pasar a su lado, se siente atraída de forma malévola y repulsiva. El muerto levanta un dedo y grita: quiero arroz, sólo arroz, agua y saludos.
Visitas al interior de mis ojos, como un turista extranjero que, por un instante, se ve a si mismo vuelto del revés, iluminado por un haz de luz oscuro, introvertido, curioso y penetrante a la vez.
Recorre su rostro con la cuchilla, recogiendo nieve salpicada de puntos negros, como semillas de opio entre cúmulos espesos y blancos.
La sonrisa en el cálido rostro, resplandeciente, como una danza ancestral, enérgica, primitiva, desmesurada. Luminosa y eterna se extiende en toda su potencia. Hace reír, se ríe de si mismo, de todo.
Pasea su alma entre vidas ajenas. Dando vistazos cortos, rotundos. Oliendo, lamiendo todo lo que encuentra a su paso. Sacando a la expresión toda su arcaica fuerza, su luz primordial, con una energía, un vigor, que sólo la tierra seca y polvorienta es capaz de reflejar.
Luz, esa luz brillante y audaz, ligeramente azul, con finos y fugaces reflejos turquesa, teñidos, en ocasiones, de un breve hálito gris espumoso. Donde el sol se abre paso como una delicada y suave melodía marinera. La luz de su viejo y esperanzado mar, su mar, el mar mediterráneo.
El espejo devuelve entonces una nueva faz, surcada de arrugas y cicatrices, producto del tiempo y la vida a partes iguales. Los ojos recuperan un cambiante azul que disfraza su tono, como el azul del mar. Ora algo verdoso, ora azul profundo, a veces, salpicado de grises leves y metálicos, plomizos tonos que alternan brillos con los formidables e inquietos rayos de sol.
Sus labios, como su boca, amplios y sensuales, siempre andan a la búsqueda de besos inalcanzables, lejanos. Anhelan una boca soñada, real, labios, ojos que absorban su luz y su mirada.
Una risa franca, tronante, sale resuelta de su interior a la menor oportunidad. Mirando siempre a su alrededor buscando un rostro, unos ojos donde sumergirse y nadar, bucear almas femeninas, mundos insondables donde suele perderse y encontrarse. Rostro de superviviente, de vagabundo de infinitos paisajes.
Me veo a mí mismo como si fuera otro. Diapositivas pasan ante el espejo, distintas, iguales, consecutivas, y río. Río ante el calidoscopio de gestos, miradas, poses, que corren fugaces ante la mirada atónita, mientras se reconoce en mil lugares cuando se limpia la cara de jabón.
La imagen, juguetona, hace guiños, como un felino camuflado en mil rostros que son el mismo, visto de cerca, de lejos, de perfil, audaz y temerario, débil y escurridizo, amistoso, duro, y en algunas ocasiones, casi feroz, como un leopardo en una cacería que, sin embargo, sonríe plácidamente mientras espera a su presa sin buscarla, sin planearlo.
Mientras tanto, con movimientos ágiles y furtivos, contempla el mundo maravillado, curioso, con una traviesa curiosidad infantil, inocente, sin edad.
Robert Bly. Encuentro con la sombra. Pág. 98.
Sal en los labios. Pimienta y asfalto en el paladar. Eléctricos y ácidos pinchazos, como agujas atrapadas en un árbol milenario. Sabor de menta almidonada en la garganta, donde se mueven alfileres a la velocidad de la luz. Los ojos centelleantes, de un tono displicente, desvaído, como si buscaran todavía la luz que ya tienen, que ocultan muchas veces, sólo por pura y simple malicia, o quizá pura exhibición de colores.
Rayos, truenos, se lanzan como una luz eterna, primitiva, capaz de agujerear almas duras, aceradas.
Miradas como serpientes luminosas, diamantinas, afilan sus colmillos en las imágenes que transpiran las farolas, el sol, el mar. Luces frías, como premisas nunca resueltas, devuelve el espejo, al mirar distraídamente mis tres ojos al afeitarme. Rasuro el mundo mientras lo hago. Le arranco la enmascarada y oscura mirada durante la delicada y pueril tarea.
Acero y mierda, basura metálica, vulgar, sin brillos ni luces, como una orgánica cadena de un gris maloliente que se pudre al sol.
La multitud observa al pasar a su lado, se siente atraída de forma malévola y repulsiva. El muerto levanta un dedo y grita: quiero arroz, sólo arroz, agua y saludos.
Visitas al interior de mis ojos, como un turista extranjero que, por un instante, se ve a si mismo vuelto del revés, iluminado por un haz de luz oscuro, introvertido, curioso y penetrante a la vez.
Recorre su rostro con la cuchilla, recogiendo nieve salpicada de puntos negros, como semillas de opio entre cúmulos espesos y blancos.
La sonrisa en el cálido rostro, resplandeciente, como una danza ancestral, enérgica, primitiva, desmesurada. Luminosa y eterna se extiende en toda su potencia. Hace reír, se ríe de si mismo, de todo.
Pasea su alma entre vidas ajenas. Dando vistazos cortos, rotundos. Oliendo, lamiendo todo lo que encuentra a su paso. Sacando a la expresión toda su arcaica fuerza, su luz primordial, con una energía, un vigor, que sólo la tierra seca y polvorienta es capaz de reflejar.
Luz, esa luz brillante y audaz, ligeramente azul, con finos y fugaces reflejos turquesa, teñidos, en ocasiones, de un breve hálito gris espumoso. Donde el sol se abre paso como una delicada y suave melodía marinera. La luz de su viejo y esperanzado mar, su mar, el mar mediterráneo.
El espejo devuelve entonces una nueva faz, surcada de arrugas y cicatrices, producto del tiempo y la vida a partes iguales. Los ojos recuperan un cambiante azul que disfraza su tono, como el azul del mar. Ora algo verdoso, ora azul profundo, a veces, salpicado de grises leves y metálicos, plomizos tonos que alternan brillos con los formidables e inquietos rayos de sol.
Sus labios, como su boca, amplios y sensuales, siempre andan a la búsqueda de besos inalcanzables, lejanos. Anhelan una boca soñada, real, labios, ojos que absorban su luz y su mirada.
Una risa franca, tronante, sale resuelta de su interior a la menor oportunidad. Mirando siempre a su alrededor buscando un rostro, unos ojos donde sumergirse y nadar, bucear almas femeninas, mundos insondables donde suele perderse y encontrarse. Rostro de superviviente, de vagabundo de infinitos paisajes.
Me veo a mí mismo como si fuera otro. Diapositivas pasan ante el espejo, distintas, iguales, consecutivas, y río. Río ante el calidoscopio de gestos, miradas, poses, que corren fugaces ante la mirada atónita, mientras se reconoce en mil lugares cuando se limpia la cara de jabón.
La imagen, juguetona, hace guiños, como un felino camuflado en mil rostros que son el mismo, visto de cerca, de lejos, de perfil, audaz y temerario, débil y escurridizo, amistoso, duro, y en algunas ocasiones, casi feroz, como un leopardo en una cacería que, sin embargo, sonríe plácidamente mientras espera a su presa sin buscarla, sin planearlo.
Mientras tanto, con movimientos ágiles y furtivos, contempla el mundo maravillado, curioso, con una traviesa curiosidad infantil, inocente, sin edad.
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