lunes, 14 de junio de 2010

Febrero (05)*

Comprendiendo que Ulises no se libraría, esa noche de narrar su Odisea, dijo Esteban a Sofia: “tráeme una botella de vino del mas corriente, y pon a refrescar otra para luego, porque el relato será largo.
El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.


¿Qué puedo decir del mes de febrero? Apenas tengo notas sobre el dichoso mes. Tenía la moral hecha polvo y me sumergí en las tareas de la emisora. Fueron demasiadas para las escasas fuerzas que me quedaban.
Seguí con el programa a pesar de todo, aunque triste después de la puñalada que yo mismo me di en el corazón. 
Mi sangre iba desbocada hacia una anemia mortal de necesidad y el tratamiento seguía a toda pastilla -chute semanal incluido-. 
Mandé un sms a la “suspiros” el día de su cumpleaños -no hace falta decir que, ella, no hizo lo propio tres días después que era el mío-. 
Le grabé algo de música, era mi manera de decir algo que, ya entonces, era incapaz de expresar. 
Más tranquilo estuve por unos días, pero viendo borroso y con el extraño presentimiento que tuve el día de mi santo -en casa de la ojos bonitos- planeando sobre mi cabeza como un buitre hambriento esperando su oportunidad. 
A pesar de mis muchas otras preocupaciones no podía dejar de pensar en ella.  Y fumando hierba como si me fuera en ello la vida, me decía: Mario, a la chica le falta una tuerca y a ti te empieza a faltar un tornillo -vaya par-. Ella casi no sale -enclaustrada está-, y tú cada vez puedes moverte menos, además, ya no distingues un huevo de una castaña la mitad del tiempo, y la otra mitad, con el Parkinson residual amenazando ya con quedarse a vivir de forma permanente en tu guarida.
El sueño, empezó a hacerme el avión o la pirula, a días alternos, y yo cabezón, a la que no tenía nada que hacer pensaba en sus ojos -como claveles rojos-. En aquellos ojos que desde entonces forman parte de mi existencia. 
Intenté luchar contra aquella imagen una y otra vez, pero es imposible luchar contra el destino. Su bella mirada me atravesó y dejó dentro de mí una suerte de embriagador y dulce veneno que forma parte fundamental de una experiencia poéticamente aterradora, donde mis fantasmas reaparecen una y otra vez, y la atracción por una mujer se impuso al odio que sentía por algún excompañero. 
Ahora está en mi inconsciente también -éramos pocos y parió la abuela- y sin pedirme permiso.
Las reuniones en la radio eran largas y espesas, lo que no contribuía en nada a conservar lo poco que ya quedaba de mi salud. 
En casa me dio un rollo monotemático con la música -blues y más blues-. El “Remember bliss” de John Mayall sonaba una y otra vez, como una premonición del futuro que me esperaba -agazapado sobre mi mismo y el inconsciente buscando ya su oportunidad-. Y ahora -una mañana cantarina de finales de primavera-, ya lejos de mis terrores, lo recuerdo como una alocada y triste carrera cuesta abajo, hacía la desesperación, la soledad y la locura. Rodeado de compañer@s, amig@s, canciones, con unos ojos brillando en el espejo -como azulejos- mirando a lo lejos. Inalcanzables, llorosos, solitarios, desolados y confusos, que si bien iluminaban a piñón, teñían todo a su paso de desolación, desnudándome de esperanzas, con el corazón triste y solitario -a solas con mis miedos- en la recta final de mi duro tratamiento y sin fuerzas para pensar con claridad.
Apenas recuerdo gran cosa y por un error fatal perdí gran parte de lo escrito    -lo largué sin remisión al cementerio virtual-. Intercambiamos llamadas en plan raro -en un confuso código que ninguno de los dos era capaz de entender del todo-, del tipo: “no quiero formar parte del circulo que te oprime, no es ése el papel que quiero jugar en tu vida” “ ríete o te mueres” “eres una engreída” “es que estoy nerviosa” “a mi no me agobies” “me mirabas con ojos de tiburón” “no me hables en ese tono” “quiero mi rulo o algo parecido” “oye, que es el tratamiento” “¡pues vaya tratamiento!” “yo soy incapaz de hacerle daño a ninguna mujer” “¡pues solo faltaría!”. 
Algo debió de dolerle. Sé, que a veces, uso un tono frío, distante, indiferente, que hace daño. No son las palabras, sino como suenan. Ajenas a todo parecen llevar una despedida implícita. 
Después de eso, sólo un mensaje en plan borde sobre mis paranoias, -cómo si yo no estuviera enterado a esas alturas- devolviéndome la frase de “no quiero formar parte de”. Su “¡olvídame!” me partió el corazón. 
Eran ojos de poeta convaleciente, solitario y frágil los que la miraban aquella desdichada tarde. Intentaba retenerlo todo con ojos apasionados y profundos   -quería escribirle cuentos y en eso andaba-. Nunca lo supo mi esquiva musa. 
Le dije algunas cosas que no le gustaron, pero alguien tenía que decírselas: “si no te quieres tú, nunca podrás querer a nadie” fue quizá el más duro comentario. Lo hice porque me importa, me duele su dolor, se parece al mío de otro tiempo.
El rulo* sigue rulando aún, como una antigua maldición en constante estado de ejecución sin acabar jamás de finalizar su sortilegio -en plan proceso informático en estado zombi-. Total, me toca comprarle uno nuevo. El original sucumbió en una primaveral y alucinante noche -sin solución ortopédica alguna- en una “jam” de cuatro horas contra el granito de una acera solitaria de su barrio y el mío.
Días borrosos fueron aquellos -ya tan lejanos en mi memoria-. Entre las dudas, la tristeza, el trabajo de la radio y el tratamiento, que, robándome el sueño y la tranquilidad, se iban adueñando poco a poco de mi vida.
Un mamoncete comenzó a intentar agobiarme por teléfono sistemáticamente. Primero desde su casa, y luego desde un locutorio -en un alarde de cobardía que no le conocía todavía-. Intentaba burlarse de mí situación. Tuve que desconectar el dichoso artilugio y usar el móvil únicamente. 
Me alteraba los nervios, y para postre, cuando intento explicárselo a la panterita, sin saber nada del asunto, me manda un mensaje llamándome paranoico poco más o menos. Me dolió oruga.
Hoy, la madera picó a mi puerta y no estaba. Andarán con lo de la citación que ya fui a recoger. Informe al canto o algo así. ¡En fin! hoy es verbena, hasta el sábado o el lunes no habrá numerito de maderos, y que conste no los he incluido yo, ni ella, se han apuntado -querrán salir en la historia- por el morro.
Sigo con Freud y la histeria, trato de comprender y comprenderme, aunque lo mío lo tengo algo más claro, lo de ella me cuesta más. Ahora tiene miedo o se siente culpable, y si me ve pensará que quiero hacerle daño ¡qué risa! Ella sabe lo que quiero mejor que yo, y eso la preocupa ¿por qué será? 
Primero pone un cebo muy difícil de rechazar -como el Padrino pero en versión femenina- y cuando ya has picado le entra miedo y pagas las culpas de su desolación, su tristeza, su dolorosa existencia.
Coche rojo, cojines rojos, posavasos rojo, estera roja, yo digo además, corazón rojo y solitario ella. Rojo, solitario, desesperanzado, triste y fuerte el mío.
Todos los tíos del planeta andaban tras ella para verle el coño, al principio no le di mayor importancia, pero me pareció oírlo en tantas ocasiones que, al final, me decía: ¡coño! Mario, seguramente tiene un coño extraordinario. Uno de esos regalos que nos da la naturaleza tan pocas veces, y tú, la diñarás sin ver tan especial legado genético, producto de miles de millones de generaciones femeninas. Total, que tuve, tengo y tendré, curiosidad por ver eso que, por lo visto, busca en ella toda la parte viril de la humanidad. 
Tanta propaganda, es normal que al final te entre curiosidad masculina. A mí ya me gustaba antes de saber que albergaba un legado genético de importancia capital entre las piernas y que, al parecer, todo el mundo andaba al acecho de la dichosa joya fisiológica. Me interesaba toda entera -así que poco podía hacer-. Linda chica mi musa, hasta cuando se enfada tiene algo especial, único, al menos para mí. 
Así estaba, hasta estas nimiedades se iban acumulando -en mi ya confusa vida-. Todo se incorporaba a mis preocupaciones sin poder pensar con claridad sobre ello y sin poder descartarlo de mis pensamientos. Todo fue en esa onda hasta el colapso.
Para postre, ese mes se incorporó a la fiesta un tipo pequeño y desarrapado, una especie de híbrido entre un elfo y el señor Spock. Se puso a darnos la tabarra con un desmesurado afán de hacerse notar a costa de lo que sea. Parecía Diógenes en su mejor momento, sableando a quien pillaba -el caso era pedir algo-. Andaba cambiando de vivienda cada dos meses y poniendo cara de precario crónico. Me dieron ganas de subir a la radio y cortarle las orejas en punta -por Maruja- al enanito del cuento. 
Del quince de diciembre al quince de enero mis células sanguíneas bajaron en picado. Mi suerte estaba echada.
Ahora, después de la maratón pastillera -ya normalizada mi existencia-, leo y veo más el lado poético que tuvo, el miedo, la desesperación y el pánico, sólo son un mal sueño ya lejano y superado. 
Un cuento urbano para reincidentes y pillados de toda condición. Para los alucinados y contradictorios seres de cuya especie formo parte. Y muy especialmente, para aquellos que, de una ú otra manera, lo vivieron y sufrieron conmigo.

* Artilugio rodante de madera para automasajearse los pies.  (nota del autor)  


*Fragmento del libro"Ruido de fondo".