domingo, 20 de junio de 2010

¡Pobre conejito blanco! (receta friki)

Estaba haciéndome el papeo cuando me he acordado de alguien. Hoy, la manduca es un experimento:
Quería aprovechar unos caracoles pasados de picante –regalo de un gallego medio druida- que tenía en el congelador desde hacía tiempo…
Me puse a trocear un conejito...
Veréis… cuando me acuerdo del pobre conejito blanco, que le sirlé, con jaula y todo, a una niña de 6 años, el -tan señalado para los infantes- día de Reyes, me pongo muy triste ¡Pobre conejito blanco!
Eso sí, lo aproveché todo. La jaula se la vendí a un funcionario de prisiones obsesionado con su trabajo, y con la piel me hice un gorrito de cazador a lo David Crockett. Me lo pongo cuando subo a la montaña. Así también se da una vuelta el pobre conejito…
Lo he pasado por la sartén. Un salteo breve, pero intenso, y lo he retirado.
Luego lo de siempre:
Cebolla picada, ajo, pimiento verde y rojo y zanahoria… chup, chup.
Después de fumarme un petardo, mientras las verduras, a fuego lento, se revolcaban en una ardiente orgía dentro de la cazuela de barro, he separado los caracoles de su salsa… Ha sido entonces cuando he empezado a sospechar…
¿Y si ese cabrón me los dio envenenados con algún siniestro alucinógeno?
“Tienen mucho picante, pero están cojonudos” -me aseguró, al endilgarme el tapergüare con los caracoles. Me endiña el taper y se pira de vacaciones…
Pues si, la salsa de los caracoles, rebajada con un poco de agua, a la cazuela.
Los Ilegales, Rosendo, Los Suaves, Leño… Estoy convencido de que si le pones música cañera el conejo sale más tierno… ¡Pobre conejito blanco!
Lo cogí por las patas traseras y lo desnuqué de un solo golpe contra el marco de una puerta. Ni se enteró.
Con el rollo del alucinógeno se me ha olvidado comentar que, un poco antes de meter los caracoles, había puesto el conejito de nuevo en la cazuela.
A la media hora pruebo de sal… Los aromas no se han hermanado aún, y me parece que el sabor no está del todo equilibrado. Poco a conejo…
En ese momento, me he acordado de unas usadas bragas chinas que guardo en el cajoncito azul, por un instante, me he visto sonreír mientras las metía dentro de la salsa… pero… no sé por qué, enseguida lo he descartado. No puedo renunciar a ese recuerdo. Pero un toque estaría bien… ¡Pobre conejito blanco!
Tengo la sensación de que el conjunto está pillando un color un poco raro…
Me asaltan las dudas con respecto al resultado final. El sabor, por un lado, que no me termina de convencer y, por otro, el responsable de los caracoles se ha dado el piro por si acaso…
Mientras le doy unos meneos a la cazuela me acuerdo de Kasti, “El Químico”. Estará harto de bocata pinchos… Sonrío, es temprano y hay comida de sobra. Tengo tiempo de invitarlo.
Si los caracoles están dopados hasta los cuernos sólo él dispone de los  conocimientos suficientes para salir de un infierno… Le comunicaré mis sospechas después de papear y a ver qué pasa. ¡Pobre conejito blanco!
Al guiso le quedan diez minutos. El momento de mayor riesgo… Hay que probar un invento para darle el toque que le falta a la salsa.
Voy al cajoncito azul, cojo un pequeño sobre de plástico de cierre hermético que conservo con ardor… Saco unos pocos cabellos negros, cortos y rizados, muy rizados. Selecciono unos cuantos y los deposito en la tabla…
Con mucho cuidado, vuelvo a dejar el vello restante dentro del sobre y lo guardo en el cajoncito azul.
Con un cuchillo japonés, que compré con la Vanguardia del domingo pasado, pico fino, muy fino, la seña de una feminidad. Se la echo el guiso… Chup… chup. Lo tapo, bajo el fuego y... en cinco minutos listo.
¡Pobre conejito blanco!