sábado, 26 de junio de 2010

Siesta*

Quizás los dragones que amenazan nuestra vida
no sean sino princesas anhelantes
qué sólo aguardan
un indicio de nuestra apostura y valentía.
Quizás en lo más hondo
lo que más terrible nos parece
sólo ansía nuestro amor.
Rainer Maria Rilke.



Playa semidesierta. Tarde de verano. Suave brisa. El calor es muy agradable y el sol no abrasa, sólo mece tibiamente mi cuerpo. Estoy desnudo, y el mar suena como una nana de la infancia -adormeciendo mis sentidos-. 
Al fondo una embarcación a vela surca el horizonte. Navega grácil y ligera, parece saltar por encima de las olas. No distingo sus líneas en la distancia, pero remonta las pequeñas olas con soltura adolescente. Sus velas se agitan con la brisa. La misma brisa que siento en el rostro. Tendido en la arena bajo una sombra artificiosa.
Avanza frente a mi -va más rápido de lo que parece-. A ratos, todas sus velas se despliegan con energía, en ese momento, sé que una racha de viento duro la atrapa y la impulsa hacia delante con decisión. Al principio toda la embarcación titubea. Imagino entonces al patrón cambiando alguna vela de posición, porque de pronto, todas sus velas recobran la soltura y la embarcación retoma su rumbo a gran velocidad. Parece la reina del mar.
Un instante después alguien se tumba cerca de mí, y unos pequeños pies aparecen a tres centímetros de mi rostro mientras una cálida voz de mujer dice: no te gustan tanto, pues ahí los tienes. 
No me lo pienso, cojo el izquierdo con las dos manos y juego con sus dedos y con cuidado de no hacerle cosquillas le agarro el tobillo y comienzo a chupar lentamente su dedo gordo (sabe a mandarina y limón). 
Tengo una mano libre, así que se pone en marcha. La acaricio entre los dedos y la lengua se mueve alrededor del contorno de su dedo mayor mientras mis labios suben y bajan muy despacio sobre ese bonito terminal sensible. Le acaricio el tobillo, entonces oigo un dulce suspiro, y la cálida voz me dice: eres muy cariñoso -no lo sabes tu bien encanto-. 
Le paso la lengua lentamente entre los dedos y los succiono despacio. Es muy sensual, y la propietaria no se queja. Mis manos para entonces acarician su tobillo. La lengua, como una serpiente húmeda y caliente, avanza poco a poco por su geografía podal. Se desliza por su empeine arriba y abajo una y otra vez mientras la dueña anda fumándose un petardo que atufa a un kilómetro. 
Está desnuda. Lo sé. Mis manos y lengua comienzan a subir poco a poco desde su bello tobillo. Entonces retira bruscamente el pie. ¡No corras tanto! ahora el otro, dice una voz. 
Fue como hacérselo con gemelas. Le mordía suavemente los tobillos. La acariciaba entre los dedos. Me los metía en la boca mientras ella, juguetona, los movía con cuidado, complacida al parecer. 
Se da la vuelta suavemente -ahora esta boca abajo- y empiezo de nuevo. Esta vez tendón de Aquiles arriba, poco a poco (empiezo a dudar, no se si tendré saliva para todo). 
Mi lengua asciende, sube y baja, y sigue hacía arriba por su cuenta y riesgo. Lo mismo hacen las manos: Acarician sus corvas mientras mi lengua avanza inexorable por ellas -flota en el ambiente un olor a protector solar con limón- hasta que me detengo justo detrás de sus rodillas. Es un sitio de lo más sensible y sensual. Mis manos ya acarician la parte inferior de sus muslos. Oigo un apagado suspiro de placer. 
Voy despacio. Lo hago a conciencia, nada de chapuzas. La lamo toda y sigo subiendo despacio hacía mi objetivo. Sus piernas están relajadas mientras las lamo una y otra vez. A medio muslo me coge la cabeza y se da la vuelta. Ahora está boca arriba. Sigo besándolos por la cara interior -en plan ascensión montañera-. El olor de su sexo me envuelve. Estoy acabando con los muslos cuando abre las piernas. Me arrastro un poco más arriba. Ya tengo a mi alcance su sexo, y, me digo: no necesita nada de propaganda -llévalo en secreto-. 
Delicadamente, entierro mis labios entre sus piernas -sin prisa Mario sin prisa-Sus jugos más íntimos inundan de sabor mis labios -una jaima en el desierto de su piel- y la lengua se pierde por sus pliegues mientras ella abre un poco más las piernas para que no me deje ningún rincón sin explorar. Gime un poquito, o más bien ronronea. 
Siento como los músculos de su vientre se tensan, y comienzo a notar un temblor casi imperceptible. Su lindo cuerpo comienza a vibrar poco a poco, y una voz acaramelada y dulce, me dice: ni se te ocurra pararte ahora.
¡Plop! ¡joder oruga! volví a llenar de babas la funda de la almohada.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".