lunes, 21 de junio de 2010

28 de junio*

Oruga, son las cinco de la madrugada y aquí me tienes otra vez. Como un adicto en pleno éxtasis. Oigo a Rosendo con Leño y comprendo por qué no le gustó. Me parto de risa ¡qué desilusión! Descuélgate del estante, y si te quieres venir, hay una plaza vacante...etc.
Ayer, pasó por la plaza una de mis enfermeras preferidas de la maldita 6ª planta. Maria, morena y simpática. Conocida mayormente por formar parte del coro vocal del conocido grupo de “rock sanitario” de finales de los noventa, “Dr. Krespo y las Vampiras”. 
Todavía las recuerdo bailando y haciendo girar sendos fonendos a ritmo de rock' n' roll. Lupe -rubia con el pelo corto y gafas a lo Martirio- aparece con su bata blanca tradicional. Es la más rápida aguja en mano -te abre una vía y te enteras tres días después-. 
Cuelgan de sus micros botellas de suero fisiológico. Siempre dispuestas a sacarle una muestra de sangre a cualquiera a la que se despiste. Quién no recuerda su último trabajo: “hepatitis c”. 
El dr. Krespo: bata blanca hasta las rodillas, chupa de cuero negro y gafas de sol a lo Peter Punk -sin duda para disimular su parecido con el Ibarreche-. Estuvo en las listas de ventas cincuenta semanas -según la revista “Rolling Stone” de la época-. 
Nos saludamos con mucha cordialidad y pregunta. Bien, descansando de verdad -le cuento-. Haces mejor cara me dice -por supuesto, le cuento-. Hasta tengo todo el pelo que me corresponde genéticamente hablando. Mi sentido del humor tardará algún tiempo más en quedarse conmigo definitivamente. Jugará al volei playa en la plaza -la enfermera-. No me lo pienso perder.
Las dos Evas vienen a mi memoria “Retrato” y “On the road”. Dos caras de una linda, frágil y desafortunada moneda, lanzada al aire de la vida, que gira sin cesar -sin decantarse nunca-. Gira en el aire una y otra vez, con una suave cadencia, ingrávida y distante. A lo lejos, miro el espectáculo y sonrío junto a mi impotencia. 
Oruga, la vida a veces es así -hay que andarse con ojo-. Las tragedias son el pan nuestro de cada día. Nuestra faz, a veces sublime y mágica, reducida a su más ínfima condición, la soledad, esa soledad profunda e íntima -que nos aleja de la realidad-. Se puede padecer a pesar de no estar solo. Se adueña de nuestra existencia a la menor oportunidad, y cubre con su manto rutinario, triste y polvoriento, nuestra vida, donde la incertidumbre y el miedo se adueñan de las frágiles criaturas que por este mundo andamos -con más voluntad que fortuna-. Guárdate Eva de esa emoción. Es capaz de teñir de gris tus días más hermosos y quedarse en tu garito -como una alimaña- alimentándose de tus sentimientos más alegres y bellos, robándote la sonrisa y la vida sin compasión.