miércoles, 23 de junio de 2010

The end*

Las verdaderas intenciones por las que el depredador comenzó a escribir todavía se ignoran. Conociéndolo como lo conozco, seguro que ese cabrito tenía más de una.
A veces me sorprende incluso a mí, que convivo con él desde intuí que existía... ¿cuándo se detendrá?
Saltó como un autómata del Tibidabo cuando yo empecé a ver rojo -por lo visto él también me conoce de algo-.
El cuento de navidad es una breve imagen de la que se avecinaba. Como el grito lejano de un viejo compañero “cazador de cabelleras” autoritarias de otro tiempo. Y de paso, aprovechando el tirón y la oportunidad, le metí unas dosis simbólicas de temporada. 
Mi actitud cambió impulsada por aquel viejo resorte -ya no me dejo arrebatar nada más, a poco que pueda evitarlo-. En ese instante, caí en la cuenta de que existía el depredador -de hecho siempre estuvo allí- y ocupó -por medio de algún extraño sortilegio- mi lugar ante el ordenador. Trabajó por mí, y además, se las arregló para montar el pollo en una consulta de la que tuve que rescatarlo “in extremis” -con el viejo truco de la puerta trasera- cuando se oían ya sirenas a lo lejos.
Hay amig@s y compañer@s que aparecen y desaparecen. Hay también, guiños y chistes particulares para algunos de ellos repartidos a todo lo largo del trabajo -algún personaje, incluso salta de uno a otro por la patilla- que espero rían, primero a solas, y después los intercambien.
Algún guiño pasará desapercibido, y seguro que algún otro sólo hará reír a una persona -era para ella, que lo sepa-.
Los cuentos del depredador se entrecruzan en el tiempo con los de la casa encantada. Saltando de unos a otros fui -cual cojo saltimbanqui- adelante y atrás -corrigiendo o actualizando, ya no lo recuerdo-. Así he pasado mis duras horas navideñas de soledad, frustración e impotencia. 
La casa encantada es una aproximación a un corazón solitario. Tampoco sé el de quién, si el suyo o el mío, o quizás ambas cosas.
Comenzó por ser un humilde intento de provocar risas en alguien a quién recordaba especialmente por su sonrisa, y que el azar volvió a cruzar en mi camino. 
Esa parte de los cuentos son quizá el lado femenino, mío o del depredador, no lo sé.
Son una mirada profunda, sincera y breve, a veces dura, a veces divertida, otras asustada, pero sobre todo, escritos con corazón y algo de mala leche.
Un mal día, me sorprendí a mí mismo buscando adverbios, personajes y adjetivos para articular las imágenes intensas y fugaces que regresaban una y otra vez a mi memoria. Así que los volqué como los sentí, desde el corazón -algo de eso quedó en el papel- y no le hizo demasiada gracia a su destinataria.
Punto y aparte. El “On the road”, donde el relato se torna chispeante y divertido -un requisito previo que me impuse-, pretendía ser un breve homenaje a la “Beat Generation”, de la que me siento en parte heredero cultural, y tratar de hacer –si no reír- al menos sonreír, a la protagonista y musa de gran parte de los cuentos.
Ya no recuerdo con cuantos propósitos comencé, ni los que se fueron apuntando sobre la marcha, al despiste y por el morro ¡en fin! fueron múltiples y combinados. Yo entreveo varios -sólo los más evidentes-. Esto último, lo dejo caer con la mala intención de complicarle el trabajo al listillo de turno, que, desde hace rato, está intentando hacerme el perfil psicológico -todavía no terminé y ya busco otras presas literarias-.
En general, la mirada siempre subjetiva y directa en primera persona, o no, donde las cosas se cuentan mientras suceden, o no, tiene cierto ritmo de novela negra, salvo el “On the road” por razones evidentes.
Algo hay en ellos de algunos de los autores por los que siento una especial predilección y me han hecho vivir momentos increíbles:
Vázquez  Montalbán, la escena de la nevera “El estrangulador”.
De Keruac, por supuesto “On the road” y “Vagabundos del “Dharma”.
De Raimond Chandler, “La hermana pequeña”.
De Luís Mateo Díez, maestro en el lenguaje de los años fríos, tristes, raídos y polvorientos de nuestra posguerra, “El expediente del naufrago”.
De Joseph Conrad, el mar y la aventura, “La línea de sombra” y “El agente secreto”.
De Burrouhgs, “Naked lunch” y “Ciudades de la noche roja”. El viejo Bill no podía faltar.
¡En fin! ahí van algunos. Quizás el único mérito del autor ha sido digerirlos y traer de nuevo esas palabras al papel -cual mago con chistera, niño con mecano o punki de vomitona- aunque algo más desordenadas y confusas.
Después, su trabajo, simplemente consistió en enfrentarlas y buscar cómo trabar de otra manera todas ellas, y darles otro uso, humor, color, sentido, intención, ritmo, velocidad, y de paso, intentar cambiar con ellas, cuentos, por sonrisas.
Desearía haberlo conseguido.
Telaraña o laberinto tanto monta.



*Fragmento del libro" Ruido de fondo".