martes, 1 de junio de 2010

La década del desencanto

Los pactos de la Moncloa, que certificaron el abandono de la izquierda de cualquier tipo de solución rupturista, fueron el pistoletazo de salida, la semilla del desencanto. El fin de las esperanzas puestas en la llamada izquierda parlamentaria se fraguó en aquél pacto que, de hecho, en primera instancia, tuvo a los partidos llamados de izquierdas y a sus respectivas correas de transmisión, es decir, a las élites de los mal llamados sindicatos mayoritarios -que, en su mayoría, únicamente aspiraban a ser activos profesionales del sindicalismo-  como primeros, y casi únicos, beneficiarios. Serían los encargados de reconducir a la clase trabajadora por el camino "correcto". Para todo lo demás habría que esperar. Y así nos fue…
La gran mayoría de polígonos de viviendas, construidos a toda prisa en las periferias de las grandes ciudades del país durante las dos décadas anteriores, eran páramos desolados. Rodeados de ratas, autopistas y descampados, sin transportes urbanos, o, en el infrecuente caso de que los hubiera, estos eran ridículamente insuficientes, sin planificación, sin servicios… Barrios millonarios en sin… Auténticas fábricas de marginados. Y, a pesar de los cambios políticos habidos en la década anterior, así seguían a principios de los ochenta, y así siguieron durante mucho, mucho tiempo, y, aún hoy, después de tantos años, palabras como Servicios Sociales me siguen sonando a cruel sarcasmo.
Al salir de CCCB, después de una larga visita a la exposición dedicada a los quinquis de los 80, mis emociones navegaban entre el recuerdo de mi rebeldía juvenil, las frustraciones de los años de la llamada transición, y mi búsqueda de la felicidad y el olvido.
Después de aquel ochentero y magnífico viaje por las vidas de los más excluidos de la década, sentí aversión y fascinación, y, en un instante, me poseyó un profundo resentimiento…
No quería irme de allí con aquel mal rollo. La exposición realmente era buena. No se merecía eso.
Me senté en una de las terrazas de delante del MACBA, y pedí cerveza y olivas. En cuanto el camarero me trajo la consumición, saqué de mi bolsa un porrito liado, lo encendí, y, al levantar la vista, me encontré leyendo una pintada: VUESTROS CULOS SERÁN MÍOS…

La década del desencanto comenzó para mí en el año 1979. Cuando los álgidos momentos de la transición daban sus últimos y apagados coletazos.
Con la izquierda parlamentaria y sus respectivas correas de transmisión bien apoltronados, la izquierda extraparlamentaria, entre un batiburrillo de siglas y compitiendo unos con otros, en un baile interminable de propuestas políticas cada vez más surrealistas, y los anarquistas, utilizando a la renacida CNT  para reavivar trasnochadas diferencias, en lugar de prepararse para el futuro. El panorama era desalentador.
Demasiado para un militante veinteañero que llevaba desde los dieciséis preparándose para ser sindicalista. Lo dejé como otros muchos.
A este fenómeno se le vino a llamar desencanto.
A partir de aquel año, gran parte de la juventud militante barcelonesa se dedicó a divertirse, ligar y pillar colocones.
A esta juventud se le aplicó el despectivo epíteto de pasotas.
En las cárceles, los presos organizados en la C.O.P.E.L. se iban agotando entre motines, autolesiones, peticiones de amnistía, huelgas de hambre, fugas, palizas, kundas y celdas de castigo.
Las energías desatadas tras la muerte del dictador se fueron disipando lentamente. La Barcelona trasgresora, creativa, luchadora, capital cultural del país, que atrajo a artistas de todas partes, fue marchitándose poco a poco, y, a primeros de los ochenta, con Jordi Pujol ya instalado en la plaza Sant Jaume, se potenció una suerte de provincianismo cultural estrecho de miras que fue desplazando progresivamente al arte comprometido e independiente.
La cultura de la subvención había comenzado. A raíz de esto, gran parte de la naciente y pequeña industria cultural independiente acabó en la capital de España, donde parecían correr mejores tiempos para estas pequeñas industrias.
Mientras tanto, la heroína, que hasta la muerte del dictador había circulado de forma muy restringida, comenzó a correr por todas partes. Afectó a todas las clases sociales, pero, debido a los factores socioeconómicos, fue en los barrios más humildes donde causó más estragos.
En muchos barrios llegó a ser más fácil pillar caballo que hachís. El por qué sucedió esto justo entonces siempre me pareció sospechoso. La policía parecía no darse cuenta de algo tan evidente.
Un par de años más tarde, tanta relajación pasaría factura. En los barrios más humildes la juventud comenzó a delinquir para pagarse la adicción.  Aquella droga acabó convirtiéndose en una epidemia que destrozó vidas y familias.
Un problema social de gran magnitud para el que, como casi siempre, las autoridades supuestamente competentes no estaban preparadas. Las pilló en bragas, y costó mucho tiempo articular servicios convenientemente preparados y dotados.
Los atracos a bancos y los robos en farmacias se pusieron de moda. Y, a falta de otra cosa, las prisiones se fueron saturando de adictos que no tenían por qué haber llegado hasta allí.
Las interminables colas en las oficinas de empleo se convirtieron en un lugar idóneo para ligar.
Los fines de semana el casco antiguo rebullía de gente (sobre todo jóvenes), y el barrio chino, si sabías moverte un poco, era el mejor lugar para pillar cualquier cosa.
La crisis económica se fue agudizando a medida que avanzaba el decenio, y el progresivo desmantelamiento de las grandes industrias relacionadas con la siderurgia convirtieron el país en un polvorín.
La lista sería inacabable. Los conflictos en minas, astilleros, altos hornos… etc. recorrieron la península como un reguero de pólvora, dejando tras de si un desalentador paisaje de luchas obreras perdidas y batallas campales con la policía.
Las interminables hogueras de la década se fueron apagando, y la ciudad se tiñó de gris mortecino. Un gris que ya no abandonaría Barcelona en mucho tiempo...

Los gritos del camarero me sacaron de mi ensueño. Discutía airadamente con unos jóvenes sentados cinco o seis mesas más allá de la mía. Por lo visto habían intentado largarse sin pagar.
Una traviesa mirada se apoderó de mi rostro. Recogí mis cosas, me levanté, y con mucha parsimonia, dejé, a modo de pago, una chapa libertaria encima de la mesa y, con una vieja sonrisa de colmillo, pasé por delante del grupo y me perdí por una oscura calleja camino de las Ramblas.