martes, 22 de junio de 2010

3 de julio*

Hay un solano que te mueres oruga. Esta mañana ha sido de biblioterapia. Ya sabes, gestalt oruga, mucha gestalt he tenido que padecer.
Hoy, hablé con Ángel de Contrabanda, de su libro, de los cuentos -todavía no acabó la corrección-. De mi “pelotazo” le cuento que ya está resuelto, y le pregunto si se notó en la entrevista que grabamos para el documental -me cuenta que no-. Al parecer está todo bien -menos mal-. Ahora sería incapaz de repetir aquella mítica hazaña. Fue el último esfuerzo que tuve que hacer antes de que se me fuera la pelota.
Un hecho interesante: una alucinación condicionó todo mi cuelgue posterior. Fue gracias al caramelo de miel y limón, la sufrida, bella y triste flor de invernadero -mal sitio para una flor mediterránea-. ¡No sabes llamar! gritó, y le enseñé el caramelo. Se enfadó -qué raro-. ¡El caramelo te lo comes tú!
Qué más quisiera yo, pensé. Me reconocí, sabía donde vivía ella, pero no bien quién era yo.
Asomada al balcón la vi con sus bonitos hombros desnudos. Estaba jodidamente guapa a pesar de todas sus desdichas. Vi a su madre detrás de ella, sentada, con el pelo blanco y vestida de negro.
Regresó su nombre de nuevo a mi mente -era mi Eva-. El nombre de mi frágil y delicada musa. Oí entonces una voz que me decía: Mario, cada día está más guapa esta mujer, y que ojazos.
Tuve envidia de las gafas que dice tiene para leer, me hubiera cambiado por ellas. Por un momento hasta pensé que había quitado el numero del portal por complicarme más la vida.
Allí me quedé, pasmado, mirando hacía arriba mientras desaparecía en su torreón, ingrávida, inalcanzable y distante, con una sombra negra de mal agüero sobre ella -sobre mí-. ¿Qué tienes, amor?
Fue la última vez que vi cara a cara a la flor del atardecer -es su mejor momento-. Eran la cinco y cuarto cuando conseguí llegar a mi casa sin titubeos. Un rato de paz antes de que todo volviera a comenzar.
Tiempo después, tuve que situarme en la misma posición, justo en el mismo sitio, y mirar hacía arriba -era imposible-, desde aquel lugar no podía ver a nadie que estuviera sentado detrás de ella. Eso fue una alucinación en segundo plano oruga. Era miércoles –igual que el último día que subí a su garito-, como te lo cuento.
A las ocho de la tarde vino Trivi -habíamos quedado. No lo recordaba, o quizá si, pero me era imposible encontrar un par de calcetines parejos.
Cuando empujó la puerta andaba en eso. Calcetines por todos lados formaban parte esencial de la decoración caótica desplegada a mí alrededor -una trinchera era todo aquello para mí-. Lo miro y le digo: “las he pasado canutas. Anduve una maratón y estoy seco, pero soy incapaz de salir solo. Me voy tío, me voy”. Salimos a la calle.
Iba algo mareado y confuso, con una depre total y absoluta, desorientado. Cogimos un taxi hasta el bar de Edelmiro -yo seguía con mi rollo: me voy tío, me voy-. Me pareció que ponía la cara de psicólogo mientras me iba echando vistazos de cuando en cuando -me costaba interpretar sus miradas-.
Cenamos mientras le cuento mi empanada, de alguna manera, para mí aquello era una despedida en toda regla, y mejor que con mi más viejo amigo imposible.
Por si hay que irse, le digo una y otra vez -entre 0.0 y 0.0-, o habrá que irse -Luís Mateo Díez total-. Me animó bastante -había salido lúgubre y denso- y estaba contento.
Quizá no quise que mí viejo amigo me viera desesperado mientras me despedía de la vida. Observaba cada detalle a mi alrededor como quién le hecha el ultimo vistazo al mundo -esa última imagen antes de la noche definitiva-. Pensaba: hay que morirse, pues se valiente. Que tu amigo no te vea desesperado. Sonríe, haz chistes, que guarde un recuerdo alegre, al menos él (23 de marzo oruga).
Al día siguiente hice la llamada que no deseaba hacer. Llamé a mi madre y le dije, a mí pesar, que vinieran a buscarme -mala solución-. No tenía ganas de aguantar al “vaya, vaya”*.
Desde el día 19 todo fue de mal en peor. Cuando dejé a Kasti junto a la estación de Canyelles.
Al llegar a casa comencé a estar más y más inquieto, no podía dormir. De esa manera comenzó la maratón. Salí a la calle, vueltas y más vueltas alrededor de las pistas de baloncesto. Tres horas con ese plan de vida me dejaron agotado. Pero seguía temblando, en aquel momento, recordé las dudas expuestas al dr. Crespo -sobre todo por el hecho de vivir solo- al comenzar el tratamiento para la hepatitis c. Conocía casos. Alguno me dijo: tío, tuve que dejar esa mierda, lo vuelve a uno medio loco.
Aquello no traía nada bueno, y por añadidura, el tema de la radio se había complicado a causa del dúo dinámico. Pretendían hacer de jefes del cotarro a pesar de su incapacidad manifiesta.
Querían, amaban el consenso, pero eran incapaces de ceder nada en sus posiciones, que, ya entonces, no tenían nada que ver con la realidad diaria del colectivo.
Todo se resumía entonces en tratar por cualquier medio de desacreditar a los demás. El consenso eran ellos, que no cedían nunca en nada, a pesar de sus continuos errores de apreciación por falta de capacidad y experiencia en asuntos que implicaran a más de diez personas, donde, las distintas posiciones, requerían ceder todos un poco para que no sobrara nadie.
Eso para el dúo no era consenso. Éste, según su criterio, consistía en hacer lo que ellos decían o no hacer nada. En llegar tomar las decisiones por agotamiento del resto -hartos ya de tanto discutir- y cuando los compañeros se iban de las asambleas ante la inutilidad de estas.
El día de la ocupación del dial por parte de la radio mas nacional de España, RNE, canal 5 noticias -otra vez el 5, oruga- no aparecieron.
Sólo dos días después vinieron a quejarse por cómo habíamos reaccionado y a exigir que se apagara el emisor, pues éste, estaba dentro de su propiedad y tenían -según dijeron- miedo a la multa que podía caerles. Cuando yo, ya sabía que, en realidad, lo que querían era joder el colectivo porque no podían dirigirlo a su antojo.
No hubo mas remedio. Los insumisos se sometieron a los dictados de Radio 5 a una velocidad digna de un campeón de los 100 metros lisos -católicos de esplai-. Pero ese día oruga, les dimos una lección asamblearia que recordarán toda la vida.
Arrastraron a los despistados de turno. Suelen ser los personajes que se limitan a venir a su programa cada quince días, y, por consiguiente, lo ignoran todo sobre el día a día de nuestra pequeña emisora. Intentaron arreglarlo planteando un ruin chantaje. Había que obedecerles -ellos dos decidirían lo que era libertario- o no habría repetidor en su propiedad.
Así, el panorama no permitía que yo reposara lo necesario. En aquel momento apareció la ojos bonitos en mi mundo, fue, en ese instante, una bella goleta en el océano de un náufrago. Una jaima en el desierto.
A partir de entonces mis tareas en la radio se multiplicaron por 5.
Reuniones, programa, entrevistas para otras radios, para algún periódico, la campaña, las charlas, actos y más actos. Mi disgusto monumental con la panterita, que -para su desgracia y la mía- también pasaba por un muy mal momento en aquella época -mi bello amor-.
Estas circunstancias me sumergieron en un triste torbellino. Donde la desorientación ganaba terreno a marchas forzadas. Así fue todo hasta el final. No quise o no pude retirarme a tiempo, y los múltiples tratamientos simultáneos que seguía -hepatitis c, vih, antidepresivo, antibióticos por lo del dentista, antiinflamatorios y calmantes para la artrosis de tobillo-, comenzaron a pasarme factura sin compasión.
Al día siguiente (20 de marzo) subí por la tarde a la radio -había que ajustar la antena-. Desde allí llamé a mi goleta, y por lo oído la preocupé. Dijo alterada: “¡estás en la radio!”. Le conteste: “si, pero no me he acordado de subir el rulo. El rulo ya te lo bajaré yo”.
No pude quedarme. Comencé a temblar al oír una canción -The Maytals- el Bam, Bam. La presión arterial se me puso por las nubes y salí desesperado a la calle -todo era una amenaza-.
Entonces decidí subir a la montaña oruga. A caminar por los paisajes que tan bien conozco. Estuve desde las 6 de la tarde hasta las dos de la madrugada dando vueltas y más vueltas.
Pasé por Kan mas Deu en varias ocasiones -arriba y abajo-. Una y otra vez       -pararme era imposible-. Con la luna como único testigo del comienzo de mi extraña maratón. Caminar era lo que impedía a mí ataque de pánico pasar a mayores -no corras Mario, no corras-.
Subí a mi cima -esa cima donde me senté tantas veces-. Coronada por un repetidor de radio y tv. El lugar, donde -cuando llegue el momento- arrojarán mis cenizas.
Mirando el mar -sin goleta en el horizonte- me detuve unos minutos para recuperar el aliento. Había calma. Me serenó la luz de la luna -era un espejo plateado- rielaba en el agua enviando su luz a mi montaña.
Después de eso, un barranco enorme y por él cuesta abajo hasta la carretera. Llegué a casa agotado, viendo borroso y sin sueño. La fiesta había comenzado.


* Homínido envidioso como un niño. La única habilidad de la que está dotado y trata de ejercer con solvencia es tratar de darle la bronca a todo el mundo y liarse a voces por cualquier cosa.




*Fragmento del libro "Ruido de fondo".