martes, 15 de junio de 2010

Febrero 2*

Muchos días sin retomar estas páginas, tiempos complicados para mí, pues soy consciente de mis limitaciones -mis fuerzas se agotan día a día-, pero no era ése el motivo que me hace sentarme ante una página en blanco, sino un soplo de lucidez lo suficientemente importante para sacarme del sofá, que parece ya el de los Simpson.
He buceado en mis sentimientos de hace muchos años, y he descubierto cuándo comenzó ha escribir el depredador y por qué, esto, que para otros puede tener escasa importancia, para mí es un hecho monumental.
Los cuentos de convalecencia son una expiación, una disculpa ya inútil e innecesaria, hace mucho, mucho tiempo, defraudé a alguien con quien compartí mis horas juveniles, y al que debo algo impagable, ese algo, fue abrirme la puerta y darme otra visión del mundo… Tiempos acelerados aquellos, en los que yo absorbía como papel secante toda nuestra intensa batalla sin entenderla todavía con claridad.
Rodeado de todas las insuficiencias del mundo, aprendiendo a pensar, organizar, a saber elegir el momento adecuado, cuándo hay que poner las cosas en su sitio, y asimilando al mismo tiempo un montón de materias -de esas que, afortunadamente, todavía no se dan en la universidad-.
Ayer cogí el maldito libro, lo abrí y leí la dedicatoria, no hizo falta más, llevaba sin abrirlo desde el día de su muerte o algo más, simplemente, no merecía aquella dedicatoria, la he leído hoy, y dado mi estado, las lágrimas salieron solas, cayeron sobre el papel, y hay están, ya forman parte del ejemplar que habla de cómo una vez defraudé a un compañero que me dedicó tiempo e interés -lo hacía con todos los jóvenes-, se presento un día, cuando yo ya sabia la manía que le tenían los comunistas de mi empresa, y que dejaron de hablarme por ello, en cambio él, me dio este volumen.
Bien, mi fracaso, no tanto por mí sólo -que lo fue- y mi tristeza, eran no poder volverlo a leer, me sentía un miserable por el rumbo que tomó mi vida -él mismo que otros muchos jóvenes de aquella época-.
Tampoco fui al acto civil cuando falleció, ni al entierro, simplemente, no podía mirar a la cara a mis otros compañeros. Esto, que ellos de alguna manera entendían, para mí no era suficiente -me hubiera sentido una rata de alcantarilla en el funeral-.
Todavía no paso de la dedicatoria y de ojear páginas sueltas, pero lo he abierto a pesar de todo -por primera vez, después de diecinueve años-, es un paso importante y decisivo.
A modo de humilde reparación, decirte, con ilusión y confianza, que tengo a Jesucristo y a Stalin, crucificados juntos en una antena del Carmelo hasta que se pudran.
Para tí, Jose Antonio, que no lo leerás.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".