martes, 15 de junio de 2010

Expreso al infierno*

No sé cuantas personas han cogido alguna vez ese tren, ni cuantas están de vuelta -la narración es extraña- comenzó, o mejor, cuando empecé a sentir que viajaba en él, ya no pude apearme, quizás flotaba en el ambiente desde mucho antes, como una diminuta ola que, poco a poco, va acumulando viento y más viento, hasta que deviene en huracán, donde, ciertamente, he dejado jirones de mi mismo, pero también es cierto que me he traído toda la experiencia o, al menos, toda la que pude recordar -que fue mucha- anotada cuidadosamente      -¡qué paranoia!-.
Ha sido muy importante para volver a recomponer las piezas de mi mismo, desparramadas como un collar de cuentas roto, en una habitación amarillo y rojo, en más de un estudio de radio, en una plaza de mi barrio, y en la puerta de mi Eva.
Extraño tren, donde los viajeros -como fantasmas-, vagan sin rumbo, sin saber donde apearse, y se miran -una y otra vez-, unos a otros, sin reconocerse nunca, un lugar, donde los paisajes de siempre desaparecen con un chasquido de los dedos.
La calle entonces, es sólo una carretera desierta en la noche -una ciudad desconocida-. Esa soledad, es desolación, y los que por ella andan -seres extraños, que vagan sin rumbo con la brújula averiada-, no reconocen su rostro, ignoran quienes son y a que mundo pertenecen, si tienen suerte, quizá encuentren un rasgo, un detalle, algo que les indique el camino de vuelta.
El laberinto de espejos está servido, deséale suerte al viajero, la necesitará.
Bromas aparte, febrero tuvo algo de tranquilidad, no escribí mucho, pero trabajé con el tema de la emisora hasta el 20 ó 21 de marzo, donde, antidepresivo y energías dijeron ¡basta! Hasta ahí lleva este cuento, al andén donde espera “el expreso al infierno”.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".