jueves, 26 de mayo de 2016

Por un beso (fragmento de J. mono)

En el fondo, Matías se sabía un romántico a la defensiva, un soñador multireincidente escarmentado. El hecho de  no escarmentar a tiempo, de necesitar más hostias que la mayoría para darse por aludido siempre le trajo problemas, pero a la larga forjó en él una peculiar fortaleza de carácter, y, una vez encarrilado, se construyó un mundo y una vida a medida de sus insuficiencias y sus escasos logros, o al menos eso pensaba…
Se sentía mucho más cómodo ante el relato corto, donde, cualquier acción o circunstancia poco convencional o disparatada, arrastraba a los personajes y los llevaba en volandas hasta el desenlace; pero sentado delante del voluminoso sumario, por no hablar de las extravagantes confesiones contenidas en la libreta del padre de Carlota, o de la suya propia, llena de notas sueltas, personajes estrafalarios, ocurrencias, pormenorizadas escenas cotidianas y claroscuros, la promesa hecha a la pintora se le antojó una quimera imposible de llevar a cabo.

Durante la comida hablaron del asunto y, una vez más, tras darle algunos detalles del galimatías en que se hallaba inmerso y de sus muchas dudas, ella decantó la balanza. Sí, era un trabajo complejo y asquerosamente mal pagado en el improbable caso de que la historia acabara en novela y fuese publicada; pero la tenía a su lado y nada cambiaría eso. —Y si no quieres hacerlo por ti, hazlo por mí –apostilló Loti.
Pasaron la tarde cada uno a lo suyo: ella en el taller ocupada en sus retratos y Matías sentado delante de una mesa camilla, que colocó junto a una de las ventanas con vistas a la sierra, pasando a limpio las notas y apuntes sobre el padre de Carlota. Era una tarea delicada, porque, por más cabrón y egoísta que hubiera sido, seguía siendo su padre; un padre pendenciero, excéntrico y prácticamente desconocido que debería mostrarle aquella misma noche.