Volví a la libreta, aunque en vano, pues la sentí lejana y amenazante; en estos casos, ya que mi energía parecía haberse esfumado tan veloz como el brodel, lo mejor es dejarla enfriar.
Está más que demostrado que birras y canutos se potencian mutuamente, y doy por sentado que escribir en esas condiciones suele requerir espacios reducidos o un clima más apacible.
Porque en este gremio, como demuestra la historia, los hay que son capaces de escribir en condiciones realmente trágicas; los románticos del diecinueve -por poner sólo un ejemplo- suspiraban por una tuberculosis que los matara lo más lentamente posible, y los supongo imbuidos del noble propósito de disponer de tiempo suficiente para ponerse hasta el culo de opio y/o absenta y de paso escribir una obra lo más extensa y desamparada posible.
Pero los tiempos han cambiado mucho, ahora podemos observar: A un lado la palabra vana y/o servil -vigorosamente empujada por los intereses de la industria-, un insulso y paniaguado rebaño de oportunistas, lameculos y soplapollas más o menos mediáticos; al otro un ejército de jóvenes y refinados filólogos, una hermética y torturada pandilla de sobrados empastillados trabajándose sus sofisticados y tormentosos universos lo mejor que saben.
Estos últimos se caracterizan -salvo honrosas excepciones- por tratar a los no filólogos como intrusos, meros sin papeles en el exigente mundo de la palabra. Un selecto cosmos donde sólo ellos, la élite facultada por la autoridad académica competente, debería tener derecho a campar a sus anchas.
Y en tierra de nadie un páramo desolado, donde una ingente y sufrida pléyade de almas insatisfechas persigue, con más voluntad que fortuna, quimeras y adjetivos; escupiendo versos o palabras se van dejando la vida, y, desgraciadamente, en los tiempos que corren, algunos también la libertad; ahí están los rebeldes, los poetas, los raperos y un montón de soñadores como yo.
viernes, 16 de marzo de 2018
miércoles, 14 de marzo de 2018
Maldita sea mi estampa 1
Miré la hora, ¡mierda! las once y cuarto pasadas. Terminé de repostar en cuatro ávidos tragos y un par de rotundas caladas y me puse en marcha rumbo al Parque Central del Clot. Si la musa pasa de venir, mi menda, aunque sólo sea simbólicamente, irá hasta ella; y el verde paisaje de aquel parque durante una mañana gris de chubascos mortecinos e intermitentes es la mejor metáfora que me he podido agenciar para intentar recrear el urbano y melancólico parnaso de mi perdida Ámbar. Aunque tiene una pega, está demasiado cerca del Donut -su instituto-. -Pero nada es perfecto. Lo de siempre, habrá que apañárselas con lo que hay -murmuré como si conversara con alguien.
Volví sobre mis pasos hasta el cruce con Clot y continué por ella bastante achispado, como demostraba el ritmo alegre y decidido de mi caminar mientras sonaba en mi cabeza el Riders in the storm. A ratos me dejaba llevar por ella y tarareaba el estribillo por lo bajini para sorpresa del resto de peatones, sobre todo cuando coincidía con alguno en las frecuentes e inevitables esperas semafóricas. En la esquina con Flandes giré a la izquierda, y al instante, un par de calles más abajo, vi asomar el apacible verde del parque anunciando el inminente fin de mi caminata.
Estaba valorando la utilidad o no de contar un desafortunado incidente que me tocó presenciar justo antes de entrar en el parque, cuando tuve una repentina falta de aire, luego, durante unas décimas de segundo, la profunda oscuridad de la nada seguida por un doloroso flashback que me retrotrajo a la noche más larga y angustiante de mi vida. La ominosa y escalofriante noche en que mi yo acabó estallando en mil pedazos. Después un plácido torrente de bucólicas representaciones mentales secuenciales se puso en marcha, hasta que, súbitamente, los grandes ojos azules de mi desaparecida hermana se solaparon fugazmente con los radiantes ojos castaños de mi perdida musa. Fue un golpe devastador, mis manos comenzaron a temblar incontroladamente y un vértigo espeluznante se apoderó de mí, me levanté con cuidado, y caminado como un zombi me acerqué al parterre más próximo y vomité las entrañas.
La herida acababa de sangrar, y a partir de ese momento, raudas e implacables, las imágenes se fueron sucediendo vorazmente una tras otra sin darme tiempo material para retenerlas o anotarlas. Escribía todo lo rápido que podía procurando, en la medida de lo posible, no dejarme nada importante en el tintero y que el resultado fuera legible a posteriori sin demasiados esfuerzos.
Aquel simbólico y lúcido torrente de emociones me trasportó durante unos minutos más allá de mi mismo, dando paso a una suerte de extraño desdoblamiento desde el que pude acceder sin ningún temor a una peligrosa e insondable fuente de energía psíquica de la que no supe nada hasta que la experimenté por primera vez con los cuarenta y siete cumplidos. Un lugar tenebroso, deslumbrante, inhóspito, mágico, maravilloso y aterrador; desencadenando una atropellada y febril actividad que no perdió ni gota de pastilla hasta cuarenta minutos después.
Mola un montón si no te quedas unos díitas penchado, pero te deja hecho polvo. Abrí la segunda garimba y le di candela al cuarto garibolo pensando en que, a no tardar mucho, habría que plantearse el plegar velas y papear alguna cosa.
A sabiendas de que en entre ellas -si llegaba a descifrarlas correctamente- casi siempre se enmascara un poquito de oro puro, estaba echándole un atento vistazo a las frenéticas notas que había tomado cuando una voz intempestiva me hizo perder la concentración:
-Muy buenos días ¿Sería tan amable de invitarme a eso tan rico que fuma, brodel?
Levanté la vista un instante y volví a lo mio como si tal cosa.
- Usted no sabe con quién esta hablando. Haría bien en entregarme la hierba que lleve encima.
- Yo no soy tu brodel, tío primo.
-¿No lo va a hacer? ¡Aténgase a las consecuencias, pues!
Aquello fue demasiado. Definitivamente, no era un buen día para el brodel. Me levanté, y con mucha parsimonia me quité el tres cuartos y lo dejé sobre el banco, abrí el macuto, saqué mi vieja navaja, me la eché ostensiblemente en el bolsillo, salí de detrás de la mesa, dí unos pasos hasta él, y, a la vez que lo invitaba con un enérgico gesto del brazo, le dije en tono animoso: - Venga conmigo, brodel. Vamos a matarnos detrás de esos arbustos.
El brodel desapareció tan rápida y furtivamente como había llegado.
De las cerca de treinta mil personas que viven en el barrio del Clot, tuvo que ser un friquimangui fumeta el primero en abordarme. Éstos imprescindibles lunáticos montapollos patrullan sin descanso por todos los espacios verdes de la ciudad, supongo que huyendo a su manera de la turba de convecinos que lo persigue día y noche; de vez en cuando los ves pasar con un ojo morado o un brazo en cabestrillo, un llamativo efecto secundario que parecen sobrellevar como si fuera consustancial a la ineludible resaca de su última salida de copas.
Volví sobre mis pasos hasta el cruce con Clot y continué por ella bastante achispado, como demostraba el ritmo alegre y decidido de mi caminar mientras sonaba en mi cabeza el Riders in the storm. A ratos me dejaba llevar por ella y tarareaba el estribillo por lo bajini para sorpresa del resto de peatones, sobre todo cuando coincidía con alguno en las frecuentes e inevitables esperas semafóricas. En la esquina con Flandes giré a la izquierda, y al instante, un par de calles más abajo, vi asomar el apacible verde del parque anunciando el inminente fin de mi caminata.
Estaba valorando la utilidad o no de contar un desafortunado incidente que me tocó presenciar justo antes de entrar en el parque, cuando tuve una repentina falta de aire, luego, durante unas décimas de segundo, la profunda oscuridad de la nada seguida por un doloroso flashback que me retrotrajo a la noche más larga y angustiante de mi vida. La ominosa y escalofriante noche en que mi yo acabó estallando en mil pedazos. Después un plácido torrente de bucólicas representaciones mentales secuenciales se puso en marcha, hasta que, súbitamente, los grandes ojos azules de mi desaparecida hermana se solaparon fugazmente con los radiantes ojos castaños de mi perdida musa. Fue un golpe devastador, mis manos comenzaron a temblar incontroladamente y un vértigo espeluznante se apoderó de mí, me levanté con cuidado, y caminado como un zombi me acerqué al parterre más próximo y vomité las entrañas.
La herida acababa de sangrar, y a partir de ese momento, raudas e implacables, las imágenes se fueron sucediendo vorazmente una tras otra sin darme tiempo material para retenerlas o anotarlas. Escribía todo lo rápido que podía procurando, en la medida de lo posible, no dejarme nada importante en el tintero y que el resultado fuera legible a posteriori sin demasiados esfuerzos.
Aquel simbólico y lúcido torrente de emociones me trasportó durante unos minutos más allá de mi mismo, dando paso a una suerte de extraño desdoblamiento desde el que pude acceder sin ningún temor a una peligrosa e insondable fuente de energía psíquica de la que no supe nada hasta que la experimenté por primera vez con los cuarenta y siete cumplidos. Un lugar tenebroso, deslumbrante, inhóspito, mágico, maravilloso y aterrador; desencadenando una atropellada y febril actividad que no perdió ni gota de pastilla hasta cuarenta minutos después.
Mola un montón si no te quedas unos díitas penchado, pero te deja hecho polvo. Abrí la segunda garimba y le di candela al cuarto garibolo pensando en que, a no tardar mucho, habría que plantearse el plegar velas y papear alguna cosa.
A sabiendas de que en entre ellas -si llegaba a descifrarlas correctamente- casi siempre se enmascara un poquito de oro puro, estaba echándole un atento vistazo a las frenéticas notas que había tomado cuando una voz intempestiva me hizo perder la concentración:
-Muy buenos días ¿Sería tan amable de invitarme a eso tan rico que fuma, brodel?
Levanté la vista un instante y volví a lo mio como si tal cosa.
- Usted no sabe con quién esta hablando. Haría bien en entregarme la hierba que lleve encima.
- Yo no soy tu brodel, tío primo.
-¿No lo va a hacer? ¡Aténgase a las consecuencias, pues!
Aquello fue demasiado. Definitivamente, no era un buen día para el brodel. Me levanté, y con mucha parsimonia me quité el tres cuartos y lo dejé sobre el banco, abrí el macuto, saqué mi vieja navaja, me la eché ostensiblemente en el bolsillo, salí de detrás de la mesa, dí unos pasos hasta él, y, a la vez que lo invitaba con un enérgico gesto del brazo, le dije en tono animoso: - Venga conmigo, brodel. Vamos a matarnos detrás de esos arbustos.
El brodel desapareció tan rápida y furtivamente como había llegado.
De las cerca de treinta mil personas que viven en el barrio del Clot, tuvo que ser un friquimangui fumeta el primero en abordarme. Éstos imprescindibles lunáticos montapollos patrullan sin descanso por todos los espacios verdes de la ciudad, supongo que huyendo a su manera de la turba de convecinos que lo persigue día y noche; de vez en cuando los ves pasar con un ojo morado o un brazo en cabestrillo, un llamativo efecto secundario que parecen sobrellevar como si fuera consustancial a la ineludible resaca de su última salida de copas.
sábado, 10 de marzo de 2018
Maldita sea mi estampa (final)
Mientras el taxi tomaba la Meridiana rumbo a Concepción Arenal, Pº Valldaura y Artesanía, pensaba en los penosos días que me esperaban, esos interminables días de dolor, sin poder dar un paso sin sentir aquel punzante latigazo que subía como un relámpago desde el tobillo hasta la cadera. ¿Cuántos serían esta vez?
Conforme el taxi me acercaba a casa, el menda comenzó a plantearse su futuro más inmediato, y me felicité porque ahora al menos lo más esencial lo tengo a cien metros de casa: Una farmacia, un bar con máquina de tabaco y conexión a Internet y una panadería donde además puedes comprar cerveza y refrescos. De lo demás estaba surtido, desde hace tiempo soy precavido con estas cosas, el hecho de vivir solo con un tobillo como el mío te hace tener el congelador bastante lleno, incluso procuro tener siempre en palanca unos pocos gramos de hierba para estas paralizantes emergencias; pero si la cosa se alargaba más de siete u ocho días...
El taxi giró y tomó Valldaura arriba, entonces, no sé por qué, temí haberme dejado la libreta en el local de los Castellers, y asaltado por un profundo desasosiego abrí la mochila a toda prisa para comprobar si estaba allí, pero no la encontré y le dije al taxista que parase un momento; que era posible que tuviéramos que volver porque me había dejado una cosa importante. Miré en vano los dos bolsillos grandes del tres cuartos, y cuando ya estaba a punto de decirle que teníamos que regresar a la calle Bilbao recordé el bolsillo interior de la mochila donde siempre guardo los porritos, lo abrí y al instante suspiré aliviado, estaba allí. Aquellas inconexas y prolijas notas eran lo único que tenía en el mundo.
Me dejó en la esquina con Vía Favencia, andé lastimosamente unos poco metros calle abajo, entré en la farmacia y le pedí a Ramón el espray de siempre, lo guardé en la mochila y salí para meterme inmediatamente en el comercio de al lado, donde compré dos grandes bolsas de pan de molde, después volví sobre mis pasos y al llegar a la esquina entré en el bar a sacar tabaco.
Recorría penosamente el tramo del bar hasta casa cuando comenzó a llover de nuevo, exasperado abrí lo que quedaba del maltrecho paraguas y miré la hora; eran las cinco y media de la tarde. Mierda, menudo día, ese puto barrio está gafado; o quizá no sea cosa del barrio, también cabe la posibilidad de que me estén haciendo vudú o haya meigas en el ajo.
Tarareando de nuevo el Riders in the storm, calado hasta los huesos, cojeando y medio beodo entré en el portal y encaré los siete escalones que me separaban de mi rellano sin saber a ciencia cierta qué me esperaba ni cuánto tardaría en poder salir de allí.
Conforme el taxi me acercaba a casa, el menda comenzó a plantearse su futuro más inmediato, y me felicité porque ahora al menos lo más esencial lo tengo a cien metros de casa: Una farmacia, un bar con máquina de tabaco y conexión a Internet y una panadería donde además puedes comprar cerveza y refrescos. De lo demás estaba surtido, desde hace tiempo soy precavido con estas cosas, el hecho de vivir solo con un tobillo como el mío te hace tener el congelador bastante lleno, incluso procuro tener siempre en palanca unos pocos gramos de hierba para estas paralizantes emergencias; pero si la cosa se alargaba más de siete u ocho días...
El taxi giró y tomó Valldaura arriba, entonces, no sé por qué, temí haberme dejado la libreta en el local de los Castellers, y asaltado por un profundo desasosiego abrí la mochila a toda prisa para comprobar si estaba allí, pero no la encontré y le dije al taxista que parase un momento; que era posible que tuviéramos que volver porque me había dejado una cosa importante. Miré en vano los dos bolsillos grandes del tres cuartos, y cuando ya estaba a punto de decirle que teníamos que regresar a la calle Bilbao recordé el bolsillo interior de la mochila donde siempre guardo los porritos, lo abrí y al instante suspiré aliviado, estaba allí. Aquellas inconexas y prolijas notas eran lo único que tenía en el mundo.
Me dejó en la esquina con Vía Favencia, andé lastimosamente unos poco metros calle abajo, entré en la farmacia y le pedí a Ramón el espray de siempre, lo guardé en la mochila y salí para meterme inmediatamente en el comercio de al lado, donde compré dos grandes bolsas de pan de molde, después volví sobre mis pasos y al llegar a la esquina entré en el bar a sacar tabaco.
Recorría penosamente el tramo del bar hasta casa cuando comenzó a llover de nuevo, exasperado abrí lo que quedaba del maltrecho paraguas y miré la hora; eran las cinco y media de la tarde. Mierda, menudo día, ese puto barrio está gafado; o quizá no sea cosa del barrio, también cabe la posibilidad de que me estén haciendo vudú o haya meigas en el ajo.
Tarareando de nuevo el Riders in the storm, calado hasta los huesos, cojeando y medio beodo entré en el portal y encaré los siete escalones que me separaban de mi rellano sin saber a ciencia cierta qué me esperaba ni cuánto tardaría en poder salir de allí.
miércoles, 7 de marzo de 2018
Apunte
Quizá estaba avergonzada por haberse acostado conmigo. No era para tanto, no es tan raro como parece a primera vista. Todavía conservo en la memoria el recuerdo de una fascinante experiencia veraniega en Blanes cuando tenía diecisiete:
Aquel mes de julio, por primera vez, pude pasar unos días de vacaciones con un amigo. Pascual y yo trabajábamos en el mismo taller de impresión desde que un servidor había entrado en Bruguera un par de años atrás. Y recuerdo, casi como si fuese ayer, cómo se nos ocurrió pegarnos unas vacaciones juntos en lo que entonces era un paraíso estival lleno de extranjeras.
Estábamos limpiando las barcas -unas largas, estrechas y acanaladas bandejas metálicas rematadas por una cuchilla exterior recubierta de caucho que iba de un extremo a otro de la pieza. Se usaban para recoger los restos de tinta y disolventes cuando lavábamos las baterías- uno frente a otro, era uno de los mejores momentos para charlar y fue allí donde, creo que fue él, sacó a colación el tema de escaquearnos de la familia y pasar unos días de marcha en un camping de Blanes.
Bien, playas llenas de tías, mucho sol y noches interminables. De hecho sólo usábamos el camping para dormir y ducharnos. Por las noches -antes de irnos a bailar- solíamos tomarnos un pelotazo en un bar de un bloque de apartamentos próximo.
La segunda noche mi amigo encontró compañía y tuve que regresar solo. Pero la cuarta o quinta noche decidimos ir a la pequeña disco de la manzana de apartamentos donde nos tomábamos el pelotazo de antes de salir. Aquella inolvidable y voraz noche tuve la suerte del principiante.
El garito no era gran cosa, pero sonaba la música que más nos iba -rock de finales de los sesenta y primeros de los setenta- y había bastantes tías; no tantas como en las grandes discos más cercanas al centro, pero no estaba mal. El surtido de jovencitas no era tan amplio como en el de las primeras, pero el ambiente era inmejorable: Una pista central atestada, la barra un constante ir y venir de bronceados femeninos, unos cuantos apartados cuchicheantes y oscuros llenos de ardientes sofás de color salmón, más oscuros y cuchicheantes cuanto más te alejabas de la pista.
Llegó sobre las doce y media, se sentó en una esquina de la barra y pidió una copa, debía ser algún combinado raro, pues lo servían en unas copas muy monas; nada que ver con el vaso de cubata de toda la vida. Llevaba un corto vestido de color amarillo tostado con un estampado salpicado de flores en tonos ocres, de escote insinuante y orgulloso, pero no descarado. Combinaba perfectamente con el castaño claro de su pelo, una melena informal con tendencia a rizarse un poco en las puntas.
Mi amigo era menos tímido que yo y enseguida pegó la hebra con una y se fue a bailar. Entonces no me quedó otra que sentarme en la barra. Esperé a que se acercara el camarero, compré tabaco, encendí un cigarro y miré a mi alrededor. Ella seguía sentada en el taburete de la esquina con su inacabable combinado. Parecía aburrida, no paraba de consultar su dorado reloj de pulsera. Por lo visto había venido sola, o puede que le hubieran dado plantón. Yo la admiraba discretamente de tanto en tanto, pero llegó un momento en que nuestros ojos se cruzaron. Al instante miré azorado hacia la pista, mi amigo ya no estaba allí, o andaba por algún rincón o había ligado y ya no volvería a verlo aquella noche.
Entonces me tocaron el hombro, y al darme la vuelta la tenía delante con un cigarro en la mano.
- ¿Tienes fuego?
- Sí, sí.
- Parece que tu amigo es un chico con suerte -dijo -en un buen castellano con ligero acento francés-, mientras yo sacaba el encendedor-. Ah, lo siento, me llamo Marie.
- Qué casualidad, yo soy Mario.
- Vas a ser un hombre atractivo.
- ¿Sí? Pues es una lástima, porque tú estás que te caes de buena ahora -le respondí, algo picado.
- Gracias. Me gusta tu estilo ¿Te puedo invitar a una copa?
- Desde luego. Que sea un gintonic.
- Pues vamos.
- ¿Adónde vamos?
- A mi apartamento. Con un poco de suerte podrás comprobar si estoy que me caigo de buena o no me contestó, soltando una risita.
A veces una frase afortunada en el momento oportuno decanta una situación, y aquella vez di en el clavo. Empezamos a meternos mano desesperadamente mientras el ascensor nos subía hasta el octavo piso. Cuando llegamos a la planta estaba de rodillas terminando de quitarle las bragas.
Nada más cerrar la puerta del apartamento me confesó que tenía treinta y nueve, pero puede que fueran algunos más. Sin salir apenas de aquel pequeño estudio, pasamos juntos los ocho días que le quedaban de vacaciones. Fueron gloriosos, de la cama al sofá de la terraza y viceversa, mañana, tarde y noche, y no importó en absoluto la cuestión de la edad; ella se benefició de mi ardor juvenil y yo de su soledad y experiencia. Nunca olvidaré a Marie, era una jungla.
Aquel mes de julio, por primera vez, pude pasar unos días de vacaciones con un amigo. Pascual y yo trabajábamos en el mismo taller de impresión desde que un servidor había entrado en Bruguera un par de años atrás. Y recuerdo, casi como si fuese ayer, cómo se nos ocurrió pegarnos unas vacaciones juntos en lo que entonces era un paraíso estival lleno de extranjeras.
Estábamos limpiando las barcas -unas largas, estrechas y acanaladas bandejas metálicas rematadas por una cuchilla exterior recubierta de caucho que iba de un extremo a otro de la pieza. Se usaban para recoger los restos de tinta y disolventes cuando lavábamos las baterías- uno frente a otro, era uno de los mejores momentos para charlar y fue allí donde, creo que fue él, sacó a colación el tema de escaquearnos de la familia y pasar unos días de marcha en un camping de Blanes.
Bien, playas llenas de tías, mucho sol y noches interminables. De hecho sólo usábamos el camping para dormir y ducharnos. Por las noches -antes de irnos a bailar- solíamos tomarnos un pelotazo en un bar de un bloque de apartamentos próximo.
La segunda noche mi amigo encontró compañía y tuve que regresar solo. Pero la cuarta o quinta noche decidimos ir a la pequeña disco de la manzana de apartamentos donde nos tomábamos el pelotazo de antes de salir. Aquella inolvidable y voraz noche tuve la suerte del principiante.
El garito no era gran cosa, pero sonaba la música que más nos iba -rock de finales de los sesenta y primeros de los setenta- y había bastantes tías; no tantas como en las grandes discos más cercanas al centro, pero no estaba mal. El surtido de jovencitas no era tan amplio como en el de las primeras, pero el ambiente era inmejorable: Una pista central atestada, la barra un constante ir y venir de bronceados femeninos, unos cuantos apartados cuchicheantes y oscuros llenos de ardientes sofás de color salmón, más oscuros y cuchicheantes cuanto más te alejabas de la pista.
Llegó sobre las doce y media, se sentó en una esquina de la barra y pidió una copa, debía ser algún combinado raro, pues lo servían en unas copas muy monas; nada que ver con el vaso de cubata de toda la vida. Llevaba un corto vestido de color amarillo tostado con un estampado salpicado de flores en tonos ocres, de escote insinuante y orgulloso, pero no descarado. Combinaba perfectamente con el castaño claro de su pelo, una melena informal con tendencia a rizarse un poco en las puntas.
Mi amigo era menos tímido que yo y enseguida pegó la hebra con una y se fue a bailar. Entonces no me quedó otra que sentarme en la barra. Esperé a que se acercara el camarero, compré tabaco, encendí un cigarro y miré a mi alrededor. Ella seguía sentada en el taburete de la esquina con su inacabable combinado. Parecía aburrida, no paraba de consultar su dorado reloj de pulsera. Por lo visto había venido sola, o puede que le hubieran dado plantón. Yo la admiraba discretamente de tanto en tanto, pero llegó un momento en que nuestros ojos se cruzaron. Al instante miré azorado hacia la pista, mi amigo ya no estaba allí, o andaba por algún rincón o había ligado y ya no volvería a verlo aquella noche.
Entonces me tocaron el hombro, y al darme la vuelta la tenía delante con un cigarro en la mano.
- ¿Tienes fuego?
- Sí, sí.
- Parece que tu amigo es un chico con suerte -dijo -en un buen castellano con ligero acento francés-, mientras yo sacaba el encendedor-. Ah, lo siento, me llamo Marie.
- Qué casualidad, yo soy Mario.
- Vas a ser un hombre atractivo.
- ¿Sí? Pues es una lástima, porque tú estás que te caes de buena ahora -le respondí, algo picado.
- Gracias. Me gusta tu estilo ¿Te puedo invitar a una copa?
- Desde luego. Que sea un gintonic.
- Pues vamos.
- ¿Adónde vamos?
- A mi apartamento. Con un poco de suerte podrás comprobar si estoy que me caigo de buena o no me contestó, soltando una risita.
A veces una frase afortunada en el momento oportuno decanta una situación, y aquella vez di en el clavo. Empezamos a meternos mano desesperadamente mientras el ascensor nos subía hasta el octavo piso. Cuando llegamos a la planta estaba de rodillas terminando de quitarle las bragas.
Nada más cerrar la puerta del apartamento me confesó que tenía treinta y nueve, pero puede que fueran algunos más. Sin salir apenas de aquel pequeño estudio, pasamos juntos los ocho días que le quedaban de vacaciones. Fueron gloriosos, de la cama al sofá de la terraza y viceversa, mañana, tarde y noche, y no importó en absoluto la cuestión de la edad; ella se benefició de mi ardor juvenil y yo de su soledad y experiencia. Nunca olvidaré a Marie, era una jungla.
lunes, 26 de febrero de 2018
Maldita sea mi estampa
A finales de enero estaba completamente abatido. El desgraciado acontecimiento del día de Navidad, donde perdí a un ser muy querido, seguía pesando como una losa. Aquel desdichado suceso, no por anunciado menos doloroso, me consumía el ánimo cuando estaba solo en casa, y, sin ningún género de duda, me nublaba el buen juicio a la hora de sopesar otros aspectos de mi vida emocional; entonces, sin pensármelo dos veces, tomé la insólita decisión de acercarme al barrio del Clot. Puede que allí, sintiendo más próximos los distantes ojos castaños que tantas horas de sueño me habían robado, recuperara parte de la ecuanimidad perdida.
La mañana del día siguiente, después de desayunar y lavarme un poco, encendí un cigarro y me acerqué a la estantería, cogí el marco de su fotografía, y, con mucho mimo, le quité el polvo, le puse un poco de limpiacristales y le di un repaso con un trapo limpio.
Iba a dejarlo en su sito cuando, obedeciendo a un extraño impulso, lo sujeté tiernamente con ambas manos, me lo acerqué a los ojos y le susurré: - Por supuesto que eres excepcional, yo no pierdo el tiempo escribiendo sobre la primera que me busca las cosquillas tenga la edad que tenga.
Tras liar unos porritos miré el reloj, acababan de dar las diez. Hora de abrirse, cogí mi pequeña mochila, metí la cartera, las gafas, el bolígrafo y la libreta, me abrigué bien, agarré un paraguas y salí hacia Canyelles en busca del V27.
Tres cuartos de hora más tarde el bus franqueó la Meridiana por Espronceda, dejé pasar la primera parada y bajé en la siguiente. Cogí calle abajo durante un par de minutos, crucé Mallorca y unos pocos metros más adelante me salió al encuentro la calle del Clot, donde giré a la derecha en dirección a Glorias.
No había recorrido ni doscientos metros cuando me tropecé con un badulaque, hice un alto y entré a pillar unas latas bajo la aletargada mirada de un venerable sikh transido de frío y sentado detrás de un mostrador atestado que parecía recién salido de un enigmático y profundo trance, seguramente provocado por el hecho de haber estado viendo durante horas un montón de películas de Bollyvood en una pantalla diminuta. Cargado con un par de cervezas y unas coca-colas me acerqué al mostrador para pagar, entonces vi a su espalda un estante donde quemaba una varita de incienso, las caprichosas volutas de humo desprendían un penetrante olor a jazmín que lo invadía todo. Cuando se acercó de nuevo para darme cambio lo miré a los ojos, al instante me llamó la atención lo diminuto de sus pupilas, además estaban vidriosos y ligeramente entornados, como si estuviera adormecido o quisiera ocultarlas. Estaba contando las monedas cuando llegó hasta mi nariz una sutil vaharada cargada de intensos matices acres, el inconfundible aroma del opio ¿Guardas tu vieja pipa en la trastienda, amigo?
Salir de la tienda y empezar a lloviznar fue todo uno, abrí el paraguas, encendí un porrito y me dispuse a callejear bajo la lluvia por un barrio desconocido. Un paseo faldero y reflexivo, tenía todo el tiempo del mundo; nadie me esperaba en ningún lado, nadie me echaría de menos tardara lo que tardara. Descorazonado pero resuelto pateaba sin prisa entre el estridente y anárquico ir y venir de las furgonetas de reparto mientras las veía sortear, cada una a su manera, los caóticos embrollos cotidianos del tráfico rodado. Es curioso, pero en cuanto comienza a llover la gente camina más rápido y los coches van más despacio, como si la prisa de unos fuera en detrimento del frenesí circulatorio de los otros.
Al llegar al cruce con Aragó había dejado de chispear y un sol desvaído comenzó a dejarse ver tímidamente. Rebasé una de las calzadas, caminé unos metros por su rambla y al poco, bajo una pequeña marquesina, dí con un banco solitario. Me senté, abrí la mochila, saqué una lata de cerveza, cogí un petardo de su bolsillo interior y me dispuse a saltarme alegremente toda la normativa vigente en lo referente a consumo de alcohol y otras sustancias nocivas en la vía pública. Tiré de la anilla de la lata y le metí candela al cacharro mientras me preguntaba qué camino tomaría a partir de aquel momento.
No había llegado hasta allí empujado por el imperioso deseo de verla -aunque lo tenía, vaya si lo tenía-, sino por la necesidad de recordarla, de intentar evocarla lo más vívidamente que pudiera; y para ver cumplido ese romántico objetivo la herramienta más eficaz, y casi la única a mi alcance, era escuchar el eco de mis pasos justo donde, por fuerza, más resonancias debía haber de los suyos, y, a través de ellas, tratar de sentir el todo peso de aquella desoladora ausencia en los paisajes de su entorno más inmediato.
La mañana del día siguiente, después de desayunar y lavarme un poco, encendí un cigarro y me acerqué a la estantería, cogí el marco de su fotografía, y, con mucho mimo, le quité el polvo, le puse un poco de limpiacristales y le di un repaso con un trapo limpio.
Iba a dejarlo en su sito cuando, obedeciendo a un extraño impulso, lo sujeté tiernamente con ambas manos, me lo acerqué a los ojos y le susurré: - Por supuesto que eres excepcional, yo no pierdo el tiempo escribiendo sobre la primera que me busca las cosquillas tenga la edad que tenga.
Tras liar unos porritos miré el reloj, acababan de dar las diez. Hora de abrirse, cogí mi pequeña mochila, metí la cartera, las gafas, el bolígrafo y la libreta, me abrigué bien, agarré un paraguas y salí hacia Canyelles en busca del V27.
Tres cuartos de hora más tarde el bus franqueó la Meridiana por Espronceda, dejé pasar la primera parada y bajé en la siguiente. Cogí calle abajo durante un par de minutos, crucé Mallorca y unos pocos metros más adelante me salió al encuentro la calle del Clot, donde giré a la derecha en dirección a Glorias.
No había recorrido ni doscientos metros cuando me tropecé con un badulaque, hice un alto y entré a pillar unas latas bajo la aletargada mirada de un venerable sikh transido de frío y sentado detrás de un mostrador atestado que parecía recién salido de un enigmático y profundo trance, seguramente provocado por el hecho de haber estado viendo durante horas un montón de películas de Bollyvood en una pantalla diminuta. Cargado con un par de cervezas y unas coca-colas me acerqué al mostrador para pagar, entonces vi a su espalda un estante donde quemaba una varita de incienso, las caprichosas volutas de humo desprendían un penetrante olor a jazmín que lo invadía todo. Cuando se acercó de nuevo para darme cambio lo miré a los ojos, al instante me llamó la atención lo diminuto de sus pupilas, además estaban vidriosos y ligeramente entornados, como si estuviera adormecido o quisiera ocultarlas. Estaba contando las monedas cuando llegó hasta mi nariz una sutil vaharada cargada de intensos matices acres, el inconfundible aroma del opio ¿Guardas tu vieja pipa en la trastienda, amigo?
Salir de la tienda y empezar a lloviznar fue todo uno, abrí el paraguas, encendí un porrito y me dispuse a callejear bajo la lluvia por un barrio desconocido. Un paseo faldero y reflexivo, tenía todo el tiempo del mundo; nadie me esperaba en ningún lado, nadie me echaría de menos tardara lo que tardara. Descorazonado pero resuelto pateaba sin prisa entre el estridente y anárquico ir y venir de las furgonetas de reparto mientras las veía sortear, cada una a su manera, los caóticos embrollos cotidianos del tráfico rodado. Es curioso, pero en cuanto comienza a llover la gente camina más rápido y los coches van más despacio, como si la prisa de unos fuera en detrimento del frenesí circulatorio de los otros.
Al llegar al cruce con Aragó había dejado de chispear y un sol desvaído comenzó a dejarse ver tímidamente. Rebasé una de las calzadas, caminé unos metros por su rambla y al poco, bajo una pequeña marquesina, dí con un banco solitario. Me senté, abrí la mochila, saqué una lata de cerveza, cogí un petardo de su bolsillo interior y me dispuse a saltarme alegremente toda la normativa vigente en lo referente a consumo de alcohol y otras sustancias nocivas en la vía pública. Tiré de la anilla de la lata y le metí candela al cacharro mientras me preguntaba qué camino tomaría a partir de aquel momento.
No había llegado hasta allí empujado por el imperioso deseo de verla -aunque lo tenía, vaya si lo tenía-, sino por la necesidad de recordarla, de intentar evocarla lo más vívidamente que pudiera; y para ver cumplido ese romántico objetivo la herramienta más eficaz, y casi la única a mi alcance, era escuchar el eco de mis pasos justo donde, por fuerza, más resonancias debía haber de los suyos, y, a través de ellas, tratar de sentir el todo peso de aquella desoladora ausencia en los paisajes de su entorno más inmediato.
jueves, 8 de febrero de 2018
Embozada 1
El asunto de aquellos recurrentes perfiles apócrifos de carácter mercantil alimentó en mi interior la inquietante sospecha de que podría estar trabajando en el castigador y tenebroso sector del telemarqueting -un mundo bastante aperreado por lo que me han contado-, o bien, que alguien próximo a ella sí lo hacia y le estaba proporcionando el asesoramiento necesario para llevar a cabo aquel copioso y caricaturado despliegue de bambalinas cibernáuticas. -Tío, pareces algo desnortado.
-No vas desencaminado, Grillo. ¿Crees que la piba quiere tomar las riendas de la historia? Porque ahora mismo se las cambiaba por uno de sus ligueros. No sé qué espera de mí, la verdad.
-No seas paranoico, sólo intenta meter baza. Quiere que la escribas, so atontado. Silba o se columpia. O sea, desea un papel más activo o se aburre un montón.
-¿Y qué pretende con esa actitud de: Hola guapo, soy muy mala? La soledad no suele ser una buena consejera, porque ni ella es malvada ni yo soy ya guapo.
-Me parece que malinterpretas sus acciones, aunque es un tema interesante tenga o no tenga que ver con ella. En bastantes ocasiones, esa conducta, sea consciente o no, muestra o enmascara, según se mire, ese oscuro deseo, casi siempre inconfesable, de una reprimenda o unos azotitos y un buen polvo.
Sea como sea, es imposible desligar esas acciones de las tensiones propias de su edad, pero te puedo asegurar que ella misma pone los obstáculos con los que después se tropezará. Es una manera de justificarse a si misma su propia soledad, y puede que el tiempo y el esfuerzo mejoren esa situación; porque cuando te atrincheras en el papel de víctima y comienzas a hacer responsables a los demás de tus conflictos, éstos se enquistan y comienzan a devorarte.
Lo cierto es que cuesta el mismo esfuerzo tratar de ser feliz que infeliz. Uno nos hace el camino más llevadero, el otro lo puede convertir en un infierno.
Tú y yo sabemos de eso, y hemos aprendido a reírnos de nosotros mismos, a no tomarnos tan jodidamente en serio.
-Tienes razón. Es posible que para algunas ese númerito pueda tener su morbo, pero, bien mirado, yo tampoco la acabo de ver en esa onda, Grillo. En un contexto de mucha complicidad es fácil que pueda darse, pero en éste está más que descartado.
- Ya, ya, puestos a hacer cábalas... Cómo el mosquito de Parque Jurásico, eh. Vaya tela. Cada día estás más sonado. Te supongo consciente de que llevas meses y meses sin saber nada de ella y estás interpretando los hechos de una manera bastante arbitraria; y las conclusiones que pretendes dar por ciertas, son, como mucho, el resultado de especulaciones carentes de fundamento. Un disparatado producto elaborado por una mente calenturienta que no sabe a que atenerse.
-A veces derrapo en las curvas de mujer. No es nada nuevo, ya me conoces. Pero me tiene preocupado, después de tanto tiempo quién sabe cómo estará. Desgraciadamente, mi intuición, a pesar de no ser infalible ni mucho menos, suele tener un cierto grado de fiabilidad, y de momento solo le llegan malas vibraciones.
Últimamente la suelo imaginar en un viejo inmueble del Clot... Apenas una débil sombra recortándose entre los difusos claroscuros de su pequeña habitación... De vez en cuando se acerca hasta la ventana y aparta el visillo unos centímetros para observar de soslayo el ir y venir de la vida a través de esa estrecha abertura; la pequeña brecha por donde, a pesar de sus recelos, de tanto en tanto se le suelen colar de rondón las breves pero intensas imágenes que alimentan sus más fervientes anhelos.
Voluble, fugaz y dueña de una singular belleza; como el arco iris.
-Como muchos sueños, tío; como muchos sueños.
Hace unos meses, cuando tomé la acertada decisión de seguir adelante, conocía perfectamente los riegos que entrañaba: Si no cambiaban mucho las cosas, la posibilidad de que acabase por odiarme para los restos era bastante elevada.
Pero dejarlo sin terminar de contar todo que he sentido o pueda llegar a sentir sería traicionarme, y a eso no estoy dispuesto. Si aquella delicada decisión lleva implícita alguna dolorosa renuncia bienvenida sea.
jueves, 1 de febrero de 2018
Embozada
A los pocos días de colgar el último fragmento de Bajamar volvía a tener una nueva solicitud de amistad en el feis. Esta vez era una tal Karlota, nacida en Oviedo y residente en París. Según constaba en su biografía tenía cuarenta años, pero la foto más bien correspondía a una maruja reconcomida con aspecto de tener setenta, y, a la vez, decía ser el secretario de una sociedad financiera con sede en la capital francesa; además, según largaba en su muro, se jactaba de ser un tipo excepcional y presumía de gozar de una relación abierta.
La acepté, y a los pocos minutos me llegó un saludo a través del chat:
-Hola.
-Hola ¿Qué tal está? Qué suerte vivir en París.
-Soy secretario de una sociedad de inversiones francesa.
-Pues yo soy un autor desconocido que camina sin rumbo por los callejones de su ciudad. De la mía, quiero decir. No se haga ilusiones...
A partir de ahí, la conversación se convirtió en un breve diálogo de corte surrealista donde acabó por soltarme un inacabable catálogo de ofertas de inversión y ahorro que no alcanzo a recordar.
-¿La interesa?
-Pues no.
-Gracias.
Fui a su perfil, cliqué en la pestaña de Amigos y le di puerta sin pensarlo ni un minuto. Era un perfil realmente pintoresco, con unos cambios de género que no venían a cuento y un discurso contradictorio, donde sin duda se pretendía dejar patente que todo él era un camelo; un artilugio inverosímil y de escasa vida útil que forzosamente debía albergar algún propósito.
Por no hablar de su nula capacidad para captar inversores potenciales adecuados. Porque un anarquista entrado en años que llega a fin de mes por los pelos no me parece un cliente del que se pueda rascar mucho, la verdad.
Sin embargo, he de admitir que, fuera quien fuera el autor o autora, iba progresando; pues aquellos personajes femeninos habían ido de menos a más conforme me los había ido presentando y ahora aparecían mucho más pulidos y sofisticados. Un detalle encomiable que decía mucho sobre el tiempo y el esfuerzo que les habían dedicado.
O quizá preguntaba otra cosa y decía que yo era un tipo estupendo con el que estaba dispuesta a tener una relación abierta, o que ya tenía una y era una solapada invitación a tenerla también conmigo, o simplemente se aburría y le encantaba colaborar a su manera en el texto que yo iba colgando periódicamente en el blog. O se reivindicaba como alguien excepcional porque consideraba que el texto que le había enviado no se ajustaba a la realidad, o puede que se haya hecho bollera ¡Vete a saber!
¿Era una declaración, una propuesta, un guiño, una inocentada fuera de plazo?
Total, un galimatías donde parecía sugerirse todo pero sin dejar nada claro. Quizá por no arriesgarse a que le dieran calabazas, o por marearme un poco.. Con lo sencillo que es presentarte con tu verdadero rostro y hablar sin tantos circunloquios.
Aunque, pensándolo mejor, quizá, dadas las circunstancias, para ella no sea tan sencillo.
A día siguiente, cuando intenté volver a leer la extravagante conversación, en lugar de sus palabras me encontré con unos cartelitos amarillos donde los mamones del feis me decían que estaban comprobando la legitimidad del perfil de Karlota. Lo cierto es que la pobre Karlota tuvo una vida efímera, un par de días más tarde, sin dejar ni un triste epitafio, dejó de existir a manos de los sesudos antisociales que administran, y de paso mangonean los intrincados hilos de esa desmesurada telaraña virtual de rostros. Buen intento, guapa; ahora ya sabes cómo las gastan los machacas del Gran Hermano .
El núcleo de mi desazón seguía girando en torno a una simple pregunta: ¿Era ella, o no, la responsable de algunos de aquellos perfiles? ¡Mierda, mierda, mierda! Estaba como al principio: Atrapado en Ámbar, como el desafortunado mosquito de Parque Jurásico.
Al fin decidí que sí, que era ella. No tanto porque tuviera una certeza absoluta, sino porque prefería creerla activa y desenfadada antes que somnolienta y desmadejada. Cierto también, que, en mi opinión, mi musa había efectuado un claro intento -aunque solo fuera de perfil, valga la redundancia- de interactuar con el texto. Un hecho inquietante, pues podría estar manifestando una firme voluntad o un claro deseo de convertirse en parte contratante de la primera parte en el desarrollo de esta historia, de no conformarse con el pasivo rol de ser una mera lectora. Un tema crucial y delicado que podía alterar mis -con frecuencia evanescentes- planes de trabajo.
Espero que se divierta, porque yo tengo un barullo...
La acepté, y a los pocos minutos me llegó un saludo a través del chat:
-Hola.
-Hola ¿Qué tal está? Qué suerte vivir en París.
-Soy secretario de una sociedad de inversiones francesa.
-Pues yo soy un autor desconocido que camina sin rumbo por los callejones de su ciudad. De la mía, quiero decir. No se haga ilusiones...
A partir de ahí, la conversación se convirtió en un breve diálogo de corte surrealista donde acabó por soltarme un inacabable catálogo de ofertas de inversión y ahorro que no alcanzo a recordar.
-¿La interesa?
-Pues no.
-Gracias.
Fui a su perfil, cliqué en la pestaña de Amigos y le di puerta sin pensarlo ni un minuto. Era un perfil realmente pintoresco, con unos cambios de género que no venían a cuento y un discurso contradictorio, donde sin duda se pretendía dejar patente que todo él era un camelo; un artilugio inverosímil y de escasa vida útil que forzosamente debía albergar algún propósito.
Por no hablar de su nula capacidad para captar inversores potenciales adecuados. Porque un anarquista entrado en años que llega a fin de mes por los pelos no me parece un cliente del que se pueda rascar mucho, la verdad.
Sin embargo, he de admitir que, fuera quien fuera el autor o autora, iba progresando; pues aquellos personajes femeninos habían ido de menos a más conforme me los había ido presentando y ahora aparecían mucho más pulidos y sofisticados. Un detalle encomiable que decía mucho sobre el tiempo y el esfuerzo que les habían dedicado.
O quizá preguntaba otra cosa y decía que yo era un tipo estupendo con el que estaba dispuesta a tener una relación abierta, o que ya tenía una y era una solapada invitación a tenerla también conmigo, o simplemente se aburría y le encantaba colaborar a su manera en el texto que yo iba colgando periódicamente en el blog. O se reivindicaba como alguien excepcional porque consideraba que el texto que le había enviado no se ajustaba a la realidad, o puede que se haya hecho bollera ¡Vete a saber!
¿Era una declaración, una propuesta, un guiño, una inocentada fuera de plazo?
Total, un galimatías donde parecía sugerirse todo pero sin dejar nada claro. Quizá por no arriesgarse a que le dieran calabazas, o por marearme un poco.. Con lo sencillo que es presentarte con tu verdadero rostro y hablar sin tantos circunloquios.
Aunque, pensándolo mejor, quizá, dadas las circunstancias, para ella no sea tan sencillo.
A día siguiente, cuando intenté volver a leer la extravagante conversación, en lugar de sus palabras me encontré con unos cartelitos amarillos donde los mamones del feis me decían que estaban comprobando la legitimidad del perfil de Karlota. Lo cierto es que la pobre Karlota tuvo una vida efímera, un par de días más tarde, sin dejar ni un triste epitafio, dejó de existir a manos de los sesudos antisociales que administran, y de paso mangonean los intrincados hilos de esa desmesurada telaraña virtual de rostros. Buen intento, guapa; ahora ya sabes cómo las gastan los machacas del Gran Hermano .
El núcleo de mi desazón seguía girando en torno a una simple pregunta: ¿Era ella, o no, la responsable de algunos de aquellos perfiles? ¡Mierda, mierda, mierda! Estaba como al principio: Atrapado en Ámbar, como el desafortunado mosquito de Parque Jurásico.
Al fin decidí que sí, que era ella. No tanto porque tuviera una certeza absoluta, sino porque prefería creerla activa y desenfadada antes que somnolienta y desmadejada. Cierto también, que, en mi opinión, mi musa había efectuado un claro intento -aunque solo fuera de perfil, valga la redundancia- de interactuar con el texto. Un hecho inquietante, pues podría estar manifestando una firme voluntad o un claro deseo de convertirse en parte contratante de la primera parte en el desarrollo de esta historia, de no conformarse con el pasivo rol de ser una mera lectora. Un tema crucial y delicado que podía alterar mis -con frecuencia evanescentes- planes de trabajo.
Espero que se divierta, porque yo tengo un barullo...
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