lunes, 21 de junio de 2010

28 de junio*

Oruga, son las cinco de la madrugada y aquí me tienes otra vez. Como un adicto en pleno éxtasis. Oigo a Rosendo con Leño y comprendo por qué no le gustó. Me parto de risa ¡qué desilusión! Descuélgate del estante, y si te quieres venir, hay una plaza vacante...etc.
Ayer, pasó por la plaza una de mis enfermeras preferidas de la maldita 6ª planta. Maria, morena y simpática. Conocida mayormente por formar parte del coro vocal del conocido grupo de “rock sanitario” de finales de los noventa, “Dr. Krespo y las Vampiras”. 
Todavía las recuerdo bailando y haciendo girar sendos fonendos a ritmo de rock' n' roll. Lupe -rubia con el pelo corto y gafas a lo Martirio- aparece con su bata blanca tradicional. Es la más rápida aguja en mano -te abre una vía y te enteras tres días después-. 
Cuelgan de sus micros botellas de suero fisiológico. Siempre dispuestas a sacarle una muestra de sangre a cualquiera a la que se despiste. Quién no recuerda su último trabajo: “hepatitis c”. 
El dr. Krespo: bata blanca hasta las rodillas, chupa de cuero negro y gafas de sol a lo Peter Punk -sin duda para disimular su parecido con el Ibarreche-. Estuvo en las listas de ventas cincuenta semanas -según la revista “Rolling Stone” de la época-. 
Nos saludamos con mucha cordialidad y pregunta. Bien, descansando de verdad -le cuento-. Haces mejor cara me dice -por supuesto, le cuento-. Hasta tengo todo el pelo que me corresponde genéticamente hablando. Mi sentido del humor tardará algún tiempo más en quedarse conmigo definitivamente. Jugará al volei playa en la plaza -la enfermera-. No me lo pienso perder.
Las dos Evas vienen a mi memoria “Retrato” y “On the road”. Dos caras de una linda, frágil y desafortunada moneda, lanzada al aire de la vida, que gira sin cesar -sin decantarse nunca-. Gira en el aire una y otra vez, con una suave cadencia, ingrávida y distante. A lo lejos, miro el espectáculo y sonrío junto a mi impotencia. 
Oruga, la vida a veces es así -hay que andarse con ojo-. Las tragedias son el pan nuestro de cada día. Nuestra faz, a veces sublime y mágica, reducida a su más ínfima condición, la soledad, esa soledad profunda e íntima -que nos aleja de la realidad-. Se puede padecer a pesar de no estar solo. Se adueña de nuestra existencia a la menor oportunidad, y cubre con su manto rutinario, triste y polvoriento, nuestra vida, donde la incertidumbre y el miedo se adueñan de las frágiles criaturas que por este mundo andamos -con más voluntad que fortuna-. Guárdate Eva de esa emoción. Es capaz de teñir de gris tus días más hermosos y quedarse en tu garito -como una alimaña- alimentándose de tus sentimientos más alegres y bellos, robándote la sonrisa y la vida sin compasión.

domingo, 20 de junio de 2010

¡Pobre conejito blanco! (receta friki)

Estaba haciéndome el papeo cuando me he acordado de alguien. Hoy, la manduca es un experimento:
Quería aprovechar unos caracoles pasados de picante –regalo de un gallego medio druida- que tenía en el congelador desde hacía tiempo…
Me puse a trocear un conejito...
Veréis… cuando me acuerdo del pobre conejito blanco, que le sirlé, con jaula y todo, a una niña de 6 años, el -tan señalado para los infantes- día de Reyes, me pongo muy triste ¡Pobre conejito blanco!
Eso sí, lo aproveché todo. La jaula se la vendí a un funcionario de prisiones obsesionado con su trabajo, y con la piel me hice un gorrito de cazador a lo David Crockett. Me lo pongo cuando subo a la montaña. Así también se da una vuelta el pobre conejito…
Lo he pasado por la sartén. Un salteo breve, pero intenso, y lo he retirado.
Luego lo de siempre:
Cebolla picada, ajo, pimiento verde y rojo y zanahoria… chup, chup.
Después de fumarme un petardo, mientras las verduras, a fuego lento, se revolcaban en una ardiente orgía dentro de la cazuela de barro, he separado los caracoles de su salsa… Ha sido entonces cuando he empezado a sospechar…
¿Y si ese cabrón me los dio envenenados con algún siniestro alucinógeno?
“Tienen mucho picante, pero están cojonudos” -me aseguró, al endilgarme el tapergüare con los caracoles. Me endiña el taper y se pira de vacaciones…
Pues si, la salsa de los caracoles, rebajada con un poco de agua, a la cazuela.
Los Ilegales, Rosendo, Los Suaves, Leño… Estoy convencido de que si le pones música cañera el conejo sale más tierno… ¡Pobre conejito blanco!
Lo cogí por las patas traseras y lo desnuqué de un solo golpe contra el marco de una puerta. Ni se enteró.
Con el rollo del alucinógeno se me ha olvidado comentar que, un poco antes de meter los caracoles, había puesto el conejito de nuevo en la cazuela.
A la media hora pruebo de sal… Los aromas no se han hermanado aún, y me parece que el sabor no está del todo equilibrado. Poco a conejo…
En ese momento, me he acordado de unas usadas bragas chinas que guardo en el cajoncito azul, por un instante, me he visto sonreír mientras las metía dentro de la salsa… pero… no sé por qué, enseguida lo he descartado. No puedo renunciar a ese recuerdo. Pero un toque estaría bien… ¡Pobre conejito blanco!
Tengo la sensación de que el conjunto está pillando un color un poco raro…
Me asaltan las dudas con respecto al resultado final. El sabor, por un lado, que no me termina de convencer y, por otro, el responsable de los caracoles se ha dado el piro por si acaso…
Mientras le doy unos meneos a la cazuela me acuerdo de Kasti, “El Químico”. Estará harto de bocata pinchos… Sonrío, es temprano y hay comida de sobra. Tengo tiempo de invitarlo.
Si los caracoles están dopados hasta los cuernos sólo él dispone de los  conocimientos suficientes para salir de un infierno… Le comunicaré mis sospechas después de papear y a ver qué pasa. ¡Pobre conejito blanco!
Al guiso le quedan diez minutos. El momento de mayor riesgo… Hay que probar un invento para darle el toque que le falta a la salsa.
Voy al cajoncito azul, cojo un pequeño sobre de plástico de cierre hermético que conservo con ardor… Saco unos pocos cabellos negros, cortos y rizados, muy rizados. Selecciono unos cuantos y los deposito en la tabla…
Con mucho cuidado, vuelvo a dejar el vello restante dentro del sobre y lo guardo en el cajoncito azul.
Con un cuchillo japonés, que compré con la Vanguardia del domingo pasado, pico fino, muy fino, la seña de una feminidad. Se la echo el guiso… Chup… chup. Lo tapo, bajo el fuego y... en cinco minutos listo.
¡Pobre conejito blanco!

sábado, 19 de junio de 2010

7 de junio bis*

Escucho “Historias de misterio e imaginación”. Poe, por Alan Parsons, me pregunto: ¿por qué?, lo que no deja de ser una gilipollada más que añadir a la larga lista invierno-primavera made in interferón.
Trato -de nuevo- de ponerme en el lugar de mi bella musa, mis lindos ojos en el laberinto. Menuda empanada tendrá. Te atrapó Mario, bien pillado estás, por más rollos que cuentes.
Llama Laia y hablamos largo y tendido -ella hizo el mismo “tratamiento” el año pasado-. Estuve en el infierno, me cuenta. Sonrío, y le cuento: yo lo tengo por escrito. Enseguida se interesa y me cuenta que hay quién se ha suicidado. Hay hospitales del estado, donde para este tratamiento se aseguran de que la victima tenga un buen soporte familiar.
Le han pasado cosas parecidas, miedos, intolerancia a las discusiones, algo de mal carácter, su compañero diciéndole que era una “mangui”, ¡je, je! Está curada ella también ¡estupendo! Hablo del antidepresivo, y me dice : “Efecto rebote” ¡Es cojonudo! me he de enterar por ella. Le cuento -resumida- mi odisea femenina. Trata de animarme.
Los efectos de las inyecciones se irán lentamente.
Éste ha sido un buen golpe para mí, casi todo un año perdido. Un montón de sufrimiento que extendí a otras personas. Es lo más duro, y tengo que remontarlo.
La “prota” seguirá dándole cuerda a su reloj, y yo en la playa, pensando en ella, pintando su retrato mientras cuento mi odisea.
El depredador mira el sol de junio y sonríe -ha tardado esta primavera en ser luminosa para mí, pero aquí está-, mira el sol radiante -como sus ojos- y, se dice: eres un hombre valiente y soñador, si no, no estarías aquí.
Tengo los cuentos -inconscientes y conscientes-, son un regalo inesperado, una terapia “gestalt” mirando el luminoso horizonte.
Suena el “Sister morphine” y voy veinte años atrás como si nada, veo caras de amigos y amigas, de ligues, de amantes, de presos -como una vieja leyenda-. Los que quedaron atrás sonríen y me dicen: “On the road again” Mario, ¡suerte leopardo!


*Fragmanto del libro "Ruido de fondo".

7 de junio*

Jamás pensé que el cuento se pudiera alargar tanto.
Vuelvo al ordenador -ya sin temblor de manos-. Tengo delante un pequeño y delirante manuscrito donde se cuenta mi pequeña odisea, sólo quedan por perfilar los momentos de acción -descritos muy brevemente- pero frescos todavía en mi memoria.
Vistos bajo otra luz, la que da el tiempo y la experiencia vivida -como una leyenda urbana-. Algunos poemas hay, y, modestamente, alguno bueno creo.
Hoy hablé con Laia sobre el asunto -ella pasó por eso el año pasado- le he contado muy por encima la historia -amiga común incluida, pero con otro alias-, ¡en fin!, allí, lo mismo que aquí, se hacen estos tratamientos a lo bestia, sin avisarte -sin recursos psicológicos para atender a la gente-.
Es imposible llevar este tratamiento estando solo y algún día habrá que lamentarlo.
Me parece una temeridad después de cómo lo he pasado yo. Los disgustos y preocupaciones que he causado a mis amigos y a la “prota” de los cuentos.
No sólo el delirio radiofónico está en ellos, también otras partes de mi inconsciente. Este verano tengo que articularlo y darle tratamiento literario sin que pierda coherencia, bien que mal la tiene.
Oigo a JJ. Cale ahora mismo oruga, el Money Talks. Extraordinaria guitarra y bella voz, otra versión -el mismo cuelgue pero en otra onda-.
Esta hora es buena para mí, el silencio me ayuda y el cambio de color de las paredes también, ésto es importante para dejar atrás las horas de terror y miedo pasadas aquí -tan sólo dos meses antes-.
Ahora toca reposar con mis textos y tratar de hacer con todos ellos unos cuentos multimedia, desde otro ánimo, distinto al ritmo frenético de los primeros textos o al de gran parte del manuscrito. Donde guardo mis miedos, mi pasión, mi batalla y mi locura. Ponerle armonía y sentido del humor es otro pequeño desafío para mí.
El depredador dice que lo hará, y cuando se le mete algo en el tarro, fijo que lo hace, aunque reviente -es así el muy cabrón- ¡suerte leopardo!
Si algo tengo claro ahora, es, que tengo una salud de hierro y soy afortunado -tengo suerte o conjuré mis demonios- mr. Lucky al menos.
Vengo del infierno con el manuscrito sin chamuscar, con ganas de dedicarle tiempo e ilusión y dejarlo lo mejor que pueda, a pesar de lo complicado que será.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

martes, 15 de junio de 2010

Febrero 2*

Muchos días sin retomar estas páginas, tiempos complicados para mí, pues soy consciente de mis limitaciones -mis fuerzas se agotan día a día-, pero no era ése el motivo que me hace sentarme ante una página en blanco, sino un soplo de lucidez lo suficientemente importante para sacarme del sofá, que parece ya el de los Simpson.
He buceado en mis sentimientos de hace muchos años, y he descubierto cuándo comenzó ha escribir el depredador y por qué, esto, que para otros puede tener escasa importancia, para mí es un hecho monumental.
Los cuentos de convalecencia son una expiación, una disculpa ya inútil e innecesaria, hace mucho, mucho tiempo, defraudé a alguien con quien compartí mis horas juveniles, y al que debo algo impagable, ese algo, fue abrirme la puerta y darme otra visión del mundo… Tiempos acelerados aquellos, en los que yo absorbía como papel secante toda nuestra intensa batalla sin entenderla todavía con claridad.
Rodeado de todas las insuficiencias del mundo, aprendiendo a pensar, organizar, a saber elegir el momento adecuado, cuándo hay que poner las cosas en su sitio, y asimilando al mismo tiempo un montón de materias -de esas que, afortunadamente, todavía no se dan en la universidad-.
Ayer cogí el maldito libro, lo abrí y leí la dedicatoria, no hizo falta más, llevaba sin abrirlo desde el día de su muerte o algo más, simplemente, no merecía aquella dedicatoria, la he leído hoy, y dado mi estado, las lágrimas salieron solas, cayeron sobre el papel, y hay están, ya forman parte del ejemplar que habla de cómo una vez defraudé a un compañero que me dedicó tiempo e interés -lo hacía con todos los jóvenes-, se presento un día, cuando yo ya sabia la manía que le tenían los comunistas de mi empresa, y que dejaron de hablarme por ello, en cambio él, me dio este volumen.
Bien, mi fracaso, no tanto por mí sólo -que lo fue- y mi tristeza, eran no poder volverlo a leer, me sentía un miserable por el rumbo que tomó mi vida -él mismo que otros muchos jóvenes de aquella época-.
Tampoco fui al acto civil cuando falleció, ni al entierro, simplemente, no podía mirar a la cara a mis otros compañeros. Esto, que ellos de alguna manera entendían, para mí no era suficiente -me hubiera sentido una rata de alcantarilla en el funeral-.
Todavía no paso de la dedicatoria y de ojear páginas sueltas, pero lo he abierto a pesar de todo -por primera vez, después de diecinueve años-, es un paso importante y decisivo.
A modo de humilde reparación, decirte, con ilusión y confianza, que tengo a Jesucristo y a Stalin, crucificados juntos en una antena del Carmelo hasta que se pudran.
Para tí, Jose Antonio, que no lo leerás.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

Expreso al infierno*

No sé cuantas personas han cogido alguna vez ese tren, ni cuantas están de vuelta -la narración es extraña- comenzó, o mejor, cuando empecé a sentir que viajaba en él, ya no pude apearme, quizás flotaba en el ambiente desde mucho antes, como una diminuta ola que, poco a poco, va acumulando viento y más viento, hasta que deviene en huracán, donde, ciertamente, he dejado jirones de mi mismo, pero también es cierto que me he traído toda la experiencia o, al menos, toda la que pude recordar -que fue mucha- anotada cuidadosamente      -¡qué paranoia!-.
Ha sido muy importante para volver a recomponer las piezas de mi mismo, desparramadas como un collar de cuentas roto, en una habitación amarillo y rojo, en más de un estudio de radio, en una plaza de mi barrio, y en la puerta de mi Eva.
Extraño tren, donde los viajeros -como fantasmas-, vagan sin rumbo, sin saber donde apearse, y se miran -una y otra vez-, unos a otros, sin reconocerse nunca, un lugar, donde los paisajes de siempre desaparecen con un chasquido de los dedos.
La calle entonces, es sólo una carretera desierta en la noche -una ciudad desconocida-. Esa soledad, es desolación, y los que por ella andan -seres extraños, que vagan sin rumbo con la brújula averiada-, no reconocen su rostro, ignoran quienes son y a que mundo pertenecen, si tienen suerte, quizá encuentren un rasgo, un detalle, algo que les indique el camino de vuelta.
El laberinto de espejos está servido, deséale suerte al viajero, la necesitará.
Bromas aparte, febrero tuvo algo de tranquilidad, no escribí mucho, pero trabajé con el tema de la emisora hasta el 20 ó 21 de marzo, donde, antidepresivo y energías dijeron ¡basta! Hasta ahí lleva este cuento, al andén donde espera “el expreso al infierno”.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

lunes, 14 de junio de 2010

Febrero (05)*

Comprendiendo que Ulises no se libraría, esa noche de narrar su Odisea, dijo Esteban a Sofia: “tráeme una botella de vino del mas corriente, y pon a refrescar otra para luego, porque el relato será largo.
El siglo de las luces, de Alejo Carpentier.


¿Qué puedo decir del mes de febrero? Apenas tengo notas sobre el dichoso mes. Tenía la moral hecha polvo y me sumergí en las tareas de la emisora. Fueron demasiadas para las escasas fuerzas que me quedaban.
Seguí con el programa a pesar de todo, aunque triste después de la puñalada que yo mismo me di en el corazón. 
Mi sangre iba desbocada hacia una anemia mortal de necesidad y el tratamiento seguía a toda pastilla -chute semanal incluido-. 
Mandé un sms a la “suspiros” el día de su cumpleaños -no hace falta decir que, ella, no hizo lo propio tres días después que era el mío-. 
Le grabé algo de música, era mi manera de decir algo que, ya entonces, era incapaz de expresar. 
Más tranquilo estuve por unos días, pero viendo borroso y con el extraño presentimiento que tuve el día de mi santo -en casa de la ojos bonitos- planeando sobre mi cabeza como un buitre hambriento esperando su oportunidad. 
A pesar de mis muchas otras preocupaciones no podía dejar de pensar en ella.  Y fumando hierba como si me fuera en ello la vida, me decía: Mario, a la chica le falta una tuerca y a ti te empieza a faltar un tornillo -vaya par-. Ella casi no sale -enclaustrada está-, y tú cada vez puedes moverte menos, además, ya no distingues un huevo de una castaña la mitad del tiempo, y la otra mitad, con el Parkinson residual amenazando ya con quedarse a vivir de forma permanente en tu guarida.
El sueño, empezó a hacerme el avión o la pirula, a días alternos, y yo cabezón, a la que no tenía nada que hacer pensaba en sus ojos -como claveles rojos-. En aquellos ojos que desde entonces forman parte de mi existencia. 
Intenté luchar contra aquella imagen una y otra vez, pero es imposible luchar contra el destino. Su bella mirada me atravesó y dejó dentro de mí una suerte de embriagador y dulce veneno que forma parte fundamental de una experiencia poéticamente aterradora, donde mis fantasmas reaparecen una y otra vez, y la atracción por una mujer se impuso al odio que sentía por algún excompañero. 
Ahora está en mi inconsciente también -éramos pocos y parió la abuela- y sin pedirme permiso.
Las reuniones en la radio eran largas y espesas, lo que no contribuía en nada a conservar lo poco que ya quedaba de mi salud. 
En casa me dio un rollo monotemático con la música -blues y más blues-. El “Remember bliss” de John Mayall sonaba una y otra vez, como una premonición del futuro que me esperaba -agazapado sobre mi mismo y el inconsciente buscando ya su oportunidad-. Y ahora -una mañana cantarina de finales de primavera-, ya lejos de mis terrores, lo recuerdo como una alocada y triste carrera cuesta abajo, hacía la desesperación, la soledad y la locura. Rodeado de compañer@s, amig@s, canciones, con unos ojos brillando en el espejo -como azulejos- mirando a lo lejos. Inalcanzables, llorosos, solitarios, desolados y confusos, que si bien iluminaban a piñón, teñían todo a su paso de desolación, desnudándome de esperanzas, con el corazón triste y solitario -a solas con mis miedos- en la recta final de mi duro tratamiento y sin fuerzas para pensar con claridad.
Apenas recuerdo gran cosa y por un error fatal perdí gran parte de lo escrito    -lo largué sin remisión al cementerio virtual-. Intercambiamos llamadas en plan raro -en un confuso código que ninguno de los dos era capaz de entender del todo-, del tipo: “no quiero formar parte del circulo que te oprime, no es ése el papel que quiero jugar en tu vida” “ ríete o te mueres” “eres una engreída” “es que estoy nerviosa” “a mi no me agobies” “me mirabas con ojos de tiburón” “no me hables en ese tono” “quiero mi rulo o algo parecido” “oye, que es el tratamiento” “¡pues vaya tratamiento!” “yo soy incapaz de hacerle daño a ninguna mujer” “¡pues solo faltaría!”. 
Algo debió de dolerle. Sé, que a veces, uso un tono frío, distante, indiferente, que hace daño. No son las palabras, sino como suenan. Ajenas a todo parecen llevar una despedida implícita. 
Después de eso, sólo un mensaje en plan borde sobre mis paranoias, -cómo si yo no estuviera enterado a esas alturas- devolviéndome la frase de “no quiero formar parte de”. Su “¡olvídame!” me partió el corazón. 
Eran ojos de poeta convaleciente, solitario y frágil los que la miraban aquella desdichada tarde. Intentaba retenerlo todo con ojos apasionados y profundos   -quería escribirle cuentos y en eso andaba-. Nunca lo supo mi esquiva musa. 
Le dije algunas cosas que no le gustaron, pero alguien tenía que decírselas: “si no te quieres tú, nunca podrás querer a nadie” fue quizá el más duro comentario. Lo hice porque me importa, me duele su dolor, se parece al mío de otro tiempo.
El rulo* sigue rulando aún, como una antigua maldición en constante estado de ejecución sin acabar jamás de finalizar su sortilegio -en plan proceso informático en estado zombi-. Total, me toca comprarle uno nuevo. El original sucumbió en una primaveral y alucinante noche -sin solución ortopédica alguna- en una “jam” de cuatro horas contra el granito de una acera solitaria de su barrio y el mío.
Días borrosos fueron aquellos -ya tan lejanos en mi memoria-. Entre las dudas, la tristeza, el trabajo de la radio y el tratamiento, que, robándome el sueño y la tranquilidad, se iban adueñando poco a poco de mi vida.
Un mamoncete comenzó a intentar agobiarme por teléfono sistemáticamente. Primero desde su casa, y luego desde un locutorio -en un alarde de cobardía que no le conocía todavía-. Intentaba burlarse de mí situación. Tuve que desconectar el dichoso artilugio y usar el móvil únicamente. 
Me alteraba los nervios, y para postre, cuando intento explicárselo a la panterita, sin saber nada del asunto, me manda un mensaje llamándome paranoico poco más o menos. Me dolió oruga.
Hoy, la madera picó a mi puerta y no estaba. Andarán con lo de la citación que ya fui a recoger. Informe al canto o algo así. ¡En fin! hoy es verbena, hasta el sábado o el lunes no habrá numerito de maderos, y que conste no los he incluido yo, ni ella, se han apuntado -querrán salir en la historia- por el morro.
Sigo con Freud y la histeria, trato de comprender y comprenderme, aunque lo mío lo tengo algo más claro, lo de ella me cuesta más. Ahora tiene miedo o se siente culpable, y si me ve pensará que quiero hacerle daño ¡qué risa! Ella sabe lo que quiero mejor que yo, y eso la preocupa ¿por qué será? 
Primero pone un cebo muy difícil de rechazar -como el Padrino pero en versión femenina- y cuando ya has picado le entra miedo y pagas las culpas de su desolación, su tristeza, su dolorosa existencia.
Coche rojo, cojines rojos, posavasos rojo, estera roja, yo digo además, corazón rojo y solitario ella. Rojo, solitario, desesperanzado, triste y fuerte el mío.
Todos los tíos del planeta andaban tras ella para verle el coño, al principio no le di mayor importancia, pero me pareció oírlo en tantas ocasiones que, al final, me decía: ¡coño! Mario, seguramente tiene un coño extraordinario. Uno de esos regalos que nos da la naturaleza tan pocas veces, y tú, la diñarás sin ver tan especial legado genético, producto de miles de millones de generaciones femeninas. Total, que tuve, tengo y tendré, curiosidad por ver eso que, por lo visto, busca en ella toda la parte viril de la humanidad. 
Tanta propaganda, es normal que al final te entre curiosidad masculina. A mí ya me gustaba antes de saber que albergaba un legado genético de importancia capital entre las piernas y que, al parecer, todo el mundo andaba al acecho de la dichosa joya fisiológica. Me interesaba toda entera -así que poco podía hacer-. Linda chica mi musa, hasta cuando se enfada tiene algo especial, único, al menos para mí. 
Así estaba, hasta estas nimiedades se iban acumulando -en mi ya confusa vida-. Todo se incorporaba a mis preocupaciones sin poder pensar con claridad sobre ello y sin poder descartarlo de mis pensamientos. Todo fue en esa onda hasta el colapso.
Para postre, ese mes se incorporó a la fiesta un tipo pequeño y desarrapado, una especie de híbrido entre un elfo y el señor Spock. Se puso a darnos la tabarra con un desmesurado afán de hacerse notar a costa de lo que sea. Parecía Diógenes en su mejor momento, sableando a quien pillaba -el caso era pedir algo-. Andaba cambiando de vivienda cada dos meses y poniendo cara de precario crónico. Me dieron ganas de subir a la radio y cortarle las orejas en punta -por Maruja- al enanito del cuento. 
Del quince de diciembre al quince de enero mis células sanguíneas bajaron en picado. Mi suerte estaba echada.
Ahora, después de la maratón pastillera -ya normalizada mi existencia-, leo y veo más el lado poético que tuvo, el miedo, la desesperación y el pánico, sólo son un mal sueño ya lejano y superado. 
Un cuento urbano para reincidentes y pillados de toda condición. Para los alucinados y contradictorios seres de cuya especie formo parte. Y muy especialmente, para aquellos que, de una ú otra manera, lo vivieron y sufrieron conmigo.

* Artilugio rodante de madera para automasajearse los pies.  (nota del autor)  


*Fragmento del libro"Ruido de fondo".