Me siento muy cansado. La anemia me persigue de buena mañana.
Oigo cantar a los pájaros y pongo las noticias. El mundo sigue como siempre, hoy, algo peor que ayer. Me cuesta un poco todavía oír los informativos, antes los escuchaba con interés y sentido critico. Hay que esperar para eso. Desenchufado estoy, como las grabaciones de primeros de los noventa.
Tengo el verano por delante sólo para mí. El interferón me ha dejado hecho polvo.
Cuando lo cuente se verá todo el proceso. La aceleración, el salto y la recuperación.
Me voy a mimar como si fuera mi novia. Me lo he ganado a pulso.
Estoy puteando al móvil. ¡Qué se joda! me la pegó el muy cabrón. Con la paranoia y cli, cli, cli. Me cabreé con él -no sabía hacer nada-, además, cuando suena no estoy, por móvil que sea.
Espero que a la chica se le pase algún día el mosqueo. Me rio por no llorar -un viejo recurso psicológico-.
Fumo petardos por no deprimirme más -es un buen remedio-, y tarareo canciones de los cuentos. La música me acompañó en mi extraño y poético viaje.
Ahora que tengo tranquilidad me ha entrado un cansancio total, pero como no doy un palo al agua me es indiferente.
Leo, escribo, paseo y pienso con serenidad, ordenadamente, aunque tengo algún mosqueo literario de vez en cuando, entonces lo dejo hasta otro día.
Me mirabas con ojos de tiburón -dijo-. Yo no le conté cómo miraba ella.
La segunda vez con ella a solas y ya discutes. A estas alturas no sé qué pensar -la psicología femenina es un misterio insondable como el origen de la vida-. Ahora me da risa, pero me dejó para el arrastre. Uno que está en las últimas y huyendo de bronkas, se va feliz a contemplar un par de ojos que le hacen olvidar todo aquél mal rollo y ¡hala! verbena de la paloma: Si te vas malo, y si te quedas peor ¡cosas de la vida!
Me parece estar viendo al dentista agazapado como un buitre detrás de la silla. Cuesta acostumbrarse al jíbaro. Aprendo americanismos hablando con él.
Gafas de sol nuevas y agujero en la oreja. Me ha dado el punto de encalomarme un pendiente -discreto eso si-. Debo tener necesidad de reafirmarme, así que bien está.
L@s marom@s de por aquí, cuando hablan de automóviles, no dicen coche, ni buga, ni tequi, ni carro, balbucean algo que suena como tropecientos tedei.
Dan vueltas constantemente. Cuando pasan aflojan la velocidad -como quién busca aparcamiento-, en ese instante, alguien se acerca al vehículo un momento y vuelta a empezar. Los monos hacen la ronda. En todas partes existen esquinas como esta.
Ahora que voy un rato casi todos los días -a charlar y tomar mi doble cero-, me hace reír esa noria vista tantas veces -el cuento de nunca acabar-. Por estas selvas urbanas a las rayas las llaman filetes -argot local-.
Unos, curran en las construcción, otros, en derribos, en plan simbiótico pero sólo en lo económico.
Necesito ir a la playa pronto y el problema de la piel no me deja -es una putada-. Ya tengo ganas de nadar un poco.
Hasta hace quince días no supe que el peor mensaje dejado en mi contestador nunca existió, fui a comprobarlo. Pienso en la voz que era y ¡joder! no tengo suerte con las que me gustan de verdad. Dos meses dándole vueltas ¡qué estupidez!
El dentista está acabando. Hoy he visto salir a una de sus víctimas después de una hora de sesión, sudaba como un condenado a trabajos forzados. Me recordó a mí hace tres meses. Llevo una campaña que parece diseñada por la KGB para joderme la vida y los sueños.
Últimamente ya no tengo sueños raros -sólo alguno divertido-. Ya no golpeo la sombra enorme que me amenazaba. Era frustrante -mis golpes no le hacían nada- me agotaba y despertaba sudando. Este sueño lo tuve muchos años y hace tres meses le volví a ver la jeta al sueño -después de mucho tiempo-. Ya no ha aparecido más.
No doy un palo al agua -salvo algún recado puntual-. Paseos y hierba en el parque. Me recuesto en mi árbol, desde allí veo las sombrillas de la piscina. Son psilocibes gigantes- me resulta agradable y tranquilizador mirarlos. Escribo.
Estoy de vacaciones pastilleras -no tomo nada-. Un delicioso sueño que durará hasta el próximo miércoles.
Esta parte será una convalecencia de verdad, y no el rollo de los primeros 6 meses. Sólo acordarme se me ponen los pelos de punta.
Soy afortunado. Tengo los cuentos. Son un pequeño fruto premonitorio salido del caos. Algo he traído -palabras y sentimientos- del fondo de ese pozo.
Hoy, he de comenzar mi último episodio -máximo tres folios- sobre la casa encantada o la mujer araña -todos caen en sus redes-. Cinco meses después, ya sereno, encaro la triste tarea -fuiste un imbécil Mario-. En papel aparte de este telediario -por el que siento mucho afecto- con el que he ido de la mano de vuelta a la realidad.
Será un ejercicio de memoria, no desapasionado y frío -eso sería imposible-, pero si, con la distancia suficiente para verlo en todas sus facetas. Ese triste día comencé a ser consciente de que algo iba a ocurrir.
Termino el libro sobre Jung, una ayuda inestimable para mí. Racionalizó mis terrores -les dio coherencia-. Me hizo ver los cuentos bajo otra luz y reconocer mis sentimientos verdaderos. ¡Qué lástima panterita! nunca más te tendré al lado, para morirse. Verla llorar de aquella manera me dejó anonadado y muy preocupado.
Comencé el San Canuto -la armadura al menos-. De momento no dan ganas de reírse. Todo se andará -oigo a Los Lobos, me sube la moral-.
Voy a pasar muchas horas solo conmigo mismo, hay que irse acostumbrando.
Cambiando de onda, sigo despellejándome, a otro ritmo, con otra frecuencia y menos intensidad.
Los días se parecen mucho unos a otros.
La anemia va jodidamente lenta, pero tengo un hambre de lobo. Supongo que saber que te espera tu vida en algún sitio, y saber cual, es un estimulo importante.
Hoy he soñado algo que no puedo recordar. Es un palo, me había acostumbrado a escribir sobre ellos -folio aparte-.
En cambio, sigo con el San Canuto -un texto para mirar con lupa-. Una obligación terapéutica que no literaria. Algo es algo.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
lunes, 28 de junio de 2010
domingo, 27 de junio de 2010
21 de mayo*
He ido a mi casa. Tengo que ir haciéndome a la idea. Casi todo es diferente.
Debo planificar los próximos meses -toda la mierda de 20 años es mucha letra para una sola canción-.
El silencio, los espacios abiertos y la libreta serán fundamentales. Van a ser largos meses de monje otra vez ¡cosas del destino!
Escribir es básico, a veces tengo ganas de irme de algún lugar por no olvidar un pequeño detalle -he de escribirlo-. Esta libreta es también un espejo o una silla caliente gestáltica.
Hoy dejé parte de lo escrito en casa. El ordenador se ha puesto chulo. Escribiré en Linux mientras se soluciona.
Los espacios cerrados con bulla y mucha gente todavía no los aguanto con comodidad, así que los frecuento poco. Los próximos meses son de autodisciplina. Asignatura que resolveré.
Otra vez de monje, Mario ¡otra vez!
No quise detenerme con el tema de la radio -había trabajo que hacer-. Tenía que hacerlo. Ahora tengo que pagar el precio. Nada es gratis y menos esto de que hablo. Necesitaba hacerlo. Si lo hubiese dejado antes y todo hubiese acabado mal no me lo hubiera perdonado nunca. Quizá entonces no hubiese tenido el valor -ni las ganas- de salir adelante que tengo ahora. Bien está lo que bien acaba. Había que hacerlo.
Tengo que ser prudente con mis emociones. Debo soltarlas poco a poco. Y nada de impresiones fuertes por un tiempo.
Vuelvo del infierno con algo de sabiduría propia -exclusivamente mía-. Lo sentido y vivido es un pequeño tesoro rescatado de ese pozo sin fondo que todos llevamos dentro. Yo bajé y di un corto vistazo al mío. Lo sé y lo cuento.
Desde el punto de vista exclusivamente personal creo haber estado unos días en el inconsciente colectivo, o muy cerca de los símbolos arquetípicos y los propios -tengo mis símbolos propios-.
Puedo decir también: he estado en el pasado, un pasado como una película de símbolos. Son parte de mí y algo más, un sentimiento puro por la vida y las personas que me rodean, me han ayudado y sufrido conmigo. Ahora tengo un compromiso con ell@s.
Poco a poco. La paciencia nunca ha sido mi fuerte, ahora la reforzaremos.
Sigo despellejándome a marchas forzadas.
Pienso en cómo me lo montaré para estar lo más cómodo y tranquilo en casa. Me molesta todo el tiempo que necesito -demasiado tiempo-. Me pongo como un niño impaciente, entonces, mi razón dice no.
Hay que esperar. Esperar y construir algo mientras tanto ¿Cuántas libretas necesitaré? las que hagan falta, y seguramente algo de propina. Meses y meses. ¡Mierda! no hay otra salida en el laberinto ¡vaya rollo!
Tengo que ir a mi Lhasa particular y quedarme allí.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
Debo planificar los próximos meses -toda la mierda de 20 años es mucha letra para una sola canción-.
El silencio, los espacios abiertos y la libreta serán fundamentales. Van a ser largos meses de monje otra vez ¡cosas del destino!
Escribir es básico, a veces tengo ganas de irme de algún lugar por no olvidar un pequeño detalle -he de escribirlo-. Esta libreta es también un espejo o una silla caliente gestáltica.
Hoy dejé parte de lo escrito en casa. El ordenador se ha puesto chulo. Escribiré en Linux mientras se soluciona.
Los espacios cerrados con bulla y mucha gente todavía no los aguanto con comodidad, así que los frecuento poco. Los próximos meses son de autodisciplina. Asignatura que resolveré.
Otra vez de monje, Mario ¡otra vez!
No quise detenerme con el tema de la radio -había trabajo que hacer-. Tenía que hacerlo. Ahora tengo que pagar el precio. Nada es gratis y menos esto de que hablo. Necesitaba hacerlo. Si lo hubiese dejado antes y todo hubiese acabado mal no me lo hubiera perdonado nunca. Quizá entonces no hubiese tenido el valor -ni las ganas- de salir adelante que tengo ahora. Bien está lo que bien acaba. Había que hacerlo.
Tengo que ser prudente con mis emociones. Debo soltarlas poco a poco. Y nada de impresiones fuertes por un tiempo.
Vuelvo del infierno con algo de sabiduría propia -exclusivamente mía-. Lo sentido y vivido es un pequeño tesoro rescatado de ese pozo sin fondo que todos llevamos dentro. Yo bajé y di un corto vistazo al mío. Lo sé y lo cuento.
Desde el punto de vista exclusivamente personal creo haber estado unos días en el inconsciente colectivo, o muy cerca de los símbolos arquetípicos y los propios -tengo mis símbolos propios-.
Puedo decir también: he estado en el pasado, un pasado como una película de símbolos. Son parte de mí y algo más, un sentimiento puro por la vida y las personas que me rodean, me han ayudado y sufrido conmigo. Ahora tengo un compromiso con ell@s.
Poco a poco. La paciencia nunca ha sido mi fuerte, ahora la reforzaremos.
Sigo despellejándome a marchas forzadas.
Pienso en cómo me lo montaré para estar lo más cómodo y tranquilo en casa. Me molesta todo el tiempo que necesito -demasiado tiempo-. Me pongo como un niño impaciente, entonces, mi razón dice no.
Hay que esperar. Esperar y construir algo mientras tanto ¿Cuántas libretas necesitaré? las que hagan falta, y seguramente algo de propina. Meses y meses. ¡Mierda! no hay otra salida en el laberinto ¡vaya rollo!
Tengo que ir a mi Lhasa particular y quedarme allí.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
sábado, 26 de junio de 2010
Siesta*
Quizás los dragones que amenazan nuestra vida
no sean sino princesas anhelantes
qué sólo aguardan
un indicio de nuestra apostura y valentía.
Quizás en lo más hondo
lo que más terrible nos parece
sólo ansía nuestro amor.
Rainer Maria Rilke.
Playa semidesierta. Tarde de verano. Suave brisa. El calor es muy agradable y el sol no abrasa, sólo mece tibiamente mi cuerpo. Estoy desnudo, y el mar suena como una nana de la infancia -adormeciendo mis sentidos-.
Al fondo una embarcación a vela surca el horizonte. Navega grácil y ligera, parece saltar por encima de las olas. No distingo sus líneas en la distancia, pero remonta las pequeñas olas con soltura adolescente. Sus velas se agitan con la brisa. La misma brisa que siento en el rostro. Tendido en la arena bajo una sombra artificiosa.
Avanza frente a mi -va más rápido de lo que parece-. A ratos, todas sus velas se despliegan con energía, en ese momento, sé que una racha de viento duro la atrapa y la impulsa hacia delante con decisión. Al principio toda la embarcación titubea. Imagino entonces al patrón cambiando alguna vela de posición, porque de pronto, todas sus velas recobran la soltura y la embarcación retoma su rumbo a gran velocidad. Parece la reina del mar.
Un instante después alguien se tumba cerca de mí, y unos pequeños pies aparecen a tres centímetros de mi rostro mientras una cálida voz de mujer dice: no te gustan tanto, pues ahí los tienes.
No me lo pienso, cojo el izquierdo con las dos manos y juego con sus dedos y con cuidado de no hacerle cosquillas le agarro el tobillo y comienzo a chupar lentamente su dedo gordo (sabe a mandarina y limón).
Tengo una mano libre, así que se pone en marcha. La acaricio entre los dedos y la lengua se mueve alrededor del contorno de su dedo mayor mientras mis labios suben y bajan muy despacio sobre ese bonito terminal sensible. Le acaricio el tobillo, entonces oigo un dulce suspiro, y la cálida voz me dice: eres muy cariñoso -no lo sabes tu bien encanto-.
Le paso la lengua lentamente entre los dedos y los succiono despacio. Es muy sensual, y la propietaria no se queja. Mis manos para entonces acarician su tobillo. La lengua, como una serpiente húmeda y caliente, avanza poco a poco por su geografía podal. Se desliza por su empeine arriba y abajo una y otra vez mientras la dueña anda fumándose un petardo que atufa a un kilómetro.
Está desnuda. Lo sé. Mis manos y lengua comienzan a subir poco a poco desde su bello tobillo. Entonces retira bruscamente el pie. ¡No corras tanto! ahora el otro, dice una voz.
Fue como hacérselo con gemelas. Le mordía suavemente los tobillos. La acariciaba entre los dedos. Me los metía en la boca mientras ella, juguetona, los movía con cuidado, complacida al parecer.
Se da la vuelta suavemente -ahora esta boca abajo- y empiezo de nuevo. Esta vez tendón de Aquiles arriba, poco a poco (empiezo a dudar, no se si tendré saliva para todo).
Mi lengua asciende, sube y baja, y sigue hacía arriba por su cuenta y riesgo. Lo mismo hacen las manos: Acarician sus corvas mientras mi lengua avanza inexorable por ellas -flota en el ambiente un olor a protector solar con limón- hasta que me detengo justo detrás de sus rodillas. Es un sitio de lo más sensible y sensual. Mis manos ya acarician la parte inferior de sus muslos. Oigo un apagado suspiro de placer.
Voy despacio. Lo hago a conciencia, nada de chapuzas. La lamo toda y sigo subiendo despacio hacía mi objetivo. Sus piernas están relajadas mientras las lamo una y otra vez. A medio muslo me coge la cabeza y se da la vuelta. Ahora está boca arriba. Sigo besándolos por la cara interior -en plan ascensión montañera-. El olor de su sexo me envuelve. Estoy acabando con los muslos cuando abre las piernas. Me arrastro un poco más arriba. Ya tengo a mi alcance su sexo, y, me digo: no necesita nada de propaganda -llévalo en secreto-.
Delicadamente, entierro mis labios entre sus piernas -sin prisa Mario sin prisa-Sus jugos más íntimos inundan de sabor mis labios -una jaima en el desierto de su piel- y la lengua se pierde por sus pliegues mientras ella abre un poco más las piernas para que no me deje ningún rincón sin explorar. Gime un poquito, o más bien ronronea.
Siento como los músculos de su vientre se tensan, y comienzo a notar un temblor casi imperceptible. Su lindo cuerpo comienza a vibrar poco a poco, y una voz acaramelada y dulce, me dice: ni se te ocurra pararte ahora.
¡Plop! ¡joder oruga! volví a llenar de babas la funda de la almohada.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
no sean sino princesas anhelantes
qué sólo aguardan
un indicio de nuestra apostura y valentía.
Quizás en lo más hondo
lo que más terrible nos parece
sólo ansía nuestro amor.
Rainer Maria Rilke.
Playa semidesierta. Tarde de verano. Suave brisa. El calor es muy agradable y el sol no abrasa, sólo mece tibiamente mi cuerpo. Estoy desnudo, y el mar suena como una nana de la infancia -adormeciendo mis sentidos-.
Al fondo una embarcación a vela surca el horizonte. Navega grácil y ligera, parece saltar por encima de las olas. No distingo sus líneas en la distancia, pero remonta las pequeñas olas con soltura adolescente. Sus velas se agitan con la brisa. La misma brisa que siento en el rostro. Tendido en la arena bajo una sombra artificiosa.
Avanza frente a mi -va más rápido de lo que parece-. A ratos, todas sus velas se despliegan con energía, en ese momento, sé que una racha de viento duro la atrapa y la impulsa hacia delante con decisión. Al principio toda la embarcación titubea. Imagino entonces al patrón cambiando alguna vela de posición, porque de pronto, todas sus velas recobran la soltura y la embarcación retoma su rumbo a gran velocidad. Parece la reina del mar.
Un instante después alguien se tumba cerca de mí, y unos pequeños pies aparecen a tres centímetros de mi rostro mientras una cálida voz de mujer dice: no te gustan tanto, pues ahí los tienes.
No me lo pienso, cojo el izquierdo con las dos manos y juego con sus dedos y con cuidado de no hacerle cosquillas le agarro el tobillo y comienzo a chupar lentamente su dedo gordo (sabe a mandarina y limón).
Tengo una mano libre, así que se pone en marcha. La acaricio entre los dedos y la lengua se mueve alrededor del contorno de su dedo mayor mientras mis labios suben y bajan muy despacio sobre ese bonito terminal sensible. Le acaricio el tobillo, entonces oigo un dulce suspiro, y la cálida voz me dice: eres muy cariñoso -no lo sabes tu bien encanto-.
Le paso la lengua lentamente entre los dedos y los succiono despacio. Es muy sensual, y la propietaria no se queja. Mis manos para entonces acarician su tobillo. La lengua, como una serpiente húmeda y caliente, avanza poco a poco por su geografía podal. Se desliza por su empeine arriba y abajo una y otra vez mientras la dueña anda fumándose un petardo que atufa a un kilómetro.
Está desnuda. Lo sé. Mis manos y lengua comienzan a subir poco a poco desde su bello tobillo. Entonces retira bruscamente el pie. ¡No corras tanto! ahora el otro, dice una voz.
Fue como hacérselo con gemelas. Le mordía suavemente los tobillos. La acariciaba entre los dedos. Me los metía en la boca mientras ella, juguetona, los movía con cuidado, complacida al parecer.
Se da la vuelta suavemente -ahora esta boca abajo- y empiezo de nuevo. Esta vez tendón de Aquiles arriba, poco a poco (empiezo a dudar, no se si tendré saliva para todo).
Mi lengua asciende, sube y baja, y sigue hacía arriba por su cuenta y riesgo. Lo mismo hacen las manos: Acarician sus corvas mientras mi lengua avanza inexorable por ellas -flota en el ambiente un olor a protector solar con limón- hasta que me detengo justo detrás de sus rodillas. Es un sitio de lo más sensible y sensual. Mis manos ya acarician la parte inferior de sus muslos. Oigo un apagado suspiro de placer.
Voy despacio. Lo hago a conciencia, nada de chapuzas. La lamo toda y sigo subiendo despacio hacía mi objetivo. Sus piernas están relajadas mientras las lamo una y otra vez. A medio muslo me coge la cabeza y se da la vuelta. Ahora está boca arriba. Sigo besándolos por la cara interior -en plan ascensión montañera-. El olor de su sexo me envuelve. Estoy acabando con los muslos cuando abre las piernas. Me arrastro un poco más arriba. Ya tengo a mi alcance su sexo, y, me digo: no necesita nada de propaganda -llévalo en secreto-.
Delicadamente, entierro mis labios entre sus piernas -sin prisa Mario sin prisa-Sus jugos más íntimos inundan de sabor mis labios -una jaima en el desierto de su piel- y la lengua se pierde por sus pliegues mientras ella abre un poco más las piernas para que no me deje ningún rincón sin explorar. Gime un poquito, o más bien ronronea.
Siento como los músculos de su vientre se tensan, y comienzo a notar un temblor casi imperceptible. Su lindo cuerpo comienza a vibrar poco a poco, y una voz acaramelada y dulce, me dice: ni se te ocurra pararte ahora.
¡Plop! ¡joder oruga! volví a llenar de babas la funda de la almohada.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
jueves, 24 de junio de 2010
Apunte (Eloína y Fermín)
Eloína es una mujer menuda, de ojos grandes y oscuros, pelo corto y muy negro. De andar ligero, sonrisa amigable, perfil breve y mirada curiosa y reflexiva.
Fermín, su compañero, es un tipo raro, de mediana estatura, de pelo ralo, largo y rizado, que le da, a un redondeado rostro, aspecto descuidado y furtivo. De movimientos pausados, mirar inquisitivo y semblante de poeta, al que el destino, encaminándolo por donde no debía, había jugado una mala pasada arrastrándolo hasta el solitario páramo informático donde se ganaba el sustento.
Su guarida, una pequeña y calurosa habitación saturada de pantallas y zumbidos, que, como si de un eremita tecnológico se tratara, es también refugio y santuario, de donde todas las mañanas escapa el tiempo justo para comerse un bocata de jamón a toda pastilla y soltar unas cuantas ironías más o menos afortunadas…
Eloína trabaja en una revista bimensual de corte social y reivindicativo. De tirada discreta, pero leída en las esferas políticas de la ciudad. Una ciudad plagada de trepas y mangantes de alto nivel, que otorga, a su cotidiana labor, un plus justiciero, y convierten, las largas y agotadoras jornadas previas al cierre de cada número, en un contradictorio ejercicio, estresante y placentero al mismo tiempo, y que, antes de llegar a casa, alivia con un par de quintos…
Fermín, su compañero, es un tipo raro, de mediana estatura, de pelo ralo, largo y rizado, que le da, a un redondeado rostro, aspecto descuidado y furtivo. De movimientos pausados, mirar inquisitivo y semblante de poeta, al que el destino, encaminándolo por donde no debía, había jugado una mala pasada arrastrándolo hasta el solitario páramo informático donde se ganaba el sustento.
Su guarida, una pequeña y calurosa habitación saturada de pantallas y zumbidos, que, como si de un eremita tecnológico se tratara, es también refugio y santuario, de donde todas las mañanas escapa el tiempo justo para comerse un bocata de jamón a toda pastilla y soltar unas cuantas ironías más o menos afortunadas…
Eloína trabaja en una revista bimensual de corte social y reivindicativo. De tirada discreta, pero leída en las esferas políticas de la ciudad. Una ciudad plagada de trepas y mangantes de alto nivel, que otorga, a su cotidiana labor, un plus justiciero, y convierten, las largas y agotadoras jornadas previas al cierre de cada número, en un contradictorio ejercicio, estresante y placentero al mismo tiempo, y que, antes de llegar a casa, alivia con un par de quintos…
miércoles, 23 de junio de 2010
The end*
Las verdaderas intenciones por las que el depredador comenzó a escribir todavía se ignoran. Conociéndolo como lo conozco, seguro que ese cabrito tenía más de una.
A veces me sorprende incluso a mí, que convivo con él desde intuí que existía... ¿cuándo se detendrá?
Saltó como un autómata del Tibidabo cuando yo empecé a ver rojo -por lo visto él también me conoce de algo-.
El cuento de navidad es una breve imagen de la que se avecinaba. Como el grito lejano de un viejo compañero “cazador de cabelleras” autoritarias de otro tiempo. Y de paso, aprovechando el tirón y la oportunidad, le metí unas dosis simbólicas de temporada.
Mi actitud cambió impulsada por aquel viejo resorte -ya no me dejo arrebatar nada más, a poco que pueda evitarlo-. En ese instante, caí en la cuenta de que existía el depredador -de hecho siempre estuvo allí- y ocupó -por medio de algún extraño sortilegio- mi lugar ante el ordenador. Trabajó por mí, y además, se las arregló para montar el pollo en una consulta de la que tuve que rescatarlo “in extremis” -con el viejo truco de la puerta trasera- cuando se oían ya sirenas a lo lejos.
Hay amig@s y compañer@s que aparecen y desaparecen. Hay también, guiños y chistes particulares para algunos de ellos repartidos a todo lo largo del trabajo -algún personaje, incluso salta de uno a otro por la patilla- que espero rían, primero a solas, y después los intercambien.
Algún guiño pasará desapercibido, y seguro que algún otro sólo hará reír a una persona -era para ella, que lo sepa-.
Los cuentos del depredador se entrecruzan en el tiempo con los de la casa encantada. Saltando de unos a otros fui -cual cojo saltimbanqui- adelante y atrás -corrigiendo o actualizando, ya no lo recuerdo-. Así he pasado mis duras horas navideñas de soledad, frustración e impotencia.
La casa encantada es una aproximación a un corazón solitario. Tampoco sé el de quién, si el suyo o el mío, o quizás ambas cosas.
Comenzó por ser un humilde intento de provocar risas en alguien a quién recordaba especialmente por su sonrisa, y que el azar volvió a cruzar en mi camino.
Esa parte de los cuentos son quizá el lado femenino, mío o del depredador, no lo sé.
Son una mirada profunda, sincera y breve, a veces dura, a veces divertida, otras asustada, pero sobre todo, escritos con corazón y algo de mala leche.
Un mal día, me sorprendí a mí mismo buscando adverbios, personajes y adjetivos para articular las imágenes intensas y fugaces que regresaban una y otra vez a mi memoria. Así que los volqué como los sentí, desde el corazón -algo de eso quedó en el papel- y no le hizo demasiada gracia a su destinataria.
Punto y aparte. El “On the road”, donde el relato se torna chispeante y divertido -un requisito previo que me impuse-, pretendía ser un breve homenaje a la “Beat Generation”, de la que me siento en parte heredero cultural, y tratar de hacer –si no reír- al menos sonreír, a la protagonista y musa de gran parte de los cuentos.
Ya no recuerdo con cuantos propósitos comencé, ni los que se fueron apuntando sobre la marcha, al despiste y por el morro ¡en fin! fueron múltiples y combinados. Yo entreveo varios -sólo los más evidentes-. Esto último, lo dejo caer con la mala intención de complicarle el trabajo al listillo de turno, que, desde hace rato, está intentando hacerme el perfil psicológico -todavía no terminé y ya busco otras presas literarias-.
En general, la mirada siempre subjetiva y directa en primera persona, o no, donde las cosas se cuentan mientras suceden, o no, tiene cierto ritmo de novela negra, salvo el “On the road” por razones evidentes.
Algo hay en ellos de algunos de los autores por los que siento una especial predilección y me han hecho vivir momentos increíbles:
Vázquez Montalbán, la escena de la nevera “El estrangulador”.
De Keruac, por supuesto “On the road” y “Vagabundos del “Dharma”.
De Raimond Chandler, “La hermana pequeña”.
De Luís Mateo Díez, maestro en el lenguaje de los años fríos, tristes, raídos y polvorientos de nuestra posguerra, “El expediente del naufrago”.
De Joseph Conrad, el mar y la aventura, “La línea de sombra” y “El agente secreto”.
De Burrouhgs, “Naked lunch” y “Ciudades de la noche roja”. El viejo Bill no podía faltar.
¡En fin! ahí van algunos. Quizás el único mérito del autor ha sido digerirlos y traer de nuevo esas palabras al papel -cual mago con chistera, niño con mecano o punki de vomitona- aunque algo más desordenadas y confusas.
Después, su trabajo, simplemente consistió en enfrentarlas y buscar cómo trabar de otra manera todas ellas, y darles otro uso, humor, color, sentido, intención, ritmo, velocidad, y de paso, intentar cambiar con ellas, cuentos, por sonrisas.
Desearía haberlo conseguido.
Telaraña o laberinto tanto monta.
*Fragmento del libro" Ruido de fondo".
A veces me sorprende incluso a mí, que convivo con él desde intuí que existía... ¿cuándo se detendrá?
Saltó como un autómata del Tibidabo cuando yo empecé a ver rojo -por lo visto él también me conoce de algo-.
El cuento de navidad es una breve imagen de la que se avecinaba. Como el grito lejano de un viejo compañero “cazador de cabelleras” autoritarias de otro tiempo. Y de paso, aprovechando el tirón y la oportunidad, le metí unas dosis simbólicas de temporada.
Mi actitud cambió impulsada por aquel viejo resorte -ya no me dejo arrebatar nada más, a poco que pueda evitarlo-. En ese instante, caí en la cuenta de que existía el depredador -de hecho siempre estuvo allí- y ocupó -por medio de algún extraño sortilegio- mi lugar ante el ordenador. Trabajó por mí, y además, se las arregló para montar el pollo en una consulta de la que tuve que rescatarlo “in extremis” -con el viejo truco de la puerta trasera- cuando se oían ya sirenas a lo lejos.
Hay amig@s y compañer@s que aparecen y desaparecen. Hay también, guiños y chistes particulares para algunos de ellos repartidos a todo lo largo del trabajo -algún personaje, incluso salta de uno a otro por la patilla- que espero rían, primero a solas, y después los intercambien.
Algún guiño pasará desapercibido, y seguro que algún otro sólo hará reír a una persona -era para ella, que lo sepa-.
Los cuentos del depredador se entrecruzan en el tiempo con los de la casa encantada. Saltando de unos a otros fui -cual cojo saltimbanqui- adelante y atrás -corrigiendo o actualizando, ya no lo recuerdo-. Así he pasado mis duras horas navideñas de soledad, frustración e impotencia.
La casa encantada es una aproximación a un corazón solitario. Tampoco sé el de quién, si el suyo o el mío, o quizás ambas cosas.
Comenzó por ser un humilde intento de provocar risas en alguien a quién recordaba especialmente por su sonrisa, y que el azar volvió a cruzar en mi camino.
Esa parte de los cuentos son quizá el lado femenino, mío o del depredador, no lo sé.
Son una mirada profunda, sincera y breve, a veces dura, a veces divertida, otras asustada, pero sobre todo, escritos con corazón y algo de mala leche.
Un mal día, me sorprendí a mí mismo buscando adverbios, personajes y adjetivos para articular las imágenes intensas y fugaces que regresaban una y otra vez a mi memoria. Así que los volqué como los sentí, desde el corazón -algo de eso quedó en el papel- y no le hizo demasiada gracia a su destinataria.
Punto y aparte. El “On the road”, donde el relato se torna chispeante y divertido -un requisito previo que me impuse-, pretendía ser un breve homenaje a la “Beat Generation”, de la que me siento en parte heredero cultural, y tratar de hacer –si no reír- al menos sonreír, a la protagonista y musa de gran parte de los cuentos.
Ya no recuerdo con cuantos propósitos comencé, ni los que se fueron apuntando sobre la marcha, al despiste y por el morro ¡en fin! fueron múltiples y combinados. Yo entreveo varios -sólo los más evidentes-. Esto último, lo dejo caer con la mala intención de complicarle el trabajo al listillo de turno, que, desde hace rato, está intentando hacerme el perfil psicológico -todavía no terminé y ya busco otras presas literarias-.
En general, la mirada siempre subjetiva y directa en primera persona, o no, donde las cosas se cuentan mientras suceden, o no, tiene cierto ritmo de novela negra, salvo el “On the road” por razones evidentes.
Algo hay en ellos de algunos de los autores por los que siento una especial predilección y me han hecho vivir momentos increíbles:
Vázquez Montalbán, la escena de la nevera “El estrangulador”.
De Keruac, por supuesto “On the road” y “Vagabundos del “Dharma”.
De Raimond Chandler, “La hermana pequeña”.
De Luís Mateo Díez, maestro en el lenguaje de los años fríos, tristes, raídos y polvorientos de nuestra posguerra, “El expediente del naufrago”.
De Joseph Conrad, el mar y la aventura, “La línea de sombra” y “El agente secreto”.
De Burrouhgs, “Naked lunch” y “Ciudades de la noche roja”. El viejo Bill no podía faltar.
¡En fin! ahí van algunos. Quizás el único mérito del autor ha sido digerirlos y traer de nuevo esas palabras al papel -cual mago con chistera, niño con mecano o punki de vomitona- aunque algo más desordenadas y confusas.
Después, su trabajo, simplemente consistió en enfrentarlas y buscar cómo trabar de otra manera todas ellas, y darles otro uso, humor, color, sentido, intención, ritmo, velocidad, y de paso, intentar cambiar con ellas, cuentos, por sonrisas.
Desearía haberlo conseguido.
Telaraña o laberinto tanto monta.
*Fragmento del libro" Ruido de fondo".
martes, 22 de junio de 2010
3 de julio*
Hay un solano que te mueres oruga. Esta mañana ha sido de biblioterapia. Ya sabes, gestalt oruga, mucha gestalt he tenido que padecer.
Hoy, hablé con Ángel de Contrabanda, de su libro, de los cuentos -todavía no acabó la corrección-. De mi “pelotazo” le cuento que ya está resuelto, y le pregunto si se notó en la entrevista que grabamos para el documental -me cuenta que no-. Al parecer está todo bien -menos mal-. Ahora sería incapaz de repetir aquella mítica hazaña. Fue el último esfuerzo que tuve que hacer antes de que se me fuera la pelota.
Un hecho interesante: una alucinación condicionó todo mi cuelgue posterior. Fue gracias al caramelo de miel y limón, la sufrida, bella y triste flor de invernadero -mal sitio para una flor mediterránea-. ¡No sabes llamar! gritó, y le enseñé el caramelo. Se enfadó -qué raro-. ¡El caramelo te lo comes tú!
Qué más quisiera yo, pensé. Me reconocí, sabía donde vivía ella, pero no bien quién era yo.
Asomada al balcón la vi con sus bonitos hombros desnudos. Estaba jodidamente guapa a pesar de todas sus desdichas. Vi a su madre detrás de ella, sentada, con el pelo blanco y vestida de negro.
Regresó su nombre de nuevo a mi mente -era mi Eva-. El nombre de mi frágil y delicada musa. Oí entonces una voz que me decía: Mario, cada día está más guapa esta mujer, y que ojazos.
Tuve envidia de las gafas que dice tiene para leer, me hubiera cambiado por ellas. Por un momento hasta pensé que había quitado el numero del portal por complicarme más la vida.
Allí me quedé, pasmado, mirando hacía arriba mientras desaparecía en su torreón, ingrávida, inalcanzable y distante, con una sombra negra de mal agüero sobre ella -sobre mí-. ¿Qué tienes, amor?
Fue la última vez que vi cara a cara a la flor del atardecer -es su mejor momento-. Eran la cinco y cuarto cuando conseguí llegar a mi casa sin titubeos. Un rato de paz antes de que todo volviera a comenzar.
Tiempo después, tuve que situarme en la misma posición, justo en el mismo sitio, y mirar hacía arriba -era imposible-, desde aquel lugar no podía ver a nadie que estuviera sentado detrás de ella. Eso fue una alucinación en segundo plano oruga. Era miércoles –igual que el último día que subí a su garito-, como te lo cuento.
A las ocho de la tarde vino Trivi -habíamos quedado. No lo recordaba, o quizá si, pero me era imposible encontrar un par de calcetines parejos.
Cuando empujó la puerta andaba en eso. Calcetines por todos lados formaban parte esencial de la decoración caótica desplegada a mí alrededor -una trinchera era todo aquello para mí-. Lo miro y le digo: “las he pasado canutas. Anduve una maratón y estoy seco, pero soy incapaz de salir solo. Me voy tío, me voy”. Salimos a la calle.
Iba algo mareado y confuso, con una depre total y absoluta, desorientado. Cogimos un taxi hasta el bar de Edelmiro -yo seguía con mi rollo: me voy tío, me voy-. Me pareció que ponía la cara de psicólogo mientras me iba echando vistazos de cuando en cuando -me costaba interpretar sus miradas-.
Cenamos mientras le cuento mi empanada, de alguna manera, para mí aquello era una despedida en toda regla, y mejor que con mi más viejo amigo imposible.
Por si hay que irse, le digo una y otra vez -entre 0.0 y 0.0-, o habrá que irse -Luís Mateo Díez total-. Me animó bastante -había salido lúgubre y denso- y estaba contento.
Quizá no quise que mí viejo amigo me viera desesperado mientras me despedía de la vida. Observaba cada detalle a mi alrededor como quién le hecha el ultimo vistazo al mundo -esa última imagen antes de la noche definitiva-. Pensaba: hay que morirse, pues se valiente. Que tu amigo no te vea desesperado. Sonríe, haz chistes, que guarde un recuerdo alegre, al menos él (23 de marzo oruga).
Al día siguiente hice la llamada que no deseaba hacer. Llamé a mi madre y le dije, a mí pesar, que vinieran a buscarme -mala solución-. No tenía ganas de aguantar al “vaya, vaya”*.
Desde el día 19 todo fue de mal en peor. Cuando dejé a Kasti junto a la estación de Canyelles.
Al llegar a casa comencé a estar más y más inquieto, no podía dormir. De esa manera comenzó la maratón. Salí a la calle, vueltas y más vueltas alrededor de las pistas de baloncesto. Tres horas con ese plan de vida me dejaron agotado. Pero seguía temblando, en aquel momento, recordé las dudas expuestas al dr. Crespo -sobre todo por el hecho de vivir solo- al comenzar el tratamiento para la hepatitis c. Conocía casos. Alguno me dijo: tío, tuve que dejar esa mierda, lo vuelve a uno medio loco.
Aquello no traía nada bueno, y por añadidura, el tema de la radio se había complicado a causa del dúo dinámico. Pretendían hacer de jefes del cotarro a pesar de su incapacidad manifiesta.
Querían, amaban el consenso, pero eran incapaces de ceder nada en sus posiciones, que, ya entonces, no tenían nada que ver con la realidad diaria del colectivo.
Todo se resumía entonces en tratar por cualquier medio de desacreditar a los demás. El consenso eran ellos, que no cedían nunca en nada, a pesar de sus continuos errores de apreciación por falta de capacidad y experiencia en asuntos que implicaran a más de diez personas, donde, las distintas posiciones, requerían ceder todos un poco para que no sobrara nadie.
Eso para el dúo no era consenso. Éste, según su criterio, consistía en hacer lo que ellos decían o no hacer nada. En llegar tomar las decisiones por agotamiento del resto -hartos ya de tanto discutir- y cuando los compañeros se iban de las asambleas ante la inutilidad de estas.
El día de la ocupación del dial por parte de la radio mas nacional de España, RNE, canal 5 noticias -otra vez el 5, oruga- no aparecieron.
Sólo dos días después vinieron a quejarse por cómo habíamos reaccionado y a exigir que se apagara el emisor, pues éste, estaba dentro de su propiedad y tenían -según dijeron- miedo a la multa que podía caerles. Cuando yo, ya sabía que, en realidad, lo que querían era joder el colectivo porque no podían dirigirlo a su antojo.
No hubo mas remedio. Los insumisos se sometieron a los dictados de Radio 5 a una velocidad digna de un campeón de los 100 metros lisos -católicos de esplai-. Pero ese día oruga, les dimos una lección asamblearia que recordarán toda la vida.
Arrastraron a los despistados de turno. Suelen ser los personajes que se limitan a venir a su programa cada quince días, y, por consiguiente, lo ignoran todo sobre el día a día de nuestra pequeña emisora. Intentaron arreglarlo planteando un ruin chantaje. Había que obedecerles -ellos dos decidirían lo que era libertario- o no habría repetidor en su propiedad.
Así, el panorama no permitía que yo reposara lo necesario. En aquel momento apareció la ojos bonitos en mi mundo, fue, en ese instante, una bella goleta en el océano de un náufrago. Una jaima en el desierto.
A partir de entonces mis tareas en la radio se multiplicaron por 5.
Reuniones, programa, entrevistas para otras radios, para algún periódico, la campaña, las charlas, actos y más actos. Mi disgusto monumental con la panterita, que -para su desgracia y la mía- también pasaba por un muy mal momento en aquella época -mi bello amor-.
Estas circunstancias me sumergieron en un triste torbellino. Donde la desorientación ganaba terreno a marchas forzadas. Así fue todo hasta el final. No quise o no pude retirarme a tiempo, y los múltiples tratamientos simultáneos que seguía -hepatitis c, vih, antidepresivo, antibióticos por lo del dentista, antiinflamatorios y calmantes para la artrosis de tobillo-, comenzaron a pasarme factura sin compasión.
Al día siguiente (20 de marzo) subí por la tarde a la radio -había que ajustar la antena-. Desde allí llamé a mi goleta, y por lo oído la preocupé. Dijo alterada: “¡estás en la radio!”. Le conteste: “si, pero no me he acordado de subir el rulo. El rulo ya te lo bajaré yo”.
No pude quedarme. Comencé a temblar al oír una canción -The Maytals- el Bam, Bam. La presión arterial se me puso por las nubes y salí desesperado a la calle -todo era una amenaza-.
Entonces decidí subir a la montaña oruga. A caminar por los paisajes que tan bien conozco. Estuve desde las 6 de la tarde hasta las dos de la madrugada dando vueltas y más vueltas.
Pasé por Kan mas Deu en varias ocasiones -arriba y abajo-. Una y otra vez -pararme era imposible-. Con la luna como único testigo del comienzo de mi extraña maratón. Caminar era lo que impedía a mí ataque de pánico pasar a mayores -no corras Mario, no corras-.
Subí a mi cima -esa cima donde me senté tantas veces-. Coronada por un repetidor de radio y tv. El lugar, donde -cuando llegue el momento- arrojarán mis cenizas.
Mirando el mar -sin goleta en el horizonte- me detuve unos minutos para recuperar el aliento. Había calma. Me serenó la luz de la luna -era un espejo plateado- rielaba en el agua enviando su luz a mi montaña.
Después de eso, un barranco enorme y por él cuesta abajo hasta la carretera. Llegué a casa agotado, viendo borroso y sin sueño. La fiesta había comenzado.
* Homínido envidioso como un niño. La única habilidad de la que está dotado y trata de ejercer con solvencia es tratar de darle la bronca a todo el mundo y liarse a voces por cualquier cosa.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
Hoy, hablé con Ángel de Contrabanda, de su libro, de los cuentos -todavía no acabó la corrección-. De mi “pelotazo” le cuento que ya está resuelto, y le pregunto si se notó en la entrevista que grabamos para el documental -me cuenta que no-. Al parecer está todo bien -menos mal-. Ahora sería incapaz de repetir aquella mítica hazaña. Fue el último esfuerzo que tuve que hacer antes de que se me fuera la pelota.
Un hecho interesante: una alucinación condicionó todo mi cuelgue posterior. Fue gracias al caramelo de miel y limón, la sufrida, bella y triste flor de invernadero -mal sitio para una flor mediterránea-. ¡No sabes llamar! gritó, y le enseñé el caramelo. Se enfadó -qué raro-. ¡El caramelo te lo comes tú!
Qué más quisiera yo, pensé. Me reconocí, sabía donde vivía ella, pero no bien quién era yo.
Asomada al balcón la vi con sus bonitos hombros desnudos. Estaba jodidamente guapa a pesar de todas sus desdichas. Vi a su madre detrás de ella, sentada, con el pelo blanco y vestida de negro.
Regresó su nombre de nuevo a mi mente -era mi Eva-. El nombre de mi frágil y delicada musa. Oí entonces una voz que me decía: Mario, cada día está más guapa esta mujer, y que ojazos.
Tuve envidia de las gafas que dice tiene para leer, me hubiera cambiado por ellas. Por un momento hasta pensé que había quitado el numero del portal por complicarme más la vida.
Allí me quedé, pasmado, mirando hacía arriba mientras desaparecía en su torreón, ingrávida, inalcanzable y distante, con una sombra negra de mal agüero sobre ella -sobre mí-. ¿Qué tienes, amor?
Fue la última vez que vi cara a cara a la flor del atardecer -es su mejor momento-. Eran la cinco y cuarto cuando conseguí llegar a mi casa sin titubeos. Un rato de paz antes de que todo volviera a comenzar.
Tiempo después, tuve que situarme en la misma posición, justo en el mismo sitio, y mirar hacía arriba -era imposible-, desde aquel lugar no podía ver a nadie que estuviera sentado detrás de ella. Eso fue una alucinación en segundo plano oruga. Era miércoles –igual que el último día que subí a su garito-, como te lo cuento.
A las ocho de la tarde vino Trivi -habíamos quedado. No lo recordaba, o quizá si, pero me era imposible encontrar un par de calcetines parejos.
Cuando empujó la puerta andaba en eso. Calcetines por todos lados formaban parte esencial de la decoración caótica desplegada a mí alrededor -una trinchera era todo aquello para mí-. Lo miro y le digo: “las he pasado canutas. Anduve una maratón y estoy seco, pero soy incapaz de salir solo. Me voy tío, me voy”. Salimos a la calle.
Iba algo mareado y confuso, con una depre total y absoluta, desorientado. Cogimos un taxi hasta el bar de Edelmiro -yo seguía con mi rollo: me voy tío, me voy-. Me pareció que ponía la cara de psicólogo mientras me iba echando vistazos de cuando en cuando -me costaba interpretar sus miradas-.
Cenamos mientras le cuento mi empanada, de alguna manera, para mí aquello era una despedida en toda regla, y mejor que con mi más viejo amigo imposible.
Por si hay que irse, le digo una y otra vez -entre 0.0 y 0.0-, o habrá que irse -Luís Mateo Díez total-. Me animó bastante -había salido lúgubre y denso- y estaba contento.
Quizá no quise que mí viejo amigo me viera desesperado mientras me despedía de la vida. Observaba cada detalle a mi alrededor como quién le hecha el ultimo vistazo al mundo -esa última imagen antes de la noche definitiva-. Pensaba: hay que morirse, pues se valiente. Que tu amigo no te vea desesperado. Sonríe, haz chistes, que guarde un recuerdo alegre, al menos él (23 de marzo oruga).
Al día siguiente hice la llamada que no deseaba hacer. Llamé a mi madre y le dije, a mí pesar, que vinieran a buscarme -mala solución-. No tenía ganas de aguantar al “vaya, vaya”*.
Desde el día 19 todo fue de mal en peor. Cuando dejé a Kasti junto a la estación de Canyelles.
Al llegar a casa comencé a estar más y más inquieto, no podía dormir. De esa manera comenzó la maratón. Salí a la calle, vueltas y más vueltas alrededor de las pistas de baloncesto. Tres horas con ese plan de vida me dejaron agotado. Pero seguía temblando, en aquel momento, recordé las dudas expuestas al dr. Crespo -sobre todo por el hecho de vivir solo- al comenzar el tratamiento para la hepatitis c. Conocía casos. Alguno me dijo: tío, tuve que dejar esa mierda, lo vuelve a uno medio loco.
Aquello no traía nada bueno, y por añadidura, el tema de la radio se había complicado a causa del dúo dinámico. Pretendían hacer de jefes del cotarro a pesar de su incapacidad manifiesta.
Querían, amaban el consenso, pero eran incapaces de ceder nada en sus posiciones, que, ya entonces, no tenían nada que ver con la realidad diaria del colectivo.
Todo se resumía entonces en tratar por cualquier medio de desacreditar a los demás. El consenso eran ellos, que no cedían nunca en nada, a pesar de sus continuos errores de apreciación por falta de capacidad y experiencia en asuntos que implicaran a más de diez personas, donde, las distintas posiciones, requerían ceder todos un poco para que no sobrara nadie.
Eso para el dúo no era consenso. Éste, según su criterio, consistía en hacer lo que ellos decían o no hacer nada. En llegar tomar las decisiones por agotamiento del resto -hartos ya de tanto discutir- y cuando los compañeros se iban de las asambleas ante la inutilidad de estas.
El día de la ocupación del dial por parte de la radio mas nacional de España, RNE, canal 5 noticias -otra vez el 5, oruga- no aparecieron.
Sólo dos días después vinieron a quejarse por cómo habíamos reaccionado y a exigir que se apagara el emisor, pues éste, estaba dentro de su propiedad y tenían -según dijeron- miedo a la multa que podía caerles. Cuando yo, ya sabía que, en realidad, lo que querían era joder el colectivo porque no podían dirigirlo a su antojo.
No hubo mas remedio. Los insumisos se sometieron a los dictados de Radio 5 a una velocidad digna de un campeón de los 100 metros lisos -católicos de esplai-. Pero ese día oruga, les dimos una lección asamblearia que recordarán toda la vida.
Arrastraron a los despistados de turno. Suelen ser los personajes que se limitan a venir a su programa cada quince días, y, por consiguiente, lo ignoran todo sobre el día a día de nuestra pequeña emisora. Intentaron arreglarlo planteando un ruin chantaje. Había que obedecerles -ellos dos decidirían lo que era libertario- o no habría repetidor en su propiedad.
Así, el panorama no permitía que yo reposara lo necesario. En aquel momento apareció la ojos bonitos en mi mundo, fue, en ese instante, una bella goleta en el océano de un náufrago. Una jaima en el desierto.
A partir de entonces mis tareas en la radio se multiplicaron por 5.
Reuniones, programa, entrevistas para otras radios, para algún periódico, la campaña, las charlas, actos y más actos. Mi disgusto monumental con la panterita, que -para su desgracia y la mía- también pasaba por un muy mal momento en aquella época -mi bello amor-.
Estas circunstancias me sumergieron en un triste torbellino. Donde la desorientación ganaba terreno a marchas forzadas. Así fue todo hasta el final. No quise o no pude retirarme a tiempo, y los múltiples tratamientos simultáneos que seguía -hepatitis c, vih, antidepresivo, antibióticos por lo del dentista, antiinflamatorios y calmantes para la artrosis de tobillo-, comenzaron a pasarme factura sin compasión.
Al día siguiente (20 de marzo) subí por la tarde a la radio -había que ajustar la antena-. Desde allí llamé a mi goleta, y por lo oído la preocupé. Dijo alterada: “¡estás en la radio!”. Le conteste: “si, pero no me he acordado de subir el rulo. El rulo ya te lo bajaré yo”.
No pude quedarme. Comencé a temblar al oír una canción -The Maytals- el Bam, Bam. La presión arterial se me puso por las nubes y salí desesperado a la calle -todo era una amenaza-.
Entonces decidí subir a la montaña oruga. A caminar por los paisajes que tan bien conozco. Estuve desde las 6 de la tarde hasta las dos de la madrugada dando vueltas y más vueltas.
Pasé por Kan mas Deu en varias ocasiones -arriba y abajo-. Una y otra vez -pararme era imposible-. Con la luna como único testigo del comienzo de mi extraña maratón. Caminar era lo que impedía a mí ataque de pánico pasar a mayores -no corras Mario, no corras-.
Subí a mi cima -esa cima donde me senté tantas veces-. Coronada por un repetidor de radio y tv. El lugar, donde -cuando llegue el momento- arrojarán mis cenizas.
Mirando el mar -sin goleta en el horizonte- me detuve unos minutos para recuperar el aliento. Había calma. Me serenó la luz de la luna -era un espejo plateado- rielaba en el agua enviando su luz a mi montaña.
Después de eso, un barranco enorme y por él cuesta abajo hasta la carretera. Llegué a casa agotado, viendo borroso y sin sueño. La fiesta había comenzado.
* Homínido envidioso como un niño. La única habilidad de la que está dotado y trata de ejercer con solvencia es tratar de darle la bronca a todo el mundo y liarse a voces por cualquier cosa.
*Fragmento del libro "Ruido de fondo".
lunes, 21 de junio de 2010
28 de junio*
Oruga, son las cinco de la madrugada y aquí me tienes otra vez. Como un adicto en pleno éxtasis. Oigo a Rosendo con Leño y comprendo por qué no le gustó. Me parto de risa ¡qué desilusión! Descuélgate del estante, y si te quieres venir, hay una plaza vacante...etc.
Ayer, pasó por la plaza una de mis enfermeras preferidas de la maldita 6ª planta. Maria, morena y simpática. Conocida mayormente por formar parte del coro vocal del conocido grupo de “rock sanitario” de finales de los noventa, “Dr. Krespo y las Vampiras”.
Todavía las recuerdo bailando y haciendo girar sendos fonendos a ritmo de rock' n' roll. Lupe -rubia con el pelo corto y gafas a lo Martirio- aparece con su bata blanca tradicional. Es la más rápida aguja en mano -te abre una vía y te enteras tres días después-.
Cuelgan de sus micros botellas de suero fisiológico. Siempre dispuestas a sacarle una muestra de sangre a cualquiera a la que se despiste. Quién no recuerda su último trabajo: “hepatitis c”.
El dr. Krespo: bata blanca hasta las rodillas, chupa de cuero negro y gafas de sol a lo Peter Punk -sin duda para disimular su parecido con el Ibarreche-. Estuvo en las listas de ventas cincuenta semanas -según la revista “Rolling Stone” de la época-.
Nos saludamos con mucha cordialidad y pregunta. Bien, descansando de verdad -le cuento-. Haces mejor cara me dice -por supuesto, le cuento-. Hasta tengo todo el pelo que me corresponde genéticamente hablando. Mi sentido del humor tardará algún tiempo más en quedarse conmigo definitivamente. Jugará al volei playa en la plaza -la enfermera-. No me lo pienso perder.
Las dos Evas vienen a mi memoria “Retrato” y “On the road”. Dos caras de una linda, frágil y desafortunada moneda, lanzada al aire de la vida, que gira sin cesar -sin decantarse nunca-. Gira en el aire una y otra vez, con una suave cadencia, ingrávida y distante. A lo lejos, miro el espectáculo y sonrío junto a mi impotencia.
Oruga, la vida a veces es así -hay que andarse con ojo-. Las tragedias son el pan nuestro de cada día. Nuestra faz, a veces sublime y mágica, reducida a su más ínfima condición, la soledad, esa soledad profunda e íntima -que nos aleja de la realidad-. Se puede padecer a pesar de no estar solo. Se adueña de nuestra existencia a la menor oportunidad, y cubre con su manto rutinario, triste y polvoriento, nuestra vida, donde la incertidumbre y el miedo se adueñan de las frágiles criaturas que por este mundo andamos -con más voluntad que fortuna-. Guárdate Eva de esa emoción. Es capaz de teñir de gris tus días más hermosos y quedarse en tu garito -como una alimaña- alimentándose de tus sentimientos más alegres y bellos, robándote la sonrisa y la vida sin compasión.
Ayer, pasó por la plaza una de mis enfermeras preferidas de la maldita 6ª planta. Maria, morena y simpática. Conocida mayormente por formar parte del coro vocal del conocido grupo de “rock sanitario” de finales de los noventa, “Dr. Krespo y las Vampiras”.
Todavía las recuerdo bailando y haciendo girar sendos fonendos a ritmo de rock' n' roll. Lupe -rubia con el pelo corto y gafas a lo Martirio- aparece con su bata blanca tradicional. Es la más rápida aguja en mano -te abre una vía y te enteras tres días después-.
Cuelgan de sus micros botellas de suero fisiológico. Siempre dispuestas a sacarle una muestra de sangre a cualquiera a la que se despiste. Quién no recuerda su último trabajo: “hepatitis c”.
El dr. Krespo: bata blanca hasta las rodillas, chupa de cuero negro y gafas de sol a lo Peter Punk -sin duda para disimular su parecido con el Ibarreche-. Estuvo en las listas de ventas cincuenta semanas -según la revista “Rolling Stone” de la época-.
Nos saludamos con mucha cordialidad y pregunta. Bien, descansando de verdad -le cuento-. Haces mejor cara me dice -por supuesto, le cuento-. Hasta tengo todo el pelo que me corresponde genéticamente hablando. Mi sentido del humor tardará algún tiempo más en quedarse conmigo definitivamente. Jugará al volei playa en la plaza -la enfermera-. No me lo pienso perder.
Las dos Evas vienen a mi memoria “Retrato” y “On the road”. Dos caras de una linda, frágil y desafortunada moneda, lanzada al aire de la vida, que gira sin cesar -sin decantarse nunca-. Gira en el aire una y otra vez, con una suave cadencia, ingrávida y distante. A lo lejos, miro el espectáculo y sonrío junto a mi impotencia.
Oruga, la vida a veces es así -hay que andarse con ojo-. Las tragedias son el pan nuestro de cada día. Nuestra faz, a veces sublime y mágica, reducida a su más ínfima condición, la soledad, esa soledad profunda e íntima -que nos aleja de la realidad-. Se puede padecer a pesar de no estar solo. Se adueña de nuestra existencia a la menor oportunidad, y cubre con su manto rutinario, triste y polvoriento, nuestra vida, donde la incertidumbre y el miedo se adueñan de las frágiles criaturas que por este mundo andamos -con más voluntad que fortuna-. Guárdate Eva de esa emoción. Es capaz de teñir de gris tus días más hermosos y quedarse en tu garito -como una alimaña- alimentándose de tus sentimientos más alegres y bellos, robándote la sonrisa y la vida sin compasión.
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