martes, 6 de julio de 2010

18 de agosto*

Ya mismo atacaré San Mario -que no fue tal-, donde se selló mi mala fortuna. Un roce cálido de mis dedos en su pelo desencadenó mi desgracia y sus miedos. En mi situación no podía ser una amenaza ni para una tortuga, pero hay estados de ánimo donde estas cosas se pueden retorcer hasta convertirlas en cualquier mal sueño.
Hoy he visto a mi musa de cerca pero distante. Nuestros ojos no se han encontrado. Ella lo ha evitado, yo no. A pesar de su miedo atávico se ha dado una vuelta por un lugar que sabe frecuento. Amigos incómodos sin necesidad. Me he marchado yo, por más películas que se monte soy todo un caballero.
Miro a mi izquierda, a mi muerte. Le pregunto, y me dice: Escribe Mario. Escribe tus cuentos -no intentes comprender-, nada hay que comprender. Sólo sobrevivir y contarlo es importante.
Texto raro el San Canuto -que no San Mario-. Tengo dos versiones, una de abril y otra de mayo. Le tiré los tejos oruga -nada sexual por supuesto-. Pero debía saber que realmente me importaba. Poco a poco, le dije muchas veces aquella tarde, donde, de pronto, se convirtió en una furia fugaz por un roce de mis dedos en su pelo.
No he venido a discutir, le dije. “He estado 47 años sin ti, puedo estar 47 más”. Después, ella fue un mar de lágrimas, y una voz de mujer desconsolada me rogó: “Mario, ¡por favor!, no me hagas eso”. No lo hice, me quedé oruga; volví a quitarme los zapatos. Entonces me castigó. Salí temblando como un metrónomo.
Subiendo la cuesta de la C/ Almansa las lágrimas me inundaron. Me sentí el hombre más solo y triste de toda la historia de la humanidad. Camino de mi locura y con un sueño de futuro roto en pedazos. Ése, fue el final de un día en el que pretendía estar con ella un rato. Conocerla más de cerca.
Desde entonces tengo una espina en el corazón. Me ha gustado toda la vida oruga -toda la vida-, y ninguno de los dos entendió al otro. Todo malentendidos -para cortarse las venas dentro de un container-. Toda la vida esperando, y tenía que ser estando los dos hechos polvo cuando tuve mi oportunidad.

*Fragmento del libro "Ruido de fondo".