domingo, 25 de julio de 2010

El eco de mis pasos

Tras las tinieblas de lo reprimido -lo que ha sido y está enraizado- y detrás de la sombra personal -lo que todavía no es y está germinando- se halla la oscuridad arquetípica, el principio del no-ser, lo que se escribe y denomina Diablo, Mal, Pecado original, Muerte, Nada.
James Hillman. Encuentro con la sombra pag. 202.


                                                     CÁDIZ


En carnaval, cuando mires a la bahía, quizás veas Puntales. Al fondo Puerto Real.
Habrá, casi con toda seguridad, grandes barcos grises atracados borda con borda. Si prestas atención al viento, quizás oigas una risa lejana, quizás, en ese instante, el brillo azul de una mirada te golpee el rostro.
En ese fugaz momento, oirás el ir y venir de un hombre muy joven, casi un muchacho, caminando por la cubierta de un barco gris. Zarpa, rumbo a mar abierto, sin saber su destino.
Quizás puedas sentir que zarpas con él, cómo el viento, duro y frío del Atlántico, os azota el rostro.
Ese hombre, que presentirás a tu lado, es el eco de mis pasos...


Delante el estrecho, un pasillo entre continentes, rumbo al mar de Alborán. África, la misteriosa África. El continente aparece como una lejana silueta recortada entre brumas.
Viajo en un viejo buque de asalto anfibio.
En proa, sólo el viento, y un mar gris plomizo, frío y salvaje. Los delfines hacen cabriolas, traviesos, inquietos y juguetones, como niños trapecistas en una carpa invertida.
En popa, calor humano, compañeros, marinos…, suenan guitarras. Se fuma kif en viejas pipas marineras, Hechas de coral rojo. Talladas con paciencia y amor en las solitarias guardias de mar, donde la luna es una bella amante inalcanzable que ilumina y acompaña al marinero en su soledad.
Siempre mirando al lejano, fugaz horizonte, siempre el mismo, siempre diferente.
Llegó el temporal, de levante, las olas como montañas coronadas de espumas. El buque, cabalga alborozado y temeroso por sus crestas y, de pronto, desciende vertiginosamente, entonces, las olas son murallas, enormes farallones de agua, donde el barco oscila inseguro, como un amante inexperto sumergido entre húmedos pechos femeninos. Es una tormenta terrible.
La nave se tambalea de un costado al otro en ángulos inverosímiles. Cabecea de forma alarmante. La proa se hunde vorazmente en el agua, después, salta hacia arriba como un caballo encabritado.
Sólo se come sólido, aun así, vomitamos las entrañas constantemente.
Las lúgubres caras de la tripulación le dan una atmósfera eléctrica y tenebrosa a los sollados. Los viejos brigadas chusqueros hablan de un misterioso agujero de tiempo en estas aguas. Antiguas leyendas marineras de la bahía.
Tras dos días solamente hemos avanzado cincuenta millas, apenas un nudo por hora. Las hélices giran en el aire casi todo el tiempo. No tocan el agua, que nos levanta. Nos vuelve ligeros, como una cáscara de cacahuete.
No se puede dormir. Las escotillas siempre están cerradas y el aire se vicia por momentos, haciendo cada vez más penosa la respiración. Demasiados hombres en tan poco espacio. La atmósfera se carga más y más.
Únicamente, en la inmensa bodega principal, la menos transitada, el aire retiene todavía algo de frescura. Allí, fuertemente estibados, viajan los carros anfibios, esperando su amanecer frente a la costa, su asalto a la playa.
Se revisan constantemente, y yo, con los responsables de los vehículos, fumo hachís en pequeñas pipas de mármol. Todos estamos agobiados y nerviosos, lo que nos hace fumar cada vez más.
Oímos el mar golpear contra los costados de la nave, los mamparos tiemblan, dentro de la bodega resuena y se amplifica, entonces reímos como niños traviesos.
Caminamos como borrachos, dando tumbos, tropezando con todo, escotillas, mamparos. El buque me recuerda una repleta pista de baile, pero, desgraciadamente, sin mujeres.
La enfermería, mi lugar de trabajo, está atiborrada de contusionados renegando y maldiciendo.
Me cuesta horas desmontar la automática, limpiarla y engrasarla. Es una 9 milímetros. Una Star de la Fuerza Naval. Una reliquia con más de treinta años encima, pero, a pesar de su edad, funciona de maravilla, suave como un guante femenino. Cargada pesa cerca de dos kilos, y necesito las dos manos para usarla con eficacia durante los ejercicios de tiro de combate.
Cuando la devuelvo al pañol de armas cortas está reluciente como una quinceañera. Ya no la volveré a ver hasta el amanecer, frente a una playa desconocida.
Casi todo el tiempo libre lo paso acostado, atado a la cama para no caer al suelo. El barco se balancea, da vueltas. Mi cabeza da vueltas, todo da vueltas. Las entrañas también: arcadas, retortijones y vueltas.
Esa noche no puedo más y salgo a cubierta. Nos lo han prohibido, pero no me importa. El temporal nos escora de forma alarmante. Como por milagro, la nave recupera el equilibrio y cae hacia babor. Aire..., aire fresco.
Las olas barren la cubierta, y, agarrado a una escotilla, miro en dirección al puente, conozco al piloto que está de guardia. Los relevan cada dos horas, porque, con la tormenta, es un trabajo agotador. Fumo en pipa, el vals de las olas no deja hacerlo de otra manera.
El viento arrecia inesperadamente. Una ola que no he visto venir me empuja con fuerza contra la escotilla. Siento un fuerte impacto en la cabeza, y doy un grito mientras caigo de bruces sobre la cubierta pensando: eres un estúpido, no debiste salir con este temporal.
No quiero morir en Alborán... Y la noche se apodera de mí.
Abro los ojos, amanece en la selva. Me palpo el cuerpo. Estás entero -me digo. No se donde estoy. Miro mi ropa…, es verde, ropa militar. Mi saco marinero descansa a mis pies. Mi viejo cuchillo de comando también está conmigo. Es un regalo de paracaidistas italianos, un recuerdo agradecido por mi ayuda durante unos ejercicios en la isla de Cerdeña.
A mi alrededor la vegetación es poderosa, exuberante. Tengo delante un lago enorme cargado de brumas, y un ruido atronador a mis espaldas me impide pensar.
Camino rápido hacia el ruido ensordecedor, de pronto, atisbo la luz de una fogata. Me paro, y, semioculto por la frondosa vegetación, observo: Una pila de negros parece charlar alrededor de la hoguera. Miran en mí dirección. Me han visto. Cuando se levantan me doy cuenta que son muy altos, y están más chupados que un caramelo de mil duros. Gritan, cogen sus armas…, entonces salgo disparado como una flecha. Hacia el río.
Después de unos minutos me detengo. Protegido por el verde circundante, los veo buscándome… Avanzan desplegados. Conocen el entorno a la perfección y acabarán por encontrarme.
Todo rezuma una asfixiante humedad que parece desprenderse del cielo, cubriendo de un gris profundo la vegetación. Sigo corriendo a trompicones hasta que el río me cierra el paso. Miro atrás durante unos minutos…, no hay manera de despistar a aquellos tipos en su terreno. Estoy acorralado. Delante sólo el río, el ruido atronador y las nubes de agua. Es la catarata.
Compruebo mis escasas pertenencias… Las aseguro, ato el viejo saco a mi espalda y me lanzo al agua, hacia el ruido, entonces, con la catarata, doy el salto de mi vida. Al abismo.
Aterrizo en la nieve, nieve por todos lados. ¡Mierda!, ¿dónde coño estoy? Por suerte es de día, a mi alrededor no hay nada. Solo en mitad de una montaña.
Con nieve hasta la rodilla, lenta, trabajosamente, comienzo a descender.
Tras dos horas de agotadora y fría caminata, mi pie izquierdo tropieza con algo duro. Lo desentierro y, al comprobar lo que es, me quedo alucinado. Una tapadera de váter Mario -me digo-. Una tapa de color rojo intenso. Se acabó el pateo. Me siento sobre ella y empujo con fuerza ladera abajo.
Cuando cojo velocidad, miro atrás. Es un volcán, un volcán de postal. Mientras desciendo cojo puñados de nieve y me los llevo a la boca. Agua, necesito agua.
Aprovecho una zona con poco desnivel, una terraza natural de la montaña, para llenar la cantimplora de nieve.
Tras unos minutos de rápido descenso, veo, a lo lejos, la bruma de un valle desconocido. Tengo delante una pendiente enorme. Un largo, inacabable, tobogán blanco, y al fondo, la niebla del lejano valle me espera.
Bajo a una velocidad de vértigo, como un bólido. La espesa bruma se acerca a toda pastilla, de pronto, doy un grito, y la fría, tenebrosa niebla, se me traga.
Las imágenes se suceden a un ritmo infernal. Es imposible atraparlas con la mirada, cambian vertiginosamente. Mi cuerpo, entonces, se tensa y llena de energía… La imagen de una selva, un claro en un denso bosque, el recodo de un río negro, se fija unos segundos… Me relajo, me dejo ir... y estoy allí. Sentado junto a unos árboles gigantescos. Delante del río, en un rincón del claro.
En el otro extremo de la verde explanada hay un pequeño campamento con seis o siete pequeñas chozas. Tres niños juegan. Corretean encandilados alrededor del fuego.
En mi raído saco marinero busco mis pequeños prismáticos. Ahora todo es más preciso. Los niños gritan y se alborotan cuando ven llegar a ocho adultos con taparrabos. Van armados con cerbatanas, unas pequeñas lanzas y machetes de cortar caña. Son cazadores, al parecer han tenido suerte: traen, entre otras piezas más pequeñas, un chancho salvaje.
Oigo un ruido a mis espaldas, y al girar la cabeza estoy rodeado de mujeres. Su única vestimenta son unos diminutos taparrabos. Me miran alucinadas. Comentan, me parece, mi extraña forma de vestir, me toman por un soldado. Hay una que me gusta, tiene los ojos almendrados, de un marrón intenso, profundo. Es muy tímida, constantemente mueve la cabeza de un lado a otro. Esquiva mi mirada. Todas observan el color de mis ojos como si fuera algo extraordinario.
Me digo: por aquí no pasan muchos occidentales.
Mejor para éstos -me contesto-.
Cuando -de nuevo- miro hacia el poblado, los cazadores ya se han dado cuenta de mi presencia y corren en mi dirección con machetes y lanzas. Pienso: ¡mierda!, estos tíos me han visto con sus mujeres. Vuelven de una cacería. Han estado fuera días, quizás semanas, y lo primero que se encuentran al llegar es un tipo raro rodeado por sus mujeres, que ríen y lo observan flipadas. Lárgate ¡capullo!
Veo las canoas junto a la orilla. Salgo disparado, agarro una y me lanzo corriente abajo.
El agua es negra, y remo, remo desesperadamente, como un condenado a galeras. La corriente es rápida, mejor, me aleja de los cazadores y me permitirá acercarme a la otra orilla en poco tiempo.
Al llegar doy un salto y escondo a toda velocidad la canoa. He recorrido cerca de un kilómetro y medio. Espero unos minutos oculto entre la maleza. Al poco los veo llegar. Tres canoas con dos tipos en cada una. Reman despacio y miran hacia ambas orillas. Buscan la piragua. Los veo pasar y desaparecer río abajo.
En un acto reflejo palpo mi cuchillo. Es un instrumento de asesinos… Doce centímetros de hoja triangular, doble filo, acanalada en el centro y acabada en una despiadada punta.
Con gran sigilo me acerco a la canoa. Es muy ligera, fabricada con la corteza de los árboles de la zona.
Comienza a oscurecer y necesito un lugar donde pasar la noche. Desde la orilla veo un alto farallón entre los enormes helechos. Destaca por encima de los árboles, a unos trescientos metros.
Recorro la distancia con la canoa a cuestas.
Al pie de la enorme muralla de piedra, y semioculto por la vegetación, descubro una mancha oscura. Es una cueva. Soy un tipo con suerte. Dejo mis escasas pertenencias en la entrada.
He de hacer un reconocimiento de la gruta, por lo tanto me adentro despacio unos metros y espero a que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. La diminuta luz azul de un mechero es mi guía. Debo asegurarme que no es una guarida de jaguares.
Saco de su alojamiento mi pequeño cuchillo mientras camino cueva adentro. En unos minutos me deshago de mis temores. Puedo dormir tranquilo. Soy el único depredador que va a dormir aquí esta noche.
Todavía guardo en mi saco restos de una ración de combate. Sopa deshidratada y carne enlatada cocida. Pongo el metálico soporte, encima el cazo de la cantimplora y el agua que me queda. Después, la última pastilla de combustible sólido bajo el soporte.
Estoy dentro de la gruta, sólo unos pocos metros, así, la luz no se ve desde fuera. Mientras se calienta el agua, me zampo en un par de minutos la carne en lata. Está asquerosa, pero... no hay nada más.
Terminado el suntuoso ágape me aproximo a la entrada. Estoy de suerte, hay luna, y desde la boca de la cueva admiro esa luz en todo su esplendor… Sus rayos parecen poseer un leve gris metalizado, sólo perceptible cuando rebotan al caer, como un luminoso depredador, desde los árboles, que los filtran, dejando pasar, únicamente, sus hilos más hermosos.
Los sonidos llegan con toda nitidez, rebotan en la ominosa pared. Ésta parece absorberlos…, para luego, lanzarlos de nuevo, amplificados, llenos de oscuros, mágicos y fugaces tonos, a la selva, el lugar que les pertenece.
Admirando la voraz, salvaje y pura belleza de la luna, de la noche en la jungla, sus aromas, las luces y sombras de la vida primitiva, me pregunto: ¿Qué coño hago aquí? A pesar de tantas dudas, el agotamiento puede más, y, arropado con la luna de los vagabundos de sí mismos, me duermo.
Despierto confuso, he tenido un sueño extraño:

Estaba con dos mujeres en un pequeño cuarto. Las dos me observan con caras de preocupación, de pronto, la dueña de la casa, una mujer muy bella y suspicaz, se levanta y va en busca de algo. Cuando regresa, trae consigo unas piezas de latón viejo. Quiere que agite las piezas con las manos y las tire sobre la roja estera. I Ching. Está interesada en mi destino, parece intuir un largo viaje.
En mi aturdimiento, he tirado las piezas exclusivamente con la mano izquierda, aun así, la damos por válida. Pero, cuando consulta mi futuro en el pequeño manual languidece.
Malos augurios…Algo profundo se romperá dentro de mí. La miro y pienso: cambia ese destino. Le digo entonces: “deberías dejarme tirar ahora con la mano derecha”. Los resultados son bastante mejores.  Será duro, pero quizá algún día volvamos a vernos. La otra mujer observa la escena entre curiosa y asustada, entonces, me río a carcajadas, y una fuerte ventolera me hace desaparecer en la oscuridad.

Cuando me espabilo miro hacia fuera. El sol está en su cenit, y al asomarme al exterior me llevo el susto de mi vida. No hay río, ni selva, ni grandes helechos en las cercanías. Miro atrás, mi cueva sólo es un hueco de tres metros tallado cuidadosamente en la roca. Está llena de figuras esculpidas primorosamente. En la pequeña cavidad, petroglifos aztecas visten las paredes. Hay uno que me produce una fuerte impresión. Un guerrero tolteca con sus armas. Listo para la batalla de su vida.
Tengo ante mis ojos una explanada inmensa. Su perímetro, un paralelogramo lleno de construcciones de piedra, me dice que estoy en una antigua metrópoli azteca. En realidad, he dormido en un hueco de la pared de un gran edificio medio en ruinas.
Una pirámide enorme ocupa la parte central de la mágica explanada ¡coño, cómo mola! Toda la vida he querido subirme a uno de estos gigantes de piedra. A pesar de mis escasos conocimientos sobre el tema, sé que pertenece a la cultura azteca.
Estoy en la sierra, una alta meseta de Méjico central, o, al menos, tiene toda la pinta de serlo.
La vegetación confirma mi primera impresión.
Mira por donde, me voy a tener que mamar tropecientos peldaños de una escalinata enorme y encima estoy contento. Eres un gilipollas -me digo.
Con lo extenuado que estoy, calculo que tardaré horas en llegar a la cima. Hay luna, y esta noche tengo una cita allí arriba. Una cita con las estrellas.
Fuera del recinto la vegetación es más espesa. Vagabundeo por el lugar pensando en mi alucinante viaje. Un viaje que presiento acabará hoy, en la cima de la hermosa pirámide.
No hay nadie, absolutamente nadie, es muy extraño, debería estar lleno de turistas, pero no es así. Camino despreocupadamente un buen rato y acabo tropezando con un pequeño y recóndito edén.
Una fuente preside una abovedada estancia ensombrecida por grandes árboles. Tiene una especie de pequeño altar de piedra por donde el agua sale a la superficie hasta desembocar en un diminuto torrente, para desaparecer, como una sombra, montaña abajo.
Espero el atardecer junto a la fuente. La serpiente emplumada, los jaguares, Teotihuacan, Tula, los atlantes, guerreros toltecas, aztecas, chichimecas, olmecas, las pirámides del sol y la luna, donde los hombres se convierten en dioses. La calzada de los muertos. Todo baila dentro de mí mientras espero la hora. Mi hora.
El temido momento llega, y comienzo el camino hacía la pirámide. La cita, la terrible cita, es ineludible y muy peligrosa. Nadie, absolutamente nadie, puede, ni debe ayudarte. No todos sobreviven a un encuentro como el que te espera, Mario. Pero los que salen con bien, regresan siempre con regalos inesperados.
Al pie de la pirámide me siento unos minutos. Saco mi pequeño cuchillo y comienzo a sacarle filo meticulosamente, con delicadeza.
Es la hora, empiezo a subir la enorme escalinata, ¡mierda! en el quinto peldaño tropiezo con un pequeño guaje y casi caigo de bruces.
Me siento en el escalón mientras compruebo el contenido de la bolsa. Son botones, grandes y frescos botones de peyote. Con el cuchillo, corto en pequeñas rodajas uno de los botones. Las voy masticando despacio, escupiendo después de cada bocado las finas hebras. Ese cacto es muy fibroso.
Los indios lo toman en los mitotes entre tragos de tequila, sin duda para minimizar el acre sabor que se adueña del paladar. No dispongo de tequila. Me tengo que conformar con agua. Espero, mientras mastico parsimoniosamente, al crepúsculo. Miro al cielo y entreveo un pájaro magnifico. Dispone de los ojos más perfectos de la creación. Un águila solitaria en el horizonte.
En ese momento el rojo sol enciende mi rostro. Es hora de comenzar la ascensión. Subir escaleras es algo para lo que no estoy especialmente dotado, por lo tanto, la ascensión es lenta, pero inexorable.
Al llegar a la cúspide, con el corazón en la boca, piso una pequeña explanada cuadrada.
Miro a mí alrededor, hacia el sur tengo otra pirámide, entre las dos, la distancia no sobrepasa los cuatrocientos metros. Es la pirámide del sol, que enrojece y parecer arder con el ocaso. Estoy Teotihuacan, sentado en la pirámide de la luna, mirando al sur, hacía la inmensidad.
Todo comienza a zumbar, se acelera el pulso, entonces, una extraña, ominosa oscuridad se acerca como una flecha. Un rayo negro me atraviesa justo cuando comienza a caer la noche.
Empiezo a sentir un cosquilleo en la coronilla, de pronto, algo se rompe dentro de mí, algo que había estado retenido toda la vida, un dique que, me parece, deja pasar un montón de energía, y levanto la mirada hacía la luna, está roja, roja con tenues destellos amarillos. Hace un instante era blanca y ligeramente plateada.
Desde aquí arriba me siento como un dios. Un ruido me hace girar a la derecha la cabeza. Lo que veo me llena de pánico, un susto de cojones, un animal, una sombra, una silueta recortada en los rojos rayos de la luna, parece dar vueltas a mí alrededor, allí, en lo alto de la pirámide. Tiene un no sé qué familiar, tierno, a pesar de su aparente fiereza femenina.
Cuando, relajado por fin, miro a la izquierda, tengo una sacudida que parece levantarme dos palmos del suelo. Sudo, tiemblo y tengo escalofríos, una sombra humana gigantesca está a dos centímetros de mi oreja.
Comienzo a cantar una canción, una melodía del mediterráneo, en un instante, la sombra se ha trasformado en una oscura silueta que, sentada a mí izquierda, escucha, encandilada y feliz, la bella canción. He dejado de temblar, y un extraño, ancestral ánimo, se ha apoderado de mí ser.
-No tengas miedo -dice la sombra-. ¿Acaso no sabes quién soy? Soy tú. No me puedes retener toda la vida. No tengas miedo, escribe, que yo te escribiré. Soy tú, al igual que esa cazadora implacable que da vueltas a tu alrededor, aunque aún no te des cuenta, también eres tú. Es una mujer, un jaguar, también necesita salir de cacería. Tranquilo, no estaremos estrechos, cabemos todos, en realidad, hemos cabido siempre.
-Entonces siento cómo mi sombra, con una especie de largo tubo salido de la nada, y que apoya en mi oreja izquierda, me habla rápido, cada vez más rápido, me llena el cuerpo de palabras, una catarata inmensa desemboca dentro mí, palabras, siempre palabras, apilándose en mí memoria hasta el infinito. En un instante de lucidez me digo: ¡coño! no sabia que pudieran caber tantas palabras dentro de una persona.
-Ahora no te quedará más remedio que ir desembuchando -me dice, la muy condenada-, te he jodido. Te he acorralado para decirte: “ponte a escribir ya, idiota, no vas a durar siempre y sueñas con escribir, con vivir del cuento. De momento, el cuento te va a ayudar a sobrevivir. Saldrás de tu laberinto escribiendo un libro. Tienes que dar, pero, sobre todo, darte, una lección acerca del equilibrio de las cosas.
Al despertar comienza el amanecer, estoy tirado en el suelo. Me levanto aturdido. He dormido debajo de unos grandes castaños, entre la hojarasca de una pequeña plaza. Por lo visto he vomitado las entrañas.
Miro a mí alrededor… Una roja tapa de váter apoyada en uno de los castaños y la fuente de piedra en el otro extremo de la sombría plazoleta.
Tengo una sacudida, y comprendo. Estoy en Collserola, en la Fuente de los Castaños.
Ha sido un viaje alucinante y muy peligroso.
De vuelta a Verdún, caminando lentamente rumbo a casa, reflexiono y llego a dos conclusiones: la primera, es que debo escribir. La segunda, es que soy un estúpido, no se debe tomar nunca mescalina en soledad.
En ese instante me invade una tierna sonrisa, mis ojos brillan llenos de luces amarillas, y el cuerpo comienza a reír a carcajadas.

Y la playa de la Caleta quizás atrape tu mirada. El viejo fortín militar, y los miradores, como viejos puentes colgantes huérfanos de una orilla, te llenen de nostalgia.
Quizás el atardecer te posea, y el rojo sol, prenda fuego a tu rostro mientras muere, entonces, cuando la luz declina inexorable en el horizonte, quizás mires al mar, quizás presientas una mirada furtiva, un fugaz relámpago de neón azul envuelto en cálidos destellos amarillos, entonces, sólo entonces, si prestas atención al viento, oirás, navegando en la brisa, el eco de mis pasos.