jueves, 15 de julio de 2010

21 de agosto*

Otro día oruga. Hoy sale mi puente, mi sombra, mis miedos...
Faltaban dos minutos para las 5. En la soledad más absoluta, bajé despacio hasta el puente. Nadie alrededor, nadie en el puente. 
Avanzo lentamente, mirando al vacío por entre sus frágiles barandillas. El pulso se acelera. Los ojos miran a ambos lados del abismo -salta, Mario, salta-Elijo mi sitio.
Me siento en el centro -en lo más alto de sus metálicos arcos- mirando el crepúsculo. Hacía mi ciudad natal -mi querida Barcelona-. 
Enciendo un cigarro oyendo esa voz que ya conozco tan bien -la de mi sombra-, me dice: salta, salta. Trato de no oírla, pero es imposible. Las manos sudan y tiemblan. 
Mientras miro el sol del atardecer me veo a mí mismo saltando una y otra vez. No sé qué hacer. De pronto, una voz se cuela dentro de mis pensamientos ¡piensa en tus hermanas! Le hago caso. Me reconforta. 
Los minutos pasan lentamente, y una angustia inexplicable se apodera -poco a poco- de mi ser. Miro el abismo como hipnotizado. El fin de mis problemas está allí abajo. En el duro asfalto.
El sol del atardecer enrojece mi rostro, lo deslumbra. Me calo el ala del sombrero y me despojo de mis gafas de sol mientras una veleidosa brisa refresca mis sentidos. Cierro los ojos, y un brillo rojo amarillento se acerca desde el horizonte. Son sus ojos -los de mi Eva- y, me cuento: si lo haces, lo pasará mal.
Veo a mi sombra sentarse en el barandal. Me anima a acercarme. Aparecen de nuevo los bellos ojos. Lloran. Las lágrimas resbalan muy despacio por su rostro. La sombra parece decirme: ¡olvídala! sólo te ha traído disgustos, en cambio yo, te ofrezco paz, sólo paz. 
Para entonces es Mario el que siente resbalar aquellas lágrimas por sus mejillas. Mis hermanas miran asustadas. Perciben mi inquietud. Intuyen mi terrible dilema y se apostan presurosas junto a esos ojos -brillantes como azulejos- hermosos -como corales rojos- que han dejado de llorar y se cierran apenados. No quieren ver lo que está a punto de ocurrir.
Un impulso extraordinario se va apoderando por momentos de mi cuerpo.       Siento miedo. Un profundo miedo se apodera de todo. No sé que va a suceder.  Miro el reloj. Han pasado veinticinco minutos.
Sentada en el frágil barandal, mi sombra sonríe malignamente. Siento un chasquido y miro al horizonte -ella sonríe-. De pronto, veo al leopardo saltar, y de un rápido y certero zarpazo lanza a la sombra al vacío. La oigo estrellarse contra el asfalto. Levanto de nuevo la mirada, y ella vuelve a sonreír con los pies en el agua mientras mis hermanas juegan confiadas y tranquilas en la arena.
Estoy agotado cuando me levanto. Camino despacio y sosegado hacía el final del puente. Lo cruzo sonriendo feliz. 
El leopardo atravesó el espejo. Ha matado al Minotauro. Y Mario retoma su solitaria senda. Hacía las vías, detrás la arena, y a continuación el mar infinito. 
La sombra de mal agüero ya no está conmigo. 
Me acerco a la estación y compro un billete. El tren pasará en un momento.
                                                      
                                          
Posdata:
No ha sido un tratamiento. Ha sido un culebrón.
El interferón da paranoia.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".