jueves, 22 de julio de 2010

Maletas*

Aquella lánguida tarde de invierno, después de una larga y reparadora siesta, se mira al espejo. Sin peinar, y con un viejo pijama de rayas por atuendo, se siente triste y apagada. La mujer que la mira atónita desde el espejo no se parece a ella. Desolada, se mete en la ducha. El agua caliente se pasea por el cuerpo desnudo, y, por un momento, piensa en las probables causas de la tristeza que siente al regresar a su isla.
Siempre es primavera. Aquí siempre es primavera –repite con un hilo de voz-.
Se pone un blanco y acogedor albornoz. Se seca el pelo, y, cuando guarda el viejo secador de su madre en el pequeño armarito de baño, las lágrimas comienzan a caer, cálidas resbalan por las enrojecidas mejillas.
Se sienta en el bidet. Fría y sola, derrama lágrimas desesperanzadas y enigmáticas. Cree no saber el porqué de su tristeza. La gratificante euforia, sentida al reencontrar los viejos amigos de su tierra natal, los paisajes de su juventud, las viejas postales grabadas desde que era niña en la memoria, han dado paso a una tristeza tibia que la asalta, sin causa aparente, a la menor ocasión.
Se imagina caminando por las dunas de Maspalomas, ataviada, únicamente, con un sombrero verde. Rodando, se deja caer duna abajo. El roce de la arena en su piel es algo que recuerda de niña.
Pero..., ahora, es un sensual roce que le endurece los pezones. Recoge arena con la copa del sombrero y se la tira en la cabeza. Al sentir los diminutos y suaves granos caer desde su media melena, recorrer su cuerpo, resbalar por sus pechos, por el pubis, se estremece.
Es la noche de fin de año -la cena será en unos minutos- y está densa.
Pesada, lenta y coqueta, se arregla el pelo. Se pinta los labios. Se mira en el espejo, hace un bello mohín de disgusto, y busca una barra de labios de otro color.
Los grandes y brillantes ojos, esta noche, lucen un apagado fulgor que, con unos pequeños toques de color y una larga raya marrón, prolongada hasta rebasar el párpado inferior, consigue disimular.
Se arregla el flequillo y se mira en el espejo para comprobar el resultado. Sus labios dibujan media sonrisa. Al deshacerse del albornoz, y mirarse en su desnudez, un gesto de intima aprobación la recorre. Sigue siendo un buen ejemplar de belleza insular.
Al salir del baño, observa las dos viejas maletas que la han acompañado desde Barcelona.
Los viajeros –reales o metafóricos-, viajantes, artistas en gira, y demás ralea que se mueve por un motivo u otro, o sin motivo alguno, tienden a crear lazos emocionales con esos funcionales objetos que, cuando viajan, parecer concentrar su mundo, su vida, dentro de si.
Ahí, suelen llevar, estos itinerantes seres, desde el libro del que no pueden prescindir hasta la ropa interior preferida.
Abre una de ellas. Saca un portafolios azul y busca en su interior. Escruta entre un montón de papeles hasta encontrar una solitaria hoja amarillenta, donde un poema parece esperar la luz su mirada, el tacto de sus manos, el roce de la piel.
Entonces, recita una estrofa: “Tus lindos ojos van y vienen…”
Sin duda es un bello poema, pues, por un instante, consigue dibujar, en el apagado rostro, la más bella de sus sonrisas, y un brillo deslumbrante se apodera de sus ojos, mientras su voz, muda y cálida, recorre los escasos versos.
De un salto, sus emociones la ponen en Barcelona. Ese cabrón de poeta andará por la ciudad persiguiendo faldas libreta en ristre. Luego piensa que no. Andará, eso seguro, pero quizá lo haga sin salir de casa. Quizá, desde allí, encuentre palabras para mí.
Con lo que a mí me cuestan, y ese cabrito las tiene a patadas -murmura sonriendo-.
Dijo que buscaría palabras para mí, y todavía no lo ha hecho.
Guarda el viejo portafolios en la raída maleta castaña. La cierra con mucha ceremonia y la vuelve a dejar junto a la otra.
Al salir, mientras le da al interruptor de la luz, mira las maletas unos segundos, y una risa incontenible se manifiesta, se apodera de su ánimo, y, al cerrar la puerta, lanza una sonora carcajada.

La insular y bella nativa ignora que al poeta, en realidad, lo que le gustaría es llevar sus maletas, y que encuentra palabras en sus silencios, que, de sus sinuosas y lánguidas miradas, el autor, cual mago con chistera, saca historias y más historias.
Un hilo de tinta se apodera de su voluntad y, tras él, la mano se desplaza ágil por el papel. En algunas ocasiones, el hilo de tinta y el autor parecen intercambiar papeles. ¿Qué más da? Perseguido o perseguidor. Tanto monta. Sólo cuenta el resultado.


*Fragmento de "La estrella y el vagabundo".