domingo, 26 de septiembre de 2021

Facebook

Esta red es un paraíso para cobardes y farsantes, para alienados que exigen respeto mientras insultan a todos los que no les siguen la corriente. Un crisol de banalidades donde la estupidez florece todos los días y los fanáticos con mucho tiempo libre lanzan encendidas soflamas -una y otra vez-, para hacernos creer que militan en alguna causa que no sea ellos mismos; y los que no se atreven a vivir, imaginan un mundo mejor y gritan y gritan y se esconden. Donde se refugian los que están irremediablemente solos, y los que huyen de la dura realidad de las calles se sienten poderosos e intocables y escupen posts y más posts y creen que están vivos. Donde todo es reflejo y superficialidad y los narcisistas sueñan con un baño de multitudes global..., y desaparecen con el breve gesto de un dedo impaciente antes de llegar a existir; y se venden mierdas y más mierdas inútiles a buen precio. Y los adolescentes lloran la pérdida de un amor inexistente. Y las madres abnegadas persiguen a sus hijos, eso sí, discretamente. Un vulgar y vistoso vertedero donde nos medimos y hasta nos enfrentamos por no sentirnos solos y frágiles en este fútil paisaje de rostros que nunca conoceremos, un rebaño virtual que huye de la realidad y se esconde entre una fugaz multitud.

jueves, 30 de julio de 2020

tiempos sombrios

Primavera negra, Good morning, Vietnam, había pensado esos títulos para esta historia durante los primeros días de pandemia, cuando todo era nuevo y todavía nos atrevíamos a alargar un poco más de la cuenta nuestros ineludibles y cotidianos paseos para hacer las compras. Realmente, ver a Fernando Simón -todo un experto en catástrofes sanitarias- rodeado de de militares, policías y ministros, había ido calando día a día en la gente, la cosa era seria. Cifras, porcentajes..., pero sobre todo los muertos, subiendo y subiendo y todos, absolutamente todos, esperando a la curva, que se hacía de rogar más que las curvas de una top model. Desde luego no somos soldados, como desafortunadamente sugirió el jefe de la junta del estado mayor en una de sus primeras intervenciones. En nuestro país tenemos una saludable desconfianza en militares y fuerzas de seguridad, sin duda un efecto secundario de nuestra ya lejana pero aún presente dictadura. Pero lo cierto es que, al calor de los medios fueron inoculando el miedo mientras apelaban a la responsabilidad. Estamos en guerra, decía, con voz firme y serena, como quién arenga a los novatos en un campamento militar de instrucción básica. Apelar al miedo, no es para mí lo más eficaz, pero quizá lo sea para el alto porcentaje de gilipollas del que disfruta nuestra península. Y los muertos aumentaban hora tras hora. En unos días, las tragedias se fueron multiplicando aterradoramente, haciendo desparecer de las calles a los mas chulos del barrio, de todos los barrios del país, y los gilipollas se trasladaron en tromba a las redes sociales. Es la primera pandemia con redes sociales y eso, supongo que marcará la diferencia. En la red podemos encontrarnos con lo mejor y peor de nosotros mismos, y la muerte ahí fuera, esperando... Ahora, ya instalados en la catástrofe, cada día, sobre las doce, doblan las campanas al compás de la atemperada voz de Fernando y todos escuchan, escuchamos, como nos desgrana las atroces matemáticas de la pandemia, preguntándonos si mañana, o quizá la semana que viene, estaremos ahí, en esa escalofriante lista. Al comenzar la segunda quincena comprendemos que la esperada curva se ronea más que una adolescente maciza. Se toman medidas más restrictivas... Todos en casa, la vida desaparece completamente de las calles, e internet zumba y zumba intentando suplantar a la vida, como en un cuento. Te dicen cómo aprovechar tu tiempo, la oferta en la red ahora es gratuita, aprovecha, te dicen. Intentan ahogar el miedo que vomitan las noticias. El virus manda, y el resto del mundo se confina o muere. Mensajes y consejos, cómo no engordar, cómo hacer ejercicio, aprende cosas nuevas, cuida a los niños, preocúpate de los ancianos. Me cago en la puta, es el tiempo de los gilipollas y la red lo es todo, ahí te dirán lo que has de hacer y cómo y cuándo. A las ocho sal al balcón y aplaude, como mis jodidos vecinos de enfrente que ponen lucecitas y aplauden como idiotas, y después unos minutos de música de misa protestante. Oh cristo, oh cristo, berrea el altavoz, y ahí están ellos, que son un montón en un pisito de cuarenta y cinco metros, sonrientes y dando gracias al todopoderoso. Trucos y más trucos para aumentar nuestra resiliencia -otra palabra de moda- que viene a ser nuestra capacidad de aguantar cabronadas y sumirnos en la obediencia absoluta sin levantar un dedo. No salgáis condenados, la muerte patrulla las calles, como antes patrullaba el paro, la locura y la miseria. En dos semanas hemos pasado del compra, compra, compra, al no acapares, llévate lo que realmente vayas a necesitar. Una pausa, un poco menos de basura en el mundo. -Espere. No entre todavía, espere que salga alguien. Espero, espero y espero... ¡Mierda, los yanquis tardaron menos en salir de Saigon! Pasados dos o tres días Fernando estaba en el banquillo, y ya íbamos más o menos a razón de ochocientos muertos diarios -bastantes más que en muchas guerras- y los estamentos científicos seguían deseando ver a la codiciada curva en sus gráficos; y yo estaba sin cerveza y sin ganas de ir a comprar más, la ginebra también se había acabado y esta tarde me he tenido que entretener chupando medio limón. Pero no todo eran carencias, ayer tuve un golpe de suerte y me topé con un amigo del bloque de al lado en la cola del súper, le he contado que iba canino, que llevaba diez días sin fumarme un perolo. Le subiré tabaco -él convalece de una larga enfermedad y se mueve lo justo- a cambio de unos gramitos de hachís de su colega el moro. Con dos botellas de Cavernet-Sauvignon, unos gramitos de mierda, menos noticias y menos redes sociales me he propuesto acabar esta segunda quincena, desde luego habrá que estirar mucho, pero en peores garitas me he chupado un montón de guardias. Escribir, leer, un poco de música y lo que me ofrecía el entorno: silencio, paisajes solitarios, aislamiento y este mágnifico aire que hacía tantos años que no respiraba. Quizá para mí sea la mejor manera de recorrer este desastre sin acabar subiéndome por las paredes. El mes de febrero fue hace un siglo, tres semanas habían bastado para meternos en una guerra de trincheras donde se lucha contra un enemigo invisible. Una diminuta molécula que ni siquiera puede vivir por si misma ha triturado la vida que llevábamos, nos ha reducido a un rebaño asustado. La gente mira de reojo mientras compra, en guardia por si algún despistado se le acerca más de la cuenta, unos, la mayoría, tratan de ser amables y positivos, pero otros caminan hoscos y silenciosos entre las estanterías; y, desgraciadamente, algunos, los menos, llevan pintado en el rostro todo el dolor de la tragedia. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Una vez, otra y otra y otra... Con ese ritmo taleguero comenzó para mí la cuarta semana de reclusión, donde mis espartanos pro- pósitos de la semana anterior se fueron diluyendo a medida que el tedio y el peso de tres interminables semanas de soledad ganaban más y más terreno. Miré al espejo, allí estaba, con greñas de poeta loco y mi límpida mirada azul deslavaza por el espanto. Muerte, muerte, muerte..., por todos lados. Ni qué decir tiene que mi determinación y mis escasas reservas desaparecieron en dos tragos y cuatro caladas. Pillar hierba en tiempos de pandemia es un cuelgue. Los clubs cerrados a cal y canto, y los precios suben, como en las verdulerías; y tus expectativas disminuyen a medida que das toques aquí y allá y te vas quedando con el percal... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Los aplausos de las ocho perdieron fuerza, hasta mis vecinos de enfrente -los entusiastas de la ovación y el Resistiré- estaban sin fuelle; afortunadamente, ya no ponían lucecitas ni pasodobles ni pollas en vinagre, se limitaban a batir palmas tres o cuatro minutos y cerraban la ventana... La socialización de la muerte dejaba tras de sí una atmósfera de desolación, de pérdida, que poco a poco se iba adueñando de nuestras vidas... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis ,siete, ocho y nueve, media vuelta... Pensé en las miles de mujeres y hombres atrapados en un crucero, en una residencia, en una cárcel, en un respirador... Y yo, mientras tanto, tomaba notas escuchando música de los setenta, con un gintonic en la mesita y un petardo en la boca... Esperando... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... A principios de la quinta semana una borrasca se apuntó a la fiesta y, por unas horas, desplazó al fantasmagórico silencio de metrópoli cautiva que asolaba las calles de la ciudad. Salí a por el pan bajo la lluvia, era mágico sentirla, oírla caer. Al llegar a la esquina recordé a alguien, y recordé también el paseo bajo la lluvia que nunca dimos... El anónimo y solitario ir y venir de los escasos transeúntes... Cuando se cruzan parecen envararse durante unos segundos... Dejando tras de sí una atmósfera inquietante que provocaba un gesto furtivo del paisaje, una breve distorsión en mis sentidos. Al darme cuenta me sentí fascinado, por un momento había creído estar en una ciudad ocupada, y pensé que quizá aquellos dos hombres no disponían de un salvoconducto, de ahí, su andar ligero y cauto; y la amplia gabardina de tonos grises -a juego con el día- de uno de ellos podía ocultar cualquier cosa. Silencio. Algo amarillo y un poco más enjuto reapareció Fernando Simón. Un ser estadístico: maneja las cifras, los gráficos, los porcentajes, los rangos..., como un tahúr su baraja. Desescalada, aplanamiento de la curva... Son conceptos de moda durante esta semana. Más de medio millar de muertos el menú diario y las residencias de gent gran mataderos neocon... Tiempos nuevos, tiempos salvajes... Durante la siguiente, la cuarentena llegó a cuarentona, la horquilla de muertos osciló entre los trescientos y cuatrocientos diarios, Fernando tenía mejor color, el módelo de la habitual rueda de prensa de mediodía -con una penosa -por rancia y trasnochada- puesta en escena cívico-militar- yacía moribundo y el que estaba virando al amarillo era yo. Cómo no saliéramos pronto perderíamos sine die hasta el tono de piel mediterráneo que nos es propio. Entonces intervino el Jefe por televisión y anunció que si éramos disciplinados disfrutaríamos de una desescalada gradual y asimétrica, de un prudente retorno por fases a una “nueva normalidad”. Anunció también que la semana próxima, por fin, los niños disfrutarían de una horita diaria de esparcimiento callejero. ¡Mierda, sin niños ni perro estaba perdido! A este ritmo acabaría siendo el último desconfinado -otra palabra de moda-. Recordé los novedosos primeros días del estado de alarma, la ciudad cambió de ritmo de un día para otro y la inercia acumulada me permitió sobrellevar con buen ánimo el tedio de los primeros días de la clausura...; nada que ver con el letargo actual... Salir es como un salto al vacío... ¿Mascarilla o pantalla? Una calle desierta, silencio, recogimiento, aire respirable y algo más de veinte mil muertos... Me pesaba aquel inabarcable y siniestro desfile de cadáveres multiplicándose día tras día, se apilaban en mi conciencia..., y el silencio comenzó a hacerse más y más denso hasta convertirse en una etérea y sobrecogedora neblina asomada a mi ventana, en pólvora de la mañana. En la séptima, la asfixiante atmósfera perdió un poco de presión debido a las positivas expectativas de la Moncloa y a la evidente “mejora” de los parámetros de la pandemia; y, en mi caso, al vivificante hecho de volver a ver niños correteando detrás de cualquier cosa. ¿La uniformatización del mundo que podía llegar a representar la llamada “nueva normalidad” es el exponente más claro de la pandemia, o solo es un espejismo de mis miedos ante los posibles cambios a corto plazo de una hipotética sociedad futura? Me preocupa el capitalismo de catástrofe hacia en el que nos llevan acogotados por el miedo. Repunte, rebrote. ¡Vamos a morir como chinches, como chinches!, gritaba una y otra vez ayer por la noche el lunático que vive en la esquina del bloque de enfrente. Pobre hombre, la película que se puede haber montado después de tantos días de encierro. Ya tengo una lista con lo que necesitaré para el botiquín de pandemia que pienso hacerme cuando pase los más gordo de esta puta mierda y se normalicen un poco los precios. A mí no me vuelve a pillar en bragas la estrategia suicida de nuestra civilización Quizá cuando nos volvamos a encontrar estemos más pendientes unos de otros que del esclavizante móvil, y nos sonriamos y podamos hacer un brindis sentados en una terraza a la salud de lo que se llevó esta terrible ventolera, de todos nosotros... Cuando cerré el portal y encaré la Ronda me quedé perplejo. Un ingente tropel de paseantes caminaba en todas direcciones. Ya no me acordaba de que éramos tantos, y la entrañable imagen de una Ronda de soledad y silencio casi me hace recular en busca de la aburrida pero cómoda y segura solitud de mi domicilio. La primera semana de desescalada abría un camino lleno de tensiones e incertidumbres, una nueva fase de aprendizaje. Nuevos protocolos para relacionarse iban a desplazar a parte de nuestros hábitos sociales al banquillo cultural. La mascarilla ya no sería un elemento de protección, sería un complemento. Creadores y grandes marcas competirían sin cuartel en aquel jugoso mercado en alza. Este más que probable futuro me provocó un profundo desasosiego. La siniestra sombra del experimento social a gran escala orbitaba a mi alrededor como un buitre hambriento sobrevuela la carroña. ¿Conseguiría la tecnología hacernos soportable una vida de mierda? Ya conocía esa interrogante mirada de aprensión que mostraban todos los semblantes, las había sufrido durante mucho tiempo, por lo que, como si se tratara de un viejo y destartalado polichinela, no me vino de nuevo verla asomar en todos los rostros. Se volvía a tener en cuenta el valor de las pequeñas cosas, esas que suceden mientras no tenemos tiempo. La brusca desaceleración de la vida nos había mostrado lo absurdo del vértigo capitalista. Los hámsters habían dejado de corretear frenéticamente y miraban asustados y sin rumbo a su alrededor. La red era un pozo de emociones, donde se volcaba desde lo más positivo hasta lo más vil de la condición humana, desde el trabajo de los grupos de apoyo solidario hasta la mezquina basura de los charlatanes tóxicos. Y las comunidades autónomas, al grito de maricón el último, se lanzaron a una absurda carrera por ver cuál de ellas sería la primera en superar el listón que el ministerio de sanidad les había puesto delante. Cómo si la pandemia hubiera desaparecido, cuando solo se trataba de las primeras medidas del delicado proceso de vuelta a una nueva normalidad. Tendríamos que convivir con el virus. El panorama era aterrador, las tascas nunca habían permanecido cerradas tanto tiempo, no había precedentes en nuestra dilatada historia de algo por el estilo y, por eso mismo, nos daba la verdadera y profunda dimensión de la catástrofe. Ni un bar abierto en el horizonte -en ningún horizonte-, se me hacía muy cuesta arriba acostumbrarme a semejante situación; no en vano, esa noble institución, que tanto nos define socialmente, tiene más de trescientas mil delegaciones repartidas por todo el país. ¿Dónde vamos a ir ahora a meternos unos con otros? Pienso en la insaciable industria turística y me da la risa tonta. Esa “entrañable”patronal que tanto ha trabajado por inundar las calles de visitantes, por foragitar a los vecinos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, por colonizar viviendas, espacios públicos y negocios y por pagar salarios de mierda, ahora es un vector potencial del virus a gran escala. Una puñalada trapera para el sector, para el despiadado negocio neoliberal que dirige la economía y la vida del mundo. No me siento emocionalmente preparado para asimilar la magnitud de la tragedia, y, mucho menos, para asumir el desalentador paisaje que se nos viene encima; y me hago preguntas sin respuesta, como cuando voy al mar... ¡Qué lejos está el mar...! Es la primera vez que voy a ser testigo de cómo recupera el resuello una ciudad mediterránea. ¡Te voy a comer hasta la mascarilla! Lo oí ayer en la plaza. Los tiempos están cambiando a marchas forzadas... Ya tenemos mascarillas Vuitton. Las he visto hoy en la red, doscientos pavos nada menos, en fin... Cualquier cosa por marcar la diferencia. Después de un par de meses de letargo, el silencio dejó de ser tan concluyente, el tráfico se hizo más presente y el humo y el ruido, tímidamente, volvían a ocupar su omnipresente rol en las calles; poco a poco, irían desplazando del escenario a la onírica y fantasmal atmósfera de metrópoli durmiente que lo cubría. La colmena empezaba a zumbar de nuevo... Con la desescalada la instrumentalización política de la pandemia por parte de los grupos políticos que no habían aportado absolutamente nada durante lo más duro de la tragedia se intensificó. La colaboración que cabría esperar en una situación como la presente brilló por su ausencia, en su lugar, comenzaron a banalizar la tragedia alentando pataletas y esperpentos. Salvo contadas excepciones, tenemos una clase política realmente repugnante. La situación sanitaria había cambiado, al tiempo que se vaciaban las UCIS, el frente de la lucha contra el virus se fue desplazando paulatinamente hasta los centros de atención primaria. Seguimiento de casos, aislamiento de focos y rastreo de contactos serán estratégicos a medio y largo plazo. Eché un rápido vistazo al colectivo sanitario -un personal al que le debo mucho- y sentí un gélido escalofrío..., han caído como moscas. En la red, los bulos -esos cotidianos paradigmas de la posverdad- se convirtieron en la estrella del espectáculo. Ruido y propaganda negra y gris circulaban a todas horas por el intangible mundo virtual. Ante semejante panorama, el futuro se me antojaba macabro y desalentador. La estrategia de la civilización del capitalismo depredador era víctima de su propia lógica, de nuevo había llegado la hora de que los estados empezaran a soltar la mosca para paliar un nuevo desastre económico y social. Y me sorprendí de lo rápido que desapareció el silencio, el aire respirable y el fantasmagórico escenario de una metrópoli abandonada: la sobrecogedora imagen de ultratumba donde, mientras caminaba solitario y sin rumbo, tantas veces me pareció ver -tras el espejismo de aquellas calles desiertas- los interminables pasillos de un camposanto, un ajado y descomunal laberinto de hormigón repleto de lápidas anónimas barridas por la lluvia y el viento. Es muy probable que el futuro que nos tienen reservado no sea el jardín de las delicias precisamente: Miedo, empobrecimiento social y afectivo, vigilancia, trabajar más, cobrar menos y morirse antes serán ingredientes fundamentales de la nueva receta neoliberal. Sospecho que a estas alturas el Dr. Simón -el rostro amable en medio del desastre- debía estar ya hasta los mismísimos huevos de todos nosotros, pero daba envidia ver lo bien que lo disimulaba. Ahora se las veía con cuarenta y siete millones de expertos en pandemias que hubieran deseado no conocerlo nunca y, muchos de ellos, empezaban a estar hartos de ver todos los días aun tipo solvente haciendo bien su trabajo; ahí delante, con su peculiar tosecilla y esa enérgica fragilidad que lo caracteriza, mientras nos interpreta los terribles y laberínticos números -ahora en franco y rápido descenso- de la evolución de la primera ola de esta tragedia; que muy probablemente, para empezar, nos deje una factura de más de cuarenta mil muertos. Me eché la mascarilla en el bolsillo de atrás y salí a la calle nada más amanecer, la Ronda estaba sucia y desierta después de la larga noche de San Juan... El quince de marzo quedaba muy, muy lejos; y su trasnochada y triste banda sonora -que yo recordaba como una interminable rumba taleguera machacona y siniestra-, si prestas atención, todavía puede escucharse en muchos rincones de la ciudad. El largo confinamiento había destemplado mentes y exacerbado ánimos: Pacientes huidos en pos de la libertad, o de cualquier otra absurda quimera eran buscados por la policía, otros muchos atrapados como ratones de laboratorio por el síndrome de la cabaña, y la mayoría tratando de recobrar nuestras vidas allí donde las dejamos aquel marzo desalmado y remoto... Y la invisible amenaza de una modesta molécula orbitando sobre nuestras cabezas... ¿Qué mundo saldrá de todo esto? Lo ignoramos ¿Habremos aprendido algo? Mucho me temo que no ¿Cómo se administrará la catástrofe? De momento los asquerosamente ricos han obtenido beneficios asquerosamente altos durante la primavera. Había llegado la hora de la responsabilidad civil... Me eché a reír, me salieron desde lo más hondo unas incontenibles y rotundas carcajadas. Un viejo condenado a muerte indultado como yo seguramente no lo ve como la mayoría. A veces hace falta mucho coraje para vivir, para cuestionar vejas sendas y buscar caminos nuevos; y para eso, queridos niños, el momento actual es inmejorable.

lunes, 27 de enero de 2020

Nasti de plasti

Allí estaba de nuevo. Meses y meses de no hacer nada, intentando quizá dejar atrás su último trabajo. Fuera llovía sin parar desde hacía dos días y cuando se asomaba a la ventana a echar un cigarro de tanto en tanto, el fuerte viento azotaba su rostro, mientras él, aterrorizado, se preguntaba si sería capaz de hacerlo otra vez. 
Lejos quedaban los tiempos en que se sentía capaz de escribir sobre cualquier cosa -tras el detalle más nimio descubría una historia digna de ser contada-, ahora, en cambio, solo lo habitaba un páramo desolado a merced de los elementos. Todo era frío, distante y carente de significado. Un solar abandonado tras un infranqueable y viejo muro de piedra, un mundo despojado de horizontes...
Un año en blanco, por dios, qué desperdicio, se decía consternado. Un año de ausencias, de despedidas, de soledades, de búsquedas infructuosas. Y la muerte siempre ahí, llevándose pedacitos de su vida, uno tras otro. Un año duro y desalmado que había quedado atrás por fin.
Los personajes que solía encontrar tras cualquier esquina habían desaparecido, las mujeres inquietantes y bellas también se esfumaron hace tiempo y los paisajes de siempre ya no le decían nada. 
En aquel momento el mundo aparecía a sus ojos como un aplastante y laxo espectáculo en blanco y negro lleno de almas marchitas vagando sin rumbo, día tras día; seres errantes y moribundos arrollados por una realidad anodina y machacona. Nada que sentir, que oler, nada nuevo por lo que palpitar... 
El tiempo en que se lanzaba sobre el texto con la incosciencia y el brío de un navajero adolescente se lo habían ido sirlando las páginas ya escritas.
Malgastar las horas de las tibias y soleadas mañanas de invierno, tomando café en una terraza vacía con vistas a una plaza desierta, se había convertido en una rutina diaria. La patética imagen de un tipo sin expectativas. Estaba a verlas venir y atenazado por el tedio... 
En resumen: su vida era un muermo.

lunes, 2 de septiembre de 2019

miércoles, 23 de mayo de 2018

Wish here were 3

Me paré en seco en cuanto transcribí la primera nota. La borré inmediatamente, no era cuestión de ir anotando por orden cronológico -aunque la secuencia temporal pudiera tener algún significado no era el momento de tenerlo en cuenta-, así sólo obtendría una copia de las notas pero en formato xxxl.
Me eché la libreta en un bolsillo de la bata, y utilizando una de las sillas en plan taca-taca me acerqué hasta el escritorio, me senté, abrí el primer cajón y saqué una libreta nueva.
Adjudicarles un número y, en la medida de lo posible, anotarlas fielmente, me llevó tres largas y complicadas horas. Por fin estaban legibles y ordenadas, era el momento de pasar a otra fase del proceso; pero había perdido fuelle y el dolor continuo -sin ser severo- ya no me dejaba ver con claridad la finalidad de la tarea. Abatido, me dio por pensar que quizá no servirían de mucho. Un trabajo tedioso y de dudosa utilidad, me dije.
Fue entonces cuando una máxima de Sun-Tzu me atravesó: “No libres batallas que no puedas ganar. Este es un extraño fenómeno al que ya estoy acostumbrado, otra cosa era saber a cuento de qué venía la frase. ¿A cuento de Ámbar?, ¿de la historia?, ¿de las notas?, ¿de la grifa?

-Que lo dejes por hoy. Eso quiere decir. Y en cuanto a la historia: Déjate de circunloquios y busca a la mujer, cojones. ¿Una jovencita fetén rondando por aquí y no tenemos nada que decir?
-¿Más, Grillo?
-Mejor, tío. Has escrito buenas páginas en condiciones infrahumanas. En este caso, sin la perspectiva de una muerte inminente debería estar chupado. Tampoco has dicho nada del puto móvil.
-Pensaba pasar de ese trasto. Me ha recordado tanto a Ruido de Fondo... Y un toque de la muerte a veces ayuda...
-Hace diez meses que dejaste de mirar sus fotografías. Esas imágenes guardadas tan celosamente en el disco duro externo... El mismo tiempo sin atreverte a abrir el cajón donde guardas sus bragas y asumir que sólo son un recuerdo.
-Lo he intentado varias veces, Grillo; pero es como profanar el sarcófago de Nefertiti. O puede que el tiempo las haya convertido en una ominosa metáfora de sí misma, siempre en un cajón... Aunque, para mí, la imagen que mejor la representaría sería la de una mujer atrapada dentro de una burbuja luchando por ver más allá de su propio reflejo.

jueves, 17 de mayo de 2018

Wish you were here 2

Si ahora estuvieras aquí, encontrarías a un hombre abrumado por las circunstancias pero lleno de coraje.
Si ahora estuvieras aquí, lo verías programar este complicado y largo día asaltado por las dudas pero sin lamentos. 
Te sorprenderías al verlo sacar trabajosamente su pizarra, consultar una y otra vez su gastada libreta y -como un lunático- disponerse a transcribir -con una cuidada y diminuta caligrafía- aquel desmesurado tropel de breves y enigmáticas notas en el encerado. Lo sabrías resuelto ante la adversidad, si ahora estuvieras aquí.



lunes, 14 de mayo de 2018

Wish you were here 1

Al abrir los ojos vi las luces del alba asomar tímidamente por el ventanal de la cocina, había pasado la noche en el sofá. Me incorporé bruscamente para mirar la hora y la novela de Le Carré salió disparada hasta aterrizar -con bastante fortuna para ella- sobre la mesita, pero llevándose por delante la taza del té; que se hizo añicos al estrellarse contra el suelo. Eran la seis y diez.
Cogí el espray de Reflex del estante, me quité el calcetín izquierdo y le di unas cuantas aplicaciones al tobillo. Ahora sólo era cuestión de esperar unos minutos... Entonces sentí una fuerte arcada, me levanté a toda pastilla y, a pesar del tobillo y sorteando los restos de la taza, conseguí llegar al váter justo a tiempo. 
-Hoy va a ser un gran día -me susurré irónicamente en cuanto pude respirar-. Pero no seré yo quien le ponga mala cara. Qué se joda el destino.
Mientras escribía Ruido de Fondo aprendí a barrer sentado. Te sientas, das unos escobazos y haces un montoncito, arrastras un poco más allá la silla llevándote en montoncito con la escoba y así sucesivamente. Tardé diez minutos en recoger los restos de la taza. Y, por enésima vez, me pregunté por qué coño no había comprado todavía una silla de despacho con ruedas; ahora me iría de fábula.
Desplazarse por un piso a la pata coja es como tocar instrumento, un arte en el que sólo la práctica acabará determinando el grado de pericia del pringado de turno. Moverse lo justo, aprovechar bien todos los viajes, tener siempre lo más imprescindible al alcance de la mano y no ponerse demasiado pijotero pueden servir como pautas generales para los novatos atrapados en esta circunstancial y paralizante disciplina.
Pero las cosas no están tan chupadas si vives solo. La soledad en estas condiciones puede convertir cualquier actividad cotidiana en una caótica aventura de imprevisibles consecuencias. Lo más importante es la planificación -hasta la tarea más nimia la requiere-. No es cuestión de ir dando saltitos sin ton ni son a cada momento, en dos días la otra pierna comenzará a quejarse y podrías sufrir unos calambres que te harán olvidar que lo que tienes jodido es el tobillo del otro pie. 
Para evitarlo, una vez establecido el sofá como campo base, hay que ir colocando puntos de apoyo móviles -en este caso sillas- en los trayectos más frecuentes donde no los haya. Una disposición estratégica combinada: Con cuatro sillas plegables, un taburete de baño, otro de bar y el escaso mobiliario -cuarenta metros cuadrados no dan para mucho- debía diseñar una metodología que me permitiera desplazarme apoyando el peso del cuerpo en los dos brazos la mayor parte del recorrido, fuera el que fuera. En mi caso los estrictamente necesarios giraban en torno al eje sofá-baño-ordenador-cocina. Por suerte, hace unos meses -un lunes de trastos viejos- me tropecé con el taburete de bar unos portales más allá del mio, ahora me irá genial para “cocinar” y fregar platos. 
El cenizo del Enano estaba fuera de juego, si no fuera por ese cabroncete hubiera podido eliminar uno de los recorridos; pero el muy manta me tiene tomada la medida y siempre que se huele algo de curro le da un chungo. ¿Se le ha atragantado esta historia o sólo es una víctima más de la obsolescencia programada?
Eran las siete, y fuera llovía y llovía...
Ya tenía mi teatro de operaciones...

miércoles, 2 de mayo de 2018

Wish you were here

Entré en casa intelectualmente embalado pero absolutamente deslomado. Vacié la mochila, tiré el descalabrado paraguas a la basura, me quité toda la ropa, la metí en la lavadora, encendí el radiador, lo llevé hasta el lavabo y cerré la puerta. Desandé mis renqueantes pasos, me puse mi vieja bata azul, cogí un pijama limpio y lo dejé sobre el brazo del sofá. Fui hasta el cajón de la mesita donde guardo los condones y algunos medicamentos y pillé un rula de paracetamol y otra de diclofenaco, me las tragué a palo seco y me tendí sobre la cama con la esperanza de que, al menos, las punzadas más dolorosas amainaran en unos minutos.
Un buen momento para dar un repaso a las tareas que tenía por delante, y la primera y más importante era de tipo emocional. No soy rencoroso, pero cuando me molesto de verdad me suele durar lo suyo; y estaba francamente dolido ¿Cómo se le ocurre soltarme que me estoy riendo de ella? ¿Por qué clase de tipejo me habrá tomado? 

- Recuerda sus atenuantes, son de peso.
- Ya lo sé, Grillo.
- Pues deja atrás esos resquemores, no deben interferir en nuestro trabajo; y a estas alturas son una estupidez carente de utilidad, no nos hacen más feliz ni más fuerte; son un lastre inútil.
- Tienes razón. ¿Por qué te acabo dando la razón tantas veces, enteradillo?
- Soy el encargado de la empatía, de ponerme el lugar de los demás. Vamos a estar sin poder salir unos cuantos días y hay un montón de trabajo pendiente, así que menos humos y al tajo. Para narrar este embrollo sólo necesitamos dos cosas: Sinceridad y eficiencia.
- Lo primero una ducha bien caliente, después nos pondremos todo lo cómodos que podamos y le echaremos un buen vistazo a las notas de hoy. Hay un cacao de miedo.
- Esa es la onda, tío. Somos un buen tipo, que piense lo que más le convenga.
 

Treinta minutos más tarde estaba enfrascado delante de Vagabundo buscando una canción. La seleccioné, le di al play y en unos saltitos estaba en el sofá con un té bien caliente. Cuando comenzó a sonar “Wish you here were” -un tema cargado de interrogantes- abrí la libreta sonriente y me zambullí en aquel intrincado archipiélago.

El archipiélago era un guirigay de cojones... 
-!Mierda! -exclamé consternado-. Ésto va a ser un curro de chinos.
Era un caos. Salvo las notas que había tomado en el bar, más o menos sujetas a una secuencia temporal, bien articuladas y bastante concisas; el resto era un extenso catálogo de imágenes sin conexión alguna entre sí, al menos a primera vista. No me iba a quedar otra que tratar de sistematizarlas. En fin, debería categorizarlas y establecer algún tipo de patrón jerárquico. Y de postre intentar atribuirles alguna significación simbólica o emocional a todas ellas. 
-Joder Ámbar, el trabajo que me estás dando -musité aturdido-. Como no pille la onda pronto me puede llevar meses salir de aquí. Habrá que tirar de pizarra si quiero ver resultados a medio plazo.

(Lo más interesante de esta experiencia está siendo la interacción entre musa/lectora y relato, y, desde luego, a través de éste, conmigo. Estás inesperadas contribuciones están dando lugar a miradas nuevas.
La última ayer mismo: Al conectarme al feis después de un par de días sin hacerlo tenía dos peticiones de amistad pendientes. Cuando traté de echar un vistazo a los perfiles ya disfrutaban del cartelito de “no accesible”. Pero por la tarde ya había otra esperando. Esta vez era un tipo de Dubai que ofrecía servicios financieros, y en su portada, aparte de una indescifrable jeta de hindú calvito y medio devorado por los años, abajo, a la derecha -en minúsculas y entre paréntesis-, se podía leer: (babygirl).
A los dos minutos de aceptar su solicitud, en el chat apareció el aviso de llamada -un servicio del que sabe que no dispongo en el lugar donde me suelo conectar por las tardes-. Una, dos, tres veces en cinco minutos. Cerré la ventanita y sonreí, ya ha leído Ruido de Fondo. Tres o cuatro días atrás había colgado el fragmento nueve de  “Maldita sea mi estampa”, donde, a propósito de Ámbar, el protagonista le hace una confidencia a Alberti: “Está en otra frecuencia pero en la misma onda, Rafael”. 
A veces se hace querer...
Ámbar es una jovencita muy observadora y con bastante tiempo libre, aunque no muy dada a relacionarse; además, está francamente molesta -con razón o sin ella- con un servidor. No lo considero una ofensa, dada su particular manera de ser sólo era cuestión de tiempo que intentase trasformar una -al menos para mí- estimulante y seductora relación epistolar en una especie de disputa en la que yo no estaba dispuesto a participar. No tengo ningún interés en herir a nadie ni en que me hieran. “No me interesan las relaciones de dolor”, le dije.
Y desde luego tampoco me seduce la afición por ganar conversaciones ni la de competir con nadie. Las personas inseguras tienden por naturaleza a rivalizar por cualquier motivo, como los niños. En aquel momento no creo que fuera consciente de algunas de las cosas que hacía o decía, y no era saludable para mí quedarme a verlo. 
Ésto último quizá no lo ha entendido aún.)

Una vez establecida a grandes rasgos la magnitud de la tarea que me esperaba me dio un bajón del quince. Cerré la libreta abrumado. Pillé la novela de espías que tenía entre manos, me tumbé en el sofá, me tapé con una mantita y me dispuse a dejar atrás aquella sombría y descorazonadora jornada con los inquietantes agentes del astuto y viejo Smiley.

miércoles, 25 de abril de 2018

maldita sea mi estampa 9

Durante la animada conversación tuve un lapsus y acabé por perderme en mis pensamientos. Oscar se dio cuenta enseguida y me dejó estar. Sus voces se apagaron como si de repente me hubiera sumergido en un océano. Entonces, maldita sea, una voz de ultratumba -creo que la de Alberti- se coló en mi cabeza: -¿El final de tu novelita está a la vuelta de la esquina y dudas sobre el tono apropiado para el último capitulo, verdad? Recuerda..., tú y yo nunca fuimos a Granada.

No había pasado ni un minuto cuando solté una estridente carcajada y, acto seguido, pensando en voz alta, dije: -Con la rienda corta y el galope largo.
-¿Cómo? -preguntó Neus, sorprendida.
-No es nada. Acabo de tener una conversación más allá de la conciencia. Ando metido en una historia y a veces me ausento sin más. Quizá haya resuelto un problema, o puede que vaya más fumado de la cuenta; nunca se sabe.

-Has acertado, Ámbar es mi Granada. Está en otra onda pero en la misma frecuencia, Rafael.
Nunca llegaré a Granada... Pero... ¿Sabes?, con el polvo del camino voy escribiendo una historia.


-¿Postre o café? -preguntó Oscar, desbaratando mi ensoñación.
-No me cabe un postre. Descafeinado sin azúcar. Y un chupito de orujo de hierbas, así la jodo del todo por hoy; total, mañana será un mal día, con o sin chupito.

Salí a la calle a echar un cigarro. Seguía lloviendo, ahora de costado; el viento soplaba con fuerza calle arriba haciendo inútiles los paraguas. Pasaban unos minutos de las cuatro y el tráfico rodado comenzaba a desperezarse después de la tregua de mediodía.
Preocupadas por llegar tarde a la salida de los colegios, las mamás salían presurosas de los portales, y, desafiando al mal tiempo, abrían sus paraguas, apretaban el paso y se perdían rápidamente Bilbao abajo; y todo era gris, terrible, horriblemente gris, como una funesta y deslavazada metáfora de aquella desoladora mañana.
Regresé a mi mesa y saqué la libreta con un doloroso gesto de condenación, de pérdida y olvido. Me bebí el café, alcé el chupito y brindé simbólicamente con Oscar, que andaba tras la barra: -¡Por los corazones tristes! Salud, colega.
-¿Te pido un taxi?
-Ponme otro de éstos y dame diez o quince minutos. He de tomar unas notas antes de que las palabras se me amontonen. Las muy cabronas están vivas, y las mías concretamente no paran quietas y a veces he de meterlas en vereda, porque si se me desmandan ésto empieza a bascular entre la indignada cola de un peaje en hora punta y el indescifrable barullo de una olla de grillos.

lunes, 9 de abril de 2018

Maldita sea mi estampa 8

Pasaban unos minutos de las tres cuando crucé la puerta del bar de los Castellers. A esas horas estaba prácticamente desierto, un parroquiano jugando en la tragaperras y otro sentado junto a la barra con un vermú negro delante eran los únicos clientes, me acerqué renqueando hasta la esquina donde fregaba unas tazas la camarera y le dije: -Buenas tardes. 
-Buenas tardes.
-¿Está Oscar por ahí?
-Está en la cocina, ahora lo aviso. ¿Quién le digo que pregunta por él?
-Mario, un viejo amigo.

Di una rápida ojeada al local, y, tras quitarme el tres cuartos y colgarlo sobre el respaldo de la silla más próxima al radiador, acabé sentado en una mesa desde donde, a través de una gran cristalera, podía ver el amplio y profundo espacio -a medio camino entre el gimnasio y el local de ensayo- ahora desierto; donde palpita, varias veces por semana, el bravo corazón de los Castellers...

-¿Cerveza o menta poleo?
-Mejor cerveza. A tomar por culo, hoy me salto la cuota.
-Joder, tío ¿Qué te ha pasado? Eres la viva imagen de la derrota. Por mi madre que haces una pinta de haberte fugado esta mañana de un campo de refugiados sirios que te cagas. 
El tipo que se encarga de la documentación falsa suele llegar sobre las cuatro. Mientras lo espera estaría bien que se adecentara un poco en el lavabo, dará menos el cante. Y luego, si no tiene inconveniente, lo invito a comer...
-Eso, cabrón, tú ríete.

Le hice caso, y a la vuelta del aseo unos minutos después la mesa ya estaba dispuesta. Me dejé caer sobre la silla y, dando un profundo suspiro, me lancé sobre la cerveza y las gambas saladas como si llevara sin jamar bien toda la vida.

-¿Libritos o pollo a la plancha con pimientos? -preguntó Oscar desde la puerta de la cocina.
-Libritos va a ser que no. Paso de segundo literario, ya he tenido bastante por hoy. Sí es pechuga mejor, tío.

La camarera trajo un tapa de anchoas, una botella de vino tinto y una canastita de pan integral. Era una vieja amiga de Oscar. Una treintañera morena, alta y bien parecida que solía llevar, tiempo atrás, un peinado a lo batasuno; la conocí hace unos años en el Rock&Trini durante un concierto de hardcore que organizaba la radio. Ella quizá no me recordara, pero yo sí; aunque tardé un poco en desempolvar su nombre, sin duda alguna, esos espectaculares ojos verdes sólo podían ser los de Neus.

-Ha tenido que ser muslo, pechuga no quedaba.
-Ya. Hoy por aquí la única pechuga comestible es la de Neus. No hay más que verla.
-De primero tenemos arroz con setas y gambitas -dijo Oscar, dejando sobre la mesa la bandeja con el primer plato-. Te he traído una taza de caldo bien caliente, a ver si te quita la pinta de moribundo que arrastras.
-No sé qué hago en su barrio. No ha sido una buena idea, estaba cantado que me iba a poner chorreando. Mientras no pille una pulmonía...
-¿En el barrio de quién? -preguntó intrigado mientras se levantaba en busca de la botellita de gaseosa que había olvidado en la barra.
-De Ámbar. Estoy escribiendo una historia y la musa vive por aquí. De hecho, lo único que he sacado en limpio es eso. Ha sido una pesadilla, Oscar, una pesadilla. Primero han intentado sirlarme en el parque, luego he tenido un accidente y el paraguas y un tobillo han pagado las consecuencias, después, nada más salir de aquella maldita encerrona verde, mientras esperaba en un semáforo un coche me ha puesto chorreando...  Encima ha llovido casi todo el tiempo. 
Venía lleno de entusiasmo y me iré hecho una mierda. Si no fuera porque la he visto fugazmente, he podido certificar su pertenencia a este barrio y quemado de paso un montón de karma chungo, me cagaría en todo.
-Joder, tío, qué mala suerte.
-En el fondo, Oscar, creo que el cuento ese del karma muchas veces sólo es la mejor coartada disponible para orientalistas de pastel incapaces de hacer el más mínimo esfuerzo por cambiar un ápice sus vidas. En fin, es lo mismo. ¿Cómo va por la radio?
-Regular. No termina de arrancar después del último parón. Así que una musa, eh -concluyó dibujando una sonrisa maliciosa.
-No hay caso, es fruta prohibida.
-¿Casada? -preguntó, volviendo a dejar sobre la mesa la botella de vino después de llenar generosamente tres vasos-. ¿Un poco de gaseosa?
Asentí con la cabeza y contesté: -Eso como mucho sería fruta reservada, no prohibida. Es fruta delicada y absolutamente joven colgando de una rama muy alta y frágil, y mi menda hace mucho que, a pesar de soñarla, no la espera; aunque, eso sí, me sigue poniendo un montón.
-Ya me imagino...

En ese momento, Neus, trayendo un pequeño mortero de alioli se incorporó a la mesa y aparcamos la conversación. Se sentó junto a Oscar, y, mientras se servía el primer plato y probaba el vino, fue haciéndome preguntas hasta que recordó dónde y cómo nos habíamos conocido. ¿Punk-rock acelerado o hardcore melódico? ¿Te acuerdas de aquella noche? ¿De aquél peñazo de grupo?

martes, 3 de abril de 2018

Maldita sea mi estampa 7

Subía por Soler i Rovirosa a buscar Clot cuando me acordé de Oscar -un viejo compañero de la radio-, trabajaba de cocinero en el pequeño bar-restaurante del local de los Castellers. La calle Bilbao no estaba lejos y hacía siglos que no nos veíamos. Era una buena opción. 
Apoyándome en el paraguas y a paso de tortuga giré en Clot dirección Sagrera mientras mis ojos iban de una acera a otra buscando un cajero. El tráfico rodado había caído en picado, y a pesar de las molestas e inesperadas rachas de viento, la gente volvía a transitar presurosa por la calle; el sol asomó el morro tímidamente un par de veces, pero viendo el percal, supongo que decidió largarse definitivamente. 
El viento por fin cesó, y un gris brumoso y húmedo, metido en el deslucido papel de piadoso, pero amortajante manto, comenzó ha instalarse cómodamente sobre la compacta y cenicienta pátina de aceras y edificios; entonces el palpitante olor del asfalto mojado se apoderó finalmente de mi paisaje...

-Para una vez que me la encuentro menudo papelón, se va a reír toda la vida.
-Joder, tío. Deja que se ría a gusto. Si la cosa le ha alegrado un poco el día ya nos vale. Seguramente no tiene nada más divertido que hacer a estas horas. 
-En realidad me preocupan más las notas.
-Un galimatías, como siempre.
-Como siempre, Grillo; como siempre.

Fue nada más salir del cajero cuando nos cruzamos. Lo cierto es que no la vi venir, estaba cansado, tenía frío y andaba perdido en cavilaciones. Esta vez no le dio tiempo a cambiarse de acera y tampoco se cubrió con la capucha de la trenka. Sin pararme, le dediqué un convencional, y creo que sonriente “Hasta luego”, al que ella respondió con un “Hola” o un “Adiós”; no estoy muy seguro. Su voz se me enredó con la desbordante y desenfadada cháchara que invadía aquel tramo de calle desde de una tienda de frutas y verduras cercana cuyas coloridas cajas invadían parte de la acera. 
Habría sido un momento ideal para intercambiar unas frases, pero me contuve y acabé por no hacerlo; la inapelable imagen -nada más verme- de un rostro angustiado con la mirada febril y cargada de temor, y ella apretando el paso a la desesperada hasta desaparecer instantes después, como un fugitivo, entre la anónima multitud de un concierto de verano en el patio de Can Basté aún se deja caer de vez en cuando por mi memoria. 
Por otro lado, las probabilidades de tropezarse con alguien teniendo sólo el referente de su instituto, y a pesar de haber evitado expresamente dicho lugar y sus alrededores, son muy, muy remotas; además durante la única mañana que ando por aquí, y dos veces nada menos. Aunque también hay que tener en cuenta su gusto por los paseos bajo la lluvia, que las aumentaban...
Con la tontería creí haberme pasado de calle y no hubo más remedio que preguntar en un bar. Pedí un cortado, pegué una de las meadas más largas de mi vida y tuve la oportunidad de mirarme a los ojos en un espejo. Penoso, fue penoso. Eran los de un vagabundo, de sí mismo, desde luego; pero vagabundo al fin y al cabo. 

lunes, 26 de marzo de 2018

maldita sea mi estampa 6

Llovía profusamente, pero a rachas. La gente había desaparecido de las calles, era un bello espectáculo: El vigoroso y poco frecuente vacío de una bulliciosa ciudad mediterránea barrida sin piedad por la lluvia y el viento. Una imagen espectral de un mediodía inhóspito y malcarado. 
Pensé en todas esas almas solitarias que adivinaba tras los cristales y los balcones vacíos, ese acomodaticio enjambre de hombres y mujeres atrapados sin remedio en hipnóticas y superficiales tormentas de imágenes, soportando un inagotable cascada de productos y servicios inútiles día tras día. Miles y miles de cuerpos confinados por la rutina y el desasosiego que nunca sienten la necesidad de asomarse al mundo que los envuelve; ni los arrastra jamás el imparable impulso animal de sentir y respirar el fresco y salvaje olor de una tormenta. 
Deshabitados y vencidos tras robarles la capacidad -entre otras muchas- de admirar o dejarse llevar por la implacable y áspera belleza de una gran ciudad a merced de los elementos, dormitan y malbaratan gran parte de sus vidas en sus “seguros” cubículos; recordando únicamente la postrera imagen servida por una pequeña pantalla donde no hay lugar para sus sueños.
Como un autómata, salí de mi espejismo en cuanto escampó; gratamente sorprendido por la asombrosa capacidad de maravillarse que aún conservan mis ojos de perro viejo.
Miré el reloj, las dos y media. Desvariaba, estaba a punto de pillar una pulmonía y tenía un hambre de lobo.

sábado, 24 de marzo de 2018

maldita sea mi estampa 5

Salí por Escultors Claperós y giré a la derecha para ir a buscar Flandes de nuevo. Después de caminar un trecho comprendí que alguna cosa no iba bien y me paré junto a un semáforo para orientarme, pero con el pedo que llevaba, más que orientarme me quedé clavado en el sitio incapaz de tomar una decisión. 
Y la lluvia comenzó de nuevo, esta vez sin contemplaciones. Abrí el paraguas a toda prisa, pero no me sirvió de mucho, el agua entraba a sus anchas por aquella tela llena de agujeros. Me miré apenado, parecía un indigente a merced de los elementos intentando recordar dónde está la esquina de su cajero; cuando levanté la cabeza miré hacia atrás convencido de que me había equivocado de mano al salir del parque y Flandes estaba en dirección contraria; entonces la vi bajo un paraguas amarillo, la reconocí sin ninguna duda, aquellos pasos largos y decididos tan suyos son inconfundibles. Llevaba el pelo suelto, un pantalón oscuro, una trenka gris perla que le sentaba divinamente y unas botas negras de media caña.
Me quedé petrificado, caminaba en mi dirección por la otra acera y no tardaría ni veinte segundos en pasar por delante de mis narices. Y yo allí, como un gilipollas, rezumando agua debajo de un paraguas tronado -tal vez improvisando sin querer una patética representación de ducha callejera de corte surrealista, o quizá desplegando una abochornante escena del colmo del desamparo pasado por agua-; sin tener dónde meterme ni tiempo para reaccionar.
- Vaya tela, menudo embolado; solo me falta el cartón de tinto Don Simón -me dije entre dientes.
Estaba tan absorto que no vi venir el coche, iba bastante rápido y atravesó de lleno el charco muy cerca de la acera; levantando a su paso una espesa cortina de agua que, cómo no, me dio de lleno. Chorreando y abochornado volví a mirar a la acera de enfrente, ella acababa pasar justo por delante del semáforo; y juraría que la tía se iba riendo. 
No era para menos, fue un espectáculo tan desolador que en aquel momento me habría pegado un tiro. Hacer un Larra hubiera sido una salida airosa de aquella infernal y acuática mañana. A primera vista puede parecer una contradicción, pero créanme, el averno hidrológico existe; vaya si existe.  
Crucé la calle, y, sin subsanar mi error, avancé sufridamente en la misma dirección unos cincuenta metros más, entonces encontré refugio bajo el voladizo de un edificio contiguo a la esquina con Soler i Rovirosa, cerré con un suspiro de alivio el paraguas y me dispuse a esperar el final del chaparrón dándole matarile mi último porrito.

jueves, 22 de marzo de 2018

Maldita sea mi estampa 4

En los cinco o seis segundos que tardé en reaccionar había dejado de llover como por ensalmo. Una falsa alarma, si no hubiera tenido tanta prisa en ponerme a cubierto ahora estaría sentado cómodamente junto al lago. Me di la vuelta y traté de mover con cuidado los dedos del pie izquierdo. Bien, en principio no tenía nada roto. Me incorporé apoyándome en el brazo izquierdo -el codo derecho había absorbido casi todo el impacto de la caída y no era cuestión de ponerlo a prueba en aquel momento-, me puse de rodillas, y descargando casi todo el peso en la pierna derecha me levanté; después di un tímido primer paso, desensarté el paraguas -estaba clavado en el arbusto como un Cristo de pacotilla-, y, apoyándome en él, caminé lentamente hasta el banco más cercano pensando en lo poco que había faltado para que el ensartado fuera yo.
El tres cuartos chorreando, lo mismo que el pantalón rodillas abajo, la gorra estaba bastante seca, aunque lucía un pegote de hierba en la visera. De mi salvador paraguas sólo puedo decir que palmó en una valerosa acción suicida, como los héroes; pero acabó hecho un colador. La pequeña mochila impermeable junto con su contenido fue lo único que salió indemne de aquel desafortunado accidente. Lo más importante estaba intacto.
Visto el percal, lo más conveniente, si quería salir entero de aquel maquiavélico y verde microcosmos, era planificar con cuidado mis próximos movimientos, así que abrí de nuevo la mochila, saqué un paracetamol, una cocacolita y un petardo y me dispuse a valorar seriamente la situación.
A estas alturas no cabía duda alguna de que mis pretensiones narrativas se habían ido a tomar por culo nada más entrar en el parque, pero el único responsable era yo mismo. No se me había perdido nada en aquel barrio, sólo perseguía un sueño; aunque vaya mojado, cojo, dolorido y bastante pedo y me parezca tan real, Ámbar seguramente ya no existe; quizá nunca existió, sólo fue un sueño.

-¡Uf, no seas gilipollas, claro que existe! Y tiene un abrir y cerrar de ojos que parece un abrir y cerrar de paraguas. No como ese colador que llevas ahora, sino uno nuevo y espléndido. La mañanita te ha dejado hecho polvo ¿Y qué? Anímicamente estás jodido y no ves las cosas claridad; no es el momento de evaluar nada, sino el de salir enteros de esta siniestra emboscada urbana en que nos has metido, julandrón.
-Tienes razón, Grillo. Lo primero es salir de este puto parque antes de que nos parta un rayo. 

lunes, 19 de marzo de 2018

Maldita sea mi estampa 3

No había ido hasta el Clot para despotricar sobre la excéntrica cofradía de la pluma -bastante tenemos cada uno con lo nuestro-, sino para evocar una ausencia; pero la insólita irrupción del tontolaba fumeta me había descolocado. Es una de las servidumbres, o puestos a ser más precisos -ya que estamos en Catalunya-, de los peajes que has de apoquinar si quieres escribir pegado al territorio como una lapa.
Entonces me dije en voz baja: -Un bucólico paisaje con jovencita de uñas al fondo.
Así debería ser esta romántica incursión por los inexplorados caminos de su parnaso, pero, por si alguien todavía no lo sabe, no somos dueños de nuestro destino. Aunque todavía estoy a tiempo de enmendarle un poco la plana.
Y me eché a reír como un poseso...
El origen primigenio de mis deseos insatisfechos menos confesables vivía por allí cerca. Y gracias a nuestros chateos sabía que frecuentaba asiduamente aquel parque, pero nunca por las mañanas -eran sus horas de estudio-. Además, el Donut está tope de lejos. Ningún estudiante asoma el morro por aquí durante la hora de patio. No quería que mi presencia pudiera incomodarla. A saber cómo lo interpretaría.
Busqué con ahínco la luz de su mirada en sus lugares preferidos, los más recónditos del parque; pero fue su tímida y sosegada voz entonando una conocida balada lo que creí oír junto al lago. Aquella cálida y distante melodía sonó tan voluptuosa como el irresistible y fantasmagórico canto de una sirena, y se desvaneció en unos segundos...; sólo fue una resonancia emocional, el eco de su voz orbitando en mi cabeza...
Entonces empezaron a caer unas gotas enormes. ¡Mierda!, señal de chaparrón inminente. Recogí mis cosas rápidamente, abrí el paraguas y, por acortar camino, me dispuse a cruzar a toda prisa por donde no debía; fue una pésima idea. Tropecé con el pequeño bordillo del parterre, sentí un dolor agudo en el tobillo izquierdo y trastabillando me fui directo contra un arbusto espinoso, interpuse el paraguas, me escoré a la derecha y caí de bruces sobre la  hierba.

viernes, 16 de marzo de 2018

Maldita sea mi estampa 2

Volví a la libreta, aunque en vano, pues la sentí lejana y amenazante; en estos casos, ya que mi energía parecía haberse esfumado tan veloz como el brodel, lo mejor es dejarla enfriar. 
Está más que demostrado que birras y canutos se potencian mutuamente, y doy por sentado que escribir en esas condiciones suele requerir espacios reducidos o un clima más apacible. 
Porque en este gremio, como demuestra la historia, los hay que son capaces de escribir en condiciones realmente trágicas; los románticos del diecinueve -por poner sólo un ejemplo- suspiraban por una tuberculosis que los matara lo más lentamente posible, y los supongo imbuidos del noble propósito de disponer de tiempo suficiente para ponerse hasta el culo de opio y/o absenta y de paso escribir una obra lo más extensa y desamparada posible.
Pero los tiempos han cambiado mucho, ahora podemos observar: A un lado la palabra vana y/o servil -vigorosamente empujada por los intereses de la industria-, un insulso y paniaguado rebaño de oportunistas, lameculos y soplapollas más o menos mediáticos; al otro un ejército de jóvenes y refinados filólogos, una hermética y torturada pandilla de sobrados empastillados trabajándose sus sofisticados y tormentosos universos lo mejor que saben. 
Estos últimos se caracterizan -salvo honrosas excepciones- por tratar a los no filólogos como intrusos, meros sin papeles en el exigente mundo de la palabra. Un selecto cosmos donde sólo ellos, la élite facultada por la autoridad académica competente, debería tener derecho a campar a sus anchas. 
Y en tierra de nadie un páramo desolado, donde una ingente y sufrida pléyade de almas insatisfechas persigue, con más voluntad que fortuna, quimeras y adjetivos; escupiendo versos o palabras se van dejando la vida, y, desgraciadamente, en los tiempos que corren, algunos también la libertad; ahí están los rebeldes, los poetas, los raperos y un montón de soñadores como yo.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Maldita sea mi estampa 1

Miré la hora, ¡mierda! las once y cuarto pasadas. Terminé de repostar en cuatro ávidos tragos y un par de rotundas caladas y me puse en marcha rumbo al Parque Central del Clot. Si la musa pasa de venir, mi menda, aunque sólo sea simbólicamente, irá hasta ella; y el verde paisaje de aquel parque durante una mañana gris de chubascos mortecinos e intermitentes es la mejor metáfora que me he podido agenciar para intentar recrear el urbano y melancólico parnaso de mi perdida Ámbar. Aunque tiene una pega, está demasiado cerca del Donut -su instituto-. -Pero nada es perfecto. Lo de siempre, habrá que apañárselas con lo que hay -murmuré como si conversara con alguien. 
Volví sobre mis pasos hasta el cruce con Clot y continué por ella bastante achispado, como demostraba el ritmo alegre y decidido de mi caminar mientras sonaba en mi cabeza el “Riders in the storm”. A ratos me dejaba llevar por ella y tarareaba el estribillo por lo bajini para sorpresa del resto de peatones, sobre todo cuando coincidía con alguno en las frecuentes e inevitables esperas semafóricas. En la esquina con Flandes giré a la izquierda, y al instante, un par de calles más abajo, vi asomar el apacible verde del parque anunciando el inminente fin de mi caminata. 

Estaba valorando la utilidad o no de contar un desafortunado incidente que me tocó presenciar justo antes de entrar en el parque, cuando tuve una repentina falta de aire, luego, durante unas décimas de segundo, la profunda oscuridad de la nada seguida por un doloroso flashback que me retrotrajo a la noche más larga y angustiante de mi vida. La ominosa y escalofriante noche en que mi yo acabó estallando en mil pedazos. Después un plácido torrente de bucólicas representaciones mentales secuenciales se puso en marcha, hasta que, súbitamente, los grandes ojos azules de mi desaparecida hermana se solaparon fugazmente con los radiantes ojos castaños de mi perdida musa. Fue un golpe devastador, mis manos comenzaron a temblar incontroladamente y un vértigo espeluznante se apoderó de mí, me levanté con cuidado, y caminado como un zombi me acerqué al parterre más próximo y vomité las entrañas. 
La herida acababa de sangrar, y a partir de ese momento, raudas e implacables, las imágenes se fueron sucediendo vorazmente una tras otra sin darme tiempo material para retenerlas o anotarlas. Escribía todo lo rápido que podía procurando, en la medida de lo posible, no dejarme nada importante en el tintero y que el resultado fuera legible a posteriori sin demasiados esfuerzos.
Aquel simbólico y lúcido torrente de emociones me trasportó durante unos minutos más allá de mi mismo, dando paso a una suerte de extraño desdoblamiento desde el que pude acceder sin ningún temor a una peligrosa e insondable fuente de energía psíquica de la que no supe nada hasta que la experimenté por primera vez con los cuarenta y siete cumplidos. Un lugar tenebroso, deslumbrante, inhóspito, mágico, maravilloso y aterrador; desencadenando una atropellada y febril actividad que no perdió ni gota de pastilla hasta cuarenta minutos después.
Mola un montón si no te quedas unos díitas penchado, pero te deja hecho polvo. Abrí la segunda garimba y le di candela al cuarto garibolo pensando en que, a no tardar mucho, habría que plantearse el plegar velas y papear alguna cosa.
A sabiendas de que en entre ellas -si llegaba a descifrarlas correctamente- casi siempre se enmascara un poquito de oro puro, estaba echándole un atento vistazo a las frenéticas notas que había tomado cuando una voz intempestiva me hizo perder la concentración:  

-Muy buenos días ¿Sería tan amable de invitarme a eso tan rico que fuma, brodel?
Levanté la vista un instante y volví a lo mio como si tal cosa.
- Usted no sabe con quién esta hablando. Haría bien en entregarme la hierba que lleve encima.
- Yo no soy tu brodel, tío primo.
-¿No lo va a hacer? ¡Aténgase a las consecuencias, pues!
Aquello fue demasiado. Definitivamente, no era un buen día para el brodel. Me levanté, y con mucha parsimonia me quité el tres cuartos y lo dejé sobre el banco, abrí el macuto, saqué mi vieja navaja, me la eché ostensiblemente en el bolsillo, salí de detrás de la mesa, dí unos pasos hasta él, y, a la vez que lo invitaba con un enérgico gesto del brazo, le dije en tono animoso: - Venga conmigo, brodel. Vamos a matarnos detrás de esos arbustos.
El brodel desapareció tan rápida y furtivamente como había llegado.

De las cerca de treinta mil personas que viven en el barrio del Clot, tuvo que ser un friquimangui fumeta el primero en abordarme. Éstos imprescindibles lunáticos montapollos patrullan sin descanso por todos los espacios verdes de la ciudad, supongo que huyendo a su manera de la turba de convecinos que lo persigue día y noche; de vez en cuando los ves pasar con un ojo morado o un brazo en cabestrillo, un llamativo efecto secundario que parecen sobrellevar como si fuera consustancial a la ineludible resaca de su última salida de copas.

sábado, 10 de marzo de 2018

Maldita sea mi estampa (final)

Mientras el taxi tomaba la Meridiana rumbo a Concepción Arenal, Pº Valldaura y Artesanía, pensaba en los penosos días que me esperaban, esos interminables días de dolor, sin poder dar un paso sin sentir aquel punzante latigazo que subía como un relámpago desde el tobillo hasta la cadera. ¿Cuántos serían esta vez?
Conforme el taxi me acercaba a casa, el menda comenzó a plantearse su futuro más inmediato, y me felicité porque ahora al menos lo más esencial lo tengo a cien metros de casa: Una farmacia, un bar con máquina de tabaco y conexión a Internet y una panadería donde además puedes comprar cerveza y refrescos. De lo demás estaba surtido, desde hace tiempo soy precavido con estas cosas, el hecho de vivir solo con un tobillo como el mío te hace tener el congelador bastante lleno, incluso procuro tener siempre en palanca unos pocos gramos de hierba para estas paralizantes emergencias; pero si la cosa se alargaba más de siete u ocho días...
El taxi giró y tomó Valldaura arriba, entonces, no sé por qué, temí haberme dejado la libreta en el local de los Castellers, y asaltado por un profundo desasosiego abrí la mochila a toda prisa para comprobar si estaba allí, pero no la encontré y le dije al taxista que parase un momento; que era posible que tuviéramos que volver porque me había dejado una cosa importante. Miré en vano los dos bolsillos grandes del tres cuartos, y cuando ya estaba a punto de decirle que teníamos que regresar a la calle Bilbao recordé el bolsillo interior de la mochila donde siempre guardo los porritos, lo abrí y al instante suspiré aliviado, estaba allí. Aquellas inconexas y prolijas notas eran lo único que tenía en el mundo. 
Me dejó en la esquina con Vía Favencia, andé lastimosamente unos poco metros calle abajo, entré en la farmacia y le pedí a Ramón el espray de siempre, lo guardé en la mochila y salí para meterme inmediatamente en el comercio de al lado, donde compré dos grandes bolsas de pan de molde, después volví sobre mis pasos y al llegar a la esquina entré en el bar a sacar tabaco.
Recorría penosamente el tramo del bar hasta casa cuando comenzó a llover de nuevo, exasperado abrí lo que quedaba del maltrecho paraguas y miré la hora; eran las cinco y media de la tarde. Mierda, menudo día, ese puto barrio está gafado; o quizá no sea cosa del barrio, también cabe la posibilidad de que me estén haciendo vudú o haya meigas en el ajo. 
Tarareando de nuevo el Riders in the storm, calado hasta los huesos, cojeando y medio beodo entré en el portal y encaré los siete escalones que me separaban de mi rellano sin saber a ciencia cierta qué me esperaba ni cuánto tardaría en poder salir de allí. 

miércoles, 7 de marzo de 2018

Apunte

Quizá estaba avergonzada por haberse acostado conmigo. No era para tanto, no es tan raro como parece a primera vista. Todavía conservo en la memoria el recuerdo de una fascinante experiencia veraniega en Blanes cuando tenía diecisiete:
Aquel mes de julio, por primera vez, pude pasar unos días de vacaciones con un amigo. Pascual y yo trabajábamos en el mismo taller de impresión desde que un servidor había entrado en Bruguera un par de años atrás. Y recuerdo, casi como si fuese ayer, cómo se nos ocurrió pegarnos unas vacaciones juntos en lo que entonces era un paraíso estival lleno de extranjeras.
Estábamos limpiando las barcas -unas largas, estrechas y acanaladas bandejas metálicas rematadas por una cuchilla exterior recubierta de caucho que iba de un extremo a otro de la pieza. Se usaban para recoger los restos de tinta y disolventes cuando lavábamos las baterías- uno frente a otro, era uno de los mejores momentos para charlar y fue allí donde, creo que fue él, sacó a colación el tema de escaquearnos de la familia y pasar unos días de marcha en un camping de Blanes.
Bien, playas llenas de tías, mucho sol y noches interminables. De hecho sólo usábamos el camping para dormir y ducharnos. Por las noches -antes de irnos a bailar- solíamos tomarnos un pelotazo en un bar de un bloque de apartamentos próximo.
La segunda noche mi amigo encontró compañía y tuve que regresar solo. Pero la cuarta o quinta noche decidimos ir a la pequeña disco de la manzana de apartamentos donde nos tomábamos el pelotazo de antes de salir. Aquella inolvidable y voraz noche tuve la suerte del principiante.
El garito no era gran cosa, pero sonaba la música que más nos iba -rock de finales de los sesenta y primeros de los setenta- y había bastantes tías; no tantas como en las grandes discos más cercanas al centro, pero no estaba mal. El surtido de jovencitas no era tan amplio como en el de las primeras, pero el ambiente era inmejorable: Una pista central atestada, la barra un constante ir y venir de bronceados femeninos, unos cuantos apartados cuchicheantes y oscuros llenos de ardientes sofás de color salmón, más oscuros y cuchicheantes cuanto más te alejabas de la pista.
Llegó sobre las doce y media, se sentó en una esquina de la barra y pidió una copa, debía ser algún combinado raro, pues lo servían en unas copas muy monas; nada que ver con el vaso de cubata de toda la vida. Llevaba un corto vestido de color amarillo tostado con un estampado salpicado de flores en tonos ocres, de escote insinuante y orgulloso, pero no descarado. Combinaba perfectamente con el castaño claro de su pelo, una melena informal con tendencia a rizarse un poco en las puntas.
Mi amigo era menos tímido que yo y enseguida pegó la hebra con una y se fue a bailar. Entonces no me quedó otra que sentarme en la barra. Esperé a que se acercara el camarero, compré tabaco, encendí un cigarro y miré a mi alrededor. Ella seguía sentada en el taburete de la esquina con su inacabable combinado. Parecía aburrida, no paraba de consultar su dorado reloj de pulsera. Por lo visto había venido sola, o puede que le hubieran dado plantón. Yo la admiraba discretamente de tanto en tanto, pero llegó un momento en que nuestros ojos se cruzaron. Al instante miré azorado hacia la pista, mi amigo ya no estaba allí, o andaba por algún rincón o había ligado y ya no volvería a verlo aquella noche.
Entonces me tocaron el hombro, y al darme la vuelta la tenía delante con un cigarro en la mano.

- ¿Tienes fuego?
- Sí, sí.
- Parece que tu amigo es un chico con suerte -dijo -en un buen castellano con ligero acento francés-, mientras yo sacaba el encendedor-. Ah, lo siento, me llamo Marie.
- Qué casualidad, yo soy Mario.
- Vas a ser un hombre atractivo.
- ¿Sí? Pues es una lástima, porque tú estás que te caes de buena ahora -le respondí, algo picado.
- Gracias. Me gusta tu estilo ¿Te puedo invitar a una copa?
- Desde luego. Que sea un gintonic.
- Pues vamos.
- ¿Adónde vamos?
- A mi apartamento. Con un poco de suerte podrás comprobar si estoy que me caigo de buena o no – me contestó, soltando una risita.

A veces una frase afortunada en el momento oportuno decanta una situación, y aquella vez di en el clavo. Empezamos a meternos mano desesperadamente mientras el ascensor nos subía hasta el octavo piso. Cuando llegamos a la planta estaba de rodillas terminando de quitarle las bragas.
Nada más cerrar la puerta del apartamento me confesó que tenía treinta y nueve, pero puede que fueran algunos más. Sin salir apenas de aquel pequeño estudio, pasamos juntos los ocho días que le quedaban de vacaciones. Fueron gloriosos, de la cama al sofá de la terraza y viceversa, mañana, tarde y noche, y no importó en absoluto la cuestión de la edad; ella se benefició de mi ardor juvenil y yo de su soledad y experiencia. Nunca olvidaré a Marie, era una jungla.

lunes, 26 de febrero de 2018

Maldita sea mi estampa

A finales de enero estaba completamente abatido. El desgraciado acontecimiento del día de Navidad, donde perdí a un ser muy querido, seguía pesando como una losa. Aquel desdichado suceso, no por anunciado menos doloroso, me consumía el ánimo cuando estaba solo en casa, y, sin ningún género de duda, me nublaba el buen juicio a la hora de sopesar otros aspectos de mi vida emocional; entonces, sin pensármelo dos veces, tomé la insólita decisión de acercarme al barrio del Clot. Puede que allí, sintiendo más próximos los distantes ojos castaños que tantas horas de sueño me habían robado, recuperara parte de la ecuanimidad perdida.
La mañana del día siguiente, después de desayunar y lavarme un poco, encendí un cigarro y me acerqué a la estantería, cogí el marco de su fotografía, y, con mucho mimo, le quité el polvo, le puse un poco de limpiacristales y le di un repaso con un trapo limpio. 
Iba a dejarlo en su sito cuando, obedeciendo a un extraño impulso, lo sujeté tiernamente con ambas manos, me lo acerqué a los ojos y le susurré: - Por supuesto que eres excepcional, yo no pierdo el tiempo escribiendo sobre la primera que me busca las cosquillas tenga la edad que tenga.
Tras liar unos porritos miré el reloj, acababan de dar las diez. Hora de abrirse, cogí mi pequeña mochila, metí la cartera, las gafas, el bolígrafo y la libreta, me abrigué bien, agarré un paraguas y salí hacia Canyelles en busca del V27.
Tres cuartos de hora más tarde el bus franqueó la Meridiana por Espronceda, dejé pasar la primera parada y bajé en la siguiente. Cogí calle abajo durante un par de minutos, crucé Mallorca y unos pocos metros más adelante me salió al encuentro la calle del Clot, donde giré a la derecha en dirección a Glorias.
No había recorrido ni doscientos metros cuando me tropecé con un badulaque, hice un alto y entré a pillar unas latas bajo la aletargada mirada de un venerable sikh transido de frío y sentado detrás de un mostrador atestado que parecía recién salido de un enigmático y profundo trance, seguramente provocado por el hecho de haber estado viendo durante horas un montón de películas de Bollyvood en una pantalla diminuta. Cargado con un par de cervezas y unas coca-colas me acerqué al mostrador para pagar, entonces vi a su espalda un estante donde quemaba una varita de incienso, las caprichosas volutas de humo desprendían un penetrante olor a jazmín que lo invadía todo. Cuando se acercó de nuevo para darme cambio lo miré a los ojos, al instante me llamó la atención lo diminuto de sus pupilas, además estaban vidriosos y ligeramente entornados, como si estuviera adormecido o quisiera ocultarlas. Estaba contando las monedas cuando llegó hasta mi nariz una sutil vaharada cargada de intensos matices acres, el inconfundible aroma del opio ¿Guardas tu vieja pipa en la trastienda, amigo?
Salir de la tienda y empezar a lloviznar fue todo uno, abrí el paraguas, encendí un porrito y me dispuse a callejear bajo la lluvia por un barrio desconocido. Un paseo faldero y reflexivo, tenía todo el tiempo del mundo; nadie me esperaba en ningún lado, nadie me echaría de menos tardara lo que tardara. Descorazonado pero resuelto pateaba sin prisa entre el estridente y anárquico ir y venir de las furgonetas de reparto mientras las veía sortear, cada una a su manera, los caóticos embrollos cotidianos del tráfico rodado. Es curioso, pero en cuanto comienza a llover la gente camina más rápido y los coches van más despacio, como si la prisa de unos fuera en detrimento del frenesí circulatorio de los otros.
Al llegar al cruce con Aragó había dejado de chispear y un sol desvaído comenzó a dejarse ver tímidamente. Rebasé una de las calzadas, caminé unos metros por su rambla y al poco, bajo una pequeña marquesina, dí con un banco solitario. Me senté, abrí la mochila, saqué una lata de cerveza, cogí un petardo de su bolsillo interior y me dispuse a saltarme alegremente toda la normativa vigente en lo referente a consumo de alcohol y otras sustancias nocivas en la vía pública. Tiré de la anilla de la lata y le metí candela al cacharro mientras me preguntaba qué camino tomaría a partir de aquel momento. 
No había llegado hasta allí empujado por el imperioso deseo de verla -aunque lo tenía, vaya si lo tenía-, sino por la necesidad de recordarla, de intentar evocarla lo más vívidamente que pudiera; y para ver cumplido ese romántico objetivo la herramienta más eficaz, y casi la única a mi alcance, era escuchar el eco de mis pasos justo donde, por fuerza, más resonancias debía haber de los suyos, y, a través de ellas, tratar de sentir el todo peso de aquella desoladora ausencia en los paisajes de su entorno más inmediato.